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La revolución al revés

In document Libro - Maestra Vida - Thorndike Guillermo. (página 173-200)

¡Y de pronto estalla la burbuja rosa! Y queda el gobierno espantado con la noticia que marcha en la calle: «¡Vamos a arreglar la cosa!» —orden de Golpe de Estado decretan los generales. ¡Viva yo, viva yo!

(«Maestra vida»)

Se me olvidó que te olvidé a mí que nada se me olvida...

(Grupo Folklórico Neoyorquino) ROLANDO BREÑA ERA EL ÚNICO DE LOS DEPORTADOS de 1971 a quien no habían permitido volver al Perú. En vez de recibir un salvoconducto para viajar con Armacanqui y los otros desterrados, lo metieron en un calabozo, acusado de violar las leyes del exilio.

Estaba más flaco que nunca. Por suerte había nacido en la áspera y helada región andina de Huancavelica, cuyas gentes eran duras le matar, pero la falta de calefacción lo había maltratado durante el invierno madrileño. Breña sobrevivía con una comida diaria, en la pensión autorizada por el embajador Lindley. En el calabozo la pasó peor. Era un sitio estrecho, con poca luz, sucio, abombado, sin esperanza. ¿Todos volvían amnistiados y a él lo encarcelaban los franquistas? ¿Qué habrían informado las autoridades del Perú sobre Breña como presidente de la Federación de Estudiantes? En verdad eran tan atroces los datos de la policía peruana, que no querían tenerlo suelto en España. Se trataba de una fiera maoísta, fundador de brigadas subversivas, conspirador, terrorista. Lo habían empapelado. Le dieron una de esas celdas de alta seguri- dad, con cerraduras a prueba de fugas. Tampoco querían enemistarse con él. Disfrutó de tres comidas al día, sebosas pero forzudas, y, en el colmo de las atenciones, le dieron doble frazada. A los siete días lo sacaron a una oficina donde esperaban varios policías de paisano. Pertenecían a una brigada antiterrorista. Su jefe explicó que el gobierno franquista había decidido actuar con benevolencia en el caso de Breña. Simplemente lo echaban de España.

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Mejor que no regresara nunca, pues no perdonaban dos veces. Lo llevaron a recoger su pobre equipaje. No tenía un centavo en el bolsillo. Un amigo de la pensión ofreció enviarle mil pesetas a la frontera. Al rato abordaba el tren a Irún. Lo llevaban vigilado, con esposas, como un asesino peligroso. A ratos se imaginaba a sí mismo, pequeño, más bien hambriento, miope y huesudo, custodiado por tres gigantes velludos y musculosos, con sus pistolas bajo el sobaco, y se preguntaba que podrían imaginar otros viajeros. El préstamo prometido viajó por telégrafo y llegó antes que Breña al final de la línea española. Recogió el dinero y el salvoconducto franquista. Hasta siempre, España. Acaso sólo hasta que muriese Franco.

Los franceses aceptaron a regañadientes. ¿Cuál sería su destino? París. Tenía que encontrar a su amigo Chingolo. No conocía a nadie más en Francia. Viajó de a pocos, contando sus monedas. Chingolo había sido sanmarquino. Eran hermanos del alma. La llegada de Breña fue una fiesta. Chingolo trabajaba de todo. Aún no habían empezado a odiar a los sudamericanos en Europa. Llevó a Breña a ganarse la vida en las ferias, a lavar platos por la comida en los restaurantes, a repartir propaganda por las calles, a cargar bultos en las estaciones de los trenes. También hacían trabajos de carpintería. Arreglaban puertas y ventanas, masillaban vidrios, pintaban casas. A veces visitaban a viejos residentes peruanos. Julio Ramón Ribeyro los contrató para que le pintaran su apartamento por 500 francos, pero su esposa no estuvo de acuerdo con el precio. Al llegar el invierno, el artista Alberto Quintanilla dio refugio a Breña en su atelier. Una celebridad, era dueño de un amplio estudio con espléndida calefacción, una cocinita y una refrigeradora que dejaba siempre llena de víveres. Breña entraba de noche, cuando ya el bueno de Quintanilla se había marchado, y partía antes que el otro llegase a trabajar.

Invierno en París. Como una oscuridad perseguía a Breña. No helaba lo mismo que en los Andes, a pleno sol. Cada noche batallaba con la tristeza. ¿Hasta cuándo duraría el exilio? Familia, amigos, todo se iba desdibujando en el afligido espejo de su memoria andina. Caminaba con los pies helados de un cachuelo a otro, hoscamente observado por su pobreza tercermundista. Se le subían los hombros a fin de abrigar las costillas con los brazos, el doctor Breña, bachiller en Literatura, abogado aún sin titular, dos años arqueólogo, pintor de brocha gorda en París, cuidador de automóviles. Una tarde que llegó temprano al atelier, la esposa de Quintanilla lo escuchó toser y le pidió el pañuelo: tenía manchas de sangre. Ella ejercía la medicina en un hospital parisino. ¿Desde cuándo tosía sangre? Había empezado en Madrid. Al día siguiente lo llevó a su hospital. El diagnóstico no tardó: tuberculosis bipulmonar. «De aquí no sales», dijo la señora Quintanilla.

tratamiento. Breña se angustiaba recordando su pobreza. No podía pagar médicos ni curaciones. Al cabo de unos días lo visitó una asistenta social. Ya Breña hablaba francés con cierta soltura. «¿Quiere usted que la Prefectura de París pague la curación?», preguntó. Por supuesto, replicó Breña. Francia clasificaba la tuberculosis como una enfermedad social, así que la curaba el Estado.

Breña había pasado a un sanatorio lejos de París. Lo coloca-ron con otros extranjeros. Había de todo. Antiguos legionarios, muchos árabes, portugueses que habían sido mercenarios en el Tercer Mundo. A los seis meses consiguió pasar a un sanatorio parisino. Lo dejaban salir unas horas al día. Podría estudiar. Había recibido sus certificados de estudios peruanos y se matriculó en la Universidad de París, en Vincennes, para obtener la licenciatura en Derecho. La mayoría de estudiantes latinoamericanos lo acogió con afecto. Seguía siendo presidente de la Federación de Estudiantes del Perú. Aunque estuviese exilado, los sanmarquinos lo reelegían todos los años. Al fin se vinculó a los estudiantes franceses. Dejó el sanatorio, al que volvía mensualmente para constatar que la enfermedad estaba vencida. Viajó a Italia, Alemania, Inglaterra. Ofrecía conferencias, repartía volantes frente a la Embajada del Perú, organizaba manifestaciones contra la dictadura perua- na, a las que asistían compañeros latinoamericanos y franceses. Aprobó exámenes y recibió la licenciatura. Al cabo de cuatro años, Breña se había convertido en un avezado sobreviviente. A pesar de todos sus naufragios se había mantenido a flote. Por cierto, la hermandad europea de maoístas no podía compararse a la poderosa organización comunista soviética, pero no faltaban camaradas y dondequiera que llegase le ofrecían un techo, una cama y un plato de sopa caliente. De tanto hablar francés, había dejado de pensar en castellano. Lo mismo le había ocurrido antes con el quechua. Procuraba no afrancesarse como ciertos peruanos afincados desde hacía tiempo en París. Breña quería volver. Y volvió. El 2 de setiembre de 1975, en la primera sesión del nuevo gobierno militar, se acordó dejar sin efecto las órdenes de extrañamiento. Tan pronto llegó la noticia, Rolando Breña se presentó en la embajada a exigir su salvoconducto de regreso.

A REY MUERTO, REY PUESTO. CUANDO VOLVIÓ Rolando Breña, descubrió una actitud de tolerancia en la gente común, cierta indiferencia. La verdad, pocos creían en las palabras de Morales Bermúdez. Era la misma revolución, había dicho, sólo una nueva fase del mismo proceso político. No cambiaban «los programas ni las bases ideopolíticas, sino los procedimientos», había dicho. Un raro país el Perú. Personalidades de todo el mundo estaban reunidas en Lima para la V Conferencia de los Países No

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Alineados. Un presidente del Perú la había inaugurado, otro la clausuraba. Murió el rey, viva el rey. La misma ovación que había saludado a Velasco recibió a Morales Bermúdez al acabar la conferencia. La primera etapa estaba cumplida, comenzaba la segunda. Pasaban a «profundizar y consolidar el proceso y a efectuar importantes transformaciones en el campo político», según Morales Bermúdez. Habría «más participación de la civilidad y de las Fuerzas Policiales». En efecto, uno de los nuevos ministros pertenecía a la Guardia Civil. Otro era un paisano, el ministro de Economía, Luis Barúa Castañeda. Había dicho Morales Bermúdez: «La revolución se habrá consolidado cuando haya sido sustituida la escala de valores del capitalismo, cuando haya conciencia revolucionaria y cuando se comprenda que debe primar el interés de la sociedad y no el egoísmo individualista.»

Era distinto el país que esperaba a Breña. Prevalecía un espíritu autoritario que prefería la disciplina a la creatividad y que había acabado por producir monotonía, un tono estéril, una repetición fatigada, un solo color para todo, una desesperanza. Nadie dudaba, todos debían obedecer. En vez de verdadera emoción revolucionaria, propaganda. Todo reglamentado, en posición de firmes. El pensamiento, hasta la postura tenían su modo y su procedimiento. Todo un pueblo llevando el compás al caminar. Uno, dos. Revolución. No capitalismo, no comunismo. Uno, dos. ¿Y entonces qué? Nadie sabe. No importa. No se pregunta.

Profundizar, obedecer, servir. Patria, proceso, fases, uno, dos, éramos lo mismo, dos generales y una sola substancia, acaso si se agregaba el santo espíritu de la soberanía se obtendría el misterio de una nueva trinidad. Se habían gastado las pobres palabras de tanto usarlas, sin que la realidad expresara su significado: socialismo, humanismo, revolución auténtica, nacionalismo. Todo hueco, inútil, un cascarón vacío. Binomio pueblo- Fuerza Armada. Causáchum revolución. Suprimida la estabilidad laboral. Congelados los salarios. Prohibida la huelga. Uno, dos. La segunda fase simplemente cambiaría el estilo del gobierno. Eso era todo. Y en las calles, al filo de las veredas, gente que parecía saltar al abismo en vez de bajar a la calzada, suicidas urbanos con sus ojos hundidos por el hambre, números, masa de rasos que jamás era consultada, flacos y harapientos soberanos del Perú. Del destierro repleto de proteínas, de otra parte del mundo donde sobraban calorías y la gente ya no sabía en qué emplear su ociosidad, del exilio europeo al viejo barrio del SUTEP en el Jirón Lampa y a los dispersos locales de San Marcos, cuya centenaria casona había estado a punto de caer con el último terremoto, Breña registraba el abismo que se había abierto en vez de cerrar con la cicatriz de una verdadera revolución.

Tardó un mes en aclimatarse. Parecía que a nadie le había ido bien en el país de una fase a otra. No consiguió encontrar a muchos antiguos compañeros

de estudios. Otros descubrían amargamente que habían estudiado para nada, pues tenían que ganarse la vida como vendedores ambulantes o cargando bultos. Seguía la guerra al interior de la izquierda. La CGTP no asumía decididamente la defensa de los intereses populares. Palabras y palabras, cada vez más huecas. En vez de unirse, la izquierda no dejaba de dividirse. Ya existían veinte agrupaciones. Por cierto, semejante desintegración tenía el auspicio del Poder Oculto, cuyos filamentos se extendían cada vez más lejos, cada vez más cerca de las actividades clandestinas. El SUTEP activaba una nueva coordinadora del movimiento sindical, una entidad autónoma clasista más conocida por sus siglas, CCUSC, con el objetivo de presionar desde abajo una corrección en el rumbo de la pobre CGTP, que seguía amarrada al gobierno militar debido al «apoyo crítico» del Partido Comunista Unidad a la Segunda Fase. El SUTEP se había propuesto el rescate de la CGTP, así que el CCUSC debía ser transitorio, no convertirse en una institución paralela. Ya entonces empezaba a propagarse la prédica de Zeballos: sólo la acción producía unidad. Las ideas separaban, las conductas juntaban. También el SUTEP soltaba la iniciativa de apelar al paro nacional a fin de defender al pueblo de una represión cada vez más dura. Era preciso parar cien veces un día o cien días continuos, hasta que se rindiera la dictadura.

Rolando Breña pertenecía al pasado de la Federación de Estudiantes. Se lo tragó la clandestinidad mientras bajaba a re-unirse con los dirigentes de Patria Roja. En esos días quedó rota la ilusión de una tregua, con la desaparición de cuatro conocidos abogados que asesoraban a diversas federaciones obreras. El secretario general del sindicato minero de Cuajone, Hernán Cuentas, y el secretario general de la Federación de Mineros y Metalúrgicos del Perú, Víctor Cuadros, también se habían evaporado. Uno era trotskista, de las filas del POMR (Partido Obrero Marxista Revolucionario). El segundo estaba cerca del PC Unidad. Se los había llevado «la represión». No obstante, nadie informaba de su paradero. El Ministerio del Interior no tenía conocimiento. El Poder Judicial se encogía de hombros. No estaban en la Prefectura, ni en la DSE, ni en la DAS, ni en las comandancias policiales dispersas en Lima, ni en los puestos de la Policía de Investigaciones, ni en prisión alguna del país.

Breña fue enviado al sur, donde Horacio Zeballos extendía y reforzaba la organización sutepista y los bastiones de Patria Roja.

—¡Corito, hermanito, al fin has vuelto! —se alegró tantísimo de ver a Breña—. ¡Qué han hecho contigo, hermanito, dejándote sin patria!

Fueron a la casa de Zeballos. No andaban bien sus relaciones con la señora, pronto se habrían de distanciar. Se desaparecía, Horacio. Lo metían preso, viajaba, pasaba a la clandestinidad, de pronto regresaba. Lo quería marido constante, residente. Ya no era posible. Sin embargo, volvía a ella, a

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pesar de amarguras y recriminaciones. Breña contó sus experiencias. —¿Te curaste? ¿Estás bien de salud?

—Tengo que cuidarme o pierdo un pulmón —dijo Breña. —¿Puedes beber?

—Un poco de vino.

Vio a Horacio Zeballos consumido por sus males.

—Me hubieses visto cuando salí del Sepa, puro hueso. Bastante muerto parecía, corito. Ahora ya voy viviendo. La lucha nos hace vivir, nos hace fuertes, hermanito.

Mientras daban cuenta de una merienda de rocotos y cuyes, liquidaron dos botellas de vino moqueguano.

—Estoy seguro que esos desaparecidos están verdadera-mente en el Sepa —dijo al rato—. Hay que seguir el patrón de conducta de los criminales, corito. La represión se repite lo mismo que Jack el destripador. Puede cambiar el cuchillo pero los cortes son idénticos.

Tres botellas más tarde, antes de ponerse a cantar «Jilguero mañoso», Horacio Zeballos dijo que la verdad se abría camino. Despacito se avanzaba. Algún día el pueblo tendría que creer en sí mismo y administrar directamente su propio poder, sin acudir a intermediarios, a mandatarios ajenos al pueblo. El 7 de junio de 1975, a menos de noventa días de que le dieran el golpe, Velasco había sido aclamado por una muchedumbre nunca antes vista. La agencia francesa de noticias calculaba que seiscientas mil personas lo habían seguido al palacio después del juramento de lealtad a la bandera. Desde los camiones la tropa saludaba al pueblo con el puño socialista en alto. Una parte de los peruanos quería creer en Velasco. Revolución, fases, uno, dos. Firmes. Habían sacado al viejo y mutilado general, sólo para decir que nada cambiaba. Pero el espejismo se había disuelto. Sólo quedaban dunas, distancias, neblina, la desolación de una dictadura militar que se extendía hasta el horizonte como un desierto inexplorado y sin final. Caían palabras huecas desde lo alto del gobierno militar, pero ya nadie las recogía ni les daba atención. El rostro del nuevo presidente llenaba con sus mensajes las pantallas de televisión a la fuerza, pues todas las estaciones y emisoras del país tenían que encadenarse. Sin embargo, su vozarrón pasaba de largo, como un viento cargado de sonidos sin significado. No recordaba bien cómo había terminado esa reunión, pero al día siguiente se levantó Breña con una jaqueca inolvidable y una sed de agua fresca que no se tranquilizó en varias horas.

En los meses siguientes habían trabajado juntos. Constantinides moría lentamente en Moquegua, con un tumor que le aplastaba el cerebro. Horacio Zeballos asumía el rectorado de la Universidad Popular José Carlos

Mariátegui, cuyo alumnado venía de las organizaciones populares. Por fin, en diciembre, el SUTEP había ensayado un paro, como quien se preparaba para una confrontación mayor. El Comité de Coordinación y Unificación Sindical Clasista, CCUSC, insistía en convocar encuentros boicoteados o simplemente ignorados por otras centrales y organizaciones. Aparecían los FEDIP, Frentes de Defensa de los Intereses del Pueblo. Pero mientras la dictadura se endurecía, la oposición se dispersaba con la levedad de la arena arrastrada por el viento. Suspendida la estabilidad laboral, las empresas despedían a los indeseables, quienes habían sido dirigentes de los sindicatos. Velasquistas, revoltosos, inconformes, comunistas, gente peligrosa: todos a la calle. Los trabajadores replicaban con huelgas y ocupaciones de fábricas

y negocios. Se sucedían los enfrentamientos de obreros y sus mujeres con la

odiada Guardia de Asalto. Al menos en el SUTEP estaban convencidos: las reformas de Velasco estaban condenadas a la liquidación. Lo de la «segunda fase» era una mentira. Aún más: Morales Bermúdez no se iría jamás por las buenas. El pueblo tendría que sacarlo.

Pronto se confirmó lo que había sospechado Horacio Zeballos: los asesores legales de los sindicatos estaban en el Sepa. Uno de ellos, Genaro Ledesma, visitaba por tercera vez el infierno carcelario de la selva. La primera, lo habían acusado de un complot verdaderamente fraguado por el Poder Oculto. La segunda había sido después de Cobriza, cuando lo incomunicaron ocho meses. Ahora cumplía al menos cuatro meses de aislamiento en la selva. En cuanto a Hernán Cuentas y Víctor Cuadros, habían logrado pasar una carta avisando que estaban en el Hospital de Policía, en plena huelga de hambre. Se desconocía su estado de salud.

Entonces se produjo un paro indefinido en Arequipa, con repercusiones en Cusco y Puno. Se parecía bastante al gran paro del sur organizado por los maestros. Intervenían la Federación de Trabajadores de Arequipa, los cuatro sindicatos ferrocarrileros, la Unión de Telefonistas, los trabajadores de la electricidad y la regional sutepista, aunque los maestros estuviesen de vacaciones. Primero habían entregado un memorial a la Prefectura, junto con un pliego de reclamos. En febrero habían realizado un mitin en la Plaza de Armas. Una asamblea general de delegados envió una comisión a Lima, que no fue atendida por el Ministro de Trabajo. Dos días después empezó el paro indefinido. Ya entonces se habían adherido los mineros de Caylloma y el sindicato del Consorcio Majes, los sindicatos de Construcción Civil, los trabajado-res municipales y de curtiembres, el sindicato de la Leche Gloria, de la Cervecería y los bancarios. Con los trenes detenidos y Arequipa inmóvil, el gobierno militar anunció que «estaba dispuesto a reanudar el diálogo».

Al día siguiente se dijo que el consejo de ministros había resuelto la totalidad de las demandas. El Ministerio del Interior «daría solución» a los

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casos de los asesores legales y dirigentes «detenidos». El gobierno ofrecía no recortar el derecho a la huelga establecido por una ley de 1913. Respondía con promesas, sin sentarse a negociar con la Federación de Arequipa. Siguió el paro. Expertos en transmisiones del Ejército se hicieron cargo de la empresa telefónica. Sólo consiguieron restablecer el servicio de larga distancia para

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