Existe una relación compleja y disímil entre la constitución de un sujeto liberal y un escenario de urbano marginalidad. La crítica contemporánea al feminismo liberal es que este, como parte de los feminismos universales, desconoce la particularidad de los contextos en donde se intersectan una serie de categorías como clase social, etnia, género y sexualidad para dar forma a los problemas situados y reales de las mujeres.
La crítica de los feminismos de la segunda ola desarrollados a partir de los años 60 del siglo XX, es que la consecución de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres no consiguió cambiar la discriminación ni la estructura de desigualdades en que estas mujeres tienen experiencias vitales específicas y cuya comprensión escapa de la intervención de un marco legal, formal y normativo, dado que “la teoría política y moral liberal , con su ideal formal de igualdad, habría propiciado una separación u oposición entre lo público y lo privado que perpetúa en este último ámbito relaciones de discriminación” (Turégano 2001, 321).
La crítica feminista a la doctrina liberal es que esta legitime la separación y oposición entre lo público, asociado a una razón normativa imparcial y universal y lo privado, asociado al carácter natural de las desigualdades entre hombres y mujeres y no a su origen cultural ni histórico. De ahí que critiquen la falsa pretensión de que las mujeres toman sus decisiones libremente, bajo las mismas condiciones de igualdad formal que los hombres y sin
restricciones, en el marco de una serie de derechos humanos que las garantizan.
De ahí que es fundamental reconocer que existen condiciones materiales e históricas que condicionan la experiencia de los seres humanos. No existe un sujeto abstracto sino un sujeto particular, histórico, que experimenta la vida en situaciones concretas. Para la doctrina liberal y racional, esas particularidades deben permanecer ocultas en el ámbito privado; el ámbito público es homogéneo, en él no existen las diferencias. El igualitarismo proclama la igualdad de oportunidades y la libertad de elección de los individuos que, en el discurso, de alguna manera está garantizado pero no en la vida cotidiana condicionada por relaciones de poder. El orden universal e igualitario proclamado por el liberalismo, mientras intenta incluir, es excluyente con las mujeres, en tanto sujetos particulares que participan únicamente de la
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esfera privada y cuyos accesos, en la práctica, no se alcanzan de la misma forma en que son alcanzados por los hombres. En tal virtud, “el universalismo que defienden es definido subrepticiamente al identificar las experiencias de un grupo específico de sujetos (…) Estos sujetos invariablemente son adultos blancos y varones, propietarios o al menos profesionales” (Maffía 2003, 174).
Limitar la participación de las mujeres en la vida pública a través de la educación, el trabajo y otros roles de la vida moderna sería, en ese sentido, producto de aquel carácter excluyente. Además, este enfoque liberal naturaliza la vida doméstica y convierte a la familia en un refugio para el individuo que se esconde del control político y social. En tal medida: “el ámbito de las relaciones íntimas tales como el parentesco, el amor, la amistad o el sexo, está protegido por el Derecho mediante el derecho a la intimidad” (Maffía 2003, 234).
La vida familiar y, por ende, la maternidad, pertenecen a la intimidad, a esa esfera privada que no está regida por los principios liberales universales de libertad, igualdad y propiedad, sino por relaciones de subordinación naturalizadas respecto al rol y a las diferencias entre hombres y mujeres. En consecuencia, la familia se convierte en ese espacio que restringe y limita la plena participación de las mujeres en la esfera pública, además de que encubre la violación de los derechos esenciales del individuo:
Esta escisión de la esfera social y familiar sirve para perpetuar en la segunda la desigual distribución del poder (…) la desigualdad de la esfera familiar se proyecta en una desigualdad social: la división sexual del trabajo doméstico perpetúa la dependencia económica de la mujer que se ve obligada a elegir trabajos a tiempo parcial o peor remunerados y, en cualquier caso, tiene menor capacidad para perseguir libremente sus propios intereses (Maffía 2003, 328).
Por esta razón, la mujer envestida de una retórica liberal exige salir de un espacio doméstico al que ha sido confinada. Exige justicia en razón de una vida doméstica que le exige esfuerzos desproporcionados en relación con lo que recibe de ella. Ya no está dispuesta al sacrificio ni a la abnegación de la madre tradicional cuyo único rol es la maternidad y el cuidado doméstico. Para las mujeres liberales, la maternidad no puede ser más que un derecho, una elección
individual, una decisión personal que debe evidenciar la capacidad de autonomía respecto de sus propios cuerpos y proyectos de vida. Cabe recordar que la misma concepción de
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ciudadanía era diferente para hombres y mujeres; a diferencia de los primeros, estas últimas eran ciudadanas en tanto madres. Si las mujeres no eran individuos ni ciudadanos, las democracias modernas y el nacimiento de la sociedad burguesa les otorgaron un lugar
relevante y de reconocimiento en tanto personas, de ahí que las mujeres, además de liberales, se declararan modernas y defensoras de la nueva democracia burguesa.
A partir del siglo XX, las mujeres liberales tienen identidades múltiples: son madres, esposas, amas de casa pero trabajadoras, profesionales e independientes. Entre mayor sea el número de roles y papeles a desempeñar, mejor resultado ha tenido su inserción en la esfera pública. Sucede, entonces, una resignificación de su identidad de género. Ya no son madres sociales, ni para la nación ni para los otros. Ahora son sujetos propios, para el individuo y su
maternidad es una manifestación del querer y no del deber, “del tránsito del mundo de la tradición que marcaba su destino al de la elección” (Branciforte 2009, 45). En tal sentido, la maternidad ha sido normada a través de una legislación de protección, igual que la infancia y los demás sistemas para la reproducción de la vida.
Esta concepción liberal de la maternidad encierra una contradicción: que la maternidad puede ser un impedimento para la autonomía y la libertad de las mujeres, una forma de interrumpir y frustrar los proyectos de vida, de sustituirlos o impedir su formación, frenando con esto el desarrollo de las mujeres como individuos. Por eso, bajo este enfoque, las mujeres adquieren una nueva identidad en cuya resignificación la maternidad no es un acto biológico sino mediado culturalmente.
El sujeto liberal igualitario consigue sus fines, objetivos y preferencias como un mero acto de su voluntad. Ante todo, es individuo porque el sujeto es prioritario y no sus fines. Esto
significa que independientemente de sus fines y de sus circunstancias, la persona es persona porque tiene la capacidad de elegir, el “yo” es anterior a todo lo demás: “La unidad
antecedente del yo significa que el sujeto, no importando cuán condicionado se encuentre por su entorno, siempre es irreductiblemente anterior a sus valores y fines, y nunca
completamente constituido por ellos” (Pereira 2008, 261). Es decir, es autónomo quien puede elegir en libertad.
La mística de la feminidad, escrito por Betty Friedan en 1963, es una de las obras más representativas del feminismo liberal. En ella se toma como objeto de estudio a mujeres
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estadounidenses de clase media en la época de posguerra, que denuncian su condición de amas de casa, esposas y madres como únicos elementos constitutivos de su identidad social. Friedan define un nuevo plan de vida para las mujeres: “que combine el amor, las criaturas y el hogar que han definido la feminidad en el pasado con un empeño por tener un propósito mayor que conforme el futuro” (Friedan 1963, 405). Es decir, tener un plan de vida desde la perspectiva de la existencia completa y no solamente desde el lugar del marido, de los hijos, de las cosas de la casa o del sexo.