...Hay que vivir, acepta los problemas, hay que seguir, hay que vivir...
(«Maestra vida»)
Yo soy como el aguacero que al soplo del viento crezco.
(Abelardo Gamarra, «El canto de Luis Pardo») EL GENERAL VELASCO DECÍA CHOLO AL GENERAL SALA OROZCO, el experto en inteligencia de la Fuerza Aérea al que había traído de París para darle el crítico Ministerio de Trabajo. Al contrario de lo que afirmaba la propaganda oficialista, la Fuerza Armada estaba lejos de ser un monolito, expresión de unidad absoluta, rocosa, inquebrantable. El más fuerte, el Ejército, había tenido ocho ministerios al comenzar el velasquismo. La Marina de Guerra y la Fuerza Aérea, tres cada uno. Más conservadores, los marinos no mostraban entusiasmo por las reformas de Velasco. (Sus jefes procedían de la burguesía y aún más alto. En 1969, al fundador de la inteligencia naval, un almirante de gran prestigio, le habían expropiado una rica hacienda en el valle de Chancay.) Al contrario, la Fuerza Aérea, aunque burguesa era francamente velasquista. Los aviadores daban mayoría en el poder a Velasco. La Marina tenía que someterse. El Cholo Sala Orozco, agregado a la embajada peruana en Francia, país que vendía aviones Mirage al Perú, no sólo era velasquista. También era amigo personal del presidente. Comparado con el aviador Sala Orozco, el abogado Genaro Ledesma parecía un serrano simplón, de ojos aguados y andar ceremonioso, demasiado lento para ser un hombre de peligro. Tenía las mejillas coloradotas de los
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andinos que vivían a cuatro kilómetros de altura sobre el nivel del mar. Toda la vida había sido defensor de comunidades y sindicatos. Aunque se consideraba un hombre pacífico, con frecuencia aparecía atrapado en grandes conflictos sociales, nunca del lado del gobierno. Sin embargo, en 1970, el doctor Ledesma había sido la sardina que se comió al tiburón.
Ese año se había roto la negociación directa entre los trece sindicatos de mineros y la Cerro Corporation, la empresa estadounidense que desde hacía cien años explotaba prodigiosos yacimientos de minerales en lo alto de la cordillera, a doscientos kilómetros de Lima, así que el expediente había pasado al Ministerio de Trabajo, donde se detuvo, a la espera de que el nuevo ministro, el Cholo Sala Orozco, llegara de París. Los delegados de los trece sindicatos de la Cerro y el asesor legal Ledesma habían sido los primeros en saludar al nuevo ministro. «Yo no quiero conflictos», había dicho el Cholo Sala Orozco, «para qué nos vamos a pelear si todo se puede discutir». Quedaba inaugurada una época de puertas abiertas para los obreros. No era primera vez que escuchaba ese discurso, Genaro Ledesma. Los señores ministros estaban siempre con el pueblo pero al final fallaban a favor de los dueños, no de los asalariados. Pensó que debían aprovechar semejante atmósfera de cordialidad.
—Tenemos un plieguito sin resolver, señor ministro —el doctor Ledesma se sentaba con una pierna cruzada y la espalda encorvada. Su mirada grande y bolsuda, de ojos que se salían, se concentró en la buena disposición ministerial.
—Claro, claro. Estoy enterado —decía el ministro—. Ustedes andan pidiendo huelga con un plieguito de trescientas páginas que parece el nuevo testamento. Vayamos a lo más importante... ¿cuánto quieren de aumento?
No era duro de corazón, el Cholo Sala Orozco. La Cerro Corporation alegaba dificultades financieras, no estaba dispuesta a aumentar más de siete soles diarios. Los sindicatos habían decidido regatear un aumento de quince soles.
—Sesenta y cuatro soles diarios, señor ministro —mandó su estocada a fondo el abogado Ledesma.
El Cholo Sala Orozco paseó por su despacho tan gruesamente alfombrado que los flecos de lana chupaban sus pisadas. Un rato se distrajo mirando por la ventana. Aún no se aclimataba. En su cabeza todavía resonaba cierto aturdimiento parisino. Sesenta y cuatro soles peruanos equivalían a un dólar cincuenta. Siete francos diarios. No era mucho aumento para reventarse los pulmones en la profundidad de los socavones andinos. Los mineros vivían menos que el resto de los peruanos, cuyas vidas ya resultaban atrozmente cortas en comparación con las de otros seres humanos. La Cerro Corporation había dado utilidades todos los años, toda la vida. Durante un
siglo había sido uno de los mejores negocios del mundo. Esta vez los gringos podían sacrificarse un poco.
—Mucho, es una barbaridad —empezó a protestar el ministro. Lanzó una cifra por sorpresa—. Veinte soles ni un centavo más.
A Ledesma no se le movió un músculo de la cara. Los mineros evitaban mirarse. Nunca habían conseguido más de catorce soles. Esta vez empezaban a discutir por encima de veinte. Antes de que terminara la reunión, aparentaron rendirse. La cifra había subido a más de treinta soles.
El mismo día en que había asumido el cargo, el Cholo Sala Orozco solucionaba el más grave de los conflictos laborales pendientes. Velasco lo había felicitado. Por cierto la Cerro Corporation quería irse del Perú. Bajaban los precios de los minerales en el mercado internacional. El aumento significaba un gasto adicional de quince millones de dólares anuales. El ministro peruano había negociado a ciegas. Una barbaridad. Las relaciones entre Estados Unidos y Perú pasaban por una fase crítica. Sin embargo, el modelo estadounidense también cambiaba. En vez de enclaves territoriales, patentes. Y crédito, servicios, tecnología avanzada. De otra parte, el Perú se metía en honduras revolucionarias. No habría más sorpresas como la del petróleo. En 1970 ya se había discutido la posibilidad de comprar la Cerro. Por fin se calmó la empresa. Treinta y dos soles ese año, muy bien. Pero nada de aumentos al año siguiente.
Ya no eran trece sino dieciséis sindicatos cuando los mineros volvieron al despacho del Cholo Sala Orozco en 1971. Traían al mismo asesor legal. Esta vez el ministro no cedía. Ni siquiera quería caer simpático. Todo el gobierno se había endurecido a partir de la huelga nacional indefinida de los maestros. Los deportados seguían en el extranjero. Mil estaban perdonados, pero quinientos habían sido despedidos. A centenares los cambiaban de destino. No podían equivocarse los mineros, no se trataba de un régimen blando de corazón.
Para los dieciséis sindicatos, el de Velasco era un gobierno corporativista y dictatorial, de corte fascista. A nadie se le ocurría verlo con buenos ojos en las minas. A su vez, los militares consideraban que los sindicatos estaban influidos por ultras maoístas.
En su segundo encuentro, el Cholo Sala Orozco dijo que para negociar era preciso suspender la huelga.
—Es una decisión de las bases, usted comprenda —protestaron los mineros.
—Yo quiero solucionar su pliego. Veamos. Punto primero. Piden la estatización de las minas y negocios de la Cerro. No es asunto laboral. Yo no lo puedo resolver. Tendría que contestar el General Velasco.
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discutir la parte laboral del pliego de los mineros. En total sumaban 141 reclamaciones. Lo más importante era el nuevo salario: cinco dólares con setenta al día por una jornada de seis horas ...y jubilación a los quince años, pues los mineros solían morir antes de haber cumplido los cuarenta. Tres horas más tarde parecía haberse agotado la discusión. Si era para el Perú, los mineros estaban dispuestos a trabajar más sin cobrar sobretiempo. No para los gringos. La solución del conflicto dependía de quién iba a ser el propietario de la empresa.
En esos días empezaban a llegar a Lima los cancilleres latinoamericanos para la XII Reunión de la Comisión Especial de Coordinación Latinoamericana, CECLA, a discutir tales utopías como la del «derecho al desarrollo», que comprometía la ayuda de los países grandes a fin de asegurar el progreso y bienestar de todos los pueblos, o el «tratamiento preferencial generalizado», que se refería a la supuesta actitud protectora de los países desarrollados hacia los subdesarrollados. Velasco creía fervorosamente en la importancia de los 77 y sus acuerdos, sólo palabras y papeles, y quería postergar el conflicto con los mineros hasta después de la reunión.
Los dirigentes de los dieciséis sindicatos fueron citados al palacio presidencial el lunes 25 de octubre. A dos por sindicato, además del asesor legal, sumaban treinta y tres personas las que entraron al nuevo Salón Túpac Amaru, donde esperaba el jefe del gobierno. Estaba realmente al mando, Velasco. Gobernaba con la mirada. El resto de los uniformados volaba al escuchar sus órdenes. Se acercaba al metro setenta de estatura y tenía la voz ronca de tanto fumar tabaco negro de Tumbes. Seguía siendo un soldado de infantería. Miraba a los ojos al saludar. Descifraba a la gente por su actitud más que por sus palabras. El cuerpo, los ojos, el apretón de manos, la conducta nunca mentía. Uno a uno saludó a los treinta y tres visitantes y pasó a presidir la reunión.
El Cholo Sala Orozco resumió los acuerdos en la parte laboral. Los mineros estaban dispuestos a trabajar sobretiempo gratis para reflotar la empresa, siempre y cuando perteneciera al Perú. Sin embargo, la empresa y los trabajadores habían rechaza-do un aumento de once soles diarios. Los trabajadores pedían treinta. La Cerro ofrecía... nada.
Con rostro imperturbable asistía a la reunión el ministro de Energía y Minas, el general moqueguano Jorge Fernández Maldonado. Había sido jefe de la inteligencia militar. Era el hombre de la izquierda. El conflicto en las minas lo forzaba a postergar un viaje a Pekín.
—No podemos expropiar la Cerro —habló al fin Velasco—La hemos investigado y está al día en sus impuestos. Además, parece demasiado arriesgado y complejo estatizar una empresa tan grande, cuyas ganancias dependen del mercado internacional...
Guardó pensativo silencio antes de repetir: «Muy peligroso, muy peligroso».
Al rato siguió:
—Tienen que resolver el pliego sin necesidad de hacer huelga. No podemos darnos el lujo de perder exportaciones.
—Es una decisión de las bases —dijeron los delegados.
—En todo caso, podrían ir los ministros aquí presentes para informar a nuestra asamblea en La Oroya —sugirió el abogado Ledesma. Los mineros asentían. Nadie deseaba volver con las manos vacías. Sala Orozco y Fernández Maldonado estuvieron de acuerdo.
El jueves, en la reunión de los 77 que se celebraba en Lima, Velasco había anunciado que el Perú asumía un rumbo nuevo en el mundo: «sin capitalismo y sin comunismo».
A rachas cambiaban las cosas en el país. Parecía apurarse el tiempo, salirse del control de la gente. De pronto el Perú andaba por su cuenta. En unos días, apenas, se cumplía la reunión de los 77, se establecían relaciones diplomáticas con China, se marchaba el embajador de Taiwán y se rumoreaba la expropiación de radios y televisoras. El general Alfredo Carpio Becerra, ministro de Educación, declaraba que «este gobierno desea que la prensa sea revolucionaria».
Oscurecía el sábado 6 de noviembre cuando llegaron los ministros al Sindicato Metalúrgico de La Oroya. Era un salón de enormes dimensiones, con grandes ventanas, bañado por una luz dura y blanca, en el que se apretaban unos cinco mil trabajadores de los yacimientos y la gigantesca fundición andina. Noche y día, con lluvia, con frío, igual bajaban a los socavones. La edad promedio peruana era de cincuenta años. Los mineros morían a los treinta y seis. Los mataban el frío, las emanaciones de plomo, la humedad de los túneles, el hacinamiento, la tuberculosis. En su mayoría hablaban quechua. Desde hacía un siglo trabajaban para los gringos. Antes habían trabajado para los españoles. Siempre para otros. La posibilidad de que al fin un gobierno los defendiera, alimentó un aplauso atronador cuando entraron los generales.
Ciertamente era una reunión majestuosa. Rostros andinos, rocosos, en silencio, inexpresivos, miles de seres macizos, llenos de paciencia, toda una multitud que parecía trepar por las paredes hasta acomodarse en las ventanas, cinco mil indios vestidos con jeans y casacas, no despegaban los ojos de los generales. Nunca antes habían llegado ministros a conversar con ellos en su propio sindicato.
No traían el mensaje que esperaban. Para otra época se postergaba la expropiación de las minas. Tal vez fuera posible un aumento de quince soles. El general Fernández Maldonado habló sobre el futuro de los yacimientos.
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El Cholo Sala Orozco se refirió a los puntos más importantes del pliego de reclamos. La asamblea empezó antes de las siete de la noche. No había concluido cuando llegaron noticias de Cobriza, una de las minas en huelga. El campamento de los mineros, la zona 3, quedaba en la parte baja de Cobriza, casi en la boca de la mina. Los huelguistas habían subido a la zona 1, el campamento de Parco también conocido como zona de la compañía. Querían saber si los funcionarios de la empresa habían abandonado el yacimiento. Parco estaba protegido por alambradas y un pequeño destacamento de Guardia Republicana. Ahí vivían el superintendente, míster Okos, un geólogo y el supervisor. Cuando los huelguistas aparecieron en Parco, dos republicanos salieron al camino con sus fusiles. Los desarmaron. Se habían escapado balazos y cayó herido uno de los huelguistas. Con Okos, el geólogo y los dos guardias de rehenes, los mineros volvieron a la zona 3. De inmediato se realizó una asamblea. La mayoría rehusaba devolver las armas y soltar a los gringos, pero Okos estaba herido y lo enviaron al hospital de la compañía en Chulec, cerca de La Oroya. Los fusiles se guardaron en el local del sindicato.
En la noche del martes 10 de noviembre fuerzas militares tomaron el control de las televisoras y las cadenas de radio en Lima. Al día siguiente, los delegados de los dieciséis sindicatos y su asesor Ledesma fueron recibidos brevemente por el Cholo Sala Orozco.
—Yo no puedo seguir conversando con los sindicatos cuando tienen fusiles en su poder —dijo el general—. Tal como están las cosas, deben reunirse con el ministro del Interior, no conmigo, ¿de acuerdo?
Los delegados asintieron y Sala Orozco utilizó el teléfono del circuito confidencial.
—Hola, tocayo —se dirigió con familiaridad al general Ríchter, ministro del Interior—. Te estoy enviando a la delegación de las minas que van a conversar contigo sobre los fusiles...
Sonrió después. Antes de colgar la bocina, dijo: —El ministro los espera.
Viajaron en taxi al ministerio instalado en el antiguo aeropuerto internacional de Limatambo.
A esa hora, sinchis y guardias de asalto entraban disparando a la zona 3 en Cobriza.
Un comandante los aguardaba en la primera entrada al ministerio. Llevaron a los delegados y al asesor Ledesma al cuarto piso, donde quedaba el despacho ministerial. A los diez minutos los hicieron pasar a la oficina del ministro. Vieron el sillón vacío.
—Están detenidos por disposición superior— anunció otro militar con ropa de combate.
En Cobriza reventaban al secretario general Pablo Inza con una descarga de ametralladora. El gobierno declaraba el estado de sitio en la región central del país. Más tarde se hablaría de un «choque armado» en el que habían resultado heridos ocho policías, tres de ellos con impactos de bala. Cinco mineros estaban muriendo y diez caían heridos, según informarían las autoridades.
Cinco policías tomaban los nombres de los dirigentes detenidos en el despacho ministerial. Un coronel con uniforme de campaña se hizo cargo de su destino. Ya esposados, los bajaron de seis en seis al sótano, donde esperaba una caravana de camionetas policiales y patrulleros. Esa noche quedaron repartidos por toda la ciudad. Al amanecer los llevaron al Grupo Ocho, en el aeropuerto internacional. Los contaron mientras abordaban un Hércules de la Fuerza Aérea. Sumaban treinta y tres. Prohibido hablar, fumar, moverse. Seguían con las esposas puestas. No tenían como adivi- nar su destino. Levantaron vuelo a las nueve y al rato bajaron en un campo bastante conocido, el rústico aeropuerto de jauja. Tampoco ahora los dejaron salir. La pasaron como estatuas hasta las tres de la tarde. Entonces llegaron camiones militares con los mineros de Cobriza. Muchos de ellos traían los rostros golpeados, acabados de coagular. Se acomodaban aturdidos, con sus ropas manchadas de sangre, sin reconocer todavía a los delegados de los sindicatos. Cincuenta obreros de las minas se metieron de cualquier manera en la panza del avión militar. Hicieron una escala en el aeropuerto de Ocopa. Después, al Sepa, la maldita colonia penal en plena selva amazónica, sólo para sentenciados. Ahí los desaparecieron.
RARO PAÍS EL PERÚ, CON TODOS SUS MILITARES embelesados en una revolución que sólo cambiaba las formas pero nunca el fondo mismo de la realidad peruana. Unos seiscientos maestros habían quedado sin empleo por haber hecho huelga. A mil los habían trasladado a sitios alejados, como una suerte de destierro dentro del propio país. Los maestros deportados seguían en España. Un editor amistoso les pagaba el salario mínimo para que empaquetaran libros. Después de la tragedia de Cobriza se había reiniciado la persecución de maestros. Una nueva racha de traslados y subrogaciones castigaba al magisterio. En cuanto a los trabajadores de las minas, ni siquiera se sabía cuántos estaban en el Sepa y quiénes habían quedado dispersos en las estaciones policiales de Lima, que funcionaban como escondidas carceletas distritales. Los diarios habían dado la noticia a partir de un extenso comunicado oficial del Ministerio del Interior que, por cierto, no mencionaba el destino final de los mineros en el Sepa. No tardó en producirse una lamentable división entre mineros y
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metalúrgicos. El lunes 15 de noviembre concluía la huelga en las minas de Huaymanta, Chumpi y San Cristóbal. El martes regresaban a trabajar los mineros de Morococha, Yauricocha y Cerro de Pasco. El miércoles volvían los ferrocarrileros. La Fundición de La Oroya quemaba minerales a todo calor. Subían, bajaban jaulas humanas por los socavones. Un dirigente de la Fundición hablaba todas las mañanas por Radio La Oroya, acusando de la tragedia de Cobriza a infiltrados ultraizquierdistas que querían desestabilizar al gobierno revolucionario de Velasco cuando se reunían los 77 en Lima.
Estaban de suerte los militares. Una empresa estatal había encontrado petróleo en la selva amazónica, el mejor de los petróleos, con ínfimo contenido de azufre. Se hablaba de construir un oleoducto entre la selva y el Pacífico, pasando por la cordillera de los Andes. Un ventarrón de benevolencia soplaba sobre la república militar, así que el miércoles 17 de noviembre se abrieron los calabozos para dieciocho mineros de Cobriza. Otros treinta quedaban desperdigados por Lima y ciento treinta seguían en el Sepa. Quienes continuaban presos, no existían verdaderamente. Se hubiese dicho que sus vidas habían quedado en suspenso. Seguro, alguna vez volverían a existir, pero el gobierno no daba muestras de acordarse de ellos. Cobriza se evaporó de las noticias. La huelga en las minas de la Cerro se había extinguido. El primero de diciembre, la CGTP ofrecía una demostración de fuerza política con el Segundo Congreso Nacional de Trabajadores. Asistían 44 federaciones