Capítulo I. El abordaje a la extensión rural desde la
4. Comunicación para el desarrollo: trayectoria histórica de
4.3. Enfoques desde la racionalidad del diálogo o el
Nos detendremos a continuación en las corrientes alternativas para pen- sar la intervención en las áreas rurales. Una de las complejidades a tener en cuenta a la hora de rastrear las huellas de abordajes centrados en este tipo de racionalidad en este campo, es que el mismo surgió primero de la práctica, con las complejidades y tensiones que ello implica, y bastante después llegó la teoría (Beltrán, 2007: 150). Distintas experiencias vin- culadas con radio-escuelascampesinas, radios mineras o educación sa- nitaria fueron precursoras del trabajo que luego se denominaría como “Comunicación para el desarrollo”. Sus orígenes no están en el terreno académico y su filiación teórica con el modelo del difusionismo desa- rrollista que hegemonizó los planes de intervención a partir de los años 50 no era tan claro en un primer momento. Lo que buscaban estas ex- periencias estaba vinculado con la mejora en las calidades de vida de la población (Barranquero, 2009). En este sentido conviene comenzar re- cuperando el contexto de situación más amplio, el que se da en la refle- xión en torno a la “comunicación”.
Enmarcadas en los movimientos sociales críticos que se constituye- ron en Latinoamérica para enfrentar el avance del modelo hegemónico de desarrollo, se han desplegado importantes experiencias alternativas
a los enfoques que vimos en el apartado anterior. Con eje en la comu- nicación, de acuerdo con Bruno y Guerrini (2011) se originaron en ese contexto dos corrientes de investigación y diseño de iniciativas: una de corte macrosocial, y otra de tipo microsocial. La primera apuntaba a la regulación de medios masivos de comunicación y el sistema de depen- dencias que se planteaba en esta región en relación con los países cen- trales. Desde aquí se buscaron impulsar lo que se conoció como Políticas Nacionales de Comunicación (PNC)18. La perspectiva de tipo micro- social apuntó al trabajo requerido para estimular la participación política de las comunidades. A esta perspectiva se la denomina, por lo general, como “comunicación popular”.
Precisamente en nuestros países latinoamericanos se desarrolló una importante experiencia en comunicación popular vinculada con muchas experiencias de intervención en el área rural. Si bien el eje central en estas experiencias estuvo en la restitución de la palabra negada a los sec- tores subalternos, uno de los grandes aportes de las experiencias y estu- dios en comunicación popular en Latinoamérica tuvo que ver con poner la dimensión política, y las relaciones de poder, de toda comunicación en el centro de escena. Esta consideración es particularmente importante para pensar la extensión rural, puesto que ha habido una matriz de pen- samiento que ha “naturalizado” a la misma como una intervención téc- nica “neutral”, carente de consideraciones políticas. Reflexionando sobre este campo, Jorge Huergo (2004) plantea que las acciones de extensión rural se inscriben siempre en el marco de un horizonte político, puesto que buscan transformaciones ya sea de prácticas, saberes, relaciones o modos de producción.
En la misma línea, reflexionando sobre las experiencias en comu- nicación popular, María Cristina Mata (2011: 6) plantea que una di- mensión constitutiva de este tipo de comunicación tiene que ver con que se asume que el habla popular encierra un conflicto de naturaleza política, lo que marca su “politicidad”. La misma está presente en dos sentidos: por un lado, se reconoce y se asume la conflictividad social y se plantea un posicionamiento en ella, al asumir que esta es derivada de la estructura social y, como tal, puede modificarse; por el otro, se plantea que estas prácticas de comunicación y el trabajo con medios de comu- nicación deben estar insertos en movimientos sociales: “Inserción y or- ganicidad fueron los rasgos decisivos de la politicidad de la comunicación popular como lugar de expresión del conflicto y de bús-
queda de articulaciones capaces de construir espacios de poder” (Mata, 2011: 8). Sin embargo, pese a esta búsqueda la autora señala que en ge- neral primó una concepción del poder reduccionista que tendió al re- chazo por todo lo que fuera masivo, estatal o de un carácter amplio. Esto condujo a una situación de marginalidad y autonomía que acabó debilitando fuertemente la proyección de estas experiencias en cuanto transformación de la realidad. En virtud de ello el principal desafío para este tipo de comunicación se plantea en tanto necesidad de romper con la lógica de la fragmentación y la marginalidad.
Uno de los grandes críticos a los enfoques que hegemonizaron las prácticas de extensión rural –y tal vez puede considerarse el principal teórico de la racionalidad del reconocimiento en Latinoamérica– fue el brasileño Paulo Freire. En su obra ¿Extensión o comunicación?publicada en 1973, partiendo del planteo sobre la necesidad de discutir interdis- ciplinariamente la asistencia al hombre rural, cuestiona la propia deno- minación de “extensión” por el carácter de donación y mesianismo que implica (propio del pensamiento occidental), en el cual un centro que posee el conocimiento lo “extiende” hacia una periferia que lo ignora. En esta visión –propia de la razón instrumental, como veíamos– se transforma al agricultor en una “cosa” que se debe persuadir para que cambie. Se trata, para Freire, de una visión anti-dialógica que niega al hombre, y puntualmente al campesino, como sujeto de transformación del mundo. En esta perspectiva de invasión cultural se vuelve necesario que el invasor quite (o directamente niegue) significado a la cultura in- vadida (Freire, 2007: 45).
El eje que plantea Freire para pensar de manera crítica la tarea pe- dagógica se plantea en términos comunicativos y tiene que ver con la dialogicidad o antidialogicidad con la que la misma es llevada adelante (Freire, 2007: 43). Una de las características que tiene la concepción antidialógica es la “invasión cultural”, que niega significado a la cultura del otro, reduciendo a los hombres a meros objetos de su acción. Es la educación para el hombre como objeto que tiende a su “domesticación” (Freire, 2010: 28). Esta domesticación es funcional a la reproducción de la ideología dominante, puesto que tiende a la anulación de la polí- tica, de acuerdo a la definición que hace Rancière (1996) de la misma, que hemos señalado más arriba.
La distinción entre, podríamos decir siguiendo a Freire, una pers- pectiva “invasiva” o una perspectiva “dialógica” se vuelve un elemento
constitutivo en términos políticos para pensar la relación con el “otro” que plantea necesariamente la intervención rural. Para que la perspectiva dialógica pueda tener lugar es necesario que se plantee entre los actores involucrados un reconocimiento del mundo cultural del otro19, es decir, un reconocimiento al lugar desde el cual el otro carga de significado y da sentido a su experiencia.
Este enfoque se complejiza y enriquece si se recupera la articulación comunicación/cultura como dimensión de análisis fundamental para las prácticas sociales, tal como se viene planteando en parte de los estu- dios sobre comunicación en las ciencias sociales latinoamericanas desde comienzos de la década de 1980. Dicha articulación fue planteada de manera fundacional por Héctor Schmucler de la siguiente forma:
Un proyecto de comunicación/cultura no podría continuar sin asumir esta lacerante conciencia. Para empezar deberíamos establecer, con- ceptualmente una barra entre los dos términos (comunicación, cul- tura) que ahora articulan y destacan sus diferencias con una cópula. La barra (comunicación/cultura) genera una fusión tensa entre ele- mentos distintos de un mismo campo semántico. El cambio entre la cópula y la barra no es insignificante. La cópula al imponer la relación, afirma la lejanía. La barra acepta la distinción, pero anuncia la impo- sibilidad de un tratamiento por separado (1984: 7).
Desde allí se ha buscado pensar a la comunicación no como un ob- jeto en sí, sino como una dimensión estratégica (Martin Barbero 1987, 1992, 2002) que atraviesa las relaciones sociales y a partir de la cual se pueden problematizar los modos en que los órdenes (y los des-órdenes) sociales se vuelven significantes. Desde esta óptica el proceso comuni- cacional no se reduce a una cuestión de medios, sino que involucra de manera integral el proceso de producción social de sentidos. Esto marca su articulación fundamental con la dimensión cultural. Desde este lugar pensar en la comunicación conduce a pensar en los fenómenos sociales desde su dimensión significante o de sentido.
Barranquero (2009) denomina a este enfoque de la comunicación en los procesos de intervención social como “paradigma participativo”. Dado el uso y abuso que se ha realizado de la idea de participación a los que hicimos mención cuando hablamos de las políticas de desarrollo rural, consideramos conveniente en este trabajo hablar de una visión basada en el “reconocimiento”20. El mismo solo puede tener lugar a par-
tir de la consideración de la cultura como una matriz de significación inseparable de toda reflexión comunicativa.