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La huelga traicionada

(setiembre de 1971)

...Y el tiempo sigue pasando

mi hermano y no hay pa papear...

(«Maestra Vida»)

Amor de Guardia Civil mi prima no quiere tener porque con bomba, con palo, con pito, dice no sabe querer...

(Huayno cantado por Luis Abanto Morales) YA NADIE SE ACORDABA DEL VERDADERO NOMBRE de Zenobio Barrera, uno de muchos coolíes llegados a Chincha el siglo pasado para reemplazar a los esclavos negros. Decían que había trabajado para la familia Pardo Barreda, uno de cuyos apellidos adoptó al hacerse cristiano en el Perú. El chino Barrera (no estaba bien llamarse exactamente igual que los patrones) jamás había culpado a nadie de su propia desgracia, pues sólo él había decidido viajar a tierras americanas y nadie más podía ser responsable de que hubiese pasado parte de su existencia en lamentable servidumbre. Aunque había trabajado varias campañas en los campos de algodón, se creía que después había servido en la cocina del hacendado, adquiriendo celebridad como autor de memorables banquetes. Posiblemente tardó veinte años en mudarse al puerto de Pisco, después de cumplir su contrato y recobrar la libertad. Para entonces se había casado con una chinchana de apellido Magallanes, chola aunque pariente de otros Magallanes de ancestro africano. Cuando la división chilena de Lynch desembarcó en Pisco e inició su marcha por la costa peruana para atacar Lima en 1881, los chinos abandonaron en masa las haciendas, poniéndose al servicio de la invasión. Los peruanos debían tener la conciencia sucia, con todos los sufrimientos y abusos que habían impuesto a los pobres chinos, pues Lima se horrorizó al saber que

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Lynch había organizado un batallón de chinos para que entrase por delante a las batallas. No era verdad. Lynch, que había intervenido en la Guerra del Opio como oficial de la armada británica, hablaba bastante cantonés y mucho mandarín y se llevaba bien con los chinos. Conforme los iba liberando, los chinos se ponían bajo su protección. Preferían alejarse de las haciendas así que viajaban con el ejército chileno, a veces cargando la impedimenta y consi- guiendo información. Según ciertos datos, Zenobio Barrera podría haber sido cocinero personal de Lynch. Pura habladuría. Sin embargo, gracias a la invasión, Zenobio Barrera pudo llegar al valle de Casma, al norte de Lima, donde ya se habían establecido algunos de los chinos más ricos del país.

Casma, un valle de algodón y frutales, había servido de refugio a los chinos que terminaban sus contratos con las grandes haciendas azucareras de Supe, Barranca y Pativilca, en dirección de Lima; y de Nepeña, Santa y Pacasmayo, rumbo al norte. A comienzos de siglo, casi todo el valle había sido comprado por agricultores chinos. Preferían alejarse de las ciudades y se sentían protegidos en sus tierras. Pero los fines de semana se daban encuentro en el barrio chino de Casma, donde existía un estable-cimiento, el «Hung», en el que timbeaban toda la noche. Según casmeños que lo sabían todo, detrás del «Hung» existía un fumadero de opio. Por cierto, no faltaba un cementerio chino, cuyas ruinas podrían verse muchos años después, adormecidas por el caluroso viento del desierto. Por ahí, más tarde, serían restauradas las ruinas de Sechín, una ciudadela de tiempos remotos. Eran las mismas que había ayudado a preservar un propietario chino llamado Se-Ching. Nombres que se creían casmeños, Konkán, Tabún, el cerro de arena Manchán, eran en verdad toponimias chinas. Hop On Long, Chang Long, Whu y Escudero Whu, Kong Fat Long, Si Ley Chau, Hop Fung, Win Hop, Wing On Chong, Cheng Hop, Pow Lung, eran algunas de las empresas que se habían establecido en los valles del norte. Pero los chinos de Casma se aletargaron. Era difícil no caer en la tentación de la pereza en un sitio de sol perpetuo, donde hasta las abejas hacían la siesta. No llegaron a engancharse a la locomotora del progreso y fueron vendiendo de a pocos sus tierras. Era una vida fácil y quieta para los chinos casmeños. Por suerte, Zenobio Barrera Magallanes, hijo mayor del chino Barrera, había preferido trabajar en el puerto de Casma como lanchero y estibador. Muerto el viejo, el primogénito pasó a ser conocido como el auténtico Chino Zenobio. Cuando no estaba en el muelle, se dedicaba a la agricultura. Criaba galgos y todos los meses salía a cazar en las Lomas de Casma, un paraíso andino que por suerte pocos conocían y aún menos frecuentaban, donde existían tarucas, osos de anteojos, vizcachas y perdices. Pero el Chino Zenobio adquirió verdadera celebridad en Casma porque había aprendido de su padre los secretos de la cocina. En verdad pocos podían imitarlo, pues el Chino Zenobio sólo cocinaba lo que él mismo cazaba o

pescaba, lo que criaba en sus corrales o cosechaba en sus chacras. Mientras preparaba los alimentos, contaba historias de cada plato, memorias de caza, cuentos que había escuchado de niño. Casó con una casmeña y tuvo cinco hijos, al mayor de los cuales llamó Zenobio. A la muerte de su consorte tomó otras mujeres y tuvo trece hijos más.

Así como el chino había tomado el nombre de los Barreda, los negros Bazán también se habían prestado el apellido del rico cajamarquino que los compró a los traficantes de Lambayeque. Sólo Dios sabía cuántas generaciones se habían sucedido en Cajamarca. El primero en cambiar de residencia había sido don Felipe Bazán, un negro de fuerza prodigiosa que se estableció en Virú y después en el valle del Santa, donde ascendió a capataz pues manejaba las haciendas apenas con la mirada. Se decía que Felipe Bazán había tenido cuarenta hijos, desde luego en muchas mujeres, la última de las cuales había sido una serrana de Wari, una de cuyas hijas casó con el más joven de los Zenobios, que a su vez le dio diez hijos, el cuarto de los cuales se llamó César Barrera Bazán.

A LOS DIECISÉIS AÑOS DE EDAD CÉSAR BARRERA HABÍA intervenido en competencias interprovinciales de ciclismo. Tenía una má- quina italiana comprada como una ganga en Chimbote, con la que volaba por el asfalto de la carretera Panamericana. Era demasiado joven y esmirriado para ciertas competencias, pero se enfermaron tres de los integrantes del equipo ancashino y fue llamado a participar en una prueba agotadora, de Lima a Chimbote, otra vez a Lima, después a Ica y finalmente a Lima, casi mil seiscientos kilómetros en total. Partieron trescientos. La mitad volvió de Chimbote. Sólo cien llegaron a Ica. En lo peor de los desiertos se decía Barrera que debía estar loco, pedaleando a ninguna parte, sancochado por el sol. Ica le pareció un paraíso. En medio de nada aparecía un valle verde y una ciudad con árboles frondosos. Antes de emprender la etapa final se dijo que volvería a Ica, pues tenía universidad. Por el momento tenía que acabar la competencia. Noventa partieron hacia Lima bajo un sol rojo que cocinaba las dunas. Llegaron sesenta. César Barrera lo hizo en el vigésimo quinto lugar.

Por cierto, volvió a Ica. Antes de que hubiese universidad había sido una ciudad conservadora. Tenía tantas iglesias como Ayacucho y estaba rodeada de haciendas de uva y algodón. Pero la universidad hizo que toda la región diese un salto al futuro. El año anterior, los estudiantes comunistas habían ganado las elecciones de la Federación Universitaria. El APRA había recobrado su control en 1965. Cuando llegó Barrera, la federación estaba al mando un estudiante de medicina talareño. Eran tiempos difíciles para la izquierda, pues llegaba a lo peor el pleito de prosoviéticos y maoístas. Barrera

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se alineaba con los jóvenes radicales. Se hizo amigo de un moreno de ojos verdes que fumaba un cigarrillo tras otro. Se llamaba Carlos Salazar Pasache y venía de Cerro Azul, donde eran famosos los Magallanes, forzosos parientes del abuelo Zenobio. También conoció a Olmedo Auris, otro estudiante de la Facultad de Educación. Era chinchano, Auris, del departamento de Ica. A diario se veían, pues los unía la amistad, no sólo la ideología. No todos estaban en la Facultad de Educación, como Víctor Manzur, que estudiaba Ciencias Económicas. Otros, más avanzados, causaban admiración con su habilidad para las confrontaciones políticas universitarias. En esa categoría colocaba Barrera a Aníbal Rebaza, que también estudiaba para maestro. En fin, Ica era residencia temporal de Alberto Moreno, trabajador de la Casa Ferreyros, uno de los dirigentes de la juventud comunista maoísta. En 1965, el Partido Comunista de Saturnino Paredes se había opuesto a participar en la guerrilla. Aún más, negaba toda forma de ayuda a la facción de jóvenes que insistía en emprender la lucha armada. Así había precipitado el alejamiento de la juventud comunista maoísta, que alcanzó ciertos niveles de entendimiento con el MIR y la otra juventud que tampoco quería dar la espalda a los camaradas que se alzaban en armas, la prosoviética.

A los veinticuatro años de edad, Barrera dividía su tiempo entre los estudios, la política y el ciclismo. Cinco años después de llegar a Ica estaba en la víspera de su graduación. Tenía un sitio ganado en la delegación peruana que asistiría a los Juegos Panamericanos de Maracaibo. Se fue de Ica para entrenar todo mayo de 1970 en Casma. El calor norteño se parecía al venezolano. El último día del mes debía regresar a Lima, para viajar a Venezuela con el uniforme deportivo nacional. No parecía un día inolvidable. César Barrera pedaleó 137 kilómetros por el tramo de la carretera al que decían «cuesta a cuesta», de Tortugas a Gritalobos, donde al atardecer se escuchaba un concierto de aullidos de los lobos de mar en las islas vecinas. Le gustaba el olor de los desiertos, la brasa del mediodía calentando el aire que respiraba. De vuelta en casa se había dado un largo baño de agua fría y había almorzado con amigos. Vieron el primer partido del Campeonato Mundial de Fútbol transmitido en directo, México contra Rusia, jugado en el Estadio Azteca. Después Barrera se retiró a descansar. Repasaba los diarios dominicales cuando empezó a sacudirse el mundo. En Casma, al pie de la cordillera, iba a ser el peor de los terremotos. Desde los abismos del planeta se liberaba una energía capaz de desordenar el amontonamiento andino. Las leyes de la naturaleza quedaban en suspenso mientras durase el cataclismo. El suelo saltaba, ondulaba, se rajaba en infinidad de grietas. Las más sólidas paredes se bombeaban y abrían en las esquinas. Grado cinco, grado seis. El agua del subsuelo brotaba en chorros turbios. Diez segundos. Se desmoronó una de las torres de la catedral. En Chimbote, a setenta

kilómetros, la tierra se tragaba a quienes salían corriendo de sus casas. Veinte segundos. Dejaba de ser plano el horizonte. Casma se movía como un barco atrapado por una marejada. Crujían columnas, vigas, tronaba por dentro el mundo en destrucción. Monstruoso grado siete. Se partió en dos la cáscara de hielo perpetuo en la cumbre del Huascarán, el pico más alto de los Andes peruanos. Quinientos millones de toneladas de agua azul y rocas bajaron hacia la ciudad de Yungay. Treinta segundos. Terminaba de caer la catedral que había resistido veintisiete terremotos y más de dos mil grandes temblores desde su construcción española. Cuarenta segundos. Volvía a encresparse el terremoto, como si recién empezara a devastar la región. La vibración pulverizaba vidrios, tumbaba viejas fincas en Lima. Era tan fuerte el cataclismo que en Cañete, a quinientos kilómetros de distancia, la gente se arrodillaba a rezar en los parques. Cincuenta segundos. Un helado huracán de muerte precedía la avalancha más grande de la historia, una masa de lodo de cuarenta metros de altura que bajaba a cuatrocientos kilómetros por hora hacia Yungay. Sesenta segundos. La tercera remecida concluyó de tumbar lo que quedaba de Casma. Quinientos muertos en Chimbote. Setenta segundos. El alud cubrió Yungay y siguió extendiéndose por las tierras bajas. Sólo las palmeras de la Plaza de Armas sobresalían por encima de una inmensa capa de lodo y piedras que aplastaba la ciudad de sesenta mil habitantes. Sesenta mil desaparecidos, ahora. Sólo treinta sobrevivientes apiñados en una colina. Veinte pueblos pequeños arrasados más abajo. Terminó de caerse la ciudad de Casma. Quinientos muertos. En Chimbote y alrededores, mil muertos y dos mil desaparecidos. Si se pegaba una oreja al barro de Yungay, todavía se escuchaba voces de gente atrapada y sin salvación posible.

La casa de Barrera estaba arruinada, pero no se había desmoronado el techo. Cuando al fin se sosegó el universo, pudo ver a su mamá y a una sobrina demacrada por el terror. Salieron todos a la calle. Casma había desaparecido. Gritó pensando en toda su gente, en lo que había sido su vida, irrepetible, ahora irrecuperable. Hasta el paisaje había sido borrado. Se tambaleó hacia un horizonte de escombros, extraviado por la falta de referencias. Lo único que quedaba en pie eran los ficus ahora solitarios en la pobre Plaza de Armas.

Ya nunca más volvió a intervenir Barrera en competencias de ciclismo y sólo al dirigirse al sur y ver Lima intacta y la ciudad de Ica sin una grieta, con su Plaza de Armas completa, sintió que no todo su pasado se había hundido en la desgracia. En octubre de 1970 recibió su título de profesor de Lengua y Literatura y viajó a Lima, a solicitar empleo al gran patrón del magisterio: el Ministerio de Educación.

Sin padrinos no era fácil conseguir plaza de maestro de secundaria. Lo hacían regresar todos los días y nada. En pleno verano de 1971, encontró

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en el ministerio a un profesor que volvía de un congreso en Huancayo. Los maestros de secundaria habían aprobado unirse con el sindicato de primaria. Vencía la posición clasista.

Antes de que empezaran las clases, Barrera se reunió con antiguos compañeros y conocidos de Ica. Uno de ellos era secretario del sindicato de secundaria en la Gran Unidad Escolar Pedro A. Labarthe y consiguió que lo contrataran por horas. Al fin tenía un pupitre y tiempo para enseñar. No sospechaba que la tranquila profesión de maestro iba a conducirlo a una existencia llena de turbulencia y sorpresas.

DECÍAN QUE FRED GREENE HABÍA TIRADO la primera bomba atómica sobre Hiroshima y que se había hecho cura en arrepentimiento por sus pecados. Por cierto había sido piloto durante la segunda guerra mundial, aunque sólo había volado aviones de abastecimiento. Sin haber aniquilado ciudades enemigas, volvió a casa confuso y dolorido. Encontró consuelo en la religión católica y entró a la Compañía de Jesús. Años más tarde apareció en Tacna, para fundar un colegio parroquial. El padre Greene, jesuita, pasó a ser un personaje bastante popular en esa ciudad en la que prevalecían los italianos. Unos años antes habían llegado los Hermanos Maristas, que dirigían el colegio Marcelino Champagnat. La escuelita de Cristo Rey, del padre Greene, no podía ser considerada como un plantel privado. Sus alumnos eran niños pobres, de padres obreros o desempleados. Por un convenio con el Ministerio de Educación, el Estado pagaba a sus maestros. Los salarios estaban congelados desde 1966. Ciudad de frontera, con una importante guarnición militar, en 1971 trascendió que la Fuerza Armada se había dado a sí misma generosos aumentos de sueldos. Para los maestros, nada. Ni siquiera una promesa. Se había limitado el gobierno militar a decir que no alcanzaba el dinero. Fin de la discusión. En todo el país crecía el descontento magisterial. El 13 de agosto de ese año, el padre Greene perdió la paciencia. Ya se hablaba de la huelga. Greene decidió escribir una carta abierta al general Velasco. Los diecinueve maestros de la escuela Cristo Rey también firmaron.

«Sin duda usted ha escuchado con frecuencia los reclamos de nuestros colegas en el magisterio: piden aumento. Y es justo, porque ganan un sueldo de hambre. Claro, ellos comprenden que no hay mucho dinero. Siempre suele pasar eso cuando un país inicia un proceso revolucionario profundo que cambia muchas de las estructuras económicas tradicionales. Los reaccionarios resisten, muchos no colaboran, la producción baja.

«Pero la Revolución tiene que seguir, cueste lo que cueste, para que haya un Perú más justo, para que haya una distribución más equitativa de los

bienes materiales, para que todos tengan la oportunidad de vivir con dignidad humana. Creo que la gran mayoría de los maestros en el Perú apoyamos estas metas de la Revolución.

«Una revolución requiere sacrificios. Pero somos débiles, los sacrificios nos cuestan. Tenemos que ser motivados, inspirados por líderes cristianos que hayan aceptado el reto de Cristo: el que quiera ser grande

entre ustedes, debe servir a los demás... el que quiera ser el primero, debe ser el siervo de todos.

«Hemos puesto gran esperanza en esta Revolución. Por favor, no nos fallen. ¡Inspírennos! Ya han escandalizado a muchos con sus buenos sueldos y privilegios. Pero no es tarde para cambiar eso. Ustedes dicen que no pueden aumentar los sueldos de nuestros colegas. Entonces deben estar dispuestos a aceptar la misma suerte. Que el alférez deje de ganar más de 10,000 soles (seis mil de básico y otros beneficios) y acepte los 4,000 soles del maestro. Entonces, le aseguramos señor presidente, nuestros colegas aceptarán su suerte. No reclamarán más y aún se sacrificarán más. Esto es lo que necesita el Perú: solidaridad en el sacrificio. No se construye nada que valga la pena sino a base de sacrificios.

«¿Cree usted que somos muy exigentes? No nos parece. En China Roja también hay una revolución donde los militares tienen un papel muy importante. Sin embargo, los generales chinos ganan seis mil soles al mes. Y hace dos años aceptaron una rebaja sin quejarse. Ellos son paganos que propugnan una filosofía materialista. Y nosotros, «¿debemos exigir menos a nuestros generales cristianos?»

La primera convención nacional de dirigentes de la FENEP había acordado la huelga nacional indefinida a partir del primero de setiembre. Un aire de revuelta se propagaba por el magisterio. La carta del padre Greene había enfurecido a los jefes del ejército. En verdad se habían dado grandes aumentos a partir de 1971, precisamente cuando Velasco pasaba a la situación de retiro. Por acuerdo excepcional de los generales de división, Velasco seguiría al mando. Siempre. Era el jefe vitalicio de una revolución sin plazo fijo. Semejante decisión coincidía con los aumentos exclusivamente para militares. Una por otra. El padre Greene no sólo atacaba el flanco más sensible del velasquismo. Su carta se reproducía y repartía en todo el país gracias a una rara coalición de católicos y apristas. En Tacna, un prefecto de malas pulgas amenazó al jesuita con meterlo preso. De inmediato le dio respaldo la Federación de Educadores de Tacna, presidida por Gróver Pango, profesor del colegio Bolognesi. Cinco días antes de la huelga nacional, salió una multitud de padres de familia, alumnos y maestros que cantaba el Himno Nacional por las calles principales. La marcha concluía frente al principal periódico tacneño, donde Pango habló a la multitud. A la hora en que se

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