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3 “QUID PUELLAE CUM ARMIS?”

4. El amor y el matrimonio en el Don Cristalián.

4.2 Un modelo de castidad.

El padre Astete se estremecía de horror al pensar que a una tierna doncella los libros de caballerías le enseñaban “lo que ha de hablar y

25 Illescas (1573: 5 v). 26 Ortiz (1589: 3 v).

27 Fray Luis de Granada (1583) en Trapiello (1996: 157). 28 Alemán (1604) en Micó (1998: II, 390-393).

responder” a los hombres, imprimiendo en su memoria, de forma indeleble, esos colloquia prava que tarde o temprano llegarían a “parir y parar en mal y en su perdición”29. Cuál no hubiera sido su sorpresa si hubiese cedido a la tentación de hojear la novela de Beatriz Bernal, en la que las indefensas lectoras podían encontrar, en lugar de sermonarios diabólicos, alguno que otro modelo femenino de conducta morigerada.

Cuando don Cristalián, alias el Caballero del León, con un golpe de efecto aparece ante su querida Penamundi saliendo de una estatua de oro, la primera reacción de la princesa es de asombro e irritación. Su ira se aplaca gracias a la intervención de la infanta Minerva, quien ha propiciado el encuentro en el aposento de la joven, y se desvive por dejar solos a los dos enamorados. A pesar de su insistencia, Penamundi conmina a ella y a la infanta Sandalina a no apartarse mucho de allí; el Caballero del León aprovecha en seguida la situación:

El Cavallero del León tomó las manos a su señora, y començóselas a besar diziendo: –¡Ay, de ti, don Cristalián! Que no tienes para más d’esto licencia.

La princesa le dixo:

–Parésceme que aún no estáis contento: buenas gracias me dais por el perdón que os he hecho.

–Yo doy tantas –dixo el Cavallero del León– que pienso que todos los servicios qu’en mi vida puedo hazer no son parte para pagar la menor merced de las que esta noche se me han hecho. Bien conozco yo, mi señora, que darme vuestras manos es más que si del mundo me hiziessen señor, pero yo quiero que la Vuestra Merced sepa que yo merezco más, y pues Dios al estado en que estoy me ha traído, creedme que no tengo de ser contento con sola la merced que se me ha hecho.

Y diziendo esto la tomó en sus braços y la besó muchas vezes. Como la princesa Penamundi vio el atrevimiento del Cavallero del León fue tan airada contra él que súbitamente se levantó. El Cavallero del León la tomó por las manos, y los hinojos en tierra le rogava que se tornasse a assentar, que antes passaría por la misma muerte que en solo un punto la enojar. La princesa le respondió muy airada que jamás haría su ruego30.

Una vez más se hace imprescindible la mediación de la infanta Minerva: sólo a sus ruegos Penamundi acepta perdonar a su atrevido pretendiente, quien promete respetar la voluntad de la princesa, declarando: “Mi señora, yo no quiero que otra merced se me haga, sino la que hasta aquí yo he rescebido”. Sin embargo, Penamundi demuestra su absoluta desconfianza en él, al exigirle, cuando ya es hora de acostarse,

29 Astete (1597: 184-185).

que descanse en un pequeño cuarto de su aposento, cuya puerta se encargará ella misma de cerrar con llave. Frente a tan decidida actitud “todos callaron, que no osaron ál hazer; luego fue hecho lo que la princesa mandó, y ella le dixo que se entrasse a dormir”. De tal manera “estuvo el Cavallero del León en esta sabrosa vida ocho días, goçando de su señora la princesa como oído avéis”.

La infanta Lucendra, hermana de don Cristalián, protagoniza un episodio análogo junto a su enamorado, el príncipe Griolanís de Roma, quien se introduce en su cámara a hurtadillas, despertándola de repente en plena noche. Lucendra, tras un arrebato de ira, manifiesta su indulgencia, pero no sin condiciones:

Como don Griolanís se vio solo con su señora, tomóle las manos y besándoselas muchas vezes le dixo:

–Mi señora, ¿en qué veré yo que la Vuestra Merced me ha perdonado? La infanta dixo:

–¡Ay, don Griolanís! ¡Y cómo avéis sabido hazer bien vuestros hechos! Ya sabéis vós que pues os tengo ante mí, qu’es cierta señal para averos perdonado, pero ha de ser con tal condición que no salgáis de mi mandado.

–Mi señora –dixo don Griolanís–, en todo haré vuestra voluntad el tiempo que Dios vida me diere, pero esta noche la Vuestra Merced sea de me perdonar, que no lo entiendo de hazer.

Y diziendo esto, la tomó y besándola muchas vezes le dixo:

–Agora, mi señora, mandad hazer de mí aquello que la vuestra voluntad fuere, que ya no me podré llamar sino el más bien andante de quantos nascieron.

La infanta fue muy airada contra don Griolanís, pero él tuvo tan buena gracia que toda la ira que la infanta contra él tenía tornó en mucho plazer y descanso de los dos, no gozando más don Griolanís de la infanta de lo que oído avéis31.

El príncipe Lucescanio, recién armado caballero, en balde solicita a la hermosa Bellaestela –quien le ha entregado la espada, y le ha hecho prometer que entrará en la demanda de buscar a sus padres– el permiso de besarle las manos: “Dároslas ía yo –le contesta Bellaestela– pero no quiero començar a pagar antes que se me hagan los servicios”. Incluso tras aceptarlo como su caballero, la doncella se niega a concederle mayores mercedes, no dejándose enternecer siquiera por los quejidos del infante, cuando éste queda muy maltrecho después de un duro combate:

–La llaga, mi señora, que tengo, está en mi coraçón: es incurable. Y yo conozco tanto de mí que es mortal, según el poco remedio para ella me da quien, después de Dios, tiene el poder.

–Dezidme quién es –dixo Bellaestela–, que yo os prometo en esso y en todo lo demás de seros buena amiga.

Como el infante assí la vio hablar, tornóle a besar las manos por las mercedes que le hazía, y díxole:

–Vós, mi señora, sois la que en mí tenéis poder, y no otras de quantas oy en el mundo son nascidas.

Como Bellaestela esto le oyó, vínole una hermosa color al rostro y díxole:

–Essa voluntad que vós mostráis tenerme, a mí me paresce que ya está bien pagada pues yo os rescebí por mi cavallero. Merced ninguna no la esperéis de mí hasta que yo sepa quién son mis padres. Básteos, y es mucha razón que vós estéis muy contento, pues de aquí os hago cierto que mi coraçón no es occupado de otro pensamiento sino del vuestro. Y quanto a esto, yo no os puedo ni quiero dezir más.

El infante fue muy triste en oír aquellas nuevas, pero como vio que aquella era la voluntad de su señora, convínole suffrirse32.

El único consuelo del príncipe es la dulce promesa que le hace Bellaestela de recompensarlo en justa proporción a tiempo debido: “Las mercedes serán tales quales fueren los servicios que yo de vós rescibiere”, pero en realidad la joven no cumplirá su palabra tras el exitoso desenlace de la Aventura de los Campos de Vara y la liberación de sus padres por mano de Lucescanio, y, en un sucesivo encuentro con el caballero, a duras penas logrará contener sus sensuales arrebatos. La escena, en la que parecen traslucirse reminiscencias celestinescas33, se desarrolla de noche en un hermoso jardín, por cuyos altos muros Lucescanio trepa con la ayuda de puñales y escalas de seda, acompañado por su inseparable amigo Lustrandor, quien también se ha citado en el mismo lugar con su querida Merodiana. Una vez tendido su manto sobre la hierba, debajo de unos hermosos rosales, el hijo de Lindedel

tomó a su señora en sus braços, y besándole muchas vezes sus hermosas manos le dixo:

–Mi señora, aved compassión d’este vuestro cavallero, y dadme licencia para que algún tanto yo pueda gozar de vuestra hermosura.

La princesa que ya avía tornado en sí le dixo:

–¡Ay, mi verdadero amigo! No tengáis en poco lo que esta noche por vós he hecho.

32 Cf. cap. VII, pp. 292-293.

33 El contexto espaciotemporal de la cita clandestina, el detalle de la gran altura de las paredes, salvada

con escalas, la presencia y colaboración de una fiel doncella de la amada, el arranque de pasión del enamorado, quien espera “verse en toda la gloria que en esta vida se puede tener” traen a la memoria el celebérrimo encuentro entre Calisto y Melibea en su hermoso huerto. Bien distinto, sin embargo, resulta ser el desenlace de los dos episodios.

–Mi señora –dixo Luzescanio–, en esso no se gaste tiempo, que la merced que yo he rescebido tengo en tanto como es razón, y el desseo que yo de serviros tengo meresce esto y mucho más que por mí se hiziesse.

–Mucho merecéis vós –dixo la princesa–, mas gran cosa es lo que yo por vós he hecho.

–Fasta agora –dixo Luzescanio– yo no he visto nada, y pássase mucho tiempo sin que yo, mi señora, de vós merced alguna reciba, y sea la vuestra grandeza de me dar licencia, sino yo me la tomaré, porque en los semejantes tiempos la orden de cavallería dispensa con nosotros, que si algún enojo hiziéremos a dueña o a donzella, se nos perdona.

Mucho fue la princesa turbada en oír hablar al rey de la manera que avéis oído, y díxole:

–Si vós a mí enojo alguno me hazéis, vós lo compraréis caramente34.

A pesar de las amenazas de Bellaestela, el príncipe se declara dispuesto a morir, con tal de conseguir las mercedes que le tocan, y, sin esperar respuesta, vuelve a abrazar a la doncella

y besándola muchas vezes le dixo:

–Mi señora, dad algún descanso a este que, después que por vuestras hermosas manos tomó la espada en el día primero de su cavallería, reposo alguno en su coraçón no tuvo.

La princesa fue estrañamente airada contra el rey, pero todo su enojo no le aprovechó nada, que el rey jamás de sus braços la quiso soltar hasta que la princesa le perdonó. Pero el perdón fue con grandes promesas que el rey le hizo de no la enojar ni d’ella tomar más parte de lo que hasta aquí avéis oído.

Si la osadía de Lucescanio no basta para derrocar la firmeza de la casta Bellaestela, los patéticos desmayos de Lustrandor ablandan el corazón de Merodiana sólo hasta cierto punto:

– [...] sabed que os precio y amo sobre quantos oy son nascidos, pero sed cierto que con todo el amor que yo os tengo, no avéis de tomar más parte de mí de la que yo daros quisiere.

Lustrandor, que ya en todo su acuerdo estava, se hincó de hinojos ante su señora, y besándole las manos le dixo:

–¡Ay, mi señora! ¡Y cómo me puedo yo llamar el más bien andante de quantos nascieron! Yo, mi señora, me tengo por contento de obedescer, y prometo a Dios de no salir de vuestro mandado35.

El caballero, empero, no se da por vencido y se toma la libertad de besar repetidamente a su señora, sin autorización alguna:

34 Para esta cita y la siguiente, cf. cap. VII, pp. 303-304. 35 Para esta cita y la siguiente, cf. cap. VII, p. 307.

Lustrandor tomó en sus braços aquella hermosa reina, y besándola muchas vezes le dixo:

–Mi señora, para esto bien creo yo que la Vuestra Merced me da licencia. La reina le respondió:

–Parésceme a mí que no aguardáis vós a que yo os la dé.

–Mi señora –dixo él–, quando vuestra grandeza para ello licencia me diere, será para hazerme del todo alegre.

La reina le respondió:

–Mucha razón es que vós lo estéis con lo que hasta aquí yo por vós he hecho.

Sin embargo, toda insistencia es vana: las heroínas del Cristalián no vacilan a la hora de reprimir los voluptuosos impulsos de sus pretendientes. El amor carnal casi no tiene cabida en la obra de Beatriz Bernal, ni siquiera en la esfera mágica: a pesar de la omnipresencia de hadas y “sabidoras en las artes”, los protagonistas de la novela no son víctima de ningún encantamiento erótico. No es de extrañar, por tanto, que las rarísimas historias de amores ilícitos presentes en la obra cobren tintes foscos, llegando a tener incluso un trágico desenlace.