Y en Dios me acuerdo primero, sólo en trance de morirme, a veces cuando estoy triste mas nunca si estoy contento, no dura el agradecimiento pa aquel que nos da la mano, tan pronto nos sale el clavo, se olvida todo el sufrimiento...
(«Maestra vida»)
Al corazón no miden cadenas ni con el oro quiebran amores...
(Huayno «Remolinos») ¿PARA QUÉ HABÍA MUERTO PABLO INZA EN COBRIZA? Para nada. Ocho meses habían pasado en el Sepa los dirigentes de los sindica tos de la Cerro Corporation que alentaban la expropiación de las minas. Los habían soltado a tiempo de mandar a los maestros a la selva. Los devolvieron a la dura calle, a la desolación, pues habían quedado sin trabajo y nadie quería darles empleo en el Perú. Estaban marcados para siempre con el estigma de la subversión. ¡Pobres cholos, pelearse con la Cerro Corporation! Ni siquiera los dejaban acercarse a las minas en busca de trabajo, pues de inmediato la policía los fichaba. Sin embargo, el 2 de enero de 1974, el gobierno militar había asumido el control de las minas explotadas por la Cerro durante 71 años. Entonces se supo que la historia de Cobriza había ocurrido cuando ya estaban en tratos la empresa y el gobierno militar, pues no era una sorpresa, como la del petróleo, sino un negocio cuyos términos habían convenido puntualmente. Se iba la empresa plenamente gratificada.
GUILLERMO THORNDIKE
En realidad, el Perú compraba el negocio, una transacción multimillonaria que facilitaría la modernización corporativa de la Cerro y su alejamiento de una conflictiva realidad. Esta vez había llegado un numeroso séquito de generales y autoridades a recibir las minas entre himnos y aplausos. La gran ceremonia se había celebrado en el Sindicato de la Oroya, con asistencia de antiguos y nuevos funcionarios, trabajadores y toda clase de uniformados. En los discursos nadie mencionó al compañero Inza. Nadie se acordó de Cobriza.
Horacio Zeballos repasaba la historia de los últimos meses, todavía hospedado en la cárcel del Callao. Una dieta de proteínas y legumbres devolvía vivacidad al rostro ceniciento con el que había vuelto de la selva. En verdad, después de la Cerro, quedaban pocos negocios grandes que no hubiesen sido alcanzados por las reformas de Velasco. ¿Qué rumbo tomaría finalmente el gobierno militar? ¿Hasta qué profundidades del socialismo iba a atreverse el General Velasco? Las tendencias del militarismo manifestaban una voluntad comunistona, liderada por el general cusqueño Leonidas Rodríguez Figueroa, y otra anticomunista, aunque aliada a gobiernos comunistas extranjeros, al mando de la cual se reconocía al nuevo jefe del Estado Mayor, Francisco Morales Bermúdez. En el centro de una futura tormenta, Velasco seguía imponiendo su rumbo nacionalista, con un propósito humanista tan intenso que no se explicaba por qué no había generado cambios mayores, más profundos aún que sus reformas. Una noche de discusiones políticas, Horacio Zeballos dijo que Velasco podía ser sincero, pero que nadie en su sano juicio debía creer que un ejército satélite de los Estados Unidos pudiese actuar con independencia. Los ejércitos latinoamericanos venían a ser subejércitos de Estados Unidos, la potencia continental en torno de la cual giraban los satélites armados, servidores de la causa anticomunista. El verdadero comandante militar del patio trasero sudamericano era el jefe del Comando Sur en Panamá, un estadounidense de apenas tres estrellas. A pesar de todo, el Perú se les volteaba. Fracasaban las guerrillas pero cada vez más resultaban favorecidos los movimientos políticos y las ideas izquierdistas. «Si no puedes con ellos, únete a ellos», había recordado Zeballos para explicar su tesis: el ejército de Velasco estaba suplantando la revolución por otra que dependía de los generales. Las organizaciones populares termina- ban cabalgadas por una imaginaria insurrección cuyo dueño absoluto era el viejo sistema y sus mismas instituciones. En vez de combatir a las masas, se habían apropiado de ellas.
En verdad, el aparato de manipulación política del gobierno militar no sólo era el mismo, sino que había crecido considerablemente. SINAMOS tenía su propia central de trabajadores, la CTRP. Dirigentes de sindicatos se mezclaban con incógnitos agentes de los servicios de inteligencia que habían
penetrado el laberinto sindical peruano. A medida que el Ministerio del Interior ocupaba espacios antes reservados a SINAMOS para manipular directa- mente las organizaciones de base, centenares de informadores a sueldo se reportaban semanalmente en la DSE para delatar a sus propios compañeros. Expertos militares y navales dirigían la intervención de teléfonos en un edificio vecino al de la antigua ITT, también expropiada. En fin, SINAMOS se convertía cada vez más en un apéndice de la maquinaria castrense. Era parte del espionaje interno y de los experimentos psico-sociales, otra de las piezas que usaba el Poder Oculto para controlar los juegos de la política. El escondido centro de maquinaciones castrenses no había descansado mientras los maestros sufrían en el Sepa. Tampoco habían sido los únicos profesores que habían sufrido prisión. Cerca de trescientos dirigentes del magisterio habían pasado por diversas cárceles públicas. Mientras los sutepistas soportaban la represión, ya no SINAMOS sino el propio Ministerio del Interior v el Servicio de Inteligencia Militar organizaban el SERP, Sindica- to de Educadores de la Revolución Peruana, cuyo nacimiento había tenido lugar en los bastiones de Horacio Zeballos, Arequipa y la IV Región. En su manifiesto de partida, el SERP se comprometía a aplicar la reforma de la educación. Por cierto, los «serpistas» se presentaban aún más radicales que los sutepistas, como si se tratara de una carrera hacia la izquierda en vez de una confrontación de ideas y actitudes. En efecto, el SERP se comprometía a unificar al magisterio nacional gracias a un «nuevo espíritu y principios revolucionarios con una actitud antiimperalista y antioligárquica», y se refería al maestro como «la piedra angular de toda transformación». También ofrecía conseguir una generosa reivindicación del magisterio «mediante su participación en la Revolución Peruana». Aún faltaba: el SERP se proponía «participar activamente en la Revolución, en cuanto (el maestro) es el líder social y el forjador de la conciencia nacional (que debe) participar activamente en los cambios estructurales que vive el país.» Los informes confidenciales sobre el SERP debían complacer a Velasco, que aceptaba crédulamente las supuestas verdades de sus servicios de inteligencia. El SERP era velasquista, disciplinado y mayoritario representante del magisterio. Después del congreso de constitución del SERP, habían informado a Velasco que la nueva organización tenía mil doscientos sindicatos de base, con sesenta mil maestros afiliados. Llovían favores sobre el SERP. Los «serpistas» disfrutaban de apoyo oficial, viajaban en avión, se alojaban en buenos hoteles, publicaban anuncios pagados en los diarios, los atendían funcionarios del Ministerio de Educación. En contraste, los sutepistas dependían de las colectas que hacían las bases y apenas si podían moverse por la penumbra nacional, acosados siempre por la vigilancia de la DSE. Pronto los dos sindicatos serían puestos a prueba. En mayo debían realizarse elecciones en trece de las
GUILLERMO THORNDIKE
cooperativas magisteriales (no participaban Lima, Cusco e Iquitos, bastiones del sutepismo). La manipulación militar había terminado por creer en sus propios embustes. Habían reunido firmas de adhesión a fuerza de amenazas. A la hora de votar, los maestros lo hicieron en masa por el SUTEP. Después de contar los votos, sólo quedaba admitir que el SERP había sido mentira, pues habían ganado los candidatos sutepistas con el noventa por ciento de los votos. La vieja FENTEP tenía tres por ciento. El SERP naufragaba con un escuálido siete por ciento.
Velasco consideraba indispensable el respaldo del magisterio peruano. Tendría que tratar con los verdaderos dirigentes del magisterio. ¿Dónde estaban? En el Sepa, desde hacía ocho meses. No se habían dejado doblegar. Libres habían quedado unos cuantos dirigentes. A Manuel Esparza lo habían capturado a tiempo de enviarlo al Sepa. Aníbal Rebaza, Víctor Manzur y Néstor Vicente soportaban una larga clandestinidad. Debía existir considerable colaboración de maestros y preceptores en toda la república, pues el espíritu del SUTEP se mostraba fortalecido al cabo de tanta persecución. El único personaje visible todavía era Carlos Salazar Pasache, presidente de la central de cooperativas, a quien simplemente no habían podido meter en prisión. La verdad era que si encarcelaban a un dirigente, otro maestro tomaba su puesto. Humildes escuelas o grandes colegios, planteles de todo el país participaban de la resistencia. A mitad de 1974, con inevitable realismo, Velasco ordenó que sacaran del Sepa a los sutepistas.
Todo y nada había caído bajo control de los militares. Los principales bancos habían sido comprados por el gobierno, que además controlaba la banca de promoción. Seguros y reaseguros, financieras, el comercio exterior, las importaciones de insumos industriales, los almacenes de aduana, la totalidad de los puertos, los buques, el oro y el hierro, el transporte aéreo, la prodigiosa actividad pesquera, las plantas harineras, la producción de acero, los teléfonos, las comunicaciones internacionales, las microondas, el satélite, la electricidad, la distribución y venta de combustibles, el gas doméstico, la televisión, en buena parte la radio, el papel para periódicos, la venta de azúcar, el tabaco, los alcoholes: casi todo se había convertido en negocio estatal, con gerentes de uniforme y directorios nombrados por el gobierno. Lo tenían todo y nada a la vez, pues la república militar era producto de la fuerza. Su espinazo estaba hecho de puros decretos leyes. Nada había recibido la aprobación de un congreso o un referéndum.
Ya en la cárcel del Callao, Horacio Zeballos recibía información confidencial de algunos visitantes. Velasco había organizado un ejército realmente poderoso, con el mejor armamento que podía comprar a los soviéticos. En Moquegua y Tacna acampaban nuevas divisiones acorazadas y unidades de artillería. Los nuevos tanques debían aparecer por primera vez
el próximo 28 de julio, en el desfile de Fiestas Patrias. Entonces mostrarían pesados cazabombarderos de fabricación rusa capaces de volar a casi tres veces la velocidad del sonido. Buques de guerra acabados de construir navegaban armados con cohetería francesa y soviética. Se decía que Velasco planeaba recobrar la perdida provincia de A rica. Horacio Zeballos sacudía la cabeza. Acaso fuese verdad, todo era posible. Quedaban asuntos por resolver entre Perú y Chile. Velasco y Pinochet, dos generales en guerra. ¡Vaya una contienda! Más probable parecía que Velasco hubiese decidido apurar lo que faltaba de revolución, a fin de organizar la sucesión y colocarse en un rango superior y vitalicio. Nadie ignoraba el constante deterioro de su salud. Al jefe del gobierno militar se le endurecían las arterias. Tarde o temprano la enfermedad afectaría su capacidad de criterio. Entonces sería una locura dejarlo al mando absoluto de la república.
La víspera de ser puesto en libertad condicional, habían dicho a Zeballos que parecía estar en marcha la expropiación de los diarios de circulación nacional, incluido «El Comercio», poderoso decano de la prensa. Según todos los datos, serían entregados a comités controlados por el gobierno a fin de preparar su eventual transferencia a los «sectores organizados de la población», es decir, los que dependían de SINAMOS. «El Comercio» sería para los campesinos. El sector de la educación, (¿el SERP?) tendría un tabloide, «Expreso)), entonces administrado por un sindicato Unidad- sinamista. La expropiación de la prensa causaría seguramente un escándalo internacional. Los dueños presentarían sus quejas a la influyente Sociedad Interamericana de Prensa, el gobierno peruano sería criticado por otros gobiernos y la prensa mundial lo condenaría como la peor de las dictaduras. En trance tan peligroso, Velasco tenía que buscar la paz con los maestros. Ahora o nunca.
EL OFICIAL DE GUARDIA EN LA RESIDENCIA presidencial no ocultó su sorpresa esa mañana del martes 9 de julio. Por la calle de Polvos Azules se acercaba un grupo de visitantes poco comunes. En la sede del gobierno prevalecía un estilo militar y autoritario: cabezas medio rapadas, bigotes rectos y abundantes, mejillas rasuradas, zapatos brillantes, pantalones entubados, corbatas de colores austeros. Un ránger bien plantado, el jefe de los centinelas desconfió del aspecto anarquista y el desenfado de quienes se aproximaban a la puerta posterior. Venía al mando un barbudo de hombros levantados, que al principio parecía contrahecho, a quien flanqueaban un zambo atildado, de vestimenta gris a la moda, con pantalones marineros bien acampanados, y un hombre pequeño, de anteojos, con aire provinciano y doctoral. No todos venían de corbata. Uno traía una gruesa chaqueta con
GUILLERMO THORNDIKE
forro de carnero. Otro estaba en camisa y chompa. Abundaban las barbas. Salvo el caballero pequeño y doctoral, todos mostraban enormes patillas. Cada quien caminaba a su paso. Traían zapatos de tacones gruesos, a la moda Makarios (parecidos a los que usaba el arzobispo-presidente de Creta), y varios empuñaban maletines que imitaban el célebre attaché del agente 007. Cuando llegaron a la puerta de grandes barrotes rematados con laboriosas lanzas de bronce, el oficial de guardia supo que olían a magisterio. No parecían peligrosos. Sólo uno de ellos se le acercaba en estatura. Los demás le llegaban al hombro. Miraron tensamente al oficial mientras el barbudo se identificaba.
—Buenos días, somos los integrantes de la delegación del SUTEP que viene a dialogar con el señor presidente. Yo soy el profesor Horacio Zeballos, secretario general.
—Lo estamos esperando, profesor Zeballos.
Los centinelas empujaron la pesada puerta palaciega.
—La cita es a las diez. Aún falta un rato —se preocupó Zeballos. —Están a tiempo —siguió el oficial. Tenía insignias de capitán—. El presidente no espera.
Horacio Zeballos sonrió detrás de su espesa barba carcelaria. Pese a que había aumentado de peso, su viejo traje de maestro le bailaba en el cuerpo enflaquecido para siempre. No había tenido tiempo de hacérselo ajustar. De ahí que se le viera como una deformidad.
En el jardín del palacio presidencial no faltaban ovejas y pequeñas alpacas pastando, regaladas por comunidades campesinas agradecidas por la reforma agraria.
En lo alto de la escalera que llevaba a la residencia aparecieron uniformados. Velasco nunca había vivido en el palacio de los presidentes. Prefería su pequeña casa levantada en una urbanización de clase media. Sólo había usado el palacio como oficina o para reuniones de estado y recepciones. Sin embargo, a raíz de la enfermedad, cuando le amputaron la pierna, había trasladado su oficina del antiguo despacho de los presidentes a una ventilada habitación en la parte posterior, casi a la entrada misma de la residencia, pues se prestaba mejor para sus movimientos y tenía cerca un ascensor.
El maestro de primaria Horacio Zeballos entró por una calle curva y subió peldaños de mármol al encuentro del general Ibáñez, jefe de la Casa Militar.
Antes del último tramo, Horacio Zeballos se detuvo y miró en derredor. Vio el pequeño parque, los centinelas con ropas de combate, la guardia presidencial con su uniforme de otro siglo, la estación ferroviaria de Desamparados, los rastros de la pasada grandeza ferrocarrilera, las ruinosas fincas con balcones esponjosos que daban al río, la ribera cascajosa, el cauce
apenas húmedo del Rímac en invierno y, en fin, la casa de los gobernantes, la sede del poder supremo desde hacía cinco siglos. Ahí estaba la historia puesta piedra sobre piedra en lo que había sido el solar de Pizarro. Ahí comenzaban las distancias en la república. Ahí concluían las oraciones y las rogativas. Un golpe de viento trajo como un aullido hasta las orejas pálidas de Horacio Zeballos, tocándolo como una mano de hielo, para seguir de largo por los abismos interiores hacia los que siguió subiendo, sintiendo que la sangre cañoneaba en sus sienes. A su izquierda, Carlos Salazar Pasache. Al otro lado, el abogado del SUTEP, Alfonso Barrantes. Continuaban el tesorero de las cooperativas, José Jara Pantigoso, también Arturo Sánchez Vicente, con frondosa barba el maestro Callirgos, otros dirigentes sutepistas. Era más cristal la puerta de la residencia y más mármol el piso del amplio vestíbulo, en cuyas paredes se exhibían óleos indigenistas. Un poco más lejos vieron una ancha escalera que torcía hacia los pisos superiores y salones entreabiertos, alfombrados, en opulenta penumbra. Resultaba difícil creer que ese palacio perteneciera a los gobernados: veinte millones de parias.
Rara vez el general Ibáñez recibía a los visitantes. Para eso estaban los edecanes. En su uniforme relucían las insignias de general de división. Era paisano de Velasco y había sido su alumno en la Escuela Militar de Chorrillos. Servía al presidente con acorazada lealtad. Personalmente vigilaba la salud y la seguridad presidenciales. Estrechó la diestra flaca de Horacio Zeballos y condujo a los maestros a un salón austero, forrado en madera, en el que ya se habían dispuesto los asientos: SUTEP y gobierno militar frente a frente. Entonces apareció Velasco. Andaba con una pierna ortopédica, apoyándose en muletas. Antes de acomodarse, recibió el saludo de Horacio Zeballos. Se dieron la diestra y se miraron intensamente a los ojos.
Uno y otro sabían ver profundamente en las miradas. La mano de Velasco era fuerte, no se escurría en huidizos apretones. También Horacio Zeballos ofrecía la diestra con franqueza. Después de todo lo vivido, con la secreta certidumbre de que no habría de llegar a viejo, no tenía nada que esconder. Entró el ministro de Educación, el mismo general con cara de calavera, y otros uniformados, entre ellos el ministro del Interior, el general Richter. Al fin se sentaron y alguien dijo unas palabras que sonaban a monotonía. Pero en todo ese rato inaugural, la atención de Velasco estuvo concentrada en Horacio Zeballos y viceversa. Llegaba Horacio dispuesto a resistir, pues su razón negaba a Velasco toda posibilidad revolucionaria. Sin embargo, no dejaba de preguntarse por qué había llegado tan lejos Velasco, pues el Perú no volvería a ser el mismo después de su gobierno, no porque sus reformas fuesen eternas sino porque había abierto las compuertas de la libertad y la cultura. La época del oscurantismo se había desmoronado y las ideas prohibidas volaban libremente en el Perú. Las reformas acabarían tan pronto
GUILLERMO THORNDIKE
fracasaran sus resultados económicos y sociales. El poder se transfería o no servía. Las reformas no podían perpetuarse siempre conducidas por tutores e intermediarios. Pero las cadenas de la ignorancia habían sido pulverizadas. En 1974 no quedaban libros prohibidos en el Perú. ¿Hasta dónde quería llegar realmente el General Velasco? ¿Cuáles eran las limitaciones de su liderazgo? Al cabo de unos minutos de acomodarse, Horacio Zeballos supo que Velasco no sería el primero en mostrar sus cartas.
Para los sutepistas, ese encuentro era todo un atrevimiento. La posición de Patria Roja no favorecía el diálogo, pues consideraba que el modelo velasquista reproducía el corporativismo instaurado en Italia por Mussolini y repetido por el fascismo en todas sus épocas y expresiones. Si bien el SUTEP mantenía constante comunicación con sus bases, realizando asambleas a las que a veces llegaban mil y hasta dos mil maestros, no había podido substraerse de la enfermedad más común de la época: el ideologismo.