to no es porque piense que las ideas señaladas en el libro conceptualmente hayan [jasado de moda, sino porque mi política se ha vuelto cada vez más radical con cada nueva edición. Y con contadas excepciones (La vida en las escuelas parece ser una), la política radical y los libros de texto para la educación normalista no tienen una historia de buenos términos ni de longevidad.
Quienes están familiarizados con alguno de mis libros recientes, o quienes han notado la gradual radicalización de mi política, seguramente no se sorprenderán de esta nueva introducción y otros agregados. De ninguna manera he ocultado que lo que se encuentra detrás de mi proyecto más amplio de reforma educativa es nada menos que lo que Marx llamó una revolución social total. ¿En qué difiere esto de mi postura en las tres ediciones anteriores? Ciertamente, mi proyecto educativo siempre se ha sustentado en la política emancipato-ria. Siempre he estado en contra de los abusos del capitalismo, la práctica del agrupamiento por secciones, el racismo y sexismo institucionalizado, el imperialismo económico y cultural y la homofobia y, de la mejor manera, he tratado de corregir las relaciones asimétricas de poder y privilegios cuando y donde se han cruzado en mi camino pedagógico (o cualquier otro camino). Durante las últimas dos décadas, he desafiado vigorosamente la postura de que el desmoro- namiento de nuestras escuelas está directamente relacionado con la falta de valores familiares judeocristianos, con una ausencia de profesionalismo entre los maestros, o la falta de habilidades por parte de los estudiantes en desventaja económica, a pesar de que dicha postura enclavada en los límites más reaccionarios de la ideología dominante es tan asombrosa que abordarla siquiera es darle demasiada credibilidad. Durante los últimos seis años me he alejado del posmodernismo de izquierda para hacer hincapié en la creación de formas de praxis revolucionaria y transformación, más que en la política de reforma, si bien los esfuerzos "reformistas" pueden ser buen punto de partida para una revolución social.
Es importante tener en mente que esta edición de La vida en las escuelas no pre- tende ser un homenaje elegiaco al socialismo revolucionario, sino una antielegía al capital y un desafío a los educadores para que luchen por formas de trabajo asociadas fuera de la fábrica social o el universo social del capital. Como deja en claro Ellen Meiksins Wood, es innegable y trágico que actualmente "los imperativos del mercado no permitan que el capital prospere sin deprimir las condiciones de grandes multitudes de personas y degradar el ambiente en todo el mundo" (1999, p. 121). Dadas las presiones relacionadas de competencia, acumulación y explotación que imponen las economías capitalistas más desarrolladas y que conducen a una crisis general de exceso de capacidad productiva, resulta evidente incluso al lego que "es cada vez más probable que el intento por lograr prosperidad material conforme a los principios capitalistas acarree sólo el lado negativo de la contradicción capitalista, su desposesión y destrucción sin ninguno de sus beneficios materiales -y, esto, ciertamente, para la gran mayoría" (1999, p. 121).
papel que desempeña Estados Unidos en la división global del trabajo. Los eventos recientes, tan estremecedores y abrumadores, la súbita pesadilla hecha realidad que arrojó muerte y destrucción sobre miles de inocentes y víctimas confiadas en Washington, D.C. y la ciudad de Nueva York, como si las puertas del infierno se hubieran abierto, han impedido que muchos ciudadanos de Estados Unidos comprendan por qué su mundo familiar se ha vuelto de cabeza súbitamente. La pedagogía crítica o revolucionaria, conforme a mi utilización del término en todo este libro, adopta una posición fuerte contra el terrorismo. Los actos de terrorismo pueden ser tan retrógrados y horripilantes como los actos del imperialismo orientado al capitalismo y no tienen justificación alguna (Hudis, 2001). Al mismo tiempo, la carnicería cruelmente impuesta a raíz de los ataques terroristas repugnantes e inmorales que vimos recientemente contra el Centro Mundial de Comercio y el Pentágono no deben ser utilizados por las fuerzas reaccionarias en el gobierno y los medios estadunidenses para volcar el sentir del público contra los críticos de la injusticia social. Los críticos del capitalismo estadunidense, y me cuento entre ellos, tampoco deben recitar todos los actos terribles de imperialismo en los que ha participado históricamente Estados Unidos -una lista larga y sangrienta, sin lugar a dudas- como evidencia o razón lógica de por qué ocurrieron estos actos terroristas. Ocurrieron sin razón, demanda o proclamación (Hudis, 2001). Estos actos no fueron actos contra el capitalismo, el imperialismo o la injusticia estadunidense, fueron crímenes demoniacos contra los trabajadores.
Por ejemplo, cientos de trabajadores de toda América Latina y el Caribe murieron en los ataques, incluidos todos los que trabajaban en Windows of the World, en las cafeterías de oficinas, en los servicios de limpieza y en compañías de envíos, y hasta ahora los medios les han prestado poca atención (Anderson, 2001, p. 1). Y si bien ahora comprendemos mejor las raíces del terrorismo al reconocer cómo participaron Estados Unidos y otros estados imperialistas en una larga historia de crímenes contra los oprimidos de todo el mundo -inclusive mediante intervenciones militares en el teatro posterior a la guerra fría-, esta historia de ninguna manera justifica los ataques terroristas. Adoptar una postura tipo "el que la hace la paga" es moralmente reprensible y políticamente antidialéctico. Los ataques del 11 de septiembre fueron desencadenados por una ideología fundamentalista reaccionaria que representa sólo a una minoría fanática de seguidores del islam. Como señala Edward Said: "Ninguna causa, ningún dios, ninguna idea abstracta puede justificar el asesinato masivo de inocentes, particularmente cuando sólo un pequeño grupo de personas son responsables de dichas acciones y sienten que representan la causa sin tener realmente el mandato de hacerlo" (2001, p. 2). Incluso mientra» Bush avanza hacia la creación de una guerra permanente, los educadores progresistas de izquierda necesitan enfrentar el reto de ir más allá del antiamericanismo reaccionario en la medida que esto mal interpreta la tarea por hacer, esto es, en la medida que abstrae la raíz del imperialismo: el capital, particularmente en su (orina monopólica. Como señala atinadamente Peter Hudis (2002), el imperialis-