Capítulo I. El abordaje a la extensión rural desde la
4. Comunicación para el desarrollo: trayectoria histórica de
4.2. La perspectiva basada en la racionalidad instrumental
Esta perspectiva se corresponde con el paradigma que ha sido domi- nante en el campo de la Comunicación para el desarrollo cuyo énfasis ha estado en los “modelos de cambio de comportamiento” (Waisbord, 2002: 1). En virtud de la racionalidad instrumental o teleológica, el ob- jetivo central en este paradigma apuntó a hacer exitosa la persuasión y el suministro de información técnica para lograr cambios en los com- portamientos campesinos.
De acuerdo a la revisión realizada por Luis Ramiro Beltrán (2007: 152), Daniel Lerner en 1958 fue el primero en el plano teórico en vin- cular la comunicación social con el paso evolutivo de la sociedad tradi- cional a la modernización. Este paso, de acuerdo a esa visión, se daba a
través de distintas “etapas” de maduración de las sociedades, siendo la comunicación la inductora e indicadora del cambio social14.
La cristalización de la racionalidad instrumental aplicada a la co- municación humana se encuentra en lo que se ha denominado Teoría Matemática de la Comunicación,planteada en 1949 por Claude Elwood Shannon. Refiriéndose a ella Mattelart plantea que la misma se basa en una concepción de la información
estrictamente física, cuantitativa, estadística. Se refiere sobre todo a ‘cantidades de información’ (…) el problema planteado guarda rela- ción con el cálculo de probabilidades: encontrar la codificación más eficaz (velocidad y costo) de un mensaje telegráfico de un emisor para llegar a un destinatario. Este modelo mecánico, que sólo se interesa por el ‘tubo’, remite a un concepto behaviorista (estímulo-respuesta) de la sociedad, perfectamente coherente con el de progreso indefinido que se difunde desde el polo central hacia las periferias. En este con- cepto la idea de comunicación queda separada de la idea de cultura y de la construcción de sentido, quedando la información reducida a la idea de dato cuantificable (2002: 64-65).
La comunicación, en esta línea, está concebida fundamentalmente en torno al modelo matemático de la información elaborado en base a la cibernética por Shannon y Weaver a mediados del siglo XX para la compañía telefónica Bell de Estados Unidos. El modelo, como veíamos, busca mejorar la eficacia en la transmisión de la información, indepen- dientemente de todo significado. “En consecuencia se identificó la co- municación para el desarrollo con la introducción masiva de tecnologías de información y comunicación para promover la modernización” (Waisbord, 2002: 4).
La teoría de mayor influencia en este marco fue “Difusión de In- novaciones” elaborada por Everett Rogers, de la Universidad de Ohio15, en 1962 y reformulada (ampliada y matizada) por el mismo autor en 1983. Como señala Caporal (1998: 185), la misma “ha sido la más per- sistente y duradera base teórica del extensionismo a escala mundial”. Sus antecedentes de acuerdo con este investigador brasilero, se encuen- tran en los trabajos realizados en los años 40 sobre la difusión del maíz híbrido elaborado por Monsanto en dos comunidades de Iowa, Estados Unidos; el foco desde entonces estuvo puesto en desentrañar los meca- nismos por los cuales se puede estimular la adopción de tecnologías en
la población. La teoría de la Difusión de Innovaciones tiene un carácter multidisciplinar (intervienen elementos de la economía, la psicología, la comunicación, la antropología, entre otros) y apunta a lograr el cam- bio social a partir de la difusión de nuevas ideas y tecnologías, dando por sentado que la adopción de nuevas ideas y las innovaciones tecno- lógicas son fines universalmente deseables.
De acuerdo con Jorge Huergo (2005), básicamente la Difusión de Innovaciones se centra en la transmisión de los datos, las ideas, de la mo- dernización a la vez que busca persuadir a los receptores/usuarios de los beneficios de esos datos. Para el autor, esto implica la univocidad de la concepción de desarrollo, ya que esta significa una modernización auto- mática por la vía de la adopción y uso de innovaciones, en especial tec- nológicas. En virtud de ello “las estrategias difusionistas, por lo general, se han confundido con las estrategias de marketing” (Huergo, 2005).
En esta visión subyace la idea de que el campesinado es un residuo anacrónico de la evolución de las relaciones de producción (compartida por ciertos enfoques del materialismo dialéctico) y para que avance la modernización en la agricultura se debe transformar el comportamiento de este sujeto social. De acuerdo con Alemany y Sevilla Guzmán (2007: 74) “desde el etnocentrismo de esta teoría occidental el campesinado debe ser sacrificado en aras de la modernización”16.
Según Huergo (2004), esta concepción original con la que se pensó la práctica comunicativa en la extensión rural trabaja sobre la distinción entre la cultura de los expertos y la cultura de los públicos; el fin de la misma sería el transmitir informaciones o saberes a sectores que se con- sideran carentes de los mismos.
Huergo hace notar que con el tiempo, interpelado también por los movimientos sociales críticos como veremos a continuación, el desarro- llismo atemperó muchas de sus posiciones; en especial aquellas que re- velaban sus propósitos de imposición cultural bajo la denominación de “modernización” y lo evidenciaban como un gigantesco proyecto de neocolonización, fruto de nuevos mecanismos de concentración econó- mica y de poder. Esta moderación y modificación respondía a lo que se presentaba como evidencia tras varias décadas: las concepciones cuan- titativas del desarrollo, así como sus estrategias comunicacionales habían conseguido desequilibrar aún más las estructuras sociales periféricas (Huergo, 2005).
La participación aparece construida desde estos marcos como un elemento más de tipo formal que real; donde lo que se busca es la legi- timación de un tipo de extensión cuyos principios y rumbos ya han sido pre-fijados con anterioridad a la intervención: “se ve a la participación como el medio de conseguir que la gente trabaje en el proyecto, enton- ces ellos tienen la idea de que están participando” (Díaz Bordenave, 2007: 12). Estas formas de participación están lejos de una democrati- zación radical de estos procesos de intervención en las áreas rurales.
Desde la postulación de aquel modelo matemático de la comuni- cación mucho se ha avanzado en las perspectivas funcionalistas y críticas. En general la perspectiva instrumental como tal no goza de legitimidad académica y por ello es difícil encontrar discursos teóricos o perspectivas en comunicación para el desarrollo que reconozcan para sí mismas la denominación de “comunicación instrumental”. Sin embargo, la fuerza que tomó el modelo de la Difusión de Innovaciones cristalizado en la obra de Rogers (1962) en el ámbito de la extensión rural, nos señala que pese al abandono en el ámbito académico de esta perspectiva su presencia es aun fuerte en el campo de la práctica. Como señalan Ci- madevilla y orton:
la cotidianeidad muestra la fuerza y vigencia que puede tener su apli- cación y lo vivo que Rogers –como intelectual de fuste dentro del en- foque– está en los análisis del campo, aun cuando no se lo nombre. Si la evolución “natural” del ciclo de vida de todo paradigma debería presuponer la defunción del modelo –que en este caso lleva cinco dé- cadas– éste todavía se manifiesta con buena salud (2010: 19).
Independientemente de la concepción que surge de la extensión rural desde el pensamiento instrumental y toda la crítica que, como hemos visto, puede hacerse a la misma, desde esta perspectiva se habi- litan en primer término interrogantes específicos para abordar las prác- ticas. Estos interrogantes conducen a pensar los encuentros entre los técnicos y los agricultores desde las instancias concretas en que los mis- mos son producidos. En este sentido cabe preguntarse: cómo se produ- cen estos encuentros, en qué instancias, en qué espacios, apoyados en qué tecnologías, etc.
A partir de las posibilidades de realizar una reapropiación crítica de la perspectiva instrumental para interrogar las prácticas (en este caso las
representaciones sobre la misma) recuperamos en este trabajo los aportes de Gustavo Cimadevilla (2004a: 230). Este autor postula un modelo para pensar las instancias de encuentro o contacto entre técnico y agri- cultores que se da en la extensión rural a partir de una clasificación de las mismas de acuerdo con las “expectativas de reciprocidad” con que son encaradas17. Para analizarlas plantea tres tipos diferentes de prácticas a las que denomina: acciones, interacciones y comunicaciones. Las pri- meras representan actuaciones “uniorientadas” por el agente hacia des- tinatarios anónimos o conjeturales, con escasa posibilidad de obtener retroalimentación (el ejemplo típico es la comunicación mediática). Las segundas, por su parte, son actuaciones bi-orientadas, donde hay con- tacto interpersonal y hay posibilidades intermedias de obtener retroali- mentación. Finalmente las “comunicaciones” en este caso se co- rresponden con actuaciones donde las distintas partes asumen compro- misos de cooperación en el proceso de intercambio.