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3 “QUID PUELLAE CUM ARMIS?”

3. Rompiendo moldes.

En línea general puede compartirse la observación de María Isabel Romero Tabares, según la cual en los libros de caballerías el mundo femenino está claramente separado del masculino, puesto que ser hombre significa moverse en dos ámbitos, “el del amor y el de la honra que impulsa al caballero al cumplimento de su misión”, mientras que ser mujer “es vivir inmersa sólo en la esfera del amor”9. Tan tajante división pierde, empero, buena parte de su validez en el caso del Don Cristalián, cuyo universo femenino está muy lejos de ser monocorde, reducido y pasivo: no todos los personajes que lo pueblan viven volcados en relaciones amorosas, esperando más o menos pacientemente el regreso de los caballeros que han salido en busca de aventuras.

Las dos encantadoras Membrina y Danalia, por ejemplo, la una aliada de los héroes protagonistas, la otra su acérrima enemiga, comparten la misma sabia actitud frente al matrimonio, que rechazan orgullosamente, en nombre de su libertad e independencia. Compárese, a este propósito, la presentación de ambas:

Uvo una ínsola llamada de las maravillas, de la qual era señora una donzella muy gran sabidora en las artes. Fue tanto el su saber que jamás quiso tomar marido, porque nadie tuviesse mando ni señorío sobre ella. Esta donzella avia nombre Membrina [...]10.

El padre d’este príncipe avía una hermana donzella, cuyo nombre era la infanta Danalia. Ésta es muy gran sabia en las artes y por ser tan sabia nunca se quiso casar11.

8 Pizan (1405) en Caraffi-Richards (19982: 166, 168, 170). 9 Romero Tabares (1998: 104-105).

10 Bernal (1545: .j.v). 11 Bernal (1545: .xl.r).

También son doncellas las dos cormanas que se topan con don Cristalián y le cuentan su peculiar y arriesgado pasatiempo:

–Vós, mi señor, sabréis que ha bien tres años que esta donzella que aquí veis y yo andamos en una compañía por el mundo buscando las aventuras y viendo los grandes hechos que los valientes cavalleros que por él andan hazen. Tenemos por costumbre que, quando alguna aventura topamos, mi cormana por una parte y yo por la otra, vamos a buscar cavallero que cima le dé, y con este menester llegamos a la Vuestra Merced12.

Y asimismo la infanta Candebia, quien, ignorando los interdictos paternos, no renuncia a su gran pasión por la caza, a pesar de los peligros que acarrea y que la llevan casi a la muerte:

Agora sabed que la donzella que herida está es hija de rey, y ella no ha otro viçio sino esta caça, que jamás en otra cosa no entiende. El rey su padre no tiene poder para este vicio le quitar, ni ha otro hijo ni hija, sino a esta infanta Candebia, que assí avía nombre. Por que el rey su padre no la vea salir a caça, se anda sola sin cavallero alguno, sino solamente con sus caçadores, y assí la ventura la truxo a poder de aquel mal cavallero13.

La señora de la misteriosa isla a la que acosta el infante Lucescanio después de una violenta tormenta resulta ser la reina Merodiana, quien se nos presenta como “doncella que no se ha querido casar”, aunque luego se rendirá al amor por el delicado Lustrandor. También llegará al altar la infanta Amplamira, hija del rey Velarte de Inglaterra, pero sólo tras superar un sinfín de peripecias, que le permitirán lucir todas sus virtudes. Amplamira, protagonista absoluta de dos capítulos completamente desvinculados del resto de la historia14, sobrevive a un naufragio, logra evitar un matrimonio indeseado –gracias a la astucia y a la complicidad de otra mujer–, regresa a su país, que mientras tanto ha sido atacado por los franceses, y con dos poderosas armas, su irresistible belleza y una esmeralda mágica, consigue que el rey de Francia, Desiderio, no sólo levante el cerco al castillo donde se ha refugiado Velarte, renunciando ex

abrupto a todo proyecto de invasión, sino también que caiga a sus pies,

prendido por un amor arrebatador, cuya coronación serán unas bodas suntuosas. El exquisito savoir faire de la infanta, su extremada prudencia,

12 Cf. cap. VII, p. 312. 13 Bernal (1545: .cxxj.r).

junto a los sorprendentes conocimientos lingüísticos de los que hace gala15, le consentirán soslayar cualquier obstáculo y triunfar en su misión pacificadora.

La doncella del gavilán, guía y ayudante del Caballero del León –

alias don Cristalián– en los Hondos Valles de Maullín, es animada por el

firme propósito de no resignarse a su suerte desdichada. Condenada por sus tías, las siete hadas de los Hondos Valles, a vivir en esa triste morada presenciando a diario el suplicio infligido a su pretendiente, la doncella decide aprender las artes mágicas en el intento de poner fin a los encantamientos que la atormentan. Así se lo explica al Caballero del León:

Yo, mi señor, ha que estoy en esta triste morada bien siete años. Tomé por partido, para ver si de aquí me pudiesse librar, de aprender algo de lo mucho que mis tías sabían, y la una d’ellas que es la menor me ha mostrado mucho de las sus artes, y yo lo tomé tan bien que qualquiera cosa se me entiende. Y por lo mucho que vós, señor cavallero, avéis hecho por mí, haré yo tanto por vós que os daré la cabeça d’este mi gavilán.

Y diziendo esto, cortó la cabeça al gavilán que en las manos traía, y diola al Cavallero del León, y el cuerpo d’él echó a bolar y díxole:

–Essa cabeça, señor cavallero, guardad mucho, porque quando vós hallaredes el cuerpo sin cabeça de mi gavilán, juntad la cabeça con él, y luego todos los encantamentos de los Fondos Valles serán deshechos [...]16.

La infanta Celina, única hija del rey de Cantaria, demuestra desde pequeña un gran afición por las artes adivinatorias, sabiamente promovida por su padre:

Esta princesa fue muy afficionada a aprender las artes, y como el rey Barciano su padre la amasse tanto, hizo venir a su reino grandes maestros para que su hija fuesse enseñada. Esta fermosa princesa aprendió tanto que passó en su saber a todos los maestros que la mostraron17.

Tras el fallecimiento de Barciano, Celina asciende al trono de Cantaria y celebra las primeras Cortes, en las que los altos hombres de su reino la instan a tomar marido:

15 Una vez llegada a la Isla de Alifax saluda a la primera doncella negra con quien se topa en su

lengua, “que siendo niña la aprendió de unas negras que a la reina su madre presentaron”, y más adelante escribe y envía al rey Desiderio una carta en francés.

16 Cf. cap. VII, p. 282.

ella les respondió diziéndoles que la diessen tiempo para tomar su acuerdo sobre tan gran hecho como le pedían. Ellos le respondieron que Su Alteza tomasse el tiempo que quisiesse. La reina estuvo quinze días que jamás hizo sino mirar y rebolver en sus libros y a la fin ella supo por sus artes que en la Devisa del Valle Fermoso estava encantado un caballero llamado Sonabal de Fenusa, rey de la Diserta, a maravilla muy preciado caballero. Ella tuvo mucha voluntad de lo aver por marido, pero no sabía cómo lo librar de aquel encantamento, y tornando a rebolver sus libros, halló que no podía ser libre si no fuesse por la mano del segundo hijo del valiente y muy esforçado emperador Lindedel de Trapisonda.

Aun siendo consciente de la necesidad de no dejar a sus vasallos sin señor, Celina no se conforma con cualquier enlace de pura conveniencia política, y prefiere emprender un camino más largo y tortuoso –que pasará por hacerse cargo de la formación del infante Lucescanio– con tal de casarse con Sonabal de Fenusa, que sus valiosos libros le indican ser el mejor partido.

A otra reina, en este caso de Atalanta, también conocida como la Doncella de la Justicia, corresponde el honor y privilegio de traer la vara de justicia, que le confiere el extraordinario poder de castigar e incluso condenar a muerte a los trece reyes que están bajo su jurisdicción.

La virgo bellatrix Minerva, única hija del rey pagano Rabdineldo de Alaponte, decide dedicarse al mundo de las armas no por amor, como sería de esperar18, sino simplemente por el gusto de correr mundo en busca de aventuras: “su bravo y esforçado coraçón la haze andar en hábito de cavallero”19. Bien merece el nombre que lleva esa valerosa doncella, quien así se presenta a don Cristalián:

Los dioses repartieron en mí tanta parte de buena ventura que hasta oy yo no he hallado cavallero que contra mí mucho en batalla pudiesse durar. Yo, como me vi doctada de tanta parte de buena cavallería, hize grandes sacrificios a los dioses para que me dixessen quién avía de ser el cavallero que esta aventura de la princesa Penamundi avía de dar cima: a mí me fue revelado por los dioses que yo avía de ser la que a el emperador y emperatriz y princesa avía de sacar de su encantamento20.

18 “El hábito de caballero hace de la innominada doncella palmeriniana, de la mora Felises, de

Gradafilea, de Florinda y de Minerva unas doncellas guerreras. Salvo esta última, que parece mostrar una inclinación natural por la caballería, todas ellas son mujeres que en un momento de su vida por motivaciones diversas, generalmente amorosas, abandonan su flaca condición y con arrojo y valentía varonil afrontan una necesidad”. Cf. Marín Pina (1989: 92).

19 Bernal (1545: .c. v). 20 Cf. cap. VII, p. 359.

Aunque al hijo del emperador Lindedel toque el honor de poner fin a su invencibilidad, eso no es óbice para que entre los dos nazca de inmediato una sincera amistad: la infanta se convierte rápidamente en fiel compañera de don Cristalián y en su mejor aliada, tanto en el ámbito militar –brilla por su coraje cuando acaudilla el ejército cristiano en la guerra santa contra la flor de los musulmanes– cuanto en el amoroso: en calidad de su confidente y secretaria, la virgo bellatrix intercede por él ante la caprichosa Penamundi, propiciando, además, todos los encuentros clandestinos de la pareja. El gran relieve que Minerva va cobrando a lo largo de la historia acaba concretándose en el papel de protagonista absoluta que Beatriz Bernal quiso otorgarle en el episodio más acertado de la obra entera, sobre el que nos detendremos luego.

Los ejemplos podrían fácilmente multiplicarse, pero quizás sea suficiente este pequeño specimen para ilustrar la osadía y el espíritu emprendedor que connotan a muchos de los personajes femeninos del

Cristalián: doña Beatriz no supo resistir a la tentación de dotarlos del

mismo atrevimiento que la había impulsado a tomar la pluma para componer lo que está lejos de ser “un libro de caballerías más”.