según Bas y Andrés (1996a):
3.1.2.3. Explicaciones de orientación cognitiva
3.1.2.3.2. Teoría Cognitiva de Beck
Son muchos los autores y modelos que proponen que los factores cognitivos juegan un papel determinante en el origen y mantenimiento de los trastornos depresivos. El término cognición, desde este punto de vista, se refiere al contenido, proceso y estructura de la percepción, del pensamiento y de las representaciones mentales (Friedman y Thase, 1995). En el caso del modelo de Beck (Beck, 1967, 1976; Beck, Rush, Shaw y Emery, 1979), surgido a partir de observaciones clínicas sistemáticas y de investigaciones experimentales, la depresión se origina y mantiene debido a la presencia de esquemas cognitivos o de significado
desadaptativos y de carácter estable, unido a la existencia de alteraciones cognitivas en la forma de procesar la información, que son las que producen dichos esquemas. Se hipotetiza que los sujetos nacen con un conjunto de estructuras rudimentarias determinadas genéticamente para organizar el mundo, que van tomando forma y desarrollándose en función de la interacción del sujeto con su entorno, donde cobran especial importancia las experiencias tempranas y la relación con personas significativas (Friedman y Thase, 1995). Los esquemas depresivos tienen que ver con situaciones de desaprobación o pérdida, se encuentran en la persona que es vulnerable a la depresión y se activan ante la percepción de una pérdida. Es decir, el esquema puede permanecer desactivado durante largos periodos de tiempo y activarse por un
input ambiental específico. En esta circunstancia, a medida que la
depresión es más grave, el sujeto pierde parte del control voluntario de su pensamiento y es incapaz de activar esquemas más adaptativos (Beck, Rush, Shaw y Emery, 1979). Es de suponer que sujetos con depresiones episódicas tienen un menor número de esquemas patológicos que los que padecen depresiones de tipo crónico. Señalamos una línea de trabajo actual muy interesante realizado por Dozois y Dobson (2001a, 2001b, 2001c), sobre la organización cognitiva en la depresión clínica, que se centra en el estudio de los esquemas depresivos. Beck (1963) identificó diferentes formas típicas de distorsión cognitiva, que se consideran errores sistemáticos en el procesamiento de la información y que median entre la experiencia y la respuesta emocional. Señala Hammen (1980) que las distorsiones cognitivas son interpretaciones y predicciones que generalmente no pueden verificarse con la información disponible y que son una consecuencia de experiencias personales negativas, ambiguas e incluso claramente positivas. Estos errores sistemáticos mantienen la creencia del sujeto deprimido en la validez de sus conceptos negativos, aunque exista evidencia contraria. Las cogniciones negativas y distorsionadas de una persona en una situación concreta se denominan pensamientos automáticos, pues surgen sin que la persona sea consciente de su elaboración e incluso, de su existencia, siendo consciente sólo de los sentimientos que éstos provocan. Son, por tanto, clases particulares de cogniciones que surgen de manera involuntaria e invasora y que acompañan a la activación emocional. La hipótesis de la especificidad de los pensamientos automáticos ha recibido importante apoyo empírico (Hill, Oei y Hill, 1989; Kumari y Blackburn, 1992) y afirma que aunque en la población general podemos encontrar pensamientos negativos y distorsionados, estos difieren cualitativa y cuantitativamente de los que se pueden encontrar en pacientes deprimidos. En el caso de la depresión, los pensamientos suelen estar referidos a la pérdida, que es el tipo de cognición que más se relaciona con ella. Hollon y Kendall (1980) confeccionaron un cuestionario de pensamientos automáticos basándose en la teoría de Beck. El análisis factorial indicó la presencia de cuatro factores principales: mal ajuste personal y deseos de cambio, expectativas y autoconcepto negativos, baja autoestima y desánimo e infelicidad (Bas y Andrés, 1996a). Además existen ciertas actitudes
disfuncionales o creencias nucleares, que podrían estar reflejando
los esquemas básicos y que impregnan y condicionan la percepción de la realidad. Son reglas de comportamiento excesivamente rígidas o absolutistas que parecen covariar con la gravedad del estado depresivo (Dobson y Breiter, 1983; Segal y Shaw, 1986). En esta línea se confeccionó la Escala de Actitudes Disfuncionales (DAS,
Weissman, 1978; Weissman y Beck, 1978), cuyos ítem recogen temas como atribuciones, expectativas de control, probabilidad de que sucedan ciertos resultados, normas de actuación perfeccionistas, ideas rígidas, etc., que pertenecen a los siete componentes básicos que presenta la escala: necesidad de amor, necesidad de aprobación, rendimiento, perfeccionismo, derecho sobre los otros, personalización y habilidad para atribuirse a sí mismo el bienestar y la felicidad.
Resumiendo, tres serían las variables básicas en las que se apoya este modelo para explicar la depresión: las distorsiones cognitivas, los pensamientos automáticos y las actitudes disfuncionales. De alguna forma, podríamos hablar de alteraciones en la lógica inferencial del sujeto como origen de su estado depresivo, que además son más acusadas cuanto más grave es la enfermedad depresiva (Bas y Andrés, 1996a).
Beck (1972) definió la teoría en términos cognitivos, considerando que los elementos básicos del trastorno son los que forman la famosa Tríada Cognitiva, a través de la cual el depresivo ve el mundo: (a) visión negativa de uno mismo; (b) visión negativa del mundo; y (c) visión negativa del futuro.
La idea de que las personas deprimidas tienen una fuerte tendencia cognitiva negativa está ampliamente demostrada (Rehm, 1993). Una fuerte polémica surge cuando se trata de responder a la pregunta ¿qué surge antes, el pensamiento o el sentimiento?, para Beck, la primera provoca la segunda, pero no todos los autores opinan igual. Zajonc (1980) afirma que, en algunos casos, la respuesta primaria es el afecto, aunque como afirma Rachman (1981, 1984) quizás la cuestión debe girar en torno a definir claramente qué entendemos por cognición. También con respecto a este tema son interesantes las afirmaciones de Seligman (1975), en las que considera que la distinción entre emoción y cognición no es absolutamente necesaria, a pesar de que nuestro lenguaje las separe, no nos sentimos deprimidos sin tener pensamientos depresivos, ni tenemos pensamientos depresivos sin sentirnos deprimidos. Resulta prácticamente imposible responder a la pregunta ¿qué es antes emoción o cognición?, entendiendo la emoción como el afecto, el sentimiento o el estado anímico. Consideramos que ambas están tan estrechamente relacionadas y ligadas, que pueden considerarse dentro de una única dimensión, al menos, para su evaluación.
De todos es sabido la gran influencia que la Teoría de Beck ha tenido en la psicología clínica, así como la gran cantidad de investigación que apoya la terapia derivada de ella, llegando a demostrar que sus efectos son iguales o superiores al tratamiento con antidepresivos tricíclicos (Rush, Beck, Kovacs y Hollon, 1977; Blackburn, Bishop, Glenn, Whalley y Christie, 1981; Murphy, Simons, Wetzel y Lustman, 1984; Beck, Hollon, Young, Bedrosian y Budenz, 1985). La teoría cognitiva de la depresión está generando numerosa investigación, o como señala Rehm (1993), “ la teoría de la depresión se está acercando a la psicología cognitiva” (pág. 84), avanzando en este complejo y prometedor mundo del procesamiento de la información, la redes semánticas, estructuras cognitivas, esquemas, etc.