De las mujeres entrevistadas de la tercera generación de madres adolescentes, el 46% nació en la provincia de Manabí; el 36% en Santo Domingo, el 9% en la provincia de Esmeraldas y el 9% en la provincia del Guayas; el 82% es de origen urbano y el 18%, de origen rural. Las adolescentes nacidas en Santo Domingo han vivido en condición de migrantes internas casi durante toda la vida. De las migrantes, el 36% vino a Santo Domingo por vivienda y el 27% por trabajo, como parte de un proyecto familiar. Su trayectoria de movilidad territorial previa a ubicarse en Santo Domingo incluye una migración rural, intraurbana o interurbana de entre
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2 y 3 ciudades o barrios antes (55%). Se trata de una generación más móvil que las anteriores por la fragilidad de los vínculos que establece y por su débil inserción en el mercado laboral. Al ser todavía adolescentes o por lo menos muy jóvenes, la forma predominante de su
asentamiento es un 73% en casa de familiares (padres o suegros) y un 27% arrienda a precios muy bajos en Cristo Vive. De hecho, cada vez que existe una ruptura con sus maridos, ellas cambian de domicilio y vuelven con sus padres o se mudan a vivir con otras parejas o familiares, de ahí la dificultad de ubicarlas permanentemente en un solo barrio –con algunas mujeres de la primera generación (abuelas), sucedía que llevaban casi 20 años viviendo en el mismo lugar, desde la colonización e invasión–. Gran parte de las entrevistadas manifiesta estar viviendo en Cristo Vive porque ahí las llevaron sus maridos luego de haberse unido y embarazado.
En adelante, vamos a analizar la composición social de sus familias. Las adolescentes de esta generación crecieron en un 45% con otros familiares como abuelos y tíos y el 27%, solo con su madre, ambos son los porcentajes más representativos de esta categoría. Por ende, hay un espacio familiar vacío que es muchas veces el principal: el de padre o madre y a veces de los dos, en la crianza de sus hijas. Lo que supone que son otras personas las que asumen la responsabilidad económica, de educación y de formación de las adolescentes y que ellas mismas tienen que contribuir para el sostenimiento familiar, obligatoriamente, al no ser aquel su núcleo familiar principal o al tener como madres a madres solteras con un gran número de hijos más pequeños que tienen que ser sostenidos y con otros hijos de la misma edad o mayores que también trabajan.
El 64% de las mujeres de la tercera generación tuvo madres dedicadas exclusivamente a los quehaceres domésticos y el 36%, madres dedicadas a las tareas del hogar y al trabajo remunerado como empleadas domésticas o en comedores, en comercio y otros servicios. El 36% tuvo a padres dedicados a prestar mano de obra como albañiles u otros y otro 36% no conoció a sus padres. Por esta parte, diremos que su proyecto de vida y sus opciones de realización personal estarían influidos por los mecanismos de socialización y los modelos de rol que recibieron estas adolescentes de sus madres.
Y, de hecho, es así porque más adelante, cuando hablemos de su incorporación al mercado laboral, notaremos que existe un patrón ocupacional altamente repetitivo –durante la infancia se dedicaban a educación y labores domésticas (91%). Durante la adolescencia, el 73% se
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dedica a educación y labores domésticas y 18% solo al trabajo (Ver tabla 3, p.113)–; no obstante, existen otros elementos como la educación, que irrumpen en la vida de estas
adolescentes, haciendo que crezcan sus expectativas y que se anhele un futuro diferente al de sus madres.
Por otra parte, si en las generaciones pasadas en la reacción de la familia ante la primera unión de pareja de sus hijas no hubo una respuesta de frustración o de rechazo, en esta tercera generación sí y en más de la mitad de las entrevistadas (55%). Sus padres o familiares a cargo rechazaron el hecho de que tuvieran pareja a esa edad (la mayoría –un 64%– de 12 a 15 años). Seguidos de un 36% que asumió el hecho de forma naturalizada. No obstante, la reacción de las familias ante el primer embarazo, fue de frustración y rechazo en un 64% y de
normalización en un 18%.
La edad promedio a la que estas adolescentes se embarazaron fue igual entre los 12 y los 15 años. La reacción de sus familias ante el embarazo adolescente es una respuesta a un contexto que ellas miran con mayores oportunidades para que sus hijas puedan realizar un proyecto de vida propio, algo que no lograban con mucho éxito las generaciones pasadas. La frustración de los padres obedece a que en una época de mayores accesos a la educación, al trabajo, a la salud pública, ellas “fracasen” con un hijo que representa un obstáculo para el progreso de la mujer, aunque el rol de madres nunca se cuestione sino la edad y las condiciones en las que las mujeres se embarazan.
Yo soy madre soltera. Mi mami me quería hacer abortar pero yo no quería. Ella nos contó que ella antes se iba a bailar con las amigas y llegaba borracha. Y así toda montubia y dice que era bien arrecha. Ella con el hombre que estaba quedaba embarazada. Ella nos decía que no quiere que nosotras seamos así como ella, que su primer niño lo tuvo a los 12. Ella a mí en todo lado me humillaba. De ahí yo le dije que todos en la vida cometemos errores y ahora ya nos llevamos (Yamileth Quiñónez, madre de la tercera generación, en conversación con la autora, febrero de 2018).
En estas entrevistas se puede notar que tanto la unión de pareja como el embarazo adolescente empiezan a ser concebidos como un error. Si en la segunda generación las mujeres se
arrepentían de sus parejas, nunca de los hijos; sin embargo, en esta tercera generación se nota cómo las adolescentes ya evalúan ambos hechos como un desacierto que ya no es tan fácil de
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remediar, por la llegada de al menos un hijo o más. Además, en la primera generación, repetir el destino y herencia de la madre era parte de un ciclo natural y normal, diferente en esta generación, que a toda costa intenta romper con esos paradigmas del pasado.
Yo me fui con marido a los 16. Mi abuelita decía que por qué no había acabado el estudio, que por qué no me había preparado primero. A veces nosotras las jóvenes cometemos errores pero cuando nos arrepentimos ya es muy tarde, porque ya los hemos cometido. Yo sí me enamoré pero después me di cuenta que eso no era amor, sino una ilusión, pero ya muy tarde, ya la tenía a mi hija (Katherine Caicedo, madre de la tercera generación, en conversación con la autora, marzo de 2018).
En algunos de los casos, si las mujeres deciden quedarse con sus parejas luego de saber sobre su embarazo, es para no quedar con el estatus de madres solteras, dado el estigma que genera en su contexto, en la familia, en el barrio y en el colegio:
Ya estaba embarazada y me hice de compromiso. Yo muchacha, pues, siempre he pensado que si ya metí la… que si ya cometí el error, pues a terminarlo de enmendar, no voy a tirarlo a un lado a él y yo sola a un lado, ¡no! Si él es el padre, prefiero quedarme con él (Gissela Tuárez, madre de la tercera generación, en conversación con la autora, marzo de 2018).
Efectivamente, el embarazo adolescente es un problema que ya no pueden enmendar. De ahí la resignación con que a la fuerza lo incorporan a su proyecto vital porque en muchas de las ocasiones no estuvo planeado pero llegó:
A veces mis primos, así, yo les doy consejos, que no vayan a cometer las mismas locuras que yo he cometido. A veces dicen: “no, no importa, soy yo y es mi vida”. Yo les digo: miren que yo tengo una hija, que no quisiera tampoco que ustedes cometieran el mismo error que yo cometí (Katherine Caicedo, madre de la tercera generación, en conversación con la autora, marzo de 2018).