• No se han encontrado resultados

Las opciones de realización personal de las personas están, en gran parte, mediadas por la composición social del espacio (Kaztman 2001) en que son socializadas (Climent 2002); donde es constituida su identidad de género y delimitados los roles a asumir y los espacios a ocupar (González 2010). La misma experiencia de la maternidad se ve influida por diversas mediaciones, discursos y prácticas, que son una red de influencias (Lahire 2006) constituidas por la familia, el lugar de origen, el espacio de socialización, el contexto sociocultural y las relaciones e interacciones sociales entre las mujeres y otros referentes culturales.

De la misma manera, el pertenecer a un espacio es otro de los elementos que influye en la forma en que se experimenta la maternidad, en tanto el espacio es una construcción que refleja realidades humanas; es un espacio geográfico y a la vez un producto social, atravesado por relaciones de poder. Con este antecedente teórico, ubicamos a Santo Domingo, que aparece en el mapa político administrativo por primera vez en 1861 como parroquia de la provincia de Pichincha. Fue cantón desde 1967 y provincia apenas desde el 2007.

Es actualmente la cuarta provincia más poblada del Ecuador. En la década del 50, el paisaje montañoso se fue transformando a partir de la apertura de vías y caminos hacia las recientes

32

unidades productivas y con la aparición de nuevos centros poblados a lo largo de las rutas de penetración para llegar a ciudades como Esmeraldas, Manabí o Los Ríos. El centro poblado que mayor desarrollo tuvo fue Santo Domingo, por ser un punto de convergencia de las carreteras que unían la costa y la sierra ecuatoriana.

No obstante, hasta hace 60 años, esta ciudad todavía seguía siendo una parroquia rural del Cantón Quito, un punto de paso que servía de descanso para quienes viajaban hacia la costa. Aproximadamente en 1940, con la apertura de la vía Quito-Saloya-Chimborazo-Santo Domingo se produjo un proceso incipiente de ocupación del pequeño poblado, que hasta entonces solo tenía 120 habitantes y que, aun años después con la construcción de las carreteras, seguía estando prácticamente deshabitada.

En 1957, con el Gobierno de Camilo Ponce, y ante el fin de la frontera agrícola en la sierra, se estableció un plan de ocupación de tierras baldías con el objetivo de crear nuevos polos de desarrollo en el país. Fueron los primeros intentos de colonización dirigida y semidirigida en la zona, con el Plan Piloto que preveía la incorporación de 5.322 Has., distribuidas en fincas familiares para la producción de plátano, banano, café, cacao, pastos, palma africana y otros cultivos de subsistencia (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992).

En 1964, en el marco del gobierno de la Junta Militar (1963-1966) que impulsó la Reforma Agraria en el país, con el apoyo del Gobierno de los Estados Unidos y a través de un préstamo al BID (Banco Interamericano de Desarrollo), se promovió un proyecto de colonización agrícola en la Costa y en el Oriente. En Santo Domingo, estas políticas de colonización promovidas por el Estado, sumadas a la pauperización de algunas poblaciones de Loja y Manabí afectadas por la sequía, y también de otras provincias con altos niveles de pobreza como Bolívar, Tungurahua y Chimborazo (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992), produjeron un drástico proceso de poblamiento. Las familias se anunciaban en la radio, como mano de obra para trabajar en el campo y para el cuidado de fincas y haciendas productivas.

Estos primeros flujos migratorios tuvieron el campo como principal eje de crecimiento. Así surgieron los primeros asentamientos rurales de finqueros, jornaleros, comerciantes y artesanos, conocidos como Recintos, Respaldos y Comunas. El peso migratorio acumulado entre 1950 y 1982 fue del 83.48%, es decir, 8 de cada 10 habitantes de Santo Domingo eran inmigrantes; el 70% correspondía a la sierra y el 30% a la costa (Centro de Investigaciones

33

CIUDAD Y ACJ 1992). En 1969, concluiría este proyecto de colonización que fue apoyado por la organización comunitaria, a través de las cooperativas agrícolas.

La dinámica de crecimiento de las fincas productivas y de la mano de obra campesina, dio paso al desarrollo del centro urbano de Santo Domingo, que se convirtió en abastecedor de víveres, herramientas, medicinas, combustibles, abonos, fungicidas; pero principalmente en un centro de acopio para el intercambio de productos agrícolas y después, en proveedor de servicios médicos y educativos que, desde el inicio, fueron atendidos por el sector privado. Años más tarde, la ciudad empezó a recibir a poblaciones producto de una segunda ola migratoria, esta vez del campo a la ciudad.

En 1975, ya había terminado la adjudicación de tierras y los procesos de colonización en el territorio rural y, por el contrario, se consolidaba un proceso de concentración de la tierra en grandes propiedades, a partir de la introducción de cultivos de gran inversión (palma africana, ganadería, abacá, palmito) para cubrir, prioritariamente, la demanda del mercado de

exportación. Programas de desarrollo rural como el UDRI (1983) y el Proyecto BID 674, lejos de generar impacto en la producción y comercialización agropecuaria, priorizaron la

construcción de infraestructura vial; además de esto, no había crédito estatal para pequeños y medianos campesinos (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992).

Estas fueron algunas de las condiciones previas que influyeron en la disminución del

crecimiento demográfico del sector rural que, a fines de la década de los 70, se desplazó hacia lo urbano, debido también al auge de la explotación petrolera, cuyo efecto fue la aceleración de los procesos de urbanización en el país, lo que condujo a que incluso las áreas rurales y periféricas adquirieran importancia económica.

Entre 1974 y 1990, la población rural de Santo Domingo apenas creció a una tasa anual del 1%, pasando de 72.000 a 77.000 habitantes; mientras que la población urbana, en el mismo período, creció a una tasa promedio anual del 10%, pasando de 30 000 a 114 000 habitantes. En 1982, por primera vez, la población urbana (69 000 hab.) superó a la población rural (68 000 hab.).

El habitante que se fue asentando en la ciudad era predominantemente comerciante, sin embargo, a pesar de ser diferente al habitante que venía al campo a la ciudad, ambas

34

poblaciones tenían en común que eran pobres. La pobreza habría sido la motivación para dejar su lugar de origen y trasladarse a vivir a Santo Domingo, en las condiciones en que se vivía.

Pero una cosa es cierta: todos eran felices, porque había un motor en la gente: Yo vivo bien, a lado de mi mamita en Jipijapa, pero vengo acá y soy dueño de una finca de 50 hectáreas, que en mi puerca vida había soñado. ¡Pero era una montaña, eso era inhóspito!, ¡Pero era mío! Y yo sabía que tumbando ese árbol estaba trabajando por mi futuro. Entonces, con unas limitaciones terribles, pero animados de un sueño, con la ilusión de convertirse en otra cosa. Esa era la gente de Santo Domingo (Víctor Torres, antiguo colono de Santo Domingo, en conversación con la autora, enero de 2017).

El acelerado crecimiento de lo urbano, además de los efectos que tuvo en el mercado de trabajo, ha tenido importantes consecuencias en la política de vivienda y en la forma en que se ha ido configurando el espacio en que estas poblaciones experimentan la vida. En 1960, el núcleo urbano de Santo Domingo tenía una extensión de 10.6 Has.; ya para 1982 alcanzó las 3.881Has14. En este nuevo proceso de expansión territorial generado por la demanda y solución de vivienda, aparecieron las Cooperativas de Vivienda, bajo la influencia de las Cooperativas Agrícolas que, de forma espontánea y sin apoyo ni control estatal ni municipal, iniciaron un proceso de transformación de las tierras rurales en urbanas. Como se muestra en el siguiente mapa, entre la década 1940-1980, el crecimiento urbano se expandió

exclusivamente en torno al centro.

35

Figura 1. Crecimiento urbano de la ciudad de Santo Domingo entre 1943 y 2010

Fuente: Torres López (2017)

Entre 1960 y 1990, el crecimiento del espacio urbano tuvo una baja densidad de ocupación del suelo. En el perímetro urbano existían tierras sin lotizar y, además, en los lotes habilitados era muy bajo el índice de ocupación (a 1999, 54% se hallaban sin ocupar). En respuesta, nace el cooperativismo de vivienda, representando a los flujos migratorios provenientes de otras provincias y del mismo cantón, que demandaban suelo urbano. Ante la ausencia de la gestión estatal y municipal, las cooperativas de vivienda se constituyeron “en el principal agente de negociación, habilitación y ocupación de las tierras agrícolas adyacentes a la ciudad” (Hidalgo 1999, 196). Para 1982, el 66% de la tierra urbanizada correspondía a las cooperativas de vivienda; en menos de 20 años (para 1999), ya existían más de 100.

A partir de la década de los 80, el crecimiento urbano fue precipitado. Santo Domingo se convirtió en un referente del cooperativismo de vivienda a nivel nacional, apoyado por el naciente Consorcio de Cooperativas y Organizaciones Agrícolas (Torres 2017). Las

cooperativas de vivienda obtenían las escrituras globales de las tierras, a través de procesos de negociación con los propietarios y dirigían las obras básicas de urbanización, en base a las aportaciones económicas y de trabajo de los socios. Por eso, los asentamientos tardaban muchos años en consolidarse y, en algunos casos, quedaban con cobertura parcial de

36

servicios, pese a la autogestión de sus habitantes para dotarlos de electricidad, apertura y lastrado de calles, agua potable, alcantarillado y equipamiento comunitario (escuelas, casas comunales).

En 1979, con el regreso del país a la democracia, la política de partidos se apoyó en un modelo clientelar. Con el fin de ganar votos entre los pobres, las autoridades locales no respetaron la planificación que existía para el desarrollo urbano local (Torres 2017,

entrevista), auspiciando el establecimiento legal de asentamientos irregulares. A mediados de la década de los 80, como consecuencia de la crisis económica, el cooperativismo de vivienda fue reemplazado por relaciones clientelares entre pobladores y autoridades de turno y se abandonó la gestión vecinal para pasar a la gestión urbana y municipal.

Con la crisis del movimiento cooperativista, la demanda de suelo urbano fue canalizada por caudillos locales cuya estrategia era invadir terrenos que no eran legalizados para mantener el control de la población a la vez que se le mantenía como base para la promoción y

movilización política. Desde 1985, empezó la expansión de este nuevo modelo clientelar presidido por el alcalde Ramiro Gallo,15 quien auspició la invasión de varios terrenos como parte de su política que agravaría la situación de los pobres urbanos con el neoliberalismo de la década de los 90.

Las mujeres pobres del campo migraron hacia la ciudad de Santo Domingo (migración intraurbana) pero sobre todo vinieron de otros poblados rurales de la costa ecuatoriana acompañados por sus familias. La necesidad económica, la crisis en el territorio rural y el anhelo de encontrar un trabajo, los motivó a asentarse en la ciudad de Santo Domingo. Así fue que se creó el barrio Cristo Vive. Durante los primeros años de su invasión, el precio de los lotes era muy bajo –aproximadamente a 100 sucres el solar– a pesar de que la demanda de terrenos seguía creciendo. La modalidad principal de apropiación era la invasión o posesión. Los que se arriesgaban por un lote de terreno, asumían todos los riesgos de vivir en un barrio periférico, en plena época de expansión del modelo clientelar de entrega de tierras. Sobre la

15Ramiro Gallo, ex militante del desaparecido Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), llegó a Santo

Domingo en 1970 y fundó el Frente de Lucha Popular, cuya propuesta era tierra para los pobres (El Universo 2005). Auspiciado por el Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) y apoyado por organizaciones de vivienda y del comercio informal, fue alcalde del cantón entre 1992 y 1996.

37

violencia que se vivió en esas primeras épocas existe el testimonio de las primeras colonas del barrio que llegaron ya siendo adultas y teniendo a sus hijos:

Cuando llegamos este barrio era dañado. Aquí era muerte y muerte. Por aquí era terrible. Uno no se asomaba. Aquí era, uno tras de otro amanecía muerto. Eran ladrones, así, entre ellos se mataban. Aquí la mujer no podía salir porque era peligroso, las violaban aquí. Ahora es que ya todo ha cambiado. Hasta los policías andan rodeando de noche (Aída María Gómez, madre de la primera generación, en conversación con la autora, enero de 2018).

La mayoría de mujeres colonas permanecía en sus casas mientras sus maridos se enfrentaban a otros hombres para defender sus terrenos y limpiar el barrio de los consumidores de alcohol, drogas y de la delincuencia de la que, no obstante, no eran directamente víctimas porque como eran recién llegados, no tenían mayores posesiones que los otros pudieran sustraer. Todos estaban en una posición similar: migrantes, pobres, con grandes familias (no solo nucleares sino también familias extendidas) y la mayoría de ellos sin trabajo. Sin embargo, hemos tomado a las mujeres como narradoras principales para describir la experiencia particular de ser mujer, migrante y madre en estos entornos violentos.

Aquí mataban mucho. Había muertos más aquí, más allá, más allá. Cosa que uno a las seis de la tarde ya se tenía que meter a su casa. Después de las 6 ya no salíamos porque era una loma ahí atrás y había unos fumones que se reunían. No robaban porque no había qué robar, ¿qué iban a robar?, si todos éramos pobres, no había nada, pero de esa casa se repartían para robar en otros lados (María Bravo, madre de la primera generación, en conversación con la autora, enero de 2018).

En esa época Gonzalo Peñafiel era el gerente de Cristo Vive. Fueron años de conflicto por la repartición de tierras. Según testimonios de las mujeres, el problema era que los habitantes de Nuevo Amanecer querían destituir al presidente de Cristo Vive para hacer las divisiones y asignaciones de tierra que más les beneficiaran. Cuando hicieron las divisiones de tierras murió mucha gente, generalmente hombres; algunos ni siquiera morían en el momento del enfrentamiento sino después:

Los mataban, los mandaban a matar, sobre todo las gentes importantes. A veces hasta en la propia casa los mataban. Mataban por venganzas de tierras, morían los principales dirigentes, tenían cargos de tesoreros, secretarios. Aquí era una guerra. De allá ya venían con palos,

38

machetes, escopetas y se daban y abaleaban de aquí para allá y de allá para acá. La verdad que yo no me metía en esas peleas. Allá que maten, decía yo. Se mataba a los dirigentes y se mataban entre los vecinos por los lotes (María Bravo, madre de la primera generación, en conversación con la autora, enero de 2018).

Las personas que requerían vivienda, buscaban el acceso, lo más barato, lo posible, para vivir con sus familias, aunque tuvieran que participar en enfrentamientos y mediante violencia directa, en riñas, peleas y muertes, por apropiarse de un espacio en donde aún no había entrado el Estado ni las empresas privadas.