Embellecer la capital con edificaciones modernas

In document Alberto J. Pani, promotor de la arquitectura en México, 1916-1955 (página 95-126)

3.3 Las primeras propuestas habitacionales de Alberto J Pani y su concordancia con el imaginario

3.3.2 Embellecer la capital con edificaciones modernas

El embellecimiento del entorno edificado fue una de las aspiraciones modernas. La higiene, la fluidez del tránsito en las calles, la limpieza física y estructural de los edificios, la organización interna de sus locales con base a ejes de composición, la comodidad de ellos, su iluminación y ventilación, el carácter de los edificios etc, fueron cuestiones que estaban implícitas en la noción de belleza del mundo moderno. Lo mismo era entendido cuando se hablaba de progreso o de grado de civilización de un pueblo. No se quería implantar la belleza por la belleza sino construir un medio cómodo, eficaz e higiénico donde las actividades de la sociedad burguesa, liberal y democrática fueran posibles tomando en cuenta lo más posible los adelantos científicos y tecnológicos que hacían posible ese mundo “feliz” incluyente. Pues con base en el pensamiento democrático que vislumbra a “todos” los hombres “libres”, con posibilidades de desempeñarse de acuerdo con sus capacidades en la competencia para obtener un progreso educativo y material, era posible pensar que cualquier hombre podía acceder a los espacios que revelaban ese orden y progreso en el que se basaba la ideología burguesa y que podía apreciarlos, todo era cuestión de educación y de cambio en la organización social.

Desde las primeras construcciones modernas en la capital, que se remontan a la época de Manuel Tolsá y de los profesionales que arribaron para instaurar la Academia de San Carlos se observa su intención de embellecer la capital con obras adecuadas a su categoría de capital de la Nueva España. Los testimonios de estos personajes evidencian los rasgos del espacio urbano y con ello nos hacen partícipes de las carencias de la gran urbe. Esta cuestión del embellecimiento de la capital continuó a lo largo del siglo XIX y no se puede separar de los propósitos tendientes a su higiene y salubridad, la ampliación y trazo de sus principales vías de comunicación así como la introducción de los vehículos capaces de interconectarla tanto en su interior y como con los lugares suburbanos.

Si se toman en cuenta todos estos aspectos que conformaban la noción de embellecimiento, la capital de la República se había embellecido muy poco a lo largo del

siglo XIX. Fueron contados sus nuevos edificios como el Teatro Nacional, el mercado del Volador, los teatros Principal, Iturbide y Colón, algunas tiendas comerciales y residencias así como la refuncionalización de edificios virreinales, la Biblioteca Nacional, el Edificio de la Escuela Nacional de Medicina y el de Jusrisprudencia eran de destacarse como propios de las aspiraciones modernas. La misma Plaza Mayor, o Zócalo, carecía de la grandiosidad de esperarse en el centro de la República “sin la Catedral esta plaza no llamaría la atención” ya que el Palacio Nacional “es un grande edificio demasiado sencillo, de un solo piso”. Esta falta de atractivo era apreciada por los visitantes, aspecto que no pasó desapercibido por los habitantes y menos por las autoridades que en todo momento manifestaron su deseo de elevar el rango de la capital con la construcción de espacios públicos y privados acorde a ella. La capital era en efecto el lugar que debía manifestar antes que cualquier otro de la Republica, los adelantos en materia de salud y la estética que acompaña a las buenas edificaciones.

Junto con las obras de saneamiento y abastecimiento de agua potable, se refuncionarizaron y edificaron innumerables obras que cambiaron su carácter clerical por el de liberal o moderno. A principios del porfirismo, las edificaciones virreinales que se conservaron fueron por su incuestionable valor histórico/artístico o porque prestaban aún funciones que era difícil realizar en otros lugares como la atención hospitalaria y la beneficencia pública. Pero más pronto que tarde y a medida que se fue invirtiendo en el equipamiento y expansión de la capital, esos edificios fueron suplantados por otros donde fueron aplicados los lineamientos modernos.

La construcción de los nuevos géneros arquitectónicos, o la nueva habitabilidad, corrió a cargo de los empresarios particulares que contaron con el apoyo legal y financiero de la administración porfiriana. En pocas épocas de la historia del urbanismo y de la arquitectura en México se observa la participación de un gran número de asociaciones encargadas de la construcción de nuevos fraccionamientos o colonias, de casas comerciales, nuevas tiendas departamentales, teatros, edificios de oficinas, bancos y demás géneros que cambiaron la fisonomía de la ciudad. Y aunque el gobierno no participó más que en aquellas propias del equipamiento urbano, empezó a regular el tipo de construcción para que la capital conservara el carácter moderno que iba adquiriendo. No cuento con los datos suficientes para saber con certeza cuando y de donde provino la

iniciativa de crear una Comisión de embellecimiento de la ciudad de México, pero la constitución de esta instancia gubernamental es demostrativa de que la noción de belleza o embellecimiento era, y es una categoría implícita en la noción de modernidad y todo lo que ésta conlleva.

En efecto, para 1905, el Ayuntamiento de la ciudad de México contaba con una Comisión de Mejoras y Embellecimiento de la Ciudad encargada de evaluar los proyectos que se edificarían en las zonas donde más recaía la imagen de la modernidad, en el Zócalo, la avenida Plateros, Tacuba, Donceles, lo que sería 16 de septiembre, la Alameda Central y sus terrenos circunvecinos, Paseo de la Reforma y por supuesto la recién abierta avenida 5 de Mayo.

Quizá donde mejor se refleje la relación entre progreso, modernidad y una “buena” edificación sea en las recomendaciones que hace la Comisión al Ayuntamiento de la Ciudad para que modifique los términos de la convocatoria a la mejor fachada de la calle 5 de Mayo. El Ayuntamiento había publicado un concurso que premiaría la mejor fachada que se construyera en esa avenida, dio un plazo de dos años para que se construyeran edificios de buena presencia que dignificaran a la capital. Para ello convocó a los constructores a participar en la creación de “bellas” fachadas, fijándose únicamente en ellas.

Las recomendaciones fueron que el concurso se abriera a los edificios completos y no sólo a sus fachadas, tal y como sigue;

"un edificio es un conjunto indivisible, armónico, cuyas partes íntimamente relacionadas entre si, no es posible separar. Seria un bien incompleto el que produjera el concurso solo de fachadas: la fachada debe ser fiel expresión del interior en que hay que premiar la bondad de la distribución, las condiciones higiénicas, la seguridad constructiva y buena aplicación de los materiales. Conviene en consecuencia exitar a que la obra en su conjunto, satisfaga todas las condiciones lo mejor posible, si bien se debe hacer notar que la condición preferente sea la de la belleza del exterior para conseguir el embellecimiento de la Avenida".120

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Arquitectos Miguel Ángel de Quevedo, Guillermo de Heredia y Nicolás Mariscal, Convocatorias de medallas para premiar al autor de los mejores edificios y de la más bella fachada, en la avenida del 5 de mayo. Secretaria del Ayuntamiento del Distrito Federal, año de 1901, p.1. Volumen 1504 a del Archivo Histórico de la ciudad de México. Ramo Obras Públicas. Mejoras de la Ciudad.

En la recomendación se advierten los conceptos que los maestros de composición y teoría exigían a sus alumnos en los proyectos, mismas que ya en la práctica se solicitaban a problemas tangibles. “Bondad en la distribución”, “condiciones higiénicas”, “seguridad constructiva”, y “buena aplicación de los materiales”. Estas cualidades indican lo que los arquitectos/ingenieros consideraban debía tener una obra además de su bella presencia, la cual, según se entiende, sería consecuencia de la atención a ellas. Si para el embellecimiento de la ciudad eran importantes aspectos técnicos, constructivos, de organizaciones de espacios interiores y de higiene, podemos deducir que para entonces, tanto los profesionistas como ciertos sectores, confiaban que la belleza de un edificio estaba en correspondencia con los avances de la ciencia moderna y no sólo con la elección de un estilo de acuerdo al destino del edificio. El embellecimiento de la ciudad podía realizarse con la mejora sustancial de la habitabilidad, y con ello se manifestaría el progreso, la educación y el mejoramiento moral de la sociedad.

Las últimas obras del porfirismo son la materialización de estas nociones e ideales instalados en las mentalidades de los sectores medios y altos, así como en las élites políticas y sectores económicos. El Palacio de Correos, la Secretaría de Comunicaciones, el Monumento a la Independencia, la Escuela Normal de Profesores, el Hospital General, el Rastro y demás construcciones conformaron el imaginario moderno de la época.

Si bien estas consideraciones se aplicaban a las obras ejecutadas por profesionales, no quería decir que el gobierno no se preocupara por que estas se aplicaran a todas las zonas urbanas de la capital, aún en las pobres y marginadas. El retraso que caracterizaba a algunos barrios era vergonzoso aún para las autoridades que no dejaban de llamar la atención a ellos.

En este ambiente de re-construcción urbana, de planes y de obras de embellecimiento para la capital junto con aquellas que se emprendieron para festejar el Centenario de la Independencia, Pani concluye sus estudios y se incorpora a la vida profesional como se ha expuesto. Se percató de la importancia de construir espacios en consecuencia con las ideas modernizadoras pues de alguna forma legitiman la ideología y la política aplicada así como la justificación del uso de los recursos públicos y privados. Las nuevas obras urbanas/arquitectónicas y de ingeniería realizadas a finales del siglo XIX y principios del XX fueron la expresión simbólica/estética del progreso y por ello

Como ingeniero contratista, Alberto J. Pani trabajó para el Ayuntamiento de la ciudad con obras de saneamiento en 1911 en la colonia La Bolsa.

Ezequiel A. Chávez, un archivo automatizado, Archivo Histórico de la UNAM

Al norte de la ciudad de México, junto al Rastro, se localizaba la colonia La Bolsa, desprovista por mucho tiempo de infraestructura y servicios.

fueron difundidas por doquier. No es lejano suponer que la labor edificatoria que llevarían a cabo Pani y sus coetáneos después de la fase armada de la Revolución implícitamente contuviera la lección heredada del porfirismo: las obras son parte de la construcción del imaginario moderno/revolucionario, son parte de él, son la expresión arquitectónica de él. Alberto J Pani contribuyó en esa edificación moderna con el saneamiento de barrios populares, el abastecimiento de agua potable y con obras para la desecación del lago que eran medidas de higiene y salubridad pública121.

Además de reconocer lo anterior, es pertinente en este punto de la tesis detenerse a la parte de su educación artística y estética con la que participó e integró con los demás agentes de la producción urbana/arquitectónica. La manera y la forma de lo que construye no es más que la expresión propia de cómo se hace y se espera en el momento, era lo aprendido en la escuela junto con lo que de manera práctica se veía y hacía de acuerdo con el medio social/cultural donde se desenvolvía; lo que el cliente esperaba y que de manera implícita solicitaría a cualquier profesionista era en ese momento una construcción ecléctica.

Esto no era particular de la ciudad de México sino también de las principales capitales europeas, lo cual quería decir que los educados en recintos académicos, y aún los que se formaban de manera autodidacta, se retroalimentaban de las formas y modos de construir que se divulgaban a través de tratados, manuales, libros especializados y hasta de magazines y revistas que circulaban en el medio “internacional”. El eclecticismo fue el estilo o modo de construir propio de finales del siglo XIX y principios del XX. En resumen se puede decir que éste recogía la experiencia constructiva y formal de cada uno de los pueblos y naciones que habían contribuido al progreso de la civilización, ya sea en sus ramas artísticas o científicas. A finales del XIX se había formado en el mundo académico intelectual un repertorio arquitectónico/constructivo/artístico capaz de nutrir a casi cualquier género y ese fue el mayor problema que a nivel teórico tuvieron los constructores profesionales, pues vieron en aquel repertorio una limitante expresiva más que buenas experiencias artísticas.

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El asunto fue aún más cuestionado cuando entró de lleno el fierro en las estructuras arquitectónicas, la supuesta incapacidad de los constructores de dar formas “bellas” o expresivas a ese novedoso material hizo que se recubriera de piedra o mármoles para darle la expresión estética adecuada al carácter del edificio. Aún con todo el debate y la inconformidad suscitada a nivel teórico por esa supuesta incapacidad de finales del siglo XIX, lo cierto es que el eclecticismo fue la manera de dotar de buen gusto a las obras. A esto se unió la exigencia o aspiración identitaria a que cada Nación/Estado tuviera en su haber alguna expresión artística/arquitectónica acorde al “espíritu” de ese pueblo o nación, que expresara su originalidad y su cultura. La aspiración a identificar en el arte, y por extensión a la buena obra arquitectónica, el país de procedencia fue también una legitimación moderna que sin embargo casi siempre fue estudiada, interpretada o estudiada en franco antagonismo con lo que se consideraba “moderno” cuando en realidad fue parte constitutiva de él.

Fuera del ámbito intelectual o profesional esos asuntos no eran cuestionados por quienes construían en las nuevas zonas residenciales o en los nuevos lotes de las principales avenidas de la capital. El buen gusto era el “ecléctico” y a través de él se expresó el grupo social al que Alberto J. Pani procuraba

“Al señor Rener también habíamos construido una costosa residencia en la esquina de las calles de Liverpool y Dinamarca (….) Por decoro profesional hago la declaración de nuestra irresponsabilidad en el mal gusto de su decoración interior y, sobre todo, de su mobiliario” 122

El “mal gusto” al que el ingeniero se refiere en esta cita, era el ecléctico de la época manifiesto en las decoraciones y en el mobiliario. Esta afirmación evidencia que al paso del tiempo y de acuerdo al lugar desde donde se escribe y se reinterpretan los hechos del pasado se varía la apreciación. Como hombre que cambió su ideología y se representó revolucionario difícil era que apreciara el eclecticismo en 1941 como una manifestación de la modernidad de finales del siglo XIX a la que se adhirieron los educados como él; otras obras eclécticas construidas por el ingeniero fueron la “monumental Capilla Funeraria” propiedad de la familia de su socio José Pacheco y Gavito en el Panteón Francés, y remodelaciones de casas que efectuó.

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El equipamiento y embellecimiento de la capital estaba en auge cuando inicia el movimiento revolucionario. Los capitalinos que vivieron el acontecimiento apreciaban como las obras se iban interrumpiendo, por lo que una vez que se restableció el orden político quisieron continuarlas. José Vasconcelos, Alberto J. Pani, José Manuel Puig Casauranc, Aarón Sáenz, Manuel Rojo Gómez emplearon argumentos a favor del embellecimiento de la capital cuando justificaron las obras emprendidas como funcionarios públicos. Es decir, siguieron empleando las nociones aprendidas cuando fueron educados en el porfirismo, sin embargo, hay que establecer que la noción de embellecimiento es propia de la modernidad e iba relacionada con otras que no podían dejarse de lado como la higiene y la comodidad.

Hay categorías como las anteriores, pertenecientes al rubro de lo arquitectónico/urbanístico, que trascendieron la época porfiriana constituyendo así el fundamento de la arquitectura moderna/revolucionaria. Esto se debe en gran medida a que los protagonistas o “constructores” serán quienes de jóvenes habían vivido la experiencia de la transformación urbano/arquitectónica en sus ciudades de origen y en la capital. No podían aplicar otros criterios más que los aprendidos y asimilados de su mundo cultural.

Para finalizar hay que subrayar el papel del agente gobierno en la edificación de obras sociales durante el porfirismo, mismo que se evidencia en el discurso pronunciado en el acto de inauguración del Hospital General en 1905. Con esta obra el gobierno hizo una excepción ya que conforme a lo establecido, el hospital hubiera sido edificado por la iniciativa privada, agente en quien recaía la mayor parte de la actividad constructiva:

“Al erigirlo, no desconoce el Gobierno Mexicano que la beneficencia no es función primordial del Estado, pero cree satisfacer una ingente necesidad social, ya que las instituciones privadas son, por ahora, insuficientes para remediar las penas que afligen a los desvalidos……Así, pues, el Gobierno no pretende abrogarse la beneficencia, ni como prerrogativa, ni como deber, e intenta solamente cooperar a una obra buena y noble [destinando] una parte de las rentas públicas que no sea indispensable para que el Estado llene sus funciones primordiales de defensa del territorio y de conservación del orden jurídico, funciones de energía, de rigor y de fuerza…”123

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El Hospital General de México, México, Secretaría del Estado y del Despacho de Gobernación, 1905, en

El rol de los agentes de la construcción de espacios habitables variará considerablemente después de la fase armada revolucionaria. El gobierno asumirá un papel proteccionista y con él se responsabilizó de la edificación de obras para el beneficio y mejoramiento “físico y moral” del pueblo. Las escuelas, hospitales, espacios para el entretenimiento y las diversiones sanas destinados a las mayorías serán los géneros arquitectónicos apoyados por el nuevo orden político y social, sin embargo, el viraje tuvo que efectuarse poco a poco, fue producto de la construcción de la ideología revolucionaria en la que Alberto J. Pani participó activamente.

Ingeniero Alberto J. Pani

Archivo Histórico de la UNAM. Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y Educación. Fondo Martín Luis Guzmán

La creación de expertos será el resultado de esta educación. Estos expertos serán los que dirijan a las masas en la conquista de las riquezas de nuestro privilegiado suelo. Ellos serán los que faciliten la extracción de los minerales de las entrañas del globo, los que arranquen a la Naturaleza sus secretos más preciosos, los que hagan brotar de la tierra los elementos necesarios para la subsistencia de nuestra raza, los que construyan nuestras bellas ciudades del porvenir, los que edifiquen nuestras higiénicas y hermosas casas, los que tiendan sobre la superficie del suelo las redes de acero que el Comercio necesita, los que perforen las montañas, los que trazen nuestros canales, en una palabra, los que formen al México grande y dichoso del mañana Fernando Solís Cámara124

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Cuatro perspectivas del fenómeno urbano/arquitectónico a través de

cuatro cargos públicos en la Revolución armada

En junio de 1911 el señor Francisco I. Madero entra triunfante a la capital de la República después de una campaña intensa para destituir a Porfirio Díaz de su largo periodo presidencial. Para esas tempranas fechas de la Revolución, muchos no se percataron de la trascendencia del acontecimiento. El mismo Arturo Pani señala que en plena campaña maderista, los jóvenes ingenieros de la comisión de aguas estaban más

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