86 REFLEXIONES SOBRE LA VIDA EN IAS ESCUELAS
2. LA EPIDEMIA INVISIBLE
Viernes 2 de septiembre
Esta mañana decidí ganarle tiempo al periodo escolar. Llegué a mi "nuevo" salón de clases para encontrar las sillas amontonadas al azar sobre los escritorios, que a su vez habían sido arrumbados en el rincón. Los tableros de boletines seguían revueltos con los restos abandonados por el maestro anterior y viejos carteles desgarrados aún colgaban de las paredes.
En lugar de poner los escritorios en hileras derechas como lo había hecho el año anterior, decidí arreglarlos en grupos rectangulares de seis cada uno. Arrastré unas mesas del almacén y ubiqué el centro de arte cerca del fregadero. También conseguí una grabadora rota como una mejora para mi "centro de sonido". Era un complemento para la reproductora y los audífonos.
Mi desafío mayor, había aprendido, no consistiría en enseñar a los niños ni en convivir con los demás maestros; mi mayor reto sería ¡complacer a los encargados de la limpieza!
Ellos habían insistido el año anterior en que pusiera mis escritorios en hileras al finalizar el día, porque en esa forma era más fácil de limpiar la habitación por la noche. Cuando traje algunos muebles viejos que había encontrado en el Sally Ann, rehusaron ayudarme a cargarlos escaleras arriba. ¡Protestaron diciendo que mi salón de clase estaba siempre atestado de trastos viejos!
Encontré a Rod en su oficina y le pregunté si podía tomar prestada una televisión para mi salón de clase; había tres aparatos circulando. La que pedí tenía una pata rota y usualmente estaba abandonada en el almacén. Era muy poco probable que los maestros la solicitaran porque era grande y pesada y era difícil moverla. ¡Nadie iba a sentirse apesadumbrado de que yo monopolizara ese aparato! Y tal vez mantuviera callado a mi grupo después del almuerzo cuando los niños normalmente están muy ruidosos.
Rod me ayudó a llevar el aparato a mi salón de clases. Martes 6 de septiembre
l'.n el primer día de clases, hablé a los niños acerca del tipo de programa que quería desarrollar.
"¿Vamos a hacer algún deporte?", preguntó un estudiante. "¿Hockey sobre piso?"
"No me gusta el hockey sobre piso, señor", dijo un chico alto, levantándose Hueramente de su escritorio.
"¿Qué clase de deporte te gusta?", pregunté con una sonrisa. Golpeó con el pulgar la solapa de su camisa. El botón que llevaba decía: "Campeón de acariciamiento de pecho". "¡Ése soy yo!", declaró con una mueca.
Viernes 9 de septiembre
Había prometido a los chicos que veríamos televisión esta mañana. Sintonicé un programa llamado Cerner to cover acerca de libros infantiles, con un artista ilustrando las historias. La clase se sentó y vio la emisión en silencio.
No obstante, tan pronto como terminó, los chiquillos se pusieron más hiperac-tivos que nunca.
Reporté tristemente a Rod que mi experimento con la televisión no estaba funcionando, y que iba a regresar el aparato al almacén. Uno de los intendentes acertó a pasar y nos oyó. "¡Hey, McLaren! Estaré encantado de llevar esa televisión de regreso a su lugar!", se ofreció voluntariamente, sonriendo.
Lunes 12 de septiembre
Mi nuevo local tiene definitivamente una desventaja: los sanitarios. Convenien- temente situados justo a la vuelta de la esquina, han demostrado ser más populares que mi salón de clase.
Una corriente constante de niños agarrándose las ingles, se ponen a brincar continuamente haciendo cola en la puerta en espera de ser autorizados. A veces tres o cuatro emprenden una carrera loca al baño sin molestarse en pedir permiso. Me vi forzado a poner mi escritorio enfrente de la puerta para controlar la situación.
Después varios chiquillos se quejaron del ruido continuo en el salón de clase y pidieron hacer su trabajo sentados en el recibidor. Accedí de mala gana, poniendo un límite de cinco niños al mismo tiempo para mi "grupo de espera". Cada cinco minutos o algo así me asomaba para vigilarlos.
Esta tarde noté que cada vez que me asomaba faltaban algunos chiquillos. Cuando pregunté dónde estaban, los otros simplemente se encogieron de hombros y exclamaron: "Están con los otros maniáticos."
"¡Maniáticos de las tarjetas!", gritaron y señalaron al final del recibidor.
Al extremo del pasillo un grupo de unos veinte muchachos de diferentes salones de clases estaba apiñado en el cubo de las escaleras, echando fichas de hockey contra la pared. Era una competencia tan seria que sentí un poco de culpa cuando interrumpí el juego y los envié de regreso a sus salones de clases.
Miércoles 14 de septiembre
Esto es algo que pondría medio loco a cualquiera. Por lo menos la mitad de la clase se encontró vagando por el salón en cualquier momento dado, pese a mis
LA EPIDEMIA INVISIBLE 161 intentos por mantenerlos trabajando calladamente en sus escritorios. El movimiento constante era una amenaza.
El alivio felizmente aparecía con Hartford, el maestro de gimnasia, quien dos veces por semana se llevaba a mis chiquillos para sesiones de media hora.
Solía terminar charlando con un pequeño grupo que había olvidado su equipo de gimnasia y se quedaba. Era el mismo grupo cada semana, qué coincidencia. % esperaba con ilusión mi media hora de plática con estos chamacos, a los que apodaban el "paquete de rap". Soñaba con lo mucho que me gustaría tener una clase con sólo seis o siete estudiantes. Había en el grupo a quienes difícilmente podía tolerar en un salón de clase con treinta y cinco alumnos. Pero individualmente o en un grupo pequeño era fácil hablar con ellos de manera sensible y comunicativa.
Cuando el resto del grupo regresaba del gimnasio, aquella gente joven y agradable regresaba a su yo anterior: distante, ruda, agitada.
Viernes 16 de septiembre
Modificación conductual es un término al que fui introducido en el Colegio de Profesores, ASÍ que cuando apareció como tema en una jornada de desarrollo profesional para maestros de escuelas de barrios pobres, no me sorprendió en lo absoluto.
"La técnica conductual es lo que ustedes necesitan para meter en cintura a los reacios de la clase baja", se me advirtió. Un maestro me describió el "sistema de control", y decidí ensayarlo.
Limpié los pizarrones de boletines en ambos lados de mi salón y prendí con ta- chuelas los nombres de los treinta y cinco alumnos a lo largo de la parte superior. Debajo de cada nombre, metí cinco clavos formando una línea vertical, espaciada de tal forma que pudieran colgarse cinco platos de pay de los clavos. Cada plato permanecía por un día. Un lado tenía una cara feliz. El otro, un ceño fruncido.
Después de explicar las reglas al grupo, señalé que pondría el plato del lado del ceño fruncido si el dueño se portaba mal. Si alguno se portaba mal dos veces, yo pegaría una etiqueta en el plato. Cinco etiquetas significarían que el niño tenía seis anotaciones malas en su contra. Quien consiguiera pasar la semana completa con sólo una anotación mala recibiría una paquete de chicles y "tiempo para actividades libres". Todos aplaudieron la idea, naturalmente. Pero quien se ganara más de tres en un solo día, tendría que permanecer después de clases y hacer tarea extra tomada de mi "libro de caras tristes".
Pero aún había más.
Cuando yo gritara: "¡Controlo alfombra!" los chiquillos tenían que correr hasta la alfombra y sentarse. "¡Controlo ruido!" significaba que tenían que sentarse callados y escuchar. "¡Controlo escritorios!" quería decir que deberían correr a sus escritorios. Todos estuvimos de acuerdo en hacer la prueba.
"¡De acuerdo, niños!", comencé. "¡Controlo alfombra!"
pequeña, cuyo labio comenzó a sangrar. Mientras me aseguraba de que se encontraba bien, dije: "¡Controlo ruido!" y cada uno se quedó callado. Lo que ocurrió cuando Elvin se levantó: "¡No me gusta este juego!"
"¡Controlen a Elvin!", dije al momento.
Eddie, mi recientemente seleccionado "monitor controlador", se apuró a tomar el plato del lunes y lo puso de cara triste.
"¡Miren!", exclamé. "¡El primer anotado del año es Elvin!"
De repente me vi abrumado: todos y cada uno de los niños exigen quedar anotados. De algún modo habían conseguido confundir las cosas. Traté de explicar todo el sistema una vez más. Confiado, mandé a los chiquillos a sus escritorios con un resonante "¡controlo escritorios!"
Después de que hubo pasado un tiempo razonable para que terminaran sus tareas, llamé: "¡Controlo alfombra!" Treinta y cinco pares de zapatos surtidos patalearon rumbo a la alfombra.
¡Esperen un minuto! ¡Eran sólo treinta y cuatro!
Escuché murmuraciones en la parte de atrás del salón. T.J. se encontraba todavía en su escritorio refunfuñando. T.J. no iba a cooperar. ¿Por qué no quería? Él se sentía más a gusto en el caos que en el orden. Los otros iban a seguir su ejemplo si yo no hacía algo.
T.J. tenía la mirada fija en el techo, con los brazos cruzados desafiantemente sobre el pecho y la gorra de lana roja tapándole un ojo. Entonces comenzó a levantarse. Yo sentí una oleada de confianza, pero de inmediato se dejó lentamente caer hacia atrás en su asiento, viéndome con fijeza. Entonces me sacó la lengua. Todo mundo aguardaba a que yo hiciera mi movimiento.
"¡Permanece en tu escritorio!", le dije, como si yo hubiese querido que se quedara allí todo el tiempo. "¡Abre tu libro!"
Esto lo tomó de sorpresa. Comenzó a abrir su libro de ortografía, pero súbitamente lo cerró de golpe, mirando de soslayo. "¡Idiota! ¡No vas a conseguir que T.J. se vaya a la lona! ¡No en esa forma! ¡Dame un chicle como a los demás! ¿Eh, eh? Para que obedezca ¡Pero no vas a dejarme aquí! ¡Tengo que irme derecho a casa después de clases porque tengo que ir a un examen de sangre!"
"¡Tendrás tu goma de mascar como todos los otros si sigues las reglas!" "¡Quiero una promesa!", demandó.
"Uh... bien... si tú tienes una buena razón para no quedarte, veré qué puedo hacer." De repente el salón se llenó de excusas. "¡Tampoco puedo quedarme, señor, porque mi mamá me llevará a Towers a comprarme unos calcetines!" Betsy tenía que llevar a su prima más chica a casa después de la escuela. A Murray le "dolían las anginas" y a lo mejor el doctor iba a querer "cortárselas" en la tarde. Y cosas por el estilo.
Me encontré presa del pánico. Comencé a anotar a todo mundo: "¡Controla a T.J.! ¡Controla a Winston! ¡Controla a Murray! ¡Controla a Betsy! ¡Doble anotación a Betsy!"
LA EPIDEMIA INVISIBLE 163 Pero Eddie, mi leal monitor, protestó más fuerte que los demás: "¡Yo tampoco puedo quedarme, señor, o mi papá va a pegarme! Tengo que cuidar a mi her-manito."
"¡Contrólate tú mismo, Eddie!", me quejé desesperado.
Al día siguiente le dije al grupo que íbamos a regresar a nuestra rutina normal. TJ. les dijo a todos que eso era porque yo soy muy tacaño como para comprar goma de mascar.
Martes 20 de septiembre
Melissa usaba un collarcito de plástico con los signos del zodiaco alrededor del cuello. Era un amuleto de la buena suerte que había recibido de su madre, que agonizaba víctima del cáncer. Lo sujetaba fuertemente y algunas veces se lo metía dentro del suéter para tenerlo sobre la piel.
El día siguiente al de la muerte de su madre, Melissa se arrancó el dije y lo aventó po: la ventana.
Miércoles 21 de septiembre
Durante las primeras semanas en clase, la conducta educada de Sal me tuvo complacido. No había manera alguna de que este chico pudiera ser un problema, eso estaba simplemente fuera de duda. En la superficie, él era todo buenos modales, anhelos y ambición.
Esta tarde Sal estaba sentado calladamente en su escritorio, con los dedos en- trelazados detrás del cuello, apoyando la espalda en el asiento. El niño de al lado lo llamó por su sobrenombre, algún apunte inocente, como "almohadón".
Sal lo miró de reojo y lanzó su escritorio contra la pared. Saltó gruñendo y agarró al niño por el cuello gritando: "¡Chíngate!" Violentamente bajó su mentón para golpearlo en la cabeza.
Carne lacerada. La sangre escurrió como un débil surtidor hacia sus ojos. La cara del chiquillo se convirtió en una horrible máscara. En los pocos segundos que tardé en apartarlo, Sal mandó un temporal de patadas a las costillas.
Lo tomé por debajo de los brazos y le di la vuelta, forzándolo a regresar a su escritorio. Me miró por lo bajo con la cabeza agachada. Entonces su cara salvaje y enfurecida se disolvió súbitamente en una sonrisa para congraciarse.
"¡Perdí la cabeza, señor!"
La clase, que había permanecido silenciosa, ahora chisporroteó y se rió a lo tonto. Dos chiquillos se llevaron a la víctima herida escaleras abajo, mientras Sal se echó el cabello hacia atrás, con una mueca.
Martes 27 de septiembre
tio para permitir a los maestros atender a las lecciones, conferencias y talleres y estar al tanto de los últimos avances en educación. Para nosotros, eso significaba en realidad un día bienvenido de descanso de los niños.
La mayor parte de los maestros de barrio pobre con los que yo hablaba encontraban irrelevantes las lecciones. Era difícil aguantar el aburrimiento de la lección así que solíamos ir juntos a tomar nuestro almuerzo.
El restaurant Halfway House de Pioneer Village era el lugar más popular para comer. Creo que disfrutábamos de la caminata a lo largo de Pioneer Village, una réplica exacta de un pueblo canadiense de 1800, tanto como la comida. Era un contraste agudo con los alrededores desiertos del corredor.
Durante una lección particularmente aburrida, Hartford me susurró al oído: "Escapémonos a Pioneer Village y vayamos al Golden Star por una cerveza."
Mientras Hart nos conducía a una mesa del frente de la taberna, la señora Ro-gers señaló a la desnudista en la plataforma, remarcando, "¡espero que mi grupo de conciencia feminista no se entere de esto!"
La desnudista, una ágil rubia adolescente, casi había concluido su acto cuando nos sentamos. Los ojos de Hart estaban pegados a sus evoluciones conforme la música iba terminando lentamente. Después de un poco más que un escrutinio, golpeó su puño en la mesa. "Lo sabía. Ésa que está allá arriba es Cathy Huston."
"¿Cathy qué?"
"¡Cathy Huton!", dijo Hart enfáticamente. "Estoy seguro." Una apariencia de sorpresa y perplejidad cubrió su cara. "Le di clases en sexto grado."
Observé cómo su cara se puso roja cuando la desnudista, una vez que concluyó su acto, se cubrió con un negligé de encaje negro y caminó en dirección a nuestra mesa. Cuando llegó a donde estábamos miró a Hart ponderándolo, mientras estaba sentado ahí con la cara de piedra. Entonces ella sonrió.
"¡Hola Hartford!"
"Hola, Cathy", se las arregló para contestar Hart. Pasó por nuestra mesa y de- sapareció dentro de una habitación atrás del bar.
En silencio terminamos nuestras cervezas y salimos de ahí. Miércoles 5 de octubre
Jenny mencionó la otra noche que yo parecía estar perdiendo gran parte de mi entusiasmo mucho antes de que concluyera el periodo escolar. Ella había notado que no pasaba tanto tiempo preparando las lecciones y que evitaba discutir lo ocurrido en la escuela. No pude darle una respuesta. Después de meditarlo, finalmente decidí discutirlo con Fred.
Le dije que me sentía inútil y poco efectivo, que mi entusiasmo parecía menguar. Ya no era un neófito, sentía que debería haber hecho mayores progresos con los es- tudiantes. Los signos del abuso físico y emocional que los niños traían de sus hogares y los incidentes de violencia que había atestiguado en clases parecían ser parte del estado normal del grupo más que incidentes aislados. Podía manejar los casos
LA EPIDEMIA INVISIBLE 165 aislados de trastornos en el salón, reaccionar, sobrellevarlos. Pero otra cosa era estar confrontado con una situación tal que cada día los treinta y cinco alumnos parecían estar fuera de control. ¿Cómo podía tener siquiera la posibilidad de establecer una relación cercana con tantos estudiantes?
Pensé en los libros y artículos que había leído sobre los niños en desventaja. En la mayor parte, los autores escribían acerca del niño problema en salones de clases especiales, con un maestro para cada diez niños, lo que me parecía razonable. Pero vivir en mi salón era como ser bombardeado por una máquina de sucesos tan rápida que era imposible mantener un seguimiento de cada cosa. Me sentía entumecido, insensible, apático.
La respuesta de Fred fue muy simple; no pude creerla, si bien tuvo un tremendo impacto en mí. Me dijo que aunque tratara de acercarme a tantos de ellos como fuera posible, con que sólo consiguiera llegar a un único niño en todo mi gru-pví>, mi presencia habría valido la pena. Me dijo que me relajara, y no tuviera expectativas tan altas.
"Ésa es la única forma en que puedes mantener el ánimo", dijo. "Si te vas a preocupar porque no puedes llegar a todos, no llegarás a ninguno. Si te dices a ti mismo que si sucede algo positivo con un chiquillo, aunque parezca poco, ya vale la pena, bueno, lo estarás haciendo bien. Entonces tendrás una buena forma emocional para ayudar al siguiente de la cola."
Miércoles 12 de octubre
A menos de que ocurra algún milagro, tendré a TJ. en mi salón por el resto del año. Mis colegas me admiran por hacerme cargo de él. Dos años mayor que los demás, cuando llegó al cuarto grado su expediente estaba lleno de reportes de conducta disolvente en el salón de clase.
TJ. es dolorosamente flaco, con la cara más delgada imaginable y una voz aguda y como de balido. Su piel está enjuta sobre su minúscula cabeza como una máscara de día de brujas. Acostumbra vomitar una cadena de obscenidades por sus delgados labios que están cubiertos con llagas rosadas de herpes.
Tan pronto como lo vi golpeando víctimas con lápices, me temí lo peor. Cuando lo llamé a mi escritorio para una charla amistosa, rehusó moverse de su pupitre, sujeto allí por alguna gravedad no natural.
A los diez años, TJ. es el segundo más joven en una familia de once. Todos tienen antecedentes con la policía, incluyendo a los papas. La única excepción es su hermano de seis años, Mickey.
Esta tarde, mientras estaba almorzando en casa de T.J., vino la policía y arrestó a su hermano mayor por asalto. Mickey corrió detrás de la patrulla gritando: "¡Jodidos cerdos! ¡Bastardos! ¡Devuélvanme a mi hermano!"
El almuerzo con TJ. siempre es impredecible. Alineados sobre el alféizar de la ventana del fregadero hay trofeos de boliche, plantas en vasos rosa flamenco, una colección completa de miniaturas chinas de té Rosas Rojas y un modelo de
juguete de una fachada que presenta una figurita de plástico orinando a través de un hoyo en la puerta, un regalo de los abuelos de T.J. que viven en una comunidad granjera cerca de London, Ontario.
A T.J. le encanta visitar a su abuelo. En clases me cuenta historias de cuando lo visita en el camión verde metálico con llantas de cara blanca de su padrastro. Le gusta el acabado con franjas y presumir el tablero alfombrado en la casa de los abuelos.