Temporada en el infierno
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habían ordenado, ni se acusaba a los maestros de ningún delito. Ni siquiera habían firmado una declaración o respondido a un interrogatorio y El Potao no era una cárcel sino un cuartel asignado a las fuerzas policiales. Aún más, carecían de abogados. Sus familias no habían sido informadas. Tampoco el país. Ni una sola noticia había perforado el silencio militar. Nada. De acuerdo con las informaciones de periódicos y televisoras, no se había producido la huelga, ni nadie perseguía a los huelguistas como no fuese en la atormentada imaginación de quienes se amontonaban en E1 Potao.
Horacio Zeballos había sido el primero en llegar a esa prisión de paso. Después habían caído Callirgos y Gallardo. Nada se sabía de Sánchez Vicente. A la otra noche entró Julio Pedro Armacanqui. No demoró en aparecer don Teodoro Cárdenas Sulca. Siguieron Constantinides y Juvenal Ordóñez, ambos del sur. Gróver Pango llegó de Tacna. Los puneños, con Lipa Quina, Háwar Orihuela, Jaime Nina Chávez y Onofrio Coacalla fueron desembarcados de madrugada, aturdidos. Creían estar en Bolivia. Caían al amanecer, desordenando la quietud a palos del Potao. Tanteaban la penumbra que conducía a la cuadra, entraban por partes, fosforescían sus miradas hasta encontrar rostros amigos, se acercaban ayacuchanos y huancaínos de la tercera región, el primer grupo de cusqueños y apurimenses; más tarde entraban los norteños, muertos de fatiga los cajamarquinos. Todos sus nom- bres no entraban en una libreta y seguían llegando, algunos en pijama, encarcelados con lo que tenían puesto, sin saber por qué o hasta cuándo. Zeballos los recibía personalmente. «Soy su secretario general», repetía, aunque lo conocieran. Así dejaba establecido que seguía siendo responsable de todos ellos. Su mensaje no cambiaba. Los habían encarcelado por orden del gobierno. Que nadie se engañara. Los generales habían decidido que el SUTEP no debía existir. Y no existiría, a menos que ellos, los maestros, decidieran lo contrario.
La verdad, estaban prisioneros de cuatro paredes de silencio. Nada se escuchaba del mundo exterior. Ni una voz salía de los calabozos denunciando la persecución. Una semana después del paro nacional, la rebeldía de los maestros se diluía en el olvido. El gobierno militar se había negado a reconocer al SUTEP. Sólo habría diálogo con los antiguos sindicatos. Según el Ministerio de Educación, los sutepistas habían presentado «apenas» el 45 por ciento de las firmas de los trabajadores, a las que faltaban, en muchos casos, el número del documento de identificación o la huella digital correspondiente. Casi en la víspera del paro, los medios de comunicación del gobierno anunciaban con grandes titulares que el SUTEP utilizaba dinero de la central de cooperativas para financiar la actividad de los huelguistas. Después desaparecieron de las noticias. Ni una sola carta de rectificación fue publicada. El paro del 24 de octubre tampoco mereció un lingote de
plomo en los diarios peruanos. Nada se dijo de la metódica desaparición de los dirigentes sutepistas. Nadie se unió a la protesta de los familiares de los maestros que demandaban información sobre su paradero. Parecía una locura ponerse a luchar en semejantes condiciones. Casi toda la directiva nacional del SUTEP se encontraba entre rejas. Todos los intentos de pasar mensajes al mundo exterior habían fracasado. Sus carceleros eran veteranos de la campaña antiguerrillera de Púcuta y los Andes centrales. Odiaban a los comunistas. Una parte de los maestros titubeaba. Ni siquiera estaban en una verdadera cárcel y ya prorrumpían en lamentaciones. Querían rendirse, salir cuanto antes. ¿Pedía Velasco la cabeza del SUTEP? Que se la dieran, pues. Horacio Zeballos cndureció su discurso. Llamaba a resistir. Entonces llegó el primer soplo: «el primer domingo de noviembre los llevarían al Sepa.»
La Isla del Diablo era un paraíso francés en comparación con la colonia penal del Sepa, instituida por el general Odría para castigar a los ofensores de la república peruana. Ni siquiera aparecía en los mapas. El Sepa era una prisión para los sentenciados a las penas más altas, en su mayoría asesinos o bandidos reincidentes, esa categoría de fieras humanas a la que llamaban «rematados», quienes ya nunca volverían. En efecto, del Sepa casi nadie había regresado para contar cómo era esa cárcel emparedada por una selva carnicera, donde los revoltosos concluían amarrados al árbol de la tangarana, con grandes hormigas que los devoraban crudos. Ahí habían estado presos los dirigentes de los sindicatos mineros y los rebeldes de Cobriza, a quienes habían soltado en agosto, algunos ya infectados por la lepra amazónica, con miradas turbias, silenciosos todos, a medio matar después de una temporada en el infierno.
No se equivocaba Horacio Zeballos al pensar que muchos dirigentes del SUTEP tenían que haberse salvado en la clandestinidad. Manzur, Rebaza, Esparza, Salazar Pasache no aparecían en el Potao. Tampoco llegaban Olmedo Auris, los más jóvenes. Muchos maestros de provincias habían tenido tiempo de esconderse. Se reagrupaban, dándose una nueva organización. En cuanto a Arturo Sánchez Vicente, estaba preso aunque lejos del Potao.
Otra vez sería Arequipa el centro de la protesta contra el gobierno militar. Manuel Jiménez, secretario sutepista de Arequipa, había burlado a los sabuesos de Seguridad del Estado. Hernán Vela Espinoza, secretario de defensa, también seguía libre. La organización provincial y por distritos se mantenía intacta. El jueves 25 de octubre habían caído el Gato Marroquín y una parte de la dirigencia arequipeña. El viernes, los sutepistas pasaban a la clandestinidad en Arequipa. E1 sábado, hasta los estudiantes estaban en sus catacumbas.
E1 gobierno militar siguió golpeando. No existía el SUTEP. Confirmado. El paro había tenido una intención subversiva. Ahora los
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sutepistas podrían dar con sus huesos en largas prisiones, poco menos que por traición a la patria. Cuatrocientos maestros estaban presos, sin que se explicara su situación judicial. Dos mil habían sido interrogados. Cinco mil habían perdido sus empleos. Alberto Moreno, secretario general de Patria Roja, se encontraba en Arequipa cuando empezó la persecución de los maestros. Se había refugiado en la Universidad Nacional de San Agustín. Sólo quedaba una respuesta posible: un paro regional indefinido. A Manuel Jiménez, secretario arequipeño del SUTEP, lo buscaba la policía, lo mismo que a Bladimiro Begazo, que entonces dirigía la Federación Universitaria. Muchos maestros estaban marcados, así que las maestras pasaron a manejar los preparativos del paro indefinido, dirigidas por Juana Loayza Espinoza, que con sus ocho meses de gestación no proyectaba la imagen propia de una conspiradora. El jueves, día de las ánimas benditas, llegaron a la universidad delegados clandestinos del magisterio regional, de la Federación de Empleados Bancarios, de la central demócrata cristiana de trabajadores, del sindicato de la empresa telefónica y dirigentes ferroviarios y cerveceros. Esa noche acordaron el paro. Constituyeron el Comité de Defensa del Fuero Sindical, presidido por Justiniano Apaza, del Sindicato de Choferes. A pesar de lo avanzado de su gestación, Juana Loayza integraba el comité en i representación del SUTEP. Nuevamente Arequipa olía a barricadas.
Entonces se quedaron sin dinero. El sindicato había renovado u a sus dirigentes en setiembre. A1 Gato Marroquín lo habían metido preso antes de que pudiese recoger los fondos sindicales y las cuentas que presentaba la antigua directiva de Elba Oviedo. La víspera del paro, el secretario local del SUTEP, Manuel Jiménez, decidió ignorar la seguridad y visitar a la Oviedo. Aunque estaba clandestino, invitó a salir al profesor Ochoa, presidente de la cooperativa magisterial arequipeña, y a Bladimiro Begazo, que debía cumplir funciones importantes a la mañana siguiente. Era el único que se había quejado: «¿Y la policía?» Jiménez contestó: «No pasa nada.» Estaban a domingo. Cierto espíritu de feriado parecía desmentir que se acercaba un conflicto. Bladimiro Begazo quiso decir que la casa de Elba Oviedo seguramente estaba vigilada, que daba lo mismo presentarse en la Prefectura. A1 fin guardó silencio. En el último minuto se les sumó Hernán Vela, secretario de defensa del sindicato en Arequipa. Un chofer de taxi los recogió a las nueve de la mañana. Habían estado escondidos en un sótano de la Federación Universitaria. Aún perdieron tiempo, yendo a sus casas a cambiarse de ropas. A1 fin visitaron a Elba Oviedo, en el barrio de Miraflores. E1 dinero estaba escondido, tendría que traerlo. Bladimiro Begazo protestó. Se habían vuelto locos. No podían estarse paseando en un taxi en la víspera del paro. La policía llegó al rato. Los sorprendió cuando bajaban por la aveni- da Goyoneche. El taxista fue el primero en entregarse. No les quedó otro
camino que salir mansamente con las manos en alto.
A las tres de la mañana del primer domingo de noviembre habían contado a los maestros en el Potao. Ochenta y nueve. Los dividieron en tres grupos. Horacio Zeballos y los dirigentes nacionales salieron con el primer grupo, antes del amanecer. ¿Dónde los llevaban? Los carceleros no hablaban. Nada más sonreían. Se inflaban sus correajes, el uniforme verde aceituna, les sudaban los pescuezos. Un enorme autobús con ventanas clausuradas se había estacionado en el patio del cuartel. La luz amarilla de un reflector cegó a Horacio Zeballos. Esposaban a los maestros conforme salían. Sintió una mordedura metálica aprisionando sus manos flacas. Aún no cumplía los treinta años y ya lo creían el hombre más peligroso del país. Al Sepa, a una cárcel en medio de la selva. Quizás al Frontón, la isla anclada frente a Lima. Siempre al peor sitio, los maestros. Siempre en secreto, con crecida escolta, oscuramente llevado de una prisión a otra, Zeballos. Supo que se inclinaba, como si trepara una cuesta, así, con toda esa luz en contra, empujándolo hacia atrás. Cumplían once días de encierro y ya su única ropa empezaba a romperse, apestaba a sudor viejo su camisa, ansiaba darse un baño con jabón, ser como cualquiera.
Nuevamente los contaron. Pasaban lista. Por razones alfabéticas, primero llamaron al profesor Armacanqui. El último, Zeballos. Se acomodó entre Carlos Gallardo y el corpulento Constantinides. Quedaron encerrados en un largo baúl metálico, con sólo rendijas para ver los fulgores d e la ciudad en movimiento. Pareció que viajaban la mitad de la vida, hundiéndose en baches, latosamente por un pavimento arruinado y pedregoso. En realidad cumplían media hora de viaje, entre vehículos policiales cuyas luces de colores se perseguían por la lechosa claridad de la mañana apenas inaugurada. A las seis y cuarto, uno de los maestros creyó haber visto el aeropuerto internacional por una rendija. ¿Deportados? ¿Treinta maestros enviados al destierro? Imposible. Provoca rían un escándalo internacional. Horacio Zeballos se hundió en si mismo. Haber visto el aeropuerto significaba que acabarían en la única cárcel del mundo a la que sólo se podía llegar por avión: la colonia penal del Sepa.
El autobús carcelario se estacionó a las seis y media de la mañana en el Grupo Ocho de la Fuerza Aérea, una base que ocupaba gran parte del aeropuerto internacional de Lima. Ahí operaba el único escuadrón de rescate del país. Ahí estacionaban el avión presidencial. Por ahí llegaban y salían naves en completa reserva. Ahí los dejaron hasta las diez de la mañana, cuando la tropa los hizo bajar al trote, a gritos arreándolos hacia un búfalo militar de dos hélices, con bodega de carga. Quitaron las esposas a los maestros sólo para encadenarlos a los asientos laterales del avión. Otra vez pasaron lista. Un pelotón de sinchis se instaló en la bodega. Cerraron las puertas.
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Mientras calentaban los motores y tomaban impulso para elevarse hacia la cordillera, Horacio Zeballos observó los rostros de sus jóvenes carceleros. Tenían los rostros pintados, en parte para inspirar horror, también para no ser reconocidos. Estaban armados como si fuesen a un combate. Sin embargo, detrás de esas máscaras de guerra no eran otra cosa que adolescentes convertidos en carniceros.
A cinco mil metros de altitud reventaban los pulmones. No llevaban oxígeno para los prisioneros. Amoratados por el frío, los maestros se abrigaban pegándose unos a otros, hacían muecas para aliviar sus oídos. La cordillera subía a casi siete mil metros. A Horacio Zeballos le pareció que se quedaba dormido. Respiraba hilachas de aire, jadeando para retenerlas en sus pulmones enflaquecidos. Observó como salía sangre de las narices de otros maestros, gotitas primero, borbotones después. Se retorcían, encadenados al avión, sintiéndose morir. Cayó entonces por un espacio negro, en el que sólo existía el silbido de las hélices y la trepidación de los vientos encajonados por las montañas. Negro gris, oscuro aullido de la cordillera y toda su rocosa negritud. ¿Dónde estaba, por cuánto tiempo, Horacio Zeballos? ¿Qué destino tenía que cumplir? Un vaho vegetal lo revivió al rato. Esta vez el avión picaba hacia una llanura verde que se perdía en el horizonte. Un calor de horno se mezclaba a las últimas rachas andinas que habían quedado encerradas en el avión. Horacio Zeballos se retorció para observar el paisaje. Bajaban directamente a un espacio apenas visible, una franja pelada cerca de un río barroso, de aguas coloradas. Treinta y cinco minutos después de haber alzado vuelo en Lima, el búfalo militar aterrizó en la colonia penal del Sepa.
Abajo, rápido. Fuera, lejos del avión, desencadenados, en fila de a uno, atención, firmes.
A1 filo del campo, donde raleaba la maleza, unos seres barbudos, de inmundas trenchas y ojos turbios, se amontonaban para observar a los maestros.
E1 avión esperaba con los motores encendidos.
Guardias republicanos con fusiles militares vigilaban a los recién llegados. Los llevaron a la orilla del río Sepahua. Un sargento quiso esposarlos conforme subían a una canoa para diez ocupantes. Esta vez los maestros protestaron. Se volcaba una canoa y morían todos.
—¿Para qué necesitamos cadenas? —enrojeció Horacio Zeballos. —Para que nadie escape —dijo el sargento.
—¿Escapar? —Horacio Zeballos miró en derredor. Inmensidad verde, ciénaga invisible, bosque impenetrable la selva que acosaba ese espacio apenas deshabitado que era el Sepa. Un aire abrasador quemaba sus pulmones. A Horacio Zeballos se le doblaban las piernas de la fatiga— . ¿Hacia dónde quieres que vayamos a escapar? ¡Vamos, di!... ¿En qué
dirección quieres vernos fugar? El sargento bajó la mirada.
Pasaron el río de diez en diez. El infierno empezaba donde se unían el Sepahua con el Urubamba. Un hervidero de grandes lagartos protegía los pantanos. En la parte alta, donde el diluvio anual hacía rebrotar lo espeso de la selva, tardaban en aparecer los rústicos edificios de la colonia.
Media hora caminaron en silencio, jadeando a ratos, y ni una sola vez los republicanos habían sacado el dedo del gatillo. Avanzaban en fila de a uno, procurando no salirse de un estrecho sendero bien marcado por infinitos pasos en la maleza.
Una mugrosa ciudadela apareció al fin, vecina a un fuerte construido con troncos de árboles. Centenares de presos se aglomeraban silenciosamente para observar a los recién llegados. Parecían salir de otros tiempos, con barbas descontroladas y ropas oscuras, las melenas tiesas de tantísima mugre y colmillos que reían con fulguración carnicera en los rostros que se repetían, iguales por fuera y dentro. Nada decían sus miradas como no fuese un mensaje de almas muertas.
En la explanada central pudo ver Horacio Zeballos la amplitud de esa cárcel abierta. Ocupaba un triángulo entre los dos ríos y la muralla de la selva. Tenía el aspecto de un pueblo pequeño, con calles bien comarcadas. A1 frente estaba la administración de la colonia, con las viviendas de los empleados y sus familias. De ese lado también estaban las casas de los oficiales de la Guardia Republicana. Seguía la escuelita para los hijos de funcionarios y colonos, una iglesia, la casa del cura, la posta médica y las oficinas de la capitanía, junto a la cual se levantaba la torre de la radio. A la izquierda existía una hilera de cobertizos, donde almacenaban cosechas, dos de los cuales estaban ahora destinados a servir de vivienda a los maestros. A1 centro había una cancha grande con un enorme árbol de mango y otro arbolito de aire siniestro, también encarcelado pues lo rodeaba una reja oxidada: la tangarana asesina. Era tan grande la explanada que también servía para que armasen los presos y hasta de campo de fútbol en la temporada seca. Del otro lado se veía la triste ciudadela de los presos comunes, es, en su mayoría limeños o chalacos que no querían convertirse en colonos y preferían estar ahí, en un barroso laberinto de chozas y covachas. Un poco más lejos estaba el cuartel de la Guardia Republicana.
Jefe supremo del Sepa era el capitán Salaverry, cuyos ojos redondos, medio amarillos, se clavaron en la mirada de Horacio Zeballos tan pronto empezó la inspección de los maestros acabados de llegar. No se había preocupado por abrochar el uniforme, el Capitán Salaverry. Usaba botas de caballería, sin espuelas, por temor a las culebras que chicoteaban por los lodazales del Sepa. Todo Salaverry tenía aire de pájaro, desde los brazos
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en la cintura mientras hablaba a sus gobernados y los ojos, tan abiertos y saltones que casi nunca pestañeaban, hasta el pescuezo rojo, al que cólera o emociones ponían púrpura. Un pájaro en la manera de pararse, con una nariz que parecía un pico y la piel porosa y desplumada. Desde el primer día en que Salaverry había llegado a gobernar el Sepa, los presos le habían puesto el sobrenombre de Gallo Hervido. La verdad era que a Salaverry le encantaba vivir en prisión. No tenía como no hacerse rico a costa de tantísima miseria y una sensación de poder ilimitado acompañaba todas sus decisiones. Paseó ahora con pausados trancazos delante de los maestros. Gallo Hervido se veía desde dentro de sí mismo y desde los ojos de sus prisioneros, un poco como debía verse Dios, amnímodo y ubicuo, múltiple y unitario. Nadie más alto que Gallo Hervido en la prisión selvática.
—Les doy la bienvenida a nombre del Supremo Gobierno —sacó pecho, hizo relucir su plumaje oficial Gallo Hervido—, aquí van a estar depositados por órdenes del señor ministro del Interior. Se ha pedido extenderles ciertas comodidades que no pueden ser compartidas por el resto de los presos. La más importante, no van a vivir con los comunes sino en dormitorios separados, sólo para ustedes. Esto tiene que ver principalmente con su seguridad. Yo quiero que entiendan que peor que serpientes y tarántulas, más peligrosos que fieras monteses y lagartos son esos reclusos que ahora los observan y con los cuales no deben tener trato. Esa gente es la más peligrosa del país. No son seres humanos. Son seres bestiales, rematados, asesinos, altamente agresivos. Nosotros, las autoridades de la colonia y el gobierno al que representamos, nosotros no vamos a responsabilizarnos de lo que pueda suceder si se relacionan con ellos.
El capitán Salaverry les hizo entregar una cuchara, un tazón y un plato, todos de plástico; y dos metros de tocuyo para que cada quien se