TRISTEZA/DEPRESIÓN COMO EMOCIÓN
2.1. Evolución conceptual y tradición histórica
De la misma manera que hemos descrito un conjunto borroso de términos referido al campo de la afectividad, donde también en más de una ocasión se haya inscrita el área de las emociones, si hacemos un intento de centrar ahora nuestra atención de forma específica en éstas, el resultado vuelve a ser parecido, llegando incluso a hacernos dudar sobre la conveniencia de separar éstas del primero. En realidad, el estudio de las emociones ha estado siempre ligado al de los afectos, los sentimientos y las pasiones. No obstante, pensamos conveniente la existencia de este apartado para ir centrando nuestro estudio hacia este complejo campo de las emociones, ya que éste será el marco general que guíe nuestra investigación.
Generalmente, se ha entendido la afectividad humana en un sentido muy amplio, abarcando los diferentes tipos de manifestaciones que hemos ido señalando a lo largo de páginas anteriores, es decir, sentimientos, emociones, pasiones, afectos, etc. El propio Bleuler (1967) en su famoso Tratado de Psiquiatría reconoce esta forma de conceptualizarla: “Dentro del concepto de afectividad comprendemos la vida de los sentimientos y estados de ánimo, los afectos, humores, emociones y la vida instintivopulsional. ” (pág. 87).
Nuestro propósito es diferenciar entre afecto y emoción, independientemente de que el término afectividad de forma general incluya a ambos. Esto es así porque entendemos la emoción como una manifestación global del ser humano, que incluiría el afecto como uno de sus niveles de respuesta. Pero vamos a hacer un pequeño repaso histórico del tema y, posteriormente, describiremos mejor esta cuestión.
Cuando profundizamos en el estudio de las emociones, volvemos a sufrir el caos terminológico, pero además, unido a una enorme variedad de puntos de vista distintos. Esto es así, tanto por las innumerables definiciones que autores de diferentes campos han ido aportando, como por la gran cantidad de teorías originadas desde diversos enfoques y orientaciones (Cano Vindel, 1989). Además, el campo de la emoción como denuncia Fernández-Abascal (1995) refiriéndose tanto a éste como al de la motivación, es un campo “ un tanto marginado de la psicología, ya que no ha formado parte de los grandes temas que periódicamente han focalizado los estudios psicológicos, como ha ocurrido con otros procesos
psicológicos como el aprendizaje, la memoria, la percepción, el pensamiento, etc. ...sin embargo, la mayoría de los estudiosos de los procesos psicológicos, antes o después, de una manera más directa o tangencial, han topado en sus trabajos con la motivación y la emoción ” (pág. 23). No cabe duda que, de esta forma, las aportaciones al campo de la emoción han venido tanto de los estudios centrados en ella, como de otros que indirectamente han tenido que remitirse a ésta. Este hecho, como posteriormente aclara el autor, no significa que la emoción sea un campo de estudio poco importante y relevante, sino todo lo contrario, “ desde cualquier campo de estudio de la psicología es necesario tenerlos en cuenta” (pág. 23). Razón por la cual decíamos que la variedad de posturas y perspectivas es sorprendentemente amplia. En consecuencia, es lógico pensar que no es sencillo tener una visión clara y simple del problema y que existirán múltiples e irresolubles controversias y polémicas entre los diferentes enfoques (Petri, 1991; Fernández-Abascal, 1993), entre las que Fernández-Abascal (1995) señala por ejemplo la controversia nomotética-idiográfica, controversia innato-adquirido, controversia interno-externo, controversia hedonismo-dominio, etc.
Como dato curioso, Dunbar refiere en 1954, que desde 1910 hasta 1953 localizó 4.717 publicaciones sobre las emociones y sus manifestaciones somáticas. ¿Cuántas se harían de las emociones en general? No conocemos cifras posteriores a estas fechas, pero cabe suponer que serán parecidas o incluso mayores, teniendo en cuenta los avances en diferentes áreas de la psicología, así como las nuevas perspectivas y tendencias. Y recientemente, Jiménez Sánchez y Fernández-Abascal (2000) en su artículo Cien años de estudio
para la emoción, mediante procedimientos bibliométricos, llegan a
demostrar cómo las décadas de los 80 y los 90 han supuesto, cada una de ellas por separado, “una producción mayor que el conjunto de los 80 años anteriores ” (pág. 707).
Queremos ofrecer algunos datos que muestran cómo desde hace mucho tiempo, el mundo de la afectividad y el de las emociones han estado estrechamente ligados, formando parte uno de otro y sin establecerse límites claros. Ubeda (1953) presentó un excelente desarrollo histórico de las doctrinas filosóficas sobre la emoción, donde, en parte, puede comprobarse este hecho. Existen excelentes trabajos en esta línea, donde se realiza una revisión histórica del campo de las emociones, entre ellos destacamos los de Gardiner, Clark y Beebe-Center (1937), Strongman (1973), Kleinginna y Kleinginna (1981) y Cano Vindel (1989). Pero nuestro objetivo va más allá: nuestro objeto de estudio es la tristeza/depresión y queremos mostrar cómo ésta ha estado ligada desde sus más tempranos inicios al campo de las emociones.
A continuación presentamos un breve desarrollo de algunas de las principales teorías de las emociones, pasiones, sentimientos y afectos, para mostrar el lugar que ha ido ocupando la tristeza (depresión o melancolía) y otros afectos negativos relacionados directamente con ella. Utilizando sus palabras de Jackson (1989) justificamos de nuevo este apartado: “E n las descripciones clínicas de la melancolía en el correr de los siglos, los rasgos principales eran normalmente el miedo y la tristeza. Así pues, estos estados emocionales, o pasiones o perturbaciones del ánimo o del espíritu como fueron denominadas en tiempos anteriores, tenían categorías de síntomas de una enfermedad. Pero también tenían
status de afectos, lo que las llevó a ocupar su lugar en varias teorías de las pasiones o de las emociones a través de lo siglos ” (pág. 25). Consecuentemente, como vamos a ver, la tristeza (o términos afines como pena, pesadumbre, desesperanza...) ha ocupado un importante lugar en numerosas teorías, constituyendo, en muchas ocasiones, una de las emociones básicas del ser humano.
Para Platón, el dolor o el placer en exceso suponían una enfermedad del alma, ya que estos afectaban a la capacidad de razonamiento. En un intento de clasificación de las diferentes pasiones, entendía la alegría y la esperanza como especies del placer, y la pesadumbre y el miedo, del dolor (Gardiner, Clark y Beebe-Center, 1937).
Aristóteles concebía las pasiones como estados acompañados de dolor o placer, formas en las que el alma se afectaba y estaban emparentadas con lo que hoy llamamos emociones. Fernández-Abascal (1995) señala que Aristóteles es el primer filósofo que se refiere a las emociones como tales. Realizó una taxonomía en las que incluyó como emociones básicas la ira, el temor, la piedad y el gusto, junto a sus opuestos que nunca definió.
Es muy interesante la descripción que los estoicos hacían de la pasión como un estado que comprendía además del “estado de sentimiento ”, un “ impulso ” de acercarse o apartarse hacia un objeto y un “juicio ” acerca del objeto. Elaboraron un esquema básico de cuatro pasiones incluyendo entre ellas a la tristeza: “ (1) apetito o deseo, inclinación irracional hacia algo, con implicaciones de un futuro agradable; (2) miedo, rechazo irracional de algo, implica una idea de amenaza, de mal que parece intolerable; (3) placer, o gozo, o alegría, expansión o arrobamiento irracional de la mente, que implica una opinión reciente de un bien presente o actual; y (4) dolor, o pesadumbre, o tristeza, contracción o depresión irracional de la mente, que implica una opinión reciente de un mal presente o actual. ” (Jackson, 1989, pág. 27).
Podemos mencionar a otros autores importantes que estudiaron las pasiones y los afectos y que dotaron de una entidad importante a la tristeza como parte de una de las pasiones básicas humanas. Por ejemplo, en el s. IV, Nemesio afirmaba que el alma se dividía en dos partes, la racional y la irracional. Decía que las pasiones estaban asociadas con la parte irracional, pero sujetas a la razón, y otorgó al estómago el lugar donde residía la pesadumbre. Para Gregorio de Nisa, en el mismo siglo, la tristeza, la desesperación y el miedo eran fruto de una contracción del corazón y los vasos sanguíneos.
Mucho después, en el s. XIII, Tomás de Aquino elaboró una teoría bastante más amplia y compleja sobre las pasiones, que no vamos a reproducir aquí, pero sí queremos destacar que entre las pasiones que él categorizó como concupiscentes e irascibles (tendencias hacia objetos aprehendidos por los sentidos) se encontraban la pena y la desesperación.
En el Renacimiento se produce un considerable incremento de la literatura sobre las pasiones y los afectos (Gardiner, Clark y Beebe-Center, 1937) y se tiende a diferenciar entre ambos conceptos, de tal forma que el uso de las primeras quedaría más
restringido a los afectos más violentos, utilizando con mayor frecuencia el término afecto que el de pasión. De nuevo en esta época se elaboraron múltiples clasificaciones donde la pena y la tristeza (también llamadas en ocasiones dolor) ocupaban un lugar privilegiado entre las pasiones o emociones básicas.
En los siglos XVII y XVIII, el propio Descartes elaboró una clasificación con las seis pasiones principales: sorpresa, amor, odio, deseo, alegría y tristeza. De la misma forma Hobbes, a partir de la base del apetito o la aversión, designó un conjunto de pasiones primarias que eran: apetito, deseo, amor, aversión, alegría y dolor.
A finales del s. XIX y principios de nuestro siglo, surgen complejas e importantísimas teorías sobre las emociones. Se dividieron fundamentalmente en las denominadas centrales y periféricas, destacando entre ellas la de James (1884, 1885, 1890, 1894) y Lange (1885), y la de Canon (1927, 1929, 1931) y Bard (1928), respectivamente. Todos ellos dedicaron un capítulo en sus estudios a explicar el lugar que la tristeza ocupaba en las emociones humanas.
Desde una perspectiva más médica y centrándonos en el tema de la depresión o melancolía, término todavía bastante utilizado en esta época, es especialmente interesante destacar a algunos autores que hicieron referencia a la relación de este trastorno con la emoción en sus descripciones clínicas. Especialmente interesantes son la palabras de Feuchtersleben (1847), que describe la melancolía como una emoción: “los sentidos, la memoria y la reactividad ceden, la vitalidad nerviosa se debilita en su raíz, y la vitalidad de la sangre, privada de su estimulante, es floja en todas sus funciones. De aquí la respiración lenta y con frecuencia dificultosa, la inclinación al suspiro, el pulso lento y débil, la disminución del calor, la piel pálida, seca y marchita... ” (pág. 135).
Tuke y Bucknill (1858) presentaron una clasificación de los trastornos mentales en la que consideraban la melancolía sin delirio como una “ locura emocional” .
En esta misma época, Griesinger (1867), autor cuya obra tuvo gran influencia no sólo en los autores contemporáneos a él, sino en los posteriores, describe los “ estados de depresión mental ” como “ un estado de profunda perversión emocional, de carácter deprimente y triste ”, a lo que denominaba estado melancólico inicial y afirma que es “ la prolongación directa de alguna emoción dolorosa dependiente de alguna causa objetiva (causas morales de la locura), a saber, pena, celos... ” (Jackson, 1989, pág. 210). Posteriormente se refiere a ellos como “ desórdenes emocionales ” que no afectan al entendimiento.
Destacamos ahora algunos autores relevantes de nuestro siglo, que han hecho un intento de explicar las relaciones entre emoción, afecto y pasión, así como el lugar que ha ido ocupando la tristeza y afines en sus clasificaciones y explicaciones.
Una comisión de pensadores de destacada personalidad trabajó durante 20 años en el “ Vocabulaire Technique et Critique de la
comisión afirmaba que los sentimientos se deberían dividir en afecciones y tendencias. Las primeras se subdividirían en placer, dolor y emociones, y las segundas en inclinaciones y pasiones.
Para Ribot (1905, 1907) existían tres tipos de funciones: (a) estados afectivos que expresan los apetitos, tendencias, necesidades inherentes a nuestra organización psicofísica; (b) emociones que son la reacción rápida y brusca de nuestros instintos egoístas (miedo, cólera, alegría, etc.) o altruistas (piedad, ternura, etc.) y producen una ruptura del equilibrio; y (c) pasiones que son emociones prolongadas e intelectualizadas. Y para describir la emoción afirmó: “La emoción es, en el orden afectivo, el equivalente de la percepción en el intelectual ” (Ribot, 1905, pág. 12).
Eymieu (1908) afirma que “ la emoción es una clase de sentimiento. Si el sentimiento se exalta o choca con otras tendencias, la sacudida del organismo puede ser más intensa, pasando entonces el sentimiento a la categoría de la emoción ” (pág. 214). Y el sentimiento “es la zona de confluencia entre la idea y la tendencia” (pág. 217).
En el “ Diccionario Pedagógico ” dirigido por Sánchez Sarto, en 1936 se afirmaba que “e mociones son una serie de alteraciones psicofísicas que constituyen el tipo primitivo de la respuesta psíquica (global). Sentimiento es una forma reducida y evolucionada de la respuesta emocional. En el sentimiento se dan los mismos fenómenos que en la emoción, pero de un modo mucho más intenso ” .
Delmas y Boll (1940) afirmaron que las emociones pueden reducirse a cuatro: alegría, pena, cólera y pavor. Y de la misma manera, los sentimientos en: contento, desaliento, deseo y temor.
Roldán (1955) hizo un análisis de la afectividad con el fin de clasificar los diferentes sentimientos. De esta forma propuso tres tipos de sentimientos:
3 Sentimientos periféricos: placer, dolor, agrado y desagrado
3 Sentimientos centrales: la emoción
3 Sentimientos superiores: placer estético
El autor define la emoción como “ otro detector de lo conveniente al organismo que nos pudiese avisar con tiempo y a distancia del peligro, antes de que el objeto dañoso se abalanzase irremediablemente sobre nosotros ”, “ la prestancia de la emoción sobre el sentimiento periférico reside en que el dolor y el placer son funciones pasajeras que apenas dejan –como tales- huella apreciable sobre el compuesto humano, mientras que la emoción perdura en estados afectivos que graban hondos surcos en la psiche y orientan habitualmente al individuo en determinada dirección operativa. ” (pág. 143). Más adelante afirma: “ en las emociones hay unas que proceden por vía directamente cognoscitiva –como temor, vergüenza, etc.- pero otras acompañan inmediatamente a funciones conativas, como las pasionales –ira, venganza, amor, etc.- ” (pág. 148).
Scheler (1957) elaboró una clasificación de los sentimientos, que él los concebía como estados del yo, dividida en cuatro grupos que se estratifican uno sobre otro. En palabras de Ayuso (1994), “ la obra de Scheler supone una base teórica que, posteriormente, sería aplicada al campo de las depresiones por Kurt Schneider ” (pág. 212). Las cuatro categorías de esta clasificación son: a) Sentimientos sensoriales: son los más próximos a la corporalidad y están localizados en una parte del cuerpo. Un ejemplo sería el dolor; b) Sentimientos vitales o cenestesia: no están localizados y nos informan de cómo está la totalidad del ser, es una percepción global del cuerpo; c) Sentimientos anímicos: son formas sentimentalmente reactivas al mundo exterior. Un ejemplo sería la tristeza motivada; d) Sentimientos espirituales de la personalidad: tienen un carácter absoluto, constituyen los modos de ser y configuran los valores de la persona.
Posteriormente, Schneider (1963, 1965) introdujo el concepto de tristeza vital como sentimiento que caracterizaba a la melancolía, intentando así diferenciarlo de la tristeza normal, que era un sentimiento anímico. Además, afirma que este estado de tristeza característico de la depresión, puede ser un sentimiento corporal limitado o difuso, ya que los pacientes, unas veces, comentan una opresión localizada, y otras, una especie de peso en todo el cuerpo.
Delay y Pichot (1969) afirmaron que las emociones se pueden considerar estados afectivos que aparecen en nosotros de manera brusca, tomando forma de crisis más o menos violentas, y más o menos pasajeras.
Kemper (1978) definió la emoción como una respuesta evaluadora más o menos temporal, que se considera esencialmente positiva o negativa por naturaleza, y que comprende distintos componentes somáticos, y a veces cognitivos.
Frijda (1986) propone que lo que realmente hay que estudiar son las respuestas emocionales, porque la emoción es un concepto derivado de la observación de conductas emocionales.
De forma parecida, Plutchik (1988) propone una definición de la emoción en la línea de las afirmaciones realizadas por Frijda: “ Una emoción es una secuencia inferida compleja de reacciones a un estímulo, e incluye evaluaciones cognitivas, cambios subjetivos, activación autonómica y neural, impulsos a la acción, y conducta diseñada para tener un efecto sobre el estímulo que inició la secuencia compleja ” (pág. 137).
Teniendo en cuenta las observaciones realizadas por Frijda y Plutchik, con las que estamos totalmente de acuerdo, reproducimos las palabras de Cano Vindel (1995) que recogen estas ideas y ofrecen una definición muy precisa de la respuesta emocional: “ Hablamos de emociones para referirnos a ciertas reacciones que se vivencian como una fuerte conmoción del estado de ánimo. Esta vivencia suele tener un marcado acento placentero o displacentero y va acompañada por la percepción de cambios orgánicos, a veces intensos. Al mismo tiempo, esta reacción puede reflejarse en expresiones faciales características (alegría, tristeza, miedo, etc.), así como en otras conductas motoras observables (movimiento, posturas, etc.)... ” (pág. 342). Porque como dice el autor, “ han sido muchos los autores que han intentado simplificar
el problema, tratando de reducir las emociones a simple activación fisiológica, o mera experiencia afectiva, o pura respuesta observable... pero al final, la historia se ha encargado de recordarnos que las emociones no son sólo uno de estos elementos, sino la conjunción de todos ellos interrelacionados ” (pág. 341). Y junto a ésta queremos señalar la definición elaborada por Fernández-Abascal (1995) que consideramos muy interesante por las cualidades cognitivas, con las que describe la emoción. El autor se centra en un estudio hecho por Kleinngina y Kleinngina (1981) en el que recogen más de cien definiciones de la emoción. El análisis de estas definiciones ofrece como resultado una estructura de once categorías en las que se podrían clasificar las formas de conceptualizar la emoción (afectiva, cognitiva, estimulación externa, fisiológica, emocional/experiencial, disruptiva, adaptativa, multifactorial, restrictiva, motivacional y escéptica). Fernández-Abascal, tras explicar brevemente esta estructura propuesta por los autores, nos presenta su definición con las siguientes palabras: “una conceptualización parsimoniosa, global, que integre todos los aspectos de la emoción y que la delimite frente a los restantes procesos, nos define a ésta como el campo de estudio de un proceso desencadenado por la evaluación
valorativa de una situación que produce una alteración en la activación fisiológica del organismo” (pág. 47).
Y desde otra perspectiva distinta, Crespo (2002) en un atrevido trabajo de delimitación de conceptos relacionados con el mundo de la afectividad como sentimiento, afecto, humor, emoción, afectividad, etc., como anteriormente hicieron Cuevas (2000) y Olivares (2000), define la emoción como “ un estado de respuesta afectiva interior acompañada de síntomas somáticos (generalmente vegetativos) que se producen de forma súbita como respuesta a una vivencia y que tienden a mantener o a abolir el acontecimiento desencadenante ” (pág. 21).
Y en la línea de lo que queremos mostrar, referimos la obra reciente de Evans (2002) que titula Emoción, la ciencia del
sentimiento, en la que se relacionan claramente el mundo de la
afectividad con el de las emociones.
Hasta ahora nuestra intención ha sido demostrar cómo el mundo de los afectos ha tenido a lo largo de los años una marcada relación con las emociones, así como la posición de uno con respecto al otro, que varía según la concepción de los diferentes autores. En ocasiones, los afectos y los sentimientos engloban a las emociones, en otras, es al contrario. Además, hemos podido comprobar cómo las tristeza, la pena, el dolor, la pesadumbre... han sido afectos, pasiones, emociones, sentimientos u otro estado que siempre han estado presentes en sus estudios ocupando un lugar importante.
Habría mucho que escribir con respecto a las diferentes teorías explicativas de la emoción, que ya hemos dicho que son innumerables y desde orientaciones muy diferentes (evolucionistas, dinámicas, neurológicas, psicofisiológicas, cognitivas, etc.), pero está fuera de nuestro propósito hacerlo. Para una lectura más profunda del tema puede acudirse a las revisiones teóricas hechas por Strongman (1973), Plutchik (1980a), Mandler (1988), Cano Vindel y Aguirregabiria (1989), Cano Vindel (1995) y Reeve (1998)