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2.3.2 V ESTIMENTA MASCULINA

LOS INCAS

III. 2.3.2 V ESTIMENTA MASCULINA

Nuevamente debemos recurrir a la crónica de Bernabé Cobo (1962 [1653]), quien proporciona una detallada descripción de la vestimenta masculina inca. Generalmente, consistía en el uncu o túnica, la yacolla o capa, y la huara o calzoncillo. Asimismo, usaban una serie de accesorios que los distinguían y muchos de estos mostraban el prestigio de las personas que los llevaban puestos, sobre todo las que pertenecían a la elite inca. También, Felipe Guama Poma de Ayala (1993 [1615]), a través de sus dibujos, nos muestra cómo eran estas prendas masculinas y los accesorios que distinguían a diversos personajes y la manera en que eran llevadas.

1.- El uncu

Como en el caso del acsu, existen dos palabras para designar esta prenda. El término uncu se habría usado para la región del Cusco, en cambio la palabra cusma42 era de uso provincial,

sobre todo del Chinchaysuyu (ROWE A.P. 1995-1996: 25). Garcilaso de la Vega (1995 [1609]:

208) nos habla de esta vestimenta y de este último nombre que algunos cronistas erróneamente le dan.

Esta pieza es una túnica sin mangas que llega hasta las rodillas y era usada exclusivamente por los hombres del Tahuantinsuyu, como lo describe Cobo:

«Sobre las guaras visten una ropilla sin mangas ni collar, que ellos llaman uncu, y nosotros camiseta, por tener hechura de nuestras camisas; y cada una es tejida de por sí, que no usan hacer piezas largas como nosotros y de allí ir cortando devestir. La tela de que hacen esta camiseta, es como una pierna de jerguete; tiene ancho de tres palmos y medio, y de largo

42 El término kushma se sigue usando aún para las túnicas en la sierra de Ecuador y para las túnicas que llevan puestos los indígenas amazónicos como los Shipibo, los Conibo, los Machigenga y los Ashaninka (Campa) quienes empezaron a vestir este tipo de prenda como resultado de la influencia inca (ROWE A.P. 1995-1996: 25).

dos varas. En el mismo telar le dejan abierto el cuello, para que no haga cosa que cortar; y sacada de allí, no tiene más artificio que doblarla y coser los lados con el mismo hilo de que se tejió, como quien cose un costal, dejando en la parte alta de cada lado por coser lo que basta para sacar por allí los brazos. Llégales comúnmente a la rodilla y de ahí para arriba tres o cuatro dedos, poco más o menos» (COBO B. 1964 [1653], t.II: 238).

Es interesante y detallado el relato del cronista porque, no sólo describe la prenda, sino que también indica de qué manera era manufacturada en el telar. Afortunadamente, desde el punto de vista arqueológico se encuentra abundantes restos de uncus o uncus completos -que corroboran la descripción hecha por Cobo y otros cronistas- quizás debido al hecho que esta pieza fue un regalo de carácter diplomático muy común en el Tahuantinsuyu (ROWE A.P. 1995-

1996: 25). Esta prenda fue una de las más elaboradas -sobre todo cuando eran hechas expresamente para el Inca y la nobleza- y fue confeccionada por los más hábiles tejedores y tejedoras del incario, como vimos anteriormente.

Como menciona Cobo, esta prenda estaba hecha de una sola pieza, dejando la ranura al centro para la cabeza cuando la tejían, es decir, que no cortaban la tela posteriormente sino que la realizaban en el mismo telar. Al estar lista, solamente debían coser los costados dejando sin coser las partes para sacar los brazos. Algunas de estas túnicas fueron encontradas en contextos incas y fueron tejidas en tapicería entrelazada con la urdimbre en sentido horizontal en la pieza ya terminada y la hendidura del cuello fue realizada usando hilos de urdimbre discontinuos machihembrados (ibid.).

Se conocen ejemplos de esta prenda tanto bastos, predominantemente hechos de algodón sin teñir, como muy finos realizados en fibras de camélidos brillantemente teñidos. Estos últimos tienen costuras a modo de rayas, ribetes en los bordes y a lo largo del tejido diseños bordados en forma de zigzag (op. cit. 26).

A partir de algunas muestras museales de uncus incas, John Rowe plantea una estandarización de cierto tipo de túnicas con ciertos diseños como el uncu ajedrezado, el uncu con el diseño de la “llave inca”, el uncu con banda central de tocapus, y el uncu con banda central de rombos (1999: 608-656). En promedio, las medidas de las túnicas incas son entre 90-95 cm. de alto y de 75-77 cm. de ancho (ROUSSAKIS V.-SALAZAR L. 1999: 293). En cambio, las túnicas de

estilo provincial procedentes de la costa son diferentes, tanto en tamaño como en otros aspectos. Estas eran más cortas y más anchas a nivel de la cintura - algunas con pequeñas mangas- y

confeccionadas, a diferencia de las de la sierra, con la urdimbre en el sentido vertical (ROWE A.P.

1995-1996: 32).

2.- La yacolla

«La capa tiene menos obra; hácenla de dos piezas, con una costura en medio, larga dos varas y cuarta, y ancha vara y tres cuartas; viene a quedar con cuatro picos o esquinas, como una manta o sobrecama, y por eso la llamamos nosotros manta, que el nombre que los indios le dan es yacolla. Pónensela sobre los hombros, y cuando bailan, trabajan o hacen cosas en que les pueda ser de estorbo, se la atan con los dos picos della por encima del hombro izquierdo, quedando fuera el brazo derecho» (COBO B. 1964 [1653], t.II: 238).

Esta prenda no era realizada en una sola pieza, sino que en dos, unidas mediante una costura. Esto se pudo dar quizás por el tamaño del telar que pudo abarcar dimensiones limitadas. Asimismo, los dibujos de Guaman Poma (1993 [1615]) y Murúa (1962 [1613]) muestran que esta yacolla era llana, sin decoración.

Arqueológicamente, existen escasos ejemplos de esta pieza, sobre todo en tamaño natural, probablemente porque las mantas no fueron, aparentemente, artículos sujetos al mismo control estatal como lo fueron los uncus o quizás porque fueron menos usados que estos últimos como regalos de carácter diplomático (ROWE A.P. 1995-1996: 26) y por este motivo, hasta el momento,

no se encuentran en algunos contextos incas. Afortunadamente, como veremos más adelante, tenemos varios ejemplos de esta pieza asociados a los niños sacrificados encontrados en los santuarios de altura.

Donde se tienen mayores evidencias de esta pieza es en la vestimenta de las estatuillas masculinas halladas, por ejemplo, en los santuarios de altura y los ejemplos disponibles consisten en un rectángulo llano, sin decoración, relativamente angosto de color blanco o negro, con bordados en rojo y púrpura alrededor de los bordes externos (ibid.).

Las medidas reales de los ejemplos arqueológicos de yacolla varían de 1.58 m de largo por 0.96 m de ancho y difieren de las medidas dadas por Cobo (1964 [1653], t. II: 238). Al parecer, el estilo descrito por este cronista representa un cambio de esta prenda producido en la época colonial (ROWE A.P. 1995-1996: 44, n. 103).

Por el contrario, las mantas de estilo provincial costeño son más largas y realizadas en tres largos y angostos paneles cosidos juntos. Su decoración se da en los bordes de las extremidades (op. cit. 32) como lo demuestran los ejemplos hallados asociados al infante del cerro Aconcagua.

3.- La huara

«Los hombres traen debajo, en lugar de calzones o pañetes, una faja poco más ancha que la mano y delgada, ciñida por la horcajadura, para cubrir el lugar de la honestidad, porque siendo como es su vestido corto y suelto, guardaran muy poco cuando trabajaban en el campo si no usaran desta faja, a la cual llaman guara, y no se la ponen hasta los catorce o quince años de edad» (COBO B. 1964 [1653], t.II: 238).

Tenemos, por otra parte, una descripción detallada que nos da el Inca Garcilaso de la Vega, de cómo era llevada esta prenda por los hombres del Tahuantinsuyu (1995 [1609]: 385). La primera vez que los hombres se ponían la huara se realizaba una ceremonia importantísima para los incas llamada Huarachicuy o Huarachico, que se destinaba a los jóvenes varones de alrededor de catorce años de edad, pertenecientes a la elite incaica, donde se «armaban caballeros» (MOLINA C. 1959 [1574], GARCILASO DE LA VEGA I. 1995 [1609]; COBO B. 1964

[1653]). Por este motivo, a parte de su aspecto funcional, tuvo también una importancia ritual, que debe ser tomada en cuenta al hablar del status social reflejado en la vestimenta43. Entonces,

como bien plantea Pilar Alberti, esta pieza tuvo «un valor simbólico conferido por la religión y ratificado por el estamento político» y los que recibían dicha huara iban a ser los futuros gobernantes del Tahuantinsuyu (1985: 566). Estos paños cubresexo formaban parte de los tributos en prendas textiles que pagaban las diversas provincias y que se almacenaban en los depósitos para su efecto (ALBERTI P. 1985: 566).

Existen muy pocos ejemplos arqueológicos44 de esta prenda hechos de fibra de camélidos,

consistiendo en una porción de tejido angosto que pudo haber sido llevado en la parte trasera y una más ancha para la parte delantera. Estas dos porciones eran tejidas en una sola pieza con la técnica de cara de urdimbre, con la adición de urdimbres discontinuas entre medio de las urdimbres continuas para dar el efecto de la porción más ancha. En cada esquina de esta tela hay una tira gruesa que tenía como función la de amarrar la huara a la cintura (ROWE A.P. 1995-1996:

43 Garcilaso de la Vega (1995 [1609]: 385) dice, acerca de esta prenda, que «[...]al varón que merecía ponérselo le pertenecían todas las demás insignias, honras y dignidades que entonces y después, en paz y en guerra, se le podían dar», por lo que se puede deducir la gran importancia a nivel social que tuvo esta pieza entre los incas.

44 Ver en Ann Pollard Rowe (1995-1996: 28) un ejemplar de huara publicado encontrado por Max Uhle en sus excavaciones en Pachacamac y Clara Abal (2001: 211), para el caso del niño del cerro Aconcagua.

27). Se han encontrado evidencias de esta pieza con decoración a rayas en el sentido más largo o sin decoración (ibid.).

4.- Los accesorios

Tanto para la vestimenta femenina como para la masculina, los accesorios tuvieron también su importancia dentro de la indumentaria. Estos cumplieron, dentro de la elite incaica, un rol de distinción tanto de status como en su uso en diferentes ocasiones. Hay un accesorio, mencionado por Cobo, que pudieron haber usado todos los hombres en general, sin distinción de status:

«Debajo de la manta y encima de la camiseta traen colgada del cuello una bolsa o taleguilla, dicha chuspa, larga un palmo, poco más o menos, y ancha en proporción; viéneles a dar por la cintura debajo del brazo derecho, y la cinta de que está pendiente pasa por encima del hombro izquierdo [...]» (1964 [1653], t.II: 238).

La chuspa es una de las piezas arqueológicas también frecuentemente encontrada y tuvo principalmente la función -tanto en el caso de las istallas de las mujeres y la de los hombres- de guardar y llevar las hojas de coca para el uso diario (ROWE A.P. 1995-1996: 30), como bien lo

dice el Inca Garcilaso de la Vega:

«Hacían asimismo estas monjas [las mamaconas], para el Inca, unas bolsas que son cuadradas, de una cuarta en cuadro (tráenlas bajo el brazo asida a una trenza muy labrada de dos dedos de ancho, puesta como tahalí del hombro izquierdo al costado derecho; a estas bolsas llaman chuspa): servían solamente de traer la hierba (llamada cuca) que los indios comen, la cual entonces no era tan común como ahora porque no la comía sino el Inca y sus parientes y algunos curacas a quien el rey, por mucho favor y merced, enviaba algunos cestos de ella por año» (1995 [1609], t. I: 208).

Asimismo, al parecer, fue también uno de los bienes regalados de carácter diplomático por parte del Inca (ROWE A.P. 1995-1996: 30). Estas chuspas de estilo inca son identificables por

sus ribetes en los bordes, por sus diseños en zigzag y puntos realizados con la técnica de urdimbres o tramas complementarias y finalmente por las correas (ibid.) confeccionadas, en la mayoría de los casos, doblemente tejidas con urdimbres complementarias, y en algunos casos, en tejido doble con cara de urdimbre con diseños similares a los encontrados en los chumpis y vinchas usadas por las mujeres (op. cit. 31). Pero algunas de ellas tienen como decoración listas en el sentido vertical (op. cit. 30). En ciertos casos se encuentran tejidas con la técnica de tapiz,

aunque sólo en raras ocasiones, y una de ellas perteneciente al Textile Museum de Washington,45

posee como decoración cinco bandas verticales -en una cara- con el motivo de la “llave inca”, donde tres son del mismo color y dos de otros colores contrastantes (op. cit. 31).

En algunos entierros y ofrendas religiosas, se han encontrado otro tipo de bolsa en cuyo interior se hallaron hojas de coca empacadas ajustadamente. Eran hechas, generalmente, de tela llana de algodón cosida apretadamente y envueltas con largas y angostas hojas aseguradas con una malla anudada o cubiertas de plumas (ibid.), como la que se encontró asociada al niño sacrificado del cerro El Plomo y a los niños del volcán Llullaillaco. Estas bolsas representaron probablemente una manera de empacar la coca para su distribución o específicamente, para ofrendas por parte de los incas (ROWE A.P. 1995-1996: 31).

El calzado o usuta era del mismo tipo y forma que el de las mujeres. Hubo una diferencia en las regiones del Lago Titicaca y Arequipa donde usaron mocasines y no usutas. Una evidencia la tenemos en el cerro El Plomo, cuyo individuo llevaba puesto este tipo de calzado (MOSTNY G.

1957: 41-42) y en el volcán Llullaillaco (CERUTI M.C. 2003b).

Otro de los accesorios importantes era el tocado, que se usaba en el Tahuantinsuyu para indicar el origen étnico o geográfico de las poblaciones (ROWE A.P. 1995-1996: 27). Dentro de

éstos tenemos el más conocido: el llautu. Cobo lo describe de esta forma:

«El tocado de los Incas y naturales del Cusco (cuyo traje solamente voy describiendo) es la trenza o cinta tejida de lana, llamada llauto [...] la cual es gruesa medio dedo y tiene de ancho un dedo atravesado; con ella, dando muchas vueltas, vienen a hacer una manera de guirnalda o corona, del anchor de una mano, con la cual ceñían el cabello por encima de la frente» (1964 [1653], t.II: 237-238).

Garcilaso de la Vega también nos deja un testimonio acerca de esta insignia real:

«Traían los Incas en la cabeza, por tocado, una trenza (que llaman llautu). Hacíanla de muchos colores y del ancho de un dedo y poco menos gruesa. Esta trenza rodeaban a la cabeza y daba cuatro o cinco vueltas y quedaba como una guirnalda» (1995 [1609]: 55).

Un ejemplo arqueológico lo tenemos en el niño del cerro El Plomo, descrito por Grete Mostny (1957: 37) y en algunas estatuillas masculinas (ROWE A.P. 1995-1996: 28). Este consiste

de una cuerda trenzada con un ojal en una de sus extremidades y una borla en la otra a manera de honda (ibid.). Se ponía de la siguiente forma: se comenzaba con la extremidad del ojal que se colocaba en la parte derecha de la frente extendido hacia abajo, luego se enrollaba alrededor de ésta cuatro veces o más, según el largo de éste, con la borla recogida por debajo de la cabeza en la parte de atrás para asegurarlo (ibid.).

Los colores de los llautus encontrados varían del negro al azul y gris oscuro (ibid.). Garcilaso de la Vega (1995 [1609]: 55) dice que la mayoría de los hombres llevaban este accesorio de color negro, mientras que el Inca llevaba uno multicolor46 (R

OWE A.P. 1995-1996: 28).

Sobre la frente, amarrada encima del llautu, los hombres llevaban, en algunos casos, una placa de metal llamada canipu (op. cit. 29). Guaman Poma (1993 [1615]) dibujó esta placa en forma rectangular y redonda dependiendo de cual mitad del Cusco, hanan o hurin, pertenecían los nobles retratados que llevaban dicho accesorio (ROWE A.P. 1995-1996: 29). Unos pocos

ejemplos arqueológicos se han encontrado de esta pieza en forma rectangular47 (ibid.).

Sobre este llautu, los hombres podían llevar penachos de plumas amarrados en la base del primero. En los ejemplares arqueológicos se hallan asociados a las estatuillas masculinas (ibid.) y en el tocado que llevaba puesto el niño sacrificado del cerro El Plomo encontrado en Santiago de Chile, que se compone de plumas blancas y negras (MOSTNY G. 1957: 36). Según Garcilaso de

la Vega (1995 [1609]: 387) el Inca llevaba sobre su borla real dos plumas, una blanca y una negra, sacadas de un ave llamada corequenque y que ningún otro personaje de la nobleza podía usar.

El accesorio por excelencia que caracterizaba al Inca de los demás hombres del Tahuantinsuyu era la borla o mascapaycha (COBO B. 1964 [1653]; GUAMAN POMA F. 1993

[1615]), la cual Cobo describe de esta manera:

«La borla (insignia real, que en lugar de corona o diadema traía siempre) se decía maxcapaycha; era colorada de la finísima, ancha de cuatro dedos y gruesa uno; traíala cosida en el llauto y colgada en medio de la frente, y llegábale hasta las cejas; estaba esta borla de la mitad para arriba metida muy sutilmente por unos cañutillos de oro, y la lana que entraba en ellos era hilada y torcida; y de los cañutillos abajo, que era lo que caía en la frente, destorcida y por hilar» (1964 [1653], t.II: 139).

46 Según dice: «El primer privilegio que el Inca [Manco Capac] dio a sus vasallos fue mandarles que, a imitación suya, trajesen todos en común la trenza [llautu] en la cabeza. Empero que no fuese de todos colores como la que el Inca traía, sino de un color solo. Y que fuese negro» (GARCILASO DE LA VEGA I. 1995 [1609]: 55).

47 El Museo Arqueológico de la Universidad de Cusco, Museo Inca, tiene uno de oro y otro de liga de cobre (ROWE A.P. op. cit. 45, n. 122).

Y Garcilaso, aunque sin darnos su nombre, describe así:

«De las insignias que el Inca Manco Cápac traía en la cabeza reservó sola una para sí y para los reyes sus descendientes, la cual era una borla colorada a manera de rapacejo que se tendía por la frente de una sien a otra. El príncipe heredero la traía amarilla y menor que la del padre» (1995 [1609]: 57-58).

Esta pieza se evidencia en los dibujos de Guaman Poma (1993 [1615]), donde los tres primeros incas, el sexto y el noveno la llevaban puesta. Pero, al hablar de los diferentes Incas, en su descripción menciona en todos ellos el uso de la mascapaycha. Esta insignia de nobleza, referida en la descripción anterior, consistía en hilos de lana colgando sobre la frente y Cobo nos dice que era «colorada». Lamentablemente, no se tienen evidencias a nivel arqueológico de este tocado, símbolo del poder y status del mayor gobernante del Tahuantinsuyu.

Un tocado distinto, que tiene evidencias en la crónica de Guaman Poma (1993 [1615]), se encontró asociado al niño sacrificado del cerro El Plomo (MOSTNY G. 1957: 36). Según esta

autora, probablemente este tipo de tocado habría representado a una población del Collasuyu (op.

cit. 37).

Otras insignias que caracterizaban al Inca, junto con la mascapaycha, eran el suntur páucar, el champi y el estandarte real, los cuales también vemos en los dibujos de Guaman Poma (1993 [1615]), así como en sus descripciones de los Incas. Murúa (1962 [1613]) así como Cobo (1964 [1653]: 139), nos dan una detallada descripción de estos accesorios. Otro símbolo que caracterizaba a los hombres de la nobleza inca, y que fue parte importante de la ceremonia de iniciación de los jóvenes incas48, era el uso de grandes aros llamados paku, de forma cilíndrica,

ajustados en un agujero en el lóbulo de la oreja (ROWE A.P. 1995-1996: 29). Estos eran

confeccionados, para los hombres de la nobleza, en metal -oro y plata- y se encuentran algunos ejemplares arqueológicos de este tipo. Sin embargo, Garcilaso de la Vega anota que algunos grupos incas por privilegio llevaban puestos aros hechos de madera, totora y de otros materiales orgánicos (ROWE A.P. 1995-1996: 29).

48 Después de dicha ceremonia, donde les oradaban las orejas y les ponían estos aros, los hombres inca tenían el honor de ser apodados pakuyoq, los hombres que llevan aros y que los españoles llamaron “orejones” (ROWE A.P. 1995-1996: 29).

Finalmente, tanto los nobles incas del Cusco y de las provincias se ponían, especialmente en el brazo y antebrazo derecho, las chipanas, especie de brazaletes de oro o plata (op. cit. 30). Este accesorio era parte de los regalos de carácter diplomático que daba el Inca a cambio de