• No se han encontrado resultados

según Bas y Andrés (1996a):

3.1.2.3. Explicaciones de orientación cognitiva

3.1.2.3.1. Indefensión Aprendida

Es indudable la extensa bibliografía y literatura que el modelo ha generado, pero también se ha creado mucha controversia alrededor del mismo, fundamentalmente haciendo referencia a la validez de utilizar un modelo análogo con animales para explicar un fenómeno

humano tan complejo como es la depresión. No obstante se trata de una teoría que ha tenido mucha fuerza y un papel protagonista en el tema que nos ocupa. A continuación resumiremos brevemente algunas de sus principales aportaciones, así como sus principales problemas.

Señalan Guillamon y Parra (1989) que la expresión Indefensión

Aprendida se utiliza para referirse a varios hechos: (a) Déficit

que se produce en la respuesta de escape o evitación ante una experiencia previa de estimulación aversiva no controlada, que hay quien lo denomina efecto de interferencia (Willner, 1983); (b) interpretación teórica que Seligman y colaboradores atribuyen al hecho anterior; (c) modelo experimental de depresión; y (d) estado inducido en los sujetos sometidos a estimulación aversiva incontrolada cuyo núcleo fundamental es un proceso cognitivo.

Sin entrar en este tipo de matizaciones, vamos a explicar en qué consiste el fenómeno de la indefensión aprendida y cómo puede aplicarse para explicar la depresión. La teoría de la Indefensión Aprendida de Seligman (1974, 1975), como hemos dicho, tiene su origen en un modelo animal. Seligman observó que cuando los animales eran expuestos a un estímulo aversivo inevitable, en su caso, un shock eléctrico, posteriormente eran incapaces de aprender y desarrollar una respuesta de evitación o escape, debido a la percepción de falta de contingencia entre sus respuestas y sus resultados. Seligman observó numerosas semejanzas entre la conducta de los animales y la depresión humana. Se consideró que la inducción mediante un shock inevitable era equivalente a la pérdida traumática que precede a muchas depresiones; la pasividad que mostraban los animales, a la disminución de respuestas instrumentales de los deprimidos, junto a otros síntomas análogos como la falta apetito y la disminución de peso. Se realizaron experimentos análogos con humanos y los resultados fueron parecidos (Miller y Seligman, 1975), de tal forma que estudiantes universitarios que habían sido expuestos a un ruido inevitable o a anagramas irresolubles, posteriormente mostraban dificultades para aprender a evitar el ruido o resolver los anagramas correctamente. Los estudiantes con depresión leve mostraron unas pautas de comportamiento similares a los que habían sido sometidos a un procedimiento de inducción de indefensión. También se ha demostrado que los individuos deprimidos muestran un déficit en la percepción de contingencias entre su conducta y los resultados (Abramson, Garber, Edwards y Seligman, 1978).

A simple vista, la teoría parecía haber cosechado numerosos éxitos y empezó a ser considerada como uno de los modelos más potentes y con mayor evidencia empírica para explicar la depresión, sin embargo, no tardaron en aparecer los problemas y las críticas. Una de las principales cuestiones que se le plantearon al modelo fue la paradoja de la culpa en la depresión (Rehm, 1993). ¿Cómo es posible que la persona deprimida se sienta culpable y responsable de los malos resultados, si la indefensión se basa en la percepción de falta de contingencia entre la conducta y éstos? Gracias a estas críticas, la teoría dio un nuevo paso que le permitió avanzar en la comprensión de la depresión, ofreciendo la revisión de la atribución en 1978 (Abramson, Seligman y Teasdale, 1978). Para ello se sirvieron de la teoría de la atribución de responsabilidad de la psicología social, según la cual, las conclusiones que las personas obtienen sobre las causas de los

acontecimientos en sus vidas, se pueden clasificar en una estructura bidimensional (Weiner, Frieze, Kukla, Reed, Rest y Rosenbaum, 1971). Las causas pueden ser internas o externas, de tal forma que lo que causa el acontecimiento se debe a algo relacionado con la persona o a algo relacionado con el mundo exterior. Además, las causas de los acontecimientos pueden ser debidas a factores estables o inestables. Estas dos dimensiones se cruzan creando cuatro tipos de causas, según su doble entrada. Además, Abramson, Seligman y Teasdale (1978) añadieron una nueva dimensión, que hacía referencia a si las causas se consideraban globales o específicas. Con esta nueva revisión a la teoría, los autores hipotetizaron que las personas vulnerables a la depresión, desarrollaban un estilo concreto de atribución, que consistía en atribuir las causas de los acontecimientos negativos a factores internos, estables y globales, y por el contrario, los positivos a factores externos, inestables y específicos. De esta forma quedaba solucionado el problema de la culpa, ya que, según los autores, el sujeto depresivo asume la culpa de los acontecimientos negativos, además de pensar que continuarán de forma estable y que afectarán de forma global a su vida. Si ante un acontecimiento contrario importante, la persona realiza este tipo de atribución, su consecuencia será sentirse indefenso, ya que no podrá evitar ese fracaso y provocar el éxito (Rehm, 1993).

Con esta nueva revisión los autores consiguieron superar los problemas que conllevaba explicar la depresión desde un modelo de conducta animal, adoptando ahora una postura cognitiva de la psicología social. A partir de este momento, se generó abundante investigación y literatura sobre la nueva forma de entender el fenómeno de la indefensión aprendida. Por ejemplo, se creó un Cuestionario de Estilo Atribucional (Attibutional Style Questionnaire, ASQ; Peterson, Semmel, Von Baeyer, Abramson, Metalsky y Seligman, 1982) para evaluar el estilo atributivo. Como señalan Bas y Andrés (1996a) se pueden distinguir en este modelo entre causas próximas y remotas en el tiempo, así como entre causas suficientes, necesarias y que contribuyen. Abramson, Alloy y Metalsky (1989) consideran que el estilo atribucional depresógeno aprendido en la infancia es la causa remota del episodio depresivo actual, mientras que la atribución concreta que el sujeto otorga al suceso negativo en el momento actual es la causa inmediata. Si esto es así, el estilo atribucional se considera no sólo el factor de vulnerabilidad, sino la situación estresante que precipita la depresión (Bas y Andrés, 1996a).

Pero la abundante literatura no ha sido siempre favorable al modelo, y nos ha servido para detectar algunos problemas que sigue presentando. Uno de los principales problemas se encuentra en la inferencia atributiva como una diferencia individual estable. Es decir, el hecho de considerar el estilo atributivo como algo parecido a un rasgo, que presenta los mismos problemas que los propios modelos de rasgos. Hay evidencia de que las personas no desarrollan estilos atributivos de forma estable y coherente (Weiner y cols., 1971). Posteriormente, Alloy, Clements y Kolden (1985) y Abramson, Alloy y Metalsky (1988) afirmaron que el estilo atributivo no es una causa ni necesaria ni suficiente para que se establezca la depresión y que son muchos los caminos que conducen a la misma, por lo que este modelo sólo se aplicaría a una determina proporción de depresiones. El sentimiento de indefensión y la desesperanza, sólo son causa inmediata de un tipo de

depresión por desesperanza. Utilizando la palabras de Rehm (1993): “ Es más difícil poner a prueba el modelo cuando se excluye una proporción desconocida de depresiones y cuando numerosos factores no especificados pueden determinar el que se produzca una atribución depresiva. También es difícil probar la idea de una secuencia causal de construcciones cognitivas mediadoras, como la indefensión y la desesperanza respecto a la depresión, y separar la cognición mediadora de la compleja sintomatología cognitiva de la depresión ” (pág. 74).

Finalmente, Abramson, Metalsky y Alloy (1989), decidieron avanzar nuevamente en el modelo para superar algunas de las dificultades que seguía presentando la formulación del 78. De esta forma se postuló el Modelo de Desesperanza que intentaba resolver tres principales deficiencias del anterior (Vázquez y Sanz, 1991): (a) no presentar una teoría claramente articulada de la depresión; (b) no incorporar los hallazgos de la psicopatología descriptiva sobre la heterogeneidad de la depresión; y (c) no incorporar los descubrimientos de la psicología social, de la personalidad y cognitiva. Los autores postularon un tipo de depresión causado por la desesperanza, entendiendo ésta como la expectativa negativa acerca de la ocurrencia de un suceso valorado como muy importante, junto a sentimientos de indefensión sobre la posibilidad de cambiar la ocurrencia de dicho suceso. El modelo propone una cadena de causas lejanas y próximas que hacen que se produzca la depresión. Tras la ocurrencia de sucesos vitales negativos, es fundamental la clase de atribución que la persona realiza acerca de ellos y el grado de importancia que les concede. Como sucedía en el modelo anterior, si estos sucesos negativos se atribuyen a causas estables y globales, viéndose como importantes, la probabilidad de desarrollar los síntomas de desesperanza, y por tanto, de este tipo de depresión aumentan. Si además se consideran debidos a causas internas, la desesperanza puede acompañarse de baja autoestima, característica que no es estrictamente necesaria en este nuevo modelo. Por último, los autores conceden importancia a la información situacional, derivada de los estudios de la psicología social y de la personalidad, para determinar el tipo de atribución que la persona realiza. Un suceso negativo que pueda favorecer una atribución propia de la desesperanza, implica bajo

consenso, alta consistencia y baja distintitividad, es decir, “ l e

pasa a poca gente, me sucede a menudo y me sucede en muchas circunstancias ”. Todos estos factores (sucesos vitales, estilo atribucional, información situacional...) no son necesarios para que se produzca la depresión, el único elemento necesario es la desesperanza.