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GUILLERMO THORNDIKE

In document Libro - Maestra Vida - Thorndike Guillermo. (página 112-141)

Temporada en el infierno

GUILLERMO THORNDIKE



Ya los apristas encarcelados echaban la culpa de sus penurias al espíritu intransigente de los maoístas. Tampoco faltaban maestros que se habían unido al COMUL sólo por seguir a la mayoría. Los maestros senderistas querían que sólo viviesen comunistas en uno de los cobertizos. Pero en los primeros días mandaba e1 espíritu de supervivencia, así que nadie pretendía establecerse por su cuenta, fuera de la unidad de los encarcelados.

El domingo 11 de noviembre la Guardia Republicana instaló dos ametralladoras en los nidos de la explanada central. En masa, los comunes ocuparon parte del parque. Al frente, como si fuese un brigadier, se aburría Calavera con su corte de asesinos. A la fuerza rezaba la colonia penal del Sepa. Primero misa, sermón, después alocución patriótica, saludo a la bandera. Más tarde, festival deportivo. Los maestros todavía se la pasaban de mirones. Salieron a formar, junto a los comunes.

Horacio Zeballos y Calavera intercambiaron un ceremonioso saludo.

—¿Tenemos capellán? —se interesó Zeballos.

—El cura Chinchurreta —explicó Calavera—. No se confíe. Le cuenta las confesiones al capitán.

—Ah, ya.

Al otro lado de la explanada se agrupaba el personal civil. A Horacio Zeballos le llamó la atención que vistiesen de ciudad, con ajustados cuellos y corbatas anudadas a pesar del calor. Quienes no eran funcionarios podían usar guayaberas. Noviembre, mes visitado por lluvias pasajeras. Los ríos mostraban las raíces de los árboles alineados en sus riberas secas. A las ocho de la mañana empezaba a inflarse el bochorno de la selva. Apareció el capitán Gallo Hervido con su mujer y sus dos hijos. Después llegó aquella joven a la que contemplaron como si una diosa hubiese descendido en plena selva. Tenía el pelo castaño y la piel tostada, la mirada verde y los pómulos fuertes de las mujeres amazónicas, de esa región en la que se habían cruzado las sangres de colonos alemanes y croatas con aguarunas o asháninkas. No debía tener más de veinte años y era la esposa del médico, a quien había dado un niño que recién empezaba a caminar. La mitad de los maestros la observó embelesado, con ojos de estarla amando a primera vista. Después llegó Chinchurreta con sebosos atavíos litúrgicos, a celebrar su acostumbrada misa de campaña. Esta vez su mirada recorrió las maltrechas figuras de los maestros, que por cierto se habían convertido en las estrellas de la prisión, mientras ensayaba una bondadosa sonrisa para conquistarlos. Con gran astucia, Chinchurreta iba a dedicar sermón y reflexiones a la educación de los niños y al papel que jugaban los maestros, desde luego que asumiendo una posición gobiernista, única que estaba permitida durante las misas en la prisión. Era un raro espectáculo: aquí los fieles patibularios medio vestidos

con harapos, las bandas con sus sables cruzados a la cintura, los guapos con trapos chillones amarrados en las cabezas y, allá, por encima de una frontera invisible, las autoridades acabadas de lavar y planchar, el confiado personal civil, la sonrisa dominguera del capitán en jefe, los niñitos que retozaban y en derredor de todos, la fusilería de la Guardia Republicana, y más alto, dueño de dios y del perdón de los pecados, Chinchurreta, rápidamente derretido bajo el peso de brocados y ornamentos. Empezó con lentitud la ceremonia religiosa, pero fue apurándose conforme crecía el calor hasta volverse insoportable a campo abierto. A la sombra pasaba de treinta grados a las diez de la mañana y se acercaba a cuarenta en lo peor Je la tarde. En situaciones como esa, Horacio Zeballos ponía a funcionar un artefacto de su invención, una cámara imaginaria de cine que fotografiaba a través de sus ojos. En vez de film imprimía memoria. Así, usando la mirada como un lente, capturaba visio- nes que más tarde reproducía con enorme exactitud. Esa mañana, mientras progresaba la santa misa, registró la selva al fondo, como un farallón hecho de árboles monumentales. Lo más común en el Sepa era la capirona, parecida al eucalipto, que usaban para alimentar fogones y cocinar. Más cerca retrató las casas del barrio civil, la capitanía, otros edificios de tablas y calaminas. No prestó mucha atención al sermón de Chinchurreta, al que plagaban citas de los Padres de la Iglesia, aunque su mirada se detuvo en un gran plano del rostro del cura, a quien enrojecía el esfuerzo, la presión sanguínea, el calor cada vez más violento de las diez y media, las once de la mañana. A1 fin se fastidió Gallo Hervido, que carraspeó por lo bajo un mensaje a Chinchurreta. En tres frases el cura liquidó su piadosa perorata. Entonces crepitó una aguja sobre un viejo disco y por el sistema de altavoces se escucharon los acordes del Himno Nacional. Como si sus palabras carecieran de sentido, las gentes de ese presidio emprendieron con lamentable unanimidad el coro que empezaba así: «Somos libres, seámoslo siempre»... Los maestros sólo cantaron a partir de la primera estrofa. Al momento de repetir el coro, una parte de los comunes imitó a los maestros. Gallo Hervido percibió que un soplo insurrecto desordenaba la espesa monotonía del Sepa y se fue pisando furiosamente con sus botas de caballería aún antes de que se apagara el grito de «viva el Perú».

Esa tarde, mientras presos y republicanos jugaban un campeonato de fútbol, Calavera fue nuevamente en busca de Horacio Zeballos, ahora acompañado por un sargento de origen loretano. Se trataba de una conveniente transacción para los maestros.

—Yo tengo una hermana que es maestra. Y dos tíos maestros. Toda mi familia es del SUTEP —explicó el sargento.

Horacio Zeballos sonrió. Parecía demasiado bueno para que pudiese ser verdad.

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—Mañana hay vuelo y yo salgo por un mes. Si ustedes me pagan el pasaje de Pucallpa a Iquitos ida y vuelta, les garantizo hacer llegar una carta adonde ustedes quieran en el país.

—¿Cuánto nos costaría?

—Dos mil quinientos —no titubeó el sargento.

—Voy a ver si puedo reunirlos. ¿Qué clase de garantía me ofrece? —Mi mujer y mi hijo se quedan en el Sepa. Y yo tengo que regresar en un mes. No lo voy a engañar.

Los ojos de Calavera dijeron a Zeballos que estaba bien, el sargento era de confianza.

La colecta pasó de tres mil soles. Gastaron una hora decidiendo a quien escribirían, pues el compromiso se refería solamente a una carta. Al fin eligieron el Comité de Defensa del Fuero Sindical. Horacio Zeballos confiaba en sus paisanos. Además, en Arequipa seguía escondido Alberto Moreno.

«Compañeros trabajadores de todo el país. Estamos en el Sepa por el único delito de amar a nuestra patria y practicar libertades consagradas por nuestra constitución y las leyes.»

«Hemos sido enviados a una prisión para sentenciados sin que exista denuncia judicial en contra nuestra, sin haber podido designar abogados defensores y sin que se haya notificado de nuestro destino a nuestras familias.»

Al día siguiente resultaba difícil pasar los puentes de Arequipa. Radio Liberación, del FER arequipeño, transmitía día y noche llamando a la huelga y, con frecuencia, pidiendo la insurrección contra la dictadura militar. El paro indefinido entraba a su segunda semana fortalecido por la solidaridad de cada vez más sindicatos. El 5 de noviembre no pasaban de diez, además de los maestros. Al otro lunes sumaban cuarenta sindicatos huelguistas. A la III Región Militar volvía a escapársele el control del sur. En esa parte del Perú se había establecido un conjunto de instalaciones y bases militares que apuntaban a Chile, desde setiembre gobernado por Pinochet. Velasco estaba furioso con los maestros que instigaban el paro indefinido. Pese a todo, prefirió dar una amnistía que no incluyó a los que ya estaban presos. Ese lunes, cuando Bladimiro Begazo llegó a Moquegua para ser interrogado por Seguridad del Estado, se encontró súbitamente en libertad gracias al perdón presidencial.

Volvió el miércoles en la noche a una ciudad impregnada por la pestilencia de los gases lacrimógenos. En la Plaza de Armas se obstinaba por imponer respeto todo un pelotón de guardias de asalto. Estudiantes y palomillas los molestaban a pedradas. De rato en rato, exasperados, los guardias fusilaban la oscuridad y los muchachos se echaban a reír. Arequipa daba la impresión de ser una ciudad sitiada por el ejército, pues en derredor

de ella existían puntos de inspección y estaban desplegadas fuerzas blindadas y varios batallones motorizados. En realidad, la gente se movía libre y presurosa, más bien invisible en las frías noches de noviembre. Bladimiro Begazo fue directamente a la Universidad. Desde ahí seguía transmitiendo Radio Liberación con noticias de la huelga y comunicados de los sindicatos sureños. De nada había servido la amnistía.

Tres días más tarde, Justiniano Apaza recibió la carta del Sepa. Contenía noventa nombres de profesores enviados a la selva.

—¡Confirmado, los maestros en el Sepa! —se oyó de inmediato a Radio Liberación.

Associated Press recogió la noticia y la despachó al extranjero. A1 fin se confirmaba el paradero de una parte de los maestros huelguistas. ¡La colonia penal del Sepa! Un rato después la prensa extranjera hacía contacto con los dirigentes mineros que habían estado en el Sepa hasta agosto de 1973. Sí, en verdad era un infierno. Durante diez meses habían estado presos con quinientos asesinos, condenados a sufrir penitenciaría por veinticinco años o más. La vida no valía dos centavos en la selva. Muchos de los presos políticos habían regresado enfermos, sólo para encontrarse despedidos de sus empleos, abandonados por los seguros de salud. El Sepa se convertía en una herramienta de persecución política. Los mineros pedían que las organizaciones defensoras de los derechos humanos se interesaran en sus casos. Un despacho afirmaba que el Sepa se había convertido en la cárcel personal de Velasco. El Comité de Defensa del Fuero Sindical exigía en Arequipa una explicación pública por parte del gobierno y más sindicatos se unían al paro. Mientras tanto Radio Liberación no descansaba. La noche del viernes, un grupo de enmascarados dinamitó la antena. Milagrosamente no se derrumbó.

La antena se inclinó, sin caer del todo. Una de las patas se mantenía en su sitio. Era un buen retrato de una demolición. El pueblo se indignó. Los muchachos de la radio universitaria echaron la culpa directamente al gobierno militar. «No tiene la verdad para debatir, por eso quiere callarnos.» Y después: «¡Pueblo de Arequipa, todos a salvar la radio de la juventud y de las causas populares! ¡Hay que enderezar la antena y protegerla!» Los universitarios pedían piedras, cemento, ladrillos, brazos que ayudaran. Esa misma noche llegaron tres mil personas cargadas de materiales. A1 amanecer del sábado habían echado sogas para sostener y enderezar la antena. A las diez y media de la mañana, la pequeña torre volvió a quedar de pie. Ahora reforzaron su base y la rodearon con una pared. Ese fin de semana se unieron al paro ochenta sindicatos. A los quince días de conflicto habían consegui- do paralizar la ciudad. El martes 20 de noviembre se reunió una multitud de treinta mil huelguistas para marchar por Arequipa, exigiendo la libertad

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de los maestros en el Sepa y que se dejase sin efecto el despido de cinco mil profesores. La marcha demandaba, además, respeto por el fuero de los sindicatos, pues en todo el país perseguían a los dirigentes. Mientras se desarrollaba la protesta pública, cada diez minutos Radio Liberación repetía la lectura de la carta del Sepa y ametrallaba noticias: el paro se generalizaba en el sur, ochenta sindicatos apoyaban a los maestros el comité arequipeño llamaba al pueblo a marchar todos los días, y en Moquegua proponían cerrar la carretera Panamericana.

A las siete de la noche, mientras crecía la marcha, los tanques encendieron sus motores y se dirigieron a la Universidad de San Agustín. Trescientos guardias de asalto cumplían la orden de echarle candado a los claustros. Tres mil soldados apoyaban la operación. Los de Radio Liberación alcanzaron a denunciar que los blindados atacaban la Universidad. Alberto Moreno escapó a tiempo de las tropas que entraban al trote. También pudo huir Bladimiro Begazo. Otros caían mansamente. La mitad de los dirigentes de la Federación Universitaria, los que manejaban Radio Liberación, quienes servían de enlace entre los sindicatos huelguistas: casi todos cayeron presos. Pero en sus últimos minutos Radio Liberación volvía a llamar al pueblo para que defendiese su universidad. Entonces se dividió la marcha. Una parte se dirigió a San Agustín, otra fue a desordenar el centro de Arequipa. Una enfurecida muchedumbre salió a defender a los estudiantes. Pasaban de diez mil personas las que marcharon finalmente a liberar San Agustín. Entonces se retiraron los guardias de asalto. A la media hora, el ejército se evaporó de las calles. A la media hora regresó al ataque la Guardia de Asalto. Los huelguistas y unos tres mil estudiantes estaban en la universidad cuando retumbaron los mosquetones de los guardias. Bestias, disparaban al cuerpo. Cayó fulminado Freddy Ilacóndor Jerí, paisano del Gato Marroquín. Le estallaron el cráneo al autobusero Juan Mendoza. Desangraron sobre los adoquines a una pobre mujer que sólo quería irse a casa. Cayó Pedro Chahua con las piernas acribilladas. El profesor Postigo consiguió recogerlo en una moto. Cinco muertos en la cuenta oficial. Once, según los médicos del Hospital Goyoneche. Treinta, según el Comité de Lucha por el Fuero Sindical. Faltaban treinta, era todo lo que sabían.

EN LAS ESCUELAS NORMALES CATÓLICAS, los maestros aprendían a coser botones y a tejer con agujas y telares. En ese tiempo, los conocimientos que Horacio Zeballos había adquirido con los salesianos arequipeños eran constantemente requeridos para salvar ropas que se desintegraban. Aún no se admitía oficialmente que estaban en el Sepa, así que mal podían recibir ayuda o correspondencia en los difíciles vuelos

quincenales procedentes de Lima o Pucallpa. El mal tiempo impedía con frecuencia que los búfalos militares descendieran en ese aeropuerto que era apenas un campo rectangular, estrecho, al que los presos debían pelar la maleza tan pronto lo mojaban las lluvias. Encontrar el Sepa en la inmensidad vegetal de la selva amazónica ya era un prodigio para los navegantes. Aterrizar no siempre era posible. Entonces los aviones seguían de largo, con sus pilotos perseguidos por aguaceros y rachas de viento capaces de hundir sus naves en una jungla inexplorada. De ahí que los maestros hubiesen sobrevivido con solo la ropa que tenían puesta cuando llegaron a la prisión, hasta convertirse inexorablemente en una comunidad de seres semidesnudos, a los que empezaban a crecer barbas realmente fantásticas. Las regiones seguían encargadas de los trabajos comunes en los cobertizos de los maestros. Pero así como Horacio Zeballos v quienes habían sido normalistas salesianos eran buenos remendones v hasta eximios cocineros, los maestros procedentes de las grandes ciudades desarrollaron diversidad de talentos comerciales. Justamente el martes 20 de noviembre, que terminaba sangrientamente en Arequipa, habían invertido mil soles en un radio a baterías.

Al anochecer se llenaba la atmósfera con voces en todos los idiomas. Entraban con facilidad «La Voz de América» y la BBC, Radio Habana a partir de las seis de la tarde y todo el día unas cuantas emisoras limeñas, la más poderosa de las cuales era el vocero del gobierno militar, Radio Nacional del Perú, por cuyas ondas se derramaban constantes elogios al señor presidente de la república y sus ministros. Atardecía el martes cuando los maestros se amontonaron en derredor de su emisora para estrenar la búsqueda de noticias. Unos pedían Radio Habana. A veces, a medianoche, entraba una voz remota desde Pekín. Otros se contentaban con las noticias de Lima. Instalado en los controles, el Gato Marroquín insistía en capturar la pequeña voz de Radio Liberación arequipeña.

Nadie se acordó de mirar el reloj. En masa los insectos llenaban la noche del Sepa con sus chirridos. De pronto se oyó una voz que leía la carta escrita por los maestros desde el Sepa. No era un voz complaciente o informativa. Era una voz, colérica. Esas palabras las enviaban los maestros sepultados en la selva, metidos en una prisión para sentenciados peligrosos, destino que finalmente quedaba al descubierto a pesar del mentiroso silencio gubernamental. Arequipa estaba en huelga exigiendo la libertad de los encarcelados. El paro se extendía a todo el sur del país. Ochenta sindicatos participaban. Pronto serían doscientos sindicatos. Las organizaciones internacionales que defendían los derechos humanos va estaban informadas. El SUTEP había contratado los servicios del abogado Alfonso Barrantes. El gobierno militar había metido tanques y tropas a la Universidad Nacional de San Agustín, pero el pueblo había rechazado la captura policial de los

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claustros. Radio Liberación protestaba por la rápida matanza arequipeña. La voz habló de treinta muertos y doscientos heridos. Después se perdió la pequeña voz rebelde, caprichosamente succionad a por un ventarrón de ondas y sonidos incomprensibles.

¡La carta había llegado a destino sólo para multiplicarse en diversidad de denuncias que salían al extranjero! Los maestros reían, se daban de abrazos. Repetían y memorizaban lo que acababan de escuchar, sabiéndose fortalecidos en su inmediata confrontación carcelaria. No estaban solos.

No podían saber que al día siguiente los huelguistas arequipeños habían decidido negociar con el gobierno militar. En los calabozos de la ciudad se amontonaban quinientos detenidos. Una plaga de despidos amenazaba a los sindicatos que habían expresado solidaridad. Al cabo de siete horas de conversaciones, el jefe de la III Región Militar informó a los representantes de los trabajadores que quedaba sin efecto el despido de cinco mil maestros. Pero los que estaban presos, tendrían que seguir en el Sepa y en otras cárceles del país.

Unos días más tarde corrió la noticia: en el siguiente avión llegarían los abogados de los maestros. También viajaría un juez militar. En el Perú, los tribunales castrenses no existían para atender los asuntos propios de la Fuerza Armada. Ante la justicia militar eran forzados a comparecer civiles por diversidad de contiendas políticas y hasta diferencias de opinión o ideología. Por supuesto Calavera se había enterado antes que nadie en la colonia penal. Explicó a Horacio Zeballos que los abogados se llamaban Barrantes y Martínez. Un mes después de haber sido encarcelados, los maestros prestarían su primera declaración judicial.

Parecía que se condensaban sus formas y se extinguían los fantasmas que habían sido desde octubre. De nuevo tenían destino, huellas digitales, fotografías de frente y perfil, número carcelario y suspendida libreta electoral. En fin, volvían a ser maestros. Por la tarde, el cura Chinchurreta había anunciado que en el avión llegaban paquetes y cartas de sus familiares. Un grupo de maestros quería celebrar una fiesta. Seguramente saldrían libres antes de la navidad.

Alfonso Barrantes, abogado, que había sido presidente de la Federación Universitaria de San Marcos cuando los estudiantes echaron a Nixon en 1957, defensor de sindicatos y políticos de izquierda perseguidos, había pasado por el Sepa a propósito de la gran redada navideña de la junta

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