• No se han encontrado resultados

Padres, maridos, curas: las guías del lector indefenso.

En cuanto flacos de juicio, doncellas y mozos precisan de unos mentores en su itinerario de formación34. Los padres no son los únicos, pero sí tendrían que ser los primeros en desempeñar este papel: los moralistas del siglo XVI no se cansan de recordarles la gran responsabilidad que tienen como pedagogos, y la importancia de no subestimar el poder corruptor de las lecturas. Si Juan Luis Vives en 1524 en su Introductio ad

sapientiam ya amonestaba a evitar libros malos y viciosos “porque de

leerlos no se pegue en el alma alguna suziedad, que cierto corrompen a las buenas costumbres las pláticas malas”, veinte años después Francisco Cervantes de Salazar extremaba las recomendaciones, añadiendo a sus palabras las siguientes:

31 Cerda (1599: 13v-14r). 32

López de Montoya (1595: 39r).

33 Astete (1597: 181-182).

34 Julia Varela resaltó oportunamente la estrecha relación entre la mujer y la infancia, observando

como “sobre el estatuto de minoría de ambas, su silencio e incapacidad para gobernarse, se alzará la voz y la razón del jefe de familia, del confesor y del príncipe”; Varela (1983: 192).

En esto se avía más de cargar la mano y es en lo que más nos descuydamos, porque tras el sabroso hablar de los libros de cavallerías, bevemos mill vicios, como sabrosa ponçoña, porque de allí viene el aborrecer los libros sanctos y contemplativos, y el dessear verse en actos feos, quales son los que aquellos libros tratan. Ansí que, con el falso gusto de los mentirosos, perdemos el que tendríamos, si no los oviesse, en los verdaderos y sanctos: en los quales si estuviéssemos destetados de la mala ponçoña de los otros, hallaríamos gran gusto para el entendimiento y gran fruto para el ánima. Guarda el padre a su hija, como dizen, tras siete paredes, para que, quitada la ocasión de hablar con los hombres, sea más buena y déxanla un Amadís en las manos, donde deprende mill maldades, y dessea peores cosas que quiçá en toda la vida, aunque tratara con los hombres pudiera saber, ni dessear. Y vase tanto tras el gusto de aquello, que no querría hazer otra cosa, ocupando [el tiempo]35, que avía de gastar en ser laboriosa y sierva de Dios, no se acuerda de rezar ni de otra virtud, desseando ser otra Oriana como allí y verse servida de otro Amadís. Tras este desseo viene luego procurarlo, de lo qual estuviera bien descuydada, si no tuviera donde lo deprendiera. En lo mesmo corren también lanças parejas los moços, los quales con los avisos de tan malos libros, encendidos con el desseo natural, no tratan sino cómo desonrrarán la donzella y afrentarán la casada. De todo esto son causa estos libros, los quales plega a Dios por el bien de nuestras almas, vieden los que para ello tienen poder36.

Es inútil encerrar a una hija en casa para impedirle todo contacto con hombres, si luego se dejan a su alcance textos tan pervertidores como los libros de caballerías que encienden en sus almas un nefando deseo de imitación: las doncellas querrán ser otra Oriana, y los mozos emular las conquistas amorosas de sus héroes. Del mismo parecer es Alejo Venegas:

vemos que veda el padre a la hija que no le venga y le vaya la vieja con sus mensajes, y por otra parte es tan mal recatado que no le veda que, leyendo Amadises y

Esplandianes con todos los de su vando, le esté predicando el diablo a sus solas, que

allí aprende las celadas de las ponçoñas secretas, demás del hábito que haze en pensamientos de sensualidad, que assí la hazen saltar de su quietud, como el fuego a la pólvora37.

Amadises y Esplandianes no son más que nefastos alcahuetes, fuego que prende la pólvora de la sensualidad, predicadores del diablo, aun más peligrosos en cuanto les hablan a solas a las doncellas por culpa del descuido de sus padres. Un papel importante en la concienciación de éstos, por lo que se refiere a su función educadora, pueden y deben

35 Enmendamos así el error del impreso donde se lee “ocupando teliempo”. 36 Cervantes de Salazar (1546: .xiij.v – .xiiij.r.).

tenerlo curas y predicadores. Esa es, por ejemplo, la convicción del obispo Juan Bernal Díaz de Luco:

Y porque la experiencia enseña y los sabios lo escriben, que los hombres se hacen tales cuales son los libros que leen, mucho deben los curas trabajar con los padres y señores que no consientan que en sus casas se lean libros deshonestos ni que puedan provocar a vicios; que, pues no consentirían que con sus hijos e hijas y criados conversasen personas viciosas, aunque fuese por espacio de poco tiempo, no deben consentir que días y noches estén siempre con ellos conversando libros llenos de palabras y obras deshonestas y lujuriosas, con los cuales tanto más se suelen holgar las doncellas mayormente, cuanto más apartadas están de conversación y menos recatados ven a sus padres en quitarles tan mala compañía38.

Para dar más crédito a sus recomendaciones, los curas deberán alegar el ejemplo de los antiguos, quienes vedaron a los mancebos la lectura del libro del Génesis, el profeta Ezequiel, los Cánticos y otros textos de la Sagrada Escritura que podían provocar pensamientos lujuriosos: con más razón habrá que intervenir “en estos tiempos miserables, tan llenos de libros viciosos que ningún provecho traen a la república y tan daño a las ánimas de los que los leen”39. En un tratado inédito de San Juan de Ávila de 1565 ca., que ofrece un reglamento a los predicadores para sus misiones por los pueblos, se les sugiere que hagan un sermón a los casados en donde declaren algunas cosas acerca de los hijos:

la primera, que cuando chicos, les quiten las malas costumbres, porque, aunque entonces no pecan, cuando grandes se irán por ellas; cuando ya son mayorcillos, avise que les quiten malas compañías, y malos libros, y pinturas torpes, y representaciones torpes; que no las vean en todas estas cosas; cargue mucho la mano, reprehendiendo el descuido que tienen los padres acerca de esto; porque dejan a sus hijos que lean coplas y libros de amores y otras suciedades; y adviértanles mucho que les den buenos maestros [...]40.

El dominico fray Agustín de Esbarroya en la consideración XXII de su Purificador de la conciencia, que trata “Del hablar con Dios o con personas que hablan con Dios”, insiste en la importancia de la comunicación que “es causa muy grande para amar”41, y reprocha a los

38 Díaz de Luco (1543) en Tejada (1996: 217-218). 39 Díaz de Luco (1543) en Tejada (1996: 218).

40 Juan de Ávila (1565 ca.) en Vázquez Janeiro (2000: 139). 41 Esbarroya (1550) en Huerga (1973: 296).

padres que en señal de honestidad y recogimiento no permiten a sus hijas ir a misa ni al sermón, preguntándoles cómo quieren que ellas se aficionen a Dios sin oír palabra de su Evangelio. Bien es verdad que, por otro lado, les imponen que sepan leer, lo cual resulta a menudo contraproducente:

¿qué aprovecha? Que dejan de leer la Pasión de Jesucristo y otros libros de santas y virtuosas doctrinas, y no veréis en casa sino libros de Amadís, o el Palmerín, o el

Cancionero General, y otros libros profanos, de donde no sacan otro fruto sino

deprender a ser malas, y parleras, y deshonestas; y esto por virtud de las farsas y requiebros y profanidades que de los libros semejantes toman. Y de esta manera las doncellas más aína se inclinan a serrequeridas de vanos hombres, y se aficionan a sus vanidades que a ser devotas de Dios y de sus cosas. Porque lo uno oyen y ven a cada paso; y lo otro, de cuando en cuando42.

Fray Luis de León se une a cuantos censuran la actitud de muchos padres que no seleccionan oportunamente las lecturas de sus hijos, “por donde las más de las veces les sale vano y sin fruto todo el demás recato que tienen”43. Bien merecen una desventurada vejez “los malos padres y las infames madres que no supieron criar sus hijas, ni fueron para quemarles tales libros en las manos”, afirma contundentemente fray Pedro Malón de Chaide44. Contra las madres que permiten a sus pequeñas aprender las primeras letras en libros de amores deshonestos y cosas vanas arremete con vehemencia fray Juan de la Cerda, sentenciando que “es error muy grande de las madres que paladean a sus hijas desde niñas con este azeite de escorpiones y con este apetito de las diabólicas lecturas de amor”45, mientras que Pedro López de Montoya se declara convencido de que

Si los padres pusiessen particular cuidado para que sus hijos ni aprendiessen ni cantassen cosas deshonestas, y los governadores y magistrados castigassen a los que en esto pecassen, muy fácil remedio tendría este abuso que es de más consideración y más digno de remediarse de lo que comúnmente parece46.

42 Esbarroya (1550) en Huerga (1973: 297). 43 Luis de León (1583) en García (19574: 407). 44 Malón de Chaide (1588) en García (19593: I, 26-27). 45 Cerda (1599: 41v).

Gaspar de Astete apela a la obligación que las hijas tienen de obedecer a sus padres y de ser un dechado de virtud, y para que aborrezcan las malas lecturas les pone un ejemplo clarificador:

Si tuviesse un padre noble, christiano y temeroso de Dios una hija en casa, con desseo de que fuesse muy recogida y velasse sobre ella en quitarle todas las ocasiones por donde se le pudiesse perder, y esta hija, en lugar de estar recogida y dar contento a su padre, se pusiesse cada día a una ventana a escuchar demandas y respuestas de un hombre liviano, y se detuviesse mucho tiempo en pláticas de liviandad, y después el padre viniesse a entender lo que passaba, y el trato que su hija traía ¿qué sentimiento y enojo tendría contra ella? ¿con quánta razón la podría castigar rigurosíssimamente por esta maldad? Pues ¿qué menor mal que éste haze la donzella, o qualquiera muger, que se está todo un día de la fiesta o toda una noche leyendo un libro de caballerías y unas coplas de vanos amores? ¿No es lo mesmo que si estuviera hablando con un hombre las mesmas cosas que lee? Pues lo que con él podía hablar de palabra, lo habla en el libro que lee, pues aquellas letras la enseñan lo que ha de hablar y responder, y aun en alguna manera es peor este negocio y más dañoso y peligroso, porque esto puédelo hazer siempre que lee, mas lo otro no, sino cuando el padre o otra persona no la vee ni la siente, o lo sabe. Y también del hombre que la habla y persuade al mal, y la quiere engañar, se puede mejor defender y guardar, y unas vezes la guarda el miedo de sus padres, otras, el temor de la infamia, otras, el remordimiento de su consciencia; mas de la habla del libro malo no se puede tan fácilmente defender, porque siempre le puede tener consigo, o se le queda en la memoria lo que en él ha leído y no puede desechar los malos conceptos que ha recebido hasta que vengan a parir y parar en mal y en su perdición47.

Una vez llegadas a la edad de casar las tiernas doncellas de flaco juicio deberán pasar bajo la tutela de sus cónyuges, cuya tarea en la instrucción femenina no es de menor envergadura: como recuerda Vives, “si el marido es la cabeza de la mujer, si es su mente, su padre, su Cristo, prerrogativa y obligación suya es hacerse cargo de su formación”48. Por eso mismo el humanista valenciano no puede dejar de lamentar el escandaloso descuido que demuestran a la hora de supervisar sus lecturas. Si tampoco se libran de reproches los educadores religiosos – “me maravillo mucho de los sermonadores y pregoneros de la palabra de Dios cómo a cada sermón no dan bozes sobre esto, comoquiera que de cosas mínimas a vezes rebuelven el mundo”–49, los más encarecidos están destinados a otros:

47 Astete (1597: 183-185).

48 Vives (1528) en Bernal (1994: 139).

Y no dexo de mucho maravillarme assímesmo de los padres cuerdos, maridos, cómo permiten que sus hijas y mugeres lean tales libros, y de cómo todos a una dissimulan y no quieren mirar en la vida, orden y constitución de los pueblos, y dexan que las mugeres, de donde cuelga toda nuestra vida aprendan ser malas leyendo malos libros.50

Especialmente culpables a los ojos de Vives resultan ser los maridos, cuya locura y negligencia da paso a que las mugeres aprendan a través de los malos libros a ser “maliciosamente perversas”. El padre minorita Francisco de Osuna comparte esta postura en el Norte de los estados, y no es ninguna casualidad que sus irónicas observaciones acerca de la responsabilidad de los hombres sigan la exposición del “Sermón contra los adulteros”. Transcribimos a continuación parte del diálogo entre el autor y Villaseñor:

Villaseñor: Si este sermón sonasse en los oídos de los casados cada fiesta, mirarían

mejor en qué ley y lealtad biven, porque sabiendo los males del adulterio guardarse ían de mirar lo que no les es lícito cobdiciar. Algunos dizen que no es bien que sepan leer las mugeres, mas a mí me paresce que todas aprendan leer para que gozen d’este sermón escripto, pues que en las iglesias nunca se predica, aunque es más necessario.

El autor: Si no topassen con Celestina las mugeres lectoras, provecho les haría ver en

escripto los males del adulterio, empero, aunque son christianos nuestros casados, mejor leen a Celestina o a otros semejantes que no cosa que les aproveche, y aun de mejor voluntad leen los hombres cosas fuera de Christo que christianas.

Villaseñor: Su merescido le verná al hombre que tales libros tuviere, porque no ay

quien tanto siga lo que lee como la muger, que si es adúltera o enamorada, y devota de cavalleros que se precian de tener amigas no es sino porque la tal muger lee y oye libros de amores y cavallerías que la derriban a costa de su marido que se los consiente51.

Si las mujeres engañan a sus maridos, la culpa es de éstos, que, aunque se declaren buenos cristianos, en lugar de traer a casa textos devotos, leen y les permiten leer la Celestina y otros libros profanos de amores y caballerías que no pueden dejar de arrastrar al camino de la perdición a unos seres tan débiles e impresionables (“no ay quien tanto siga lo que lee como la muger”). Por eso Juan de Arce de Otálora pone

50 Vives (1524) en la traducción de Justiniano (1528: .vij.v). 51 Osuna (1531: .lxxxv. r-.lxxxv. v).

en boca de Palatino una afirmación tan prudente: “si fuese casado, no consintiría en mi casa estos libros profanos, amadises ni felicianos ni celestinas; sino un Flos sanctorum y un Cartujano y otros deste jaez”52. Lecturas de temas morales son las que también fray Juan de la Cerda aconseja a los casados, de los que reprende la locura que manifiestan en comprar libros ponzoñosos “para que en ellos la bevan sus mugeres y hijas, las quales, si no aprendieren amores, aprenderán mentiras y expenderán mal el tiempo en leer lo que no puede causar provecho ninguno, ni dexar de hazer daño”53.