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1.2. Proyecto de vida

1.2.1. Maternidad adolescente y proyecto de vida

Existe una extensa literatura que señala la inevitabilidad de las trayectorias sociales, a partir de la experiencia de la pobreza y de los condicionamientos sociales e institucionales que pudiera tener un sujeto. Esta se contrapone a otras posiciones epistemológicas críticas que, en cambio, observan desde los sentidos que tiene la maternidad para las mismas adolescentes, encontrando posibilidades de agencia, aun en las condiciones de pobreza y marginalidad en que son socializadas, así como formas muy particulares de construir sus expectativas de vida en torno o más allá de la maternidad como proyecto de vida.

En 1974, la OMS (Organización Mundial de la Salud) incorporó la maternidad precoz al concepto de salud adolescente. La contemplaba como un problema desde lo biológico, lo

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psicológico, lo médico, lo ético, lo religioso, lo económico, lo demográfico y lo legal (Genolet et. al, 2004). Consideraba a la maternidad como un rol de la edad adulta que tenía consecuencias: “en la salud, en la reproducción intergeneracional de la pobreza, en la posible inestabilidad familiar, en la deserción escolar y en la inserción precaria en el mercado laboral” (Senplades 2013, 139).

A fines de la década de los 70, el enfoque tradicional de la demografía, la medicina y la psicología social, atribuía al embarazo adolescente la transmisión intergeneracional de la pobreza (Climent 2002). Esto, debido al abandono de la educación y del trabajo como mecanismos de movilidad social y como causas de la exclusión del sistema productivo. Es más, el enfoque de riesgo afirmaba que, como en contextos de marcada pobreza la prioridad es la subsistencia, “las posibilidades para planificar la vida, a mediano y largo plazo, son muy limitadas” (Larrea 1994, 42).

Sin embargo, varios autores han demostrado que el embarazo no es la causa de la pobreza ni el único factor que desencadena su reproducción, sino que son “las múltiples situaciones ligadas a la escolaridad, el trabajo y la familia que se traducen en oportunidades o

limitaciones sociales, económicas y culturales de las mujeres que se convierten en madres adolescentes” (González 2010, 47). En otras palabras, la desigualdad de oportunidades parte de los mismos orígenes sociales de estas mujeres (Climent 2002) que no mejoran su situación de vida solamente con posponer el primer embarazo (García 2014). Por eso, el presente estudio plantea la necesidad de complejizar la experiencia de la maternidad en relación con las proyecciones de vida de las adolescentes, superando la categorización institucional de problema social que adquiere el embarazo 'precoz' como dato demográfico.

Ahora bien, la adolescencia es como un puente entre dos mundos: el infantil y el adulto, y entre dos tiempos: el pasado y el futuro (Merino 1993). La búsqueda de identidad está estrechamente relacionada con la capacidad de los sujetos de encontrar el sentido de su existencia en el tiempo. El futuro se conceptualiza de forma distinta de acuerdo con la fase de la adolescencia que se atraviesa. En la adolescencia temprana no existe aún un concepto operativo del futuro. Es en la adolescencia media (15 a 19 años) que el futuro adquiere mayor importancia cuando en base a las expectativas familiares y sociales se elaboran planes,

estrategias y fines que van a organizar los aspectos cognitivos, afectivos y volitivos del adolescente para alcanzar sus metas de futuro.

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Para Merino (1993), la identidad se consolida a partir de la calidad y firmeza de los planes de vida. Según este posicionamiento, las adolescentes que no construyen sus proyectos de vida de acuerdo con los roles que la sociedad adulta considera deseables, o incluso aquellas que, bien sea por su condición etaria, de clase o de género, no han pensado en el futuro ni han definido un proyecto de vida personal, tienen problemas de identidad; es más, fracasan en el paso hacia la vida adulta porque están desprovistas de metas y aspiraciones legítimas, porque sus proyectos no son sólidos ni estables, igual que sus vidas que transitan en la incertidumbre. Las visiones clásicas de la adolescencia 'normal', sostienen que los adolescentes que tienen un débil sentido de la identidad y que no tienen un plan de vida definido, “se precipitan en un rol adulto de padres de familia; otros ingresan, sin más, al desempeño de un rol laboral; muchos se alejan definitivamente de los planes de carrera; otros caen en un estado de verdadera crisis de identidad” (Merino 1993, 7). La perspectiva adultocéntrica aduce que esta crisis de

identidad conduce a la precocidad y a una prolongada confusión de roles, hechos que condena como fracasos.

Entonces, partiendo del principio de que el devenir adulto supone desidealizar el “Yo” infantil y fortalecer el principio de realidad (Flechner 2007), sería pertinente preguntarse ¿cómo piensan el futuro (y el mismo presente) las mujeres adolescentes cuyos medios de

socialización han sido la pobreza y la marginalidad? Existe un lugar social e históricamente asignado a la mujer, que la familia y el barrio enseñan como un rol a cumplir en la vida adulta. La familia, “como mediadora de la sociedad, juega un rol crucial en el proyecto de un individuo”, (Climent 2002, 325) al proporcionar modelos y un campo de experiencias previas, así como al reproducir la clase social, el género, los roles femenino y masculino; al regular la sexualidad y al asignar significados a la reproducción y a la maternidad (García 2014).

Sin embargo, existen otras formas de pensar en el proyecto de vida de las mujeres que son madres durante la adolescencia. De acuerdo con Zaldúa, que estas adolescentes vivan en situación de pobreza y vulnerabilidad social, no significa que tengan que ser víctimas de un destino prefijado. Más bien, otorga un papel relevante a los sujetos, a sus prácticas y a las distintas formas y oportunidades de subjetivación que pudieran encontrar, proponiendo comprender sus “disposiciones (sentidos, expectativas, deseos) y estrategias” (Zaldúa 2009, 307).

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Observar a la maternidad como una experiencia desde los sentidos de las mismas adolescentes, “implica considerar a las madres adolescentes como actores que, aunque inmersos dentro de contextos socioeconómicos y culturales concretos, tienen la capacidad de transformar sus prácticas sociales” (Sanhueza 2005,34). En la misma línea, García plantea que: “Concebir a la maternidad entre las adolescentes como una experiencia subjetiva

privilegia un nivel analítico que pone en el centro al individuo, y su construcción como sujeto a partir de las significaciones de sus vivencias” (García 2014, 50).

Si bien para las adolescentes de estratos urbano marginales, el proyecto de vida podría girar en torno a la satisfacción de unas necesidades materiales básicas como tener un lugar dónde vivir o conseguir alimentación y vestimenta; también podría involucrar la satisfacción de necesidades emocionales como: tener un hogar y cumplir con el deseo de ser madres. En este caso, la maternidad no es un hecho problemático, como es entendido desde el discurso adultocéntrico, sino una “posibilidad de contar con algo propio en situaciones de

vulnerabilidad social y emocional” (Checa 2003, citada en Hasicic 2012); una estrategia de valorización, autoridad moral, legitimidad social y poder frente a la comunidad o un símbolo de independencia y madurez social.

En otros casos significa “una fuente de reconocimiento social para las jóvenes mujeres

desprovistas de proyectos educativos y profesionales” (Gaviria 2000, citado en Galindo 2012, 142); una estrategia de movilidad social cuando han quedado excluidas de toda red de

institucionalidad −escuela, trabajo, cultura, sociedad− (Marcús 2006). O un proyecto en sí mismo, cuando el embarazo es deseado y planeado y no afecta sus perspectivas futuras, en ese caso no es un accidente sino “un acto potencialmente táctico de identidad” (Bucholtz 2002 citado en Hasicic 2012, 20). Llanes Díaz (2012) incluso identifica una forma de agencialidad en el hecho de que las mujeres se enfrenten con una disposición distinta (de alegría, de satisfacción) ante el estigma social que, de por sí, provoca el embarazo adolescente.