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Nace un sindicato

Para empezar, señores el culpable del infierno es el maldito gobierno que ha resultado incapaz...

(«Maestra vida»)

Piedra tirada en el camino, ese soy yo... ...Y acaso algún indefenso me lleve pa su defensa piedra tirada en el camino ya no seré...

(Manuelcha Prado) A LOS DESPEDIDOS DE SETIEMBRE no los volvió a contratar el gobierno militar. Sólo trescientos traslados quedaron sin efecto. Ni Rolando Breña ni Hugo Blanco regresaron del destierro. Se cumplían a medias, desganadamente, los acuerdos arrancados al Cholo Sala Orozco después del paro general en el Sur. En todas partes los maestros coincidían: necesitaban unidad. A fines de abril convocaban al congreso que iba a hacer historia en el Cusco, entre el 2 y el 6 de julio de ese mismo año. Todavía un país rural, de pueblos pequeños, en el último medio siglo el Perú (su pueblo, no siempre sus gobernantes) había dado un trato respetuoso a los maestros, que no sólo enseñaban en las escuelas sino que intervenían en las asambleas de ciudadanos, a las que aportaban buenos consejos y sentido común. Los maestros estaban a la altura de gobernadores y alcaldes y por encima de otras autoridades. En las provincias, los directores de colegios se sentaban con los señores subprefectos. Venían a ser los sacerdotes de la civilidad republicana, a quienes se encargaba la formación de niños y jóvenes. De los maestros dependía la rectitud moral y cívica de las nuevas generaciones. Su sabiduría era consultada si faltaban el médico, el ingeniero, el veterinario. De ellos se esperaba que vistieran con seriedad, siempre con corbata. De pronto los trataban a palos. Querían imponerles una organización que no era realmente suya y que aceptaran una reforma educativa en cuya preparación

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no habían intervenido. Siete grandes expertos habían tenido que explicar la reforma a mil quinientos maestros de primaria reunidos en Puno. Cada uno de los sabios explicaba una parte de la nueva educación. Todos eran varones. Concluidas las siete exposiciones, el jefe de los sabios había pedido que les hicieran preguntas. Una maestra puneña quiso saber si alguno de los sabios enseñaba primaria. No, ninguno. Eran educadores, sociólogos, doctores, todos. La mujer insistió. ¿No tendría el gobierno un maestro de primaria que pudiese explicar la reforma en términos adecuados a otros maestros de primaria? Los sabios cambiaron miradas de confusión. Y además... ¿por qué no había una mujer entre los siete expositores? No tenían respuesta los pobres sabios. La reunión acabó con silbatinas, no con aplausos. Ahora los maestros anunciaban el congreso para organizar su sindicato único. El pueblo colaboró con tómbolas, parrilladas, bailes y bingos, juntando dinero para que setecientos delegados nacionales del magisterio pudiesen viajar al Cusco.

El Partido Comunista Unidad había intentado orquestar su propio congreso con ayuda del gobierno. Fracasó. Los maestros le daban la espalda. Vásquez Ruiz había levantado la huelga de setiembre. Personificaba la traición.

Dos celebridades concurrían al congreso del Cusco. El más conocido era Arturo Sánchez Vicente, el hombre del COMUL y del SIRPES de Lima. Llegaba rodeado por el prestigio de la deportación. El otro era Horacio Zeballos, apenas subsecretario del sindicato de maestros primarios de Arequipa, incansable animador del paro regional y de los frentes de defensa en el Sur. Horacio Zeballos se había destapado como líder en las horas difíciles. Negociaba con astucia, duramente. No le tenía miedo a los militares. Llegaba al límite mismo de las confrontaciones sin que le temblara la voz. Se declaraba clasista e independiente, algo así como un comunista sin partido. Sánchez Vicente se sentía políticamente superior. Parecía seguro de ganar. Nunca nadie estaba más a la izquierda que él. Era famoso por sus discursos incendiaríos y había decidido echarle fuego a las sesiones del congreso. Aparte del COMUL tenía detrás a Patria Roja.

Al interior del APRA desafinaban dos corrientes de maestros. En vez de sindicato único, muchos profesores apristas quería mantener la FENEP tal como estaba, aunque con otros dirigentes. La otra corriente, auspiciada por Dégmar Reátegui Pinedo, prefería el sindicato único, no sólo un cambio de dirigentes sino de programa, proyecto, organización y objetivos. Reátegui, toda su vida aprista, era el nuevo secretario general del poderoso Sindicato Nacional de Maestros Primarios, a quien habían elegido para barrer a los traficantes de huelgas. El profesor Reátegui era otra figura del congreso, igual que don Elvio Delgado, viejo maestro que había definido la posición del APRA con estas palabras: «Vamos al Cusco y allá definimos. Si la mayoría decide que sea SUTEP, SUTEP será. Si la mayoría decide que no queremos nada, entonces nada.» Y así se habían presentado los apristas, dispuestos a aceptar el mandato de la mayoría. Desde luego en el congreso estaban representadas todas las ideologías y tendencias políticas. Intervenían moscovitas que no

creían en la FENEP, cristianos, senderistas, unos cuantos belaundistas, simpatizantes de Bandera Roja, hasta un grupo velasquista sin vinculaciones con SINAMOS y por cierto un crecido número de independientes, maestros que sólo eran maestros, gente sin prejuicios políticos. Más fuerte parecía ser el regionalismo de los maestros que sus militancias partidarias. Existía el deseo unánime de poner los intereses magisteriales por encima de toda otra consideración. Por primera vez, además, los delegados habían sido elegidos con escrupulosa limpieza. Uno de los acuerdos no escritos para la convocatoria del congreso había sido proscribir los viejos vicios sindicales en un país de fraudes electorales, donde igual se robaba votos para un secretario general que para un presidente de la república. Llegaban al Cusco sin que se hubiese escuchado una sola denuncia de trampas o falsificaciones. En cuanto a los aguerridos maestros del sur, Arequipa enviaba la delegación más numerosa, vencedora, además, en el paro regional. La presidía otro aprista, Mario Salinas Castañeda. Los del COMUL arequipeño no habían sido elegi- dos para el congreso. Por los maestros de primaria viajaban Elba Oviedo y Horacio Zeballos.

Los maestros querían una renovación total. Hasta ese 4 de julio de 1972, sus dirigentes habían manejado los asuntos colectivos como si fuesen propios, negociando sin pedir jamás la opinión de las bases. Imponían acuerdos impopulares y rara vez rendían cuentas de sus actos. El magisterio demandaba ahora un sindicato que fuese una verdadera herramienta para defender sus intereses y desarrollarlos y que además sirviera de conexión con otras organizaciones populares. Empezarían por los estatutos y la de- claración de principios, para discutir después el futuro del magisterio, sus reclamaciones y cómo luchar por ellas y, por cierto, la situación nacional y el futuro político, pues el SUTEP nacía como un sindicato preocupado por la realidad en la que estaba contenido.

La mayoría de los asistentes al congreso no llegaba a treinta años de edad. Muchos tenían menos de veinticinco años. Cada delegación traía frutos de su tierra, engañosa cachina y piscos los de Ica, yonque generoso los norteños, oscuro ron añejo los de Huánuco y ron transparente los trujillanos, anisados los de Arequipa y los de Moquegua piscos y damascos y aguardientes de pasas los tacneños y de culebra y siete raíces los selváticos. Cada quien traía quesos de su provincia, fiambres, alfajores, golosinas, así que desde el 2 de julio, cuando se abrieron las inscripciones, intercambiaban regalos, se visitaban las delegaciones, de paso tanteando la intensidad de los debates que se avecinaban. Horacio Zeballos llegó el 3 de julio en el automóvil de Mario Salinas Castañeda, el presidente de la delegación arequipeña. Habían viajado juntos desde Arequipa para conversar con toda libertad, pues en esa época no estaba bien visto que se juntaran comunistas con apristas o moscovitas con pekineses y, en fin, izquierdas con derechas. Era uno de los males de la época, el ideologismo. Se confundían los intereses de las personas con la verdad y los principios inspirados en ella. No estaba permitido ser distintos, pensar de otra manera. La enfermedad del ideologismo debía ser parecida a

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la epidemia de los dogmas a comienzos de la cristiandad. Cada quien tenía su hoguera para los herejes contemporáneos. Horacio Zeballos creía que si no dejaban de «ideologizar», acabarían divididos. La sola palabra «negociar» tenía una resonancia parecida a la «traición». Por cierto, la posición indepen- diente de Horacio Zeballos facilitaba sus movimientos. No necesitaba fingir. Caía bien a la gente. Era cariñoso, campechano. Esa noche se confirmó que existían dos candidaturas, la del COMUL con Sánchez Vicente y la otra, clasista, también aprista, demócrata cristiana e independiente, con Horacio Zeballos para secretario general.

Después de una solemne inauguración, setecientos delegados entraron de lleno a sus deliberaciones en el paraninfo de la Universidad de San Antonio Abad. Había quienes querían todo: aliarse al gobierno militar y tener SUTEP. A otros les parecía bien la reforma educativa y aprobaban la creación del SUTEP. Unos y otros fueron incluidos en la corriente unificadora. No tardó el congreso en atascarse en una polémica ideológica. Los delegados de Sendero Luminoso demandaban la inclusión de principios en las normas orgánicas. Querían que los maestros se definieran clasistas en su totalidad. Maniobraban con astucia, bien orientados por el profesor Teodoro Cárdenas Sulca, famoso por los sucesos de Huanta en 1969. Sánchez Vicente se colocó entonces a la izquierda de Sendero Luminoso. Imposible darle alcance en semejante competencia pues era impetuoso y peleador. Su discurso era más temperamental que bien arraigado. Para la mitad de los delegados era un debate innecesario, pues los estatutos no eran el lugar más adecuado para una declaración de fe. Sin embargo prevaleció la decisión de tener un sindicato. Empujados por Sendero, los del COMUL siguieron a Sánchez Vicente en la votación y el SUTEP se declaró partidario de la lucha de clases desde el primer párrafo de su existencia. El injerto ideológico en un documento orgánico habría logrado frustrar el congreso en otras circunstancias. Más tarde los apristas debieron soportar la dureza con que muchos oradores recordaban su antigua conducción del magisterio. En cuanto al nombre, SUTEP, Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación Peruana, no hubo discusión posible, pues los maestros incluían en su agrupación a todos los docentes y también a los auxiliares y aún a los obreros que servían en los planteles. En fin, las representaciones en el congreso del Cusco fueron estrictamente regionales. Ocho regiones, con votos iguales cada una; y más votos Lima, que tenía tres veces más maestros que cualquier región.

El congreso había funcionado con ritmo implacable. Los delegados habían sesionado hasta catorce horas seguidas para aprobar sus estatutos. Empezaban a sonreír los maestros. El no-venta por ciento del magisterio había designado a los 700 delegados, que al fin aprobaban la fundación del SUTEP y cantaban de pie el Himno Nacional para después aplaudir largamente su propia obra, un sindicato que nacía con todo en contra, pobreza, persecución, deportaciones. Sólo el nacimiento del SUTEP era una respuesta devastadora a los generales que habían intentado someter a los maestros. El 6 de julio se formó el SUTEP. De inmediato pasó a elegir un comité ejecutivo nacional

que representara el espíritu de las regiones reunidas en el congreso. Como se esperaba, dos propuestas se enfrentaron, Arturo Sánchez Vicente con el COMUL y Horacio Zeballos con el resto. Votaban las bases regionales y, para evitar suspicacias, el voto era nominal, público. En la primera votación acabaron empatados. Sánchez Vicente había votado por Horacio Zeballos, que a su vez dio el voto a Sánchez Vicente. La segunda votación conducía al mismo resultado. Faltaban los votos de los candidatos a secretarios generales.

—Voto por Horacio Zeballos —se oyó a Sánchez Vicente. Se oyeron aplausos.

—Voto por Horacio Zeballos —dijo Zeballos.

Un sorpresivo aplauso llenó el gran auditorio de la universidad. Ganaba por un voto, el suyo propio. Nunca antes se había elegido al secretario general de un sindicato importante por un voto de diferencia. Pero así era. Los 700 delegados se pusieron de pie para aplaudir el resultado. Nadie había regalado el SUTEP a los maestros. Era su obra, íntegramente. Lo habían hecho desde abajo, dándole un espíritu que ahora se percibía con claridad: desde su primera hora ya era una institución.

Pese a que le reservaban la condición de subsecretario general del SUTEP, Arturo Sánchez Vicente era el único perdedor en su lista, pues todos los demás delegados del COMUL habían sido elegidos. La elección de Horacio Zeballos estiró el rostro de Sánchez Vicente. «Hemos dado una lección para el futuro», dijo Horacio Zeballos comentando el desarrollo del congreso. «Siempre se ha dicho que en los sindicatos todo vale. No es así en el SUTEP. Hemos recogido la tradición de nuestras asambleas comunales, en las que a nadie se le ocurre hacerle una trampa a la comunidad. Y hemos actuado con amplitud de criterio y con la verdad que nos encargaron las bases.» Más tarde agregó: «Debemos estar orgullosos de nuestro primer congreso.»

De todo el congreso sólo quedarían documentos mimeografiados y dispersas fotografías de grupo, borrosas o apuradas, pues el tiempo parecía licuar imágenes que pronto perdían exactitud y hasta cambiaban de sitio. Muchos años después se vería a los maestros trajeados con característica formalidad, con pantalones campanudos y chaquetas estrechas, inmóviles frente al futuro. Muchos favorecían las patillas largas y los bigotes curvos, en media luna, gruesamente caídos hasta el mentón, que les confería un aspecto de mongoles sudamericanos, de lenines andinos.

El nacimiento del SUTEP mereció un helado interés de los periódicos de circulación nacional. El gobierno militar decidió ignorarlo. Los generales preparaban una segunda batalla con las cooperativas magisteriales, cuyas directivas debían ser elegidas por voto universal de los maestros. Entonces esperaban aplicar una derrota final al SUTEP. A su vez, los sutepistas debían volar a organizarse nacionalmente como un sindicato.

En la última reunión de los maestros, un rato antes de que Horacio Zeballos emprendiera el regreso por tierra a Arequipa, les habían tomado una

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foto, en la que varios se veían con los brazos en alto y los puños cerrados: el saludo comunista. Una rara copia de esa despedida mostraba sus rostros enturbiados por un vaho amarillento, como si hubiesen pasado cien y no veinte años desde que la placa fuese impresa por un fotógrafo cusqueño de plazuela. Cerca de Horacio Zeballos aparecía un maestro con rostro angeli- cal, alto, demasiado juvenil, casi adolescente. Se llamaba Carlos Gallardo y en realidad tenía la misma edad que el secretario general. Representaban los dos extremos del magisterio, Horacio Zeballos el normalista provinciano, Gallardo el egresado de la nueva universidad de La Cantuta, igual que el tacneño Gróver Pango, aprista, también integrante de la primera directiva nacional sutepista. Al otro lado de Horacio Zeballos era posible descifrar las facciones de Víctor Manzur y, atrás, algo borroso, a Carlos Salazar Pasache. Junto a Gallardo se veía a Pango, circunspecto. Después aparecía el rostro taciturno de Abel Callirgos, acaso visitado por la premonición de una mala muerte; y, más allá, el cañetano Olmedo Auris Melgar. Una sonrisa adornaba el rostro redondo de Horacio Zeballos. No podían imaginar hasta qué extremo iban a ser perseguidos y famosos, ni que, al ser contada, la historia de esa década tendría que mencionarlos muchas veces.

HORACIO ZEBALLOS SE HABÍA CONVERTIDO en el más poderoso líder sindical del país a los veintinueve años de edad. Nadie como él personificaba el espíritu de la oposición popular. En todo el sur, pueblos y trabajadores reconocían su voz y aceptaban el desafío de seguirlo a las huelgas y a la forzosa abstinencia del desempleo por represalia del gobierno militar. Horacio Zeballos no necesitaba llenarse de razones. Venía del pueblo. No mentía. No pretendía ser distinto o mejor que otros. Sólo eso era: un maestro de primaria con las entrañas quemadas por su amor a la vida y a la gente. Cuando regresó a Arequipa a mediados de julio, era otra su existencia. Lo habían escogido no para someterse al destino sino para cambiarlo. Pero la base de sus actividades, Arequipa, no tenía sindicato. En agosto viajó a Moquegua y después a Lima. En setiembre se elegía a los dirigentes del SUTE arequipeño. Se presentaba una lista demócrata-cristiana con apoyo aprista y belaundista y simpatías moscovitas. La otra lista era del COMUL. Esta vez el peso de la campaña lo llevaban los jóvenes maestros que no habían podido viajar al congreso del Cusco. Pese al pronóstico de la prensa arequipeña, los clasistas de Manuel Jiménez barrieron a sus adversarios. Con esa derrota, desaparecía la influencia de la Democracia Cristiana en el magisterio.

La directiva nacional del SUTEP tenía que instalarse en Lima. Por cierto, el sindicato no tenía dinero ni estaba reconocido por el gobierno, de modo que sus dirigentes no podían solicitar licencia sindical con goce de sueldo. Mientras solucionaban sus problemas materiales, los maestros acabados de elegir tenían que mudarse a la capital con el exclusivo aporte económico de sus bases. El más pobre de todos venía a ser el secretario

general, a quien se entregó una pequeña habitación en el ruinoso local del sindicato en el jirón Lampa. Húmedo y viejo, así era el nuevo hogar de Horacio Zeballos. Toda una hilera de antiguas fincas había sido derruida o rebanada para dar paso a la ampliación innecesaria de una calle pronto invadida por comerciantes sin tienda y artesanos ambulantes. Frente al SUTEP se amontonaban nocturnos emolienteros, vendedores de meriendas baratas, cebolludas y apetitosas. Estaba cerca de la avenida Abancay y el mercado central, con sus estrechos y misteriosos callejones chinos, a un paso de los ministerios y el palacio presidencial y a la vez lejos de los grandes espacios chamuscados por luces neón, bajo las cuales rara vez se detenía la multitud sin prisa y sin sueño. Por grande que fuera el entusiasmo de los maestros, a cierta hora se marchaban los últimos a sus casas y quedaba Horacio Zeballos a solas con su tristeza, entre altas paredes de adobe en una ciudad ajena. Entonces se sentaba al borde de su camastrón, sobre una colcha vistosamente hecha de retazos, a leer o escribir bajo una bombilla de veinticinco vatios que malhería sus ojos fatigados. Pensaba y garabateaba palabras en una sobada libreta con tapas negras, donde iban quedando prisioneros los versos que aún no acababa de vivir.

Así llegó 1973, «el año de la alfabetización», sin que nada se hubiese definido verdaderamente, pues el país seguía tironeado por las indecisiones de una revolución que no llegaba a serlo. Inflamado por un pasado humilde y una pasión de justicia, Velasco creaba las condiciones para una insurrección histórica que después no permitía. Querían estar al mando de todo, los generales, incluido el futuro, comprendida la casualidad. Hasta Dios lo querían subalterno.

Con el nuevo año viajó Horacio Zeballos a visitar sindicatos en toda la región amazónica. En Iquitos lo esperaba Ulises Riva Oyarce, uno de los