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En el período 1982-1990 la PEA (Población Económicamente Activa) de Santo Domingo tuvo un crecimiento del 8% en el área urbana y del 3% en el área rural, lo que indica una reconfiguración del mercado laboral respecto a las décadas anteriores que habían concentrado el empleo en el campo y en actividades de producción agrícola y pecuaria. Con el crecimiento de la población, aumentaron el déficit de vivienda, el desempleo y hubo un fuerte proceso de tercerización e informalidad laboral, como resultado del desfase entre la tasa de crecimiento de la población y la capacidad del sector estatal para absorber empleo, siendo el sector privado, con alrededor del 90% de la PEA, prácticamente el único eje generador de trabajo (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992).

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En la década de los 80, Santo Domingo, por sus elevados niveles de crecimiento, se convirtió en una zona de atracción y generación de empleo. La afluencia de población hacia esta ciudad se caracterizó por tener un alto porcentaje de personas en edad de trabajar, entre ellos jóvenes y adolescentes. A pesar de eso, una de las características de su población ha sido su bajo nivel de instrucción17 (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992; Torres Egas 2017 & Torres López 2009), aunque entre 1974 y 1982 disminuyó el porcentaje de personas con nivel de instrucción primaria o ninguna de 78% a 61% y a 50% en 1990.

Entre 1982 y 1990, la tasa de desempleo disminuyó de 5.6% a 4.7%, no obstante, existe un sector informal urbano que escapa de la administración del Estado. Este sector está

constituido por inmigrantes de la zona rural interna y de otras provincias del país. Esto hace que exista una sobreoferta permanente de fuerza de trabajo no calificada compuesta por asalariados agrícolas, pequeños comerciantes, jornaleros, operarios de talleres artesanales, ayudantes en el sector de servicios y personas sin antecedentes laborales. Estas son masas que van de un empleo a otro, subempleadas, siendo objeto de una gran movilidad ocupacional e incluso geográfica por estos fines.

A partir de 1980, hubo una mayor incorporación de las mujeres –la PEA femenina creció en un 10.5% frente al 7.2% de la PEA masculina–, los jóvenes y los niños al mercado de trabajo, básicamente en el sector comercio y servicios, no obstante, con bajas remuneraciones. El trabajo de las mujeres era demandado, principalmente, en la rama de las confecciones, en la rama alimenticia y en la pequeña y microindustria en donde también se privilegiaba el trabajo familiar y se contrataba en modalidad ocasional o a domicilio con subremuneraciones para reducir los costos (Centro de Investigaciones CIUDAD Y ACJ 1992).

De las mujeres entrevistadas en esta primera generación, el 57% empezó a trabajar en la infancia, entre los 5 y 10 años. Su actividad principal era ayudar a sus padres en la agricultura y un 21% a sus madres con los quehaceres domésticos y de crianza de sus hermanos. Pero este tipo de trabajo en el campo no era considerado un empleo sino una obligación de las niñas y adolescentes. El trabajo, para ellos, era una actividad más bien exterior a lo que hacían en la vida cotidiana, como cultivar o criar animales. Al menos un 29% considera que en esa

17 Esto afecta a la reproducción material y social de las familias, por su participación en actividades que requieren

de baja calificación como el comercio y las actividades productivas en pequeña escala o el sector de los servicios y además, en condiciones precarias y con bajas remuneraciones.

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época no había necesidad de trabajar, sobre todo la mujer, puesto que el hombre era quien conseguía las pocas cosas de las que el campo no les proveía o para la educación de sus hijos, que empezaba a convertirse en una demanda de las siguientes generaciones.

Se trabajaba para cubrir necesidades básicas diarias y nunca pensando en el trabajo como una actividad para el futuro. Si la mujer trabajaba era por su estatus de madre soltera, separada o porque su esposo no podía trabajar. En este caso, su aporte económico se convertía en el sostén de su familia. Cuando la mujer trabajaba y su marido también, entonces el dinero que recibía la mujer era destinado a sus gastos personales o a gastos menores. Pero generalmente, en la época en que estas mujeres fueron madres o en el tiempo en que vivían en el campo, sí trabajaban pero sin goce de un pago, al contrario, eran tuteladas económicamente, primero por sus padres o familiares y luego por su pareja.

Cabe recordar que a pesar de que estas mujeres vivían una maternidad cíclica y asimismo una vida en función de cumplir con ciclos naturales, la crisis de la producción agrícola y la falta de empleo en el campo las obligó a salir del área rural hacia la ciudad, acción que también les generaba ciertas contradicciones por el anhelo del campo y la necesidad de ir a la ciudad.

A mí me encantaba el campo. Allá teníamos sembrada bastante guanábana, verdecito. Allá yo podía criar un animal pero ya en el pueblo todo era comprado. En cambio, usted allá sembraba la yuca y si no tenía más, más que sea su yuquita se la comía con sal, con pescado, con maní, con lo que sea, pero ya no pasaba hambre, en cambio en el pueblo había que comprar todo, por eso, ¡uh, a mí me gustaba más el campo! (Marta Teresa Zambrano, madre de la primera generación, en conversación con la autora, enero de 2018).

Migran a Santo Domingo principalmente en busca de trabajo y vivienda. Sobre todo son los hombres quienes buscan ser empleados y llegan a la ciudad cargando con familias numerosas, sin mayores niveles de educación ni de capacitación y sin capitales para invertir o trabajar más que su propia fuerza de trabajo. La ventaja en términos de estructura de oportunidades es que Santo Domingo era un mercado joven, ciudad en plena consolidación que de alguna forma podía absorber parte de aquella mano de obra.

El 71% de las mujeres entrevistadas en la primera generación, se dedicaba a los quehaceres domésticos, no trabajaba porque guardaba la idea de que en su época eran los hombres

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quienes mantenían el hogar, mientras que el 14% sabía desempeñarse en la agricultura y ya en la ciudad, en oficios varios, generalmente en condición de subempleo o de empleo informal. Un 21% no trabajaba por no tener quien cuidara de sus hijos y un 14% por sentirse cómodas sin tener que hacerlo y a expensas del trabajo de su pareja.