subjetivos fisiológicos Efectos Afrontamiento
2.2.2. Procedimientos de inducción de tristeza/depresión
Podemos estudiar una emoción mediante tres perspectivas diferentes. En primer lugar, podemos esperar a que el sujeto experimente una emoción de forma natural en su vida, de tal manera que tendríamos que hacer un seguimiento del mismo durante todo el tiempo de su actividad diaria, esperando a que ocurriera un incidente emocional. Este es el método más real y fidedigno pero son obvios los problemas y las dificultades que conllevaría estudiar así las emociones. En segundo lugar, podemos pedir al sujeto que recuerde algún acontecimiento de su vida que le provocara una fuerte emoción y que nos describa cómo se sintió. Ésta es una forma más sencilla y con menor coste de tiempo que la primera, pero evidentemente, contamos con el sesgo que supone tener que confiar en la memoria del sujeto para describir su emoción, ya que no sabemos qué aspectos omitirá y cuáles añadirá que no fueron reales. Algo parecido sería entrevistarle para que describa situaciones que provocan determinada emoción, o para que describa las características básicas de algunas emociones, etc. La tercera posibilidad, viene a ser una compensación de los problemas de las dos anteriores y es la alternativa más elegida por los investigadores de la emoción. Consiste en inducir la emoción en el laboratorio mediante algún procedimiento concreto. Esta alternativa provoca una emoción que, aunque no se produce de forma natural en el ambiente del sujeto, es real y no está sujeta a los sesgos de la memoria. Sin embargo, también cuenta con algunos problemas según el tipo de procedimiento de inducción utilizado (Singer y Solvey, 1988). Es muy difícil provocar una emoción y controlar todos los sesgos experimentales a los que puede estar sujeta, y además, a veces, hacerlo implica enfrentarse a principios éticos. Chartier y Ranieri (1989) señalan que los efectos de estos procedimientos deben ser transitorios para que se puedan aceptar éticamente, pero lo suficientemente duraderos e intensos como para poder estudiar las emociones y sus efectos sobre la conducta. Importantes autores en el estudio de las emociones como Scherer (1986) han advertido que la calidad de la experiencia emocional producida en laboratorio, no puede compararse con la emoción natural de la vida cotidiana.
Se han realizado numerosas revisiones sobre la utilidad y validez de los diferentes métodos o procedimientos de inducción de emociones (p. ej., Nelson y Stem, 1988; Chartier y Ranieri, 1989, Blaney, 1986; Vicens y Andrés 1997; Martin, 1990; Garrido, 2000) y las conclusiones de estos estudios generalmente indican que son un conjunto de técnicas que facilitan el estudio de las relaciones entre emoción y cognición, y ofrecen un modelo experimental de depresión válido para su estudio en laboratorio (Vicens y Andrés, 1997).
Ya hemos dicho que no siempre es fácil provocar emociones de forma experimental. Esta dificultad varía dependiendo del tipo de emoción que queramos inducir. En el caso de la tristeza, se suelen encontrar mayores dificultades que en otras emociones como
ansiedad o ira. A pesar de ello, existen numerosos estudios que lo han hecho y que han permitido profundizar más en el estudio de esta emoción básica. Los procedimientos de inducción de emociones constituyen una línea de investigación que nos permite aproximarnos a la compresión de la depresión en el laboratorio de forma experimental, encontrando modelos análogos a los recientemente propuestos desde una perspectiva cognitiva para acercarnos más y comprender cómo se inicia, desarrolla y mantiene esta emoción, y de esta forma ser capaces de encontrar tratamientos cada vez más eficaces. Resaltamos la perspectiva cognitiva en esta línea de investigación porque, como a continuación vamos a ver, la mayoría de los procedimientos parten de la modificación de las cogniciones del sujeto para provocarle un estado emocional determinado.
En este apartado presentamos los diferentes procedimientos para inducir tristeza/depresión, aunque la mayoría de los autores hablan de inducción de tristeza, intentando así hacer una diferenciación entre lo normal y lo patológico. Ya hemos aclarado en otras ocasiones que, desde nuestro punto de vista, el término depresión es adecuado para referirse a una emoción básica, aunque también exista una entidad clínica denominada de la misma forma, lo mismo que sucede con la ansiedad. Esta tendencia a no considerar la depresión como una emoción básica (a pesar de que existen numerosos autores que sí lo hacen) concuerda claramente con toda la cuestión anteriormente tratada de la confusión terminológica, y evidentemente afecta a la forma de denominar al procedimiento utilizado para inducirla. De forma general existe la expresión procedimientos para inducir emociones y con ella nos referimos a las diferentes estrategias utilizadas en laboratorio para producir emociones como ansiedad e ira. Por ejemplo, en el caso de la ansiedad contamos con métodos como la utilización de sustancias químicas, presentación en vivo de estímulos ansiógenos, presentación encubierta, presentación subliminal, manipulación de situaciones que producen ansiedad como situaciones de evaluación, interpersonales, fóbicas, etc. Sin embargo, cuando se trata de inducir tristeza o alegría, los autores tienden a utilizar la expresión procedimientos de inducción de estados de ánimo (p. ej., Ruiz y Bermúdez, 1991, 1992; Fernández, Granero, Barrantes y Capdevilla, 1997; Vicens y Andrés, 1997, Rey, Blasco y Borrás, 2000; Garrido, 2000; Sanz, 2001). Siguiendo con nuestra propuesta, y volviendo a repetir que numerosos autores ya lo hacen, pensamos que es más adecuado utilizar la expresión general de inducción de emociones, sin hacer esa diferencia cuando se trata de emociones donde el elemento afectivo (triste, alegre) es lo más característico.
Este hecho también se produce en estudios publicados en inglés. De forma general se suele distinguir entre moods induction procedures y emotions induction procedures, ya vimos anteriormente cómo el término mood tiene una traducción un tanto confusa, pues hay autores que prefieren traducirlo como emoción y otros como estado
de ánimo, ya que la traducción más literal sería humor y esto
estaría más en relación con el estado de ánimo. Incluso en ocasiones, hay autores que utilizan la expresión affect induction
procedures cuando lo que van a inducir es tristeza o alegría (p.
Para finalizar con esta cuestión de difícil solución, nosotros nos referiremos de forma general a la depresión como una emoción, sin diferenciarla de tristeza y al procedimiento de inducirla como uno más de inducción de emociones sin distinguirlo de los de inducción de estados de ánimo.
A continuación vamos a ir describiendo los diferentes procedimientos que actualmente existen para inducir depresión de forma experimental.
2.2.2.1. Procedimiento de Velten o Lectura
de Frases Autorreferentes
Velten (1968) propuso un método para inducir emociones que en palabras de Fernández, Granero, Barrantes y Capdevilla (1997) “ abrió un nuevo capítulo en la investigación básica acerca de las emociones humanas” (pág. 247). Este método consistía en elaborar tres listas de sesenta frases autorreferidas, es decir, en primera persona, cada una de las cuales poseía un contenido emocional diferente (depresivo, eufórico y neutro). Estableció tres grupos diferentes a cada uno de los cuales le correspondía leer una lista y comprobó cómo el estado de ánimo de los sujetos fue cambiando en función del contenido de cada lista. Posteriormente todos los sujetos fueron sometidos a diferentes pruebas relacionadas con funciones como velocidad de escritura, tiempo de decisión, asociación de palabras, etc. y comprobó cómo este procedimiento tan simple producía estados emocionales capaces de provocar diferencias notables en las tareas que tenían que ejecutar los sujetos.
Goodwin y Williams (1982) afirman que es el procedimiento de inducción más ampliamente utilizado por los diferentes autores, ya sea en la forma original o con pequeñas modificaciones entre las que comentan por ejemplo la utilización de grupos (Coleman, 1975; Brewer, Doughtie y Lubin, 1980), leer en silencio las frases (Polivy y Doyle, 1980), disminución del número de frases a cincuenta (Aderman, 1972), variación del contenido de las frases (Teasdaley y Fogarty, 1979), etc.
Una gran abundancia de evidencia empírica ha demostrado que este procedimiento es un potente manipulador del estado emocional de los sujetos midiéndolo con diferentes escalas y comparándolo con grupos de control (Velten, 1968; Aderman, 1972; Coleman, 1975; Hale y Strickland, 1976; Natale, 1977; Frost, Graf y Becker, 1979; Teasdale y Fogarty, 1979; Brewer, Doughtie y Lubin, 1980; Polivy y Doyle, 1980; etc.). Una interesante revisión de la literatura existente sobre este método se encuentra en un trabajo realizado por Vega y Godoy (1992).
En relación con este método queremos señalar toda una línea de investigación que intenta demostrar la existencia de un autoesquema negativo en las personas deprimidas, que está centrada en el procesamiento autorreferente de los individuos (de la misma forma que Velten inducía a los sujetos estados depresivos). En este campo es fundamental referirse a los trabajos de Kuiper y colaboradores (Kuiper y Derry, 1982; Kuiper y MacDonald, 1982, 1983; MacDonald y Kuiper, 1984, 1985), según los cuales, el
autoesquema es una estructura cognitiva que contendría información autorreferente de contenido positivo o negativo, según el sujeto sea depresivo o no. Metodológicamente, el autoesquema suele evaluarse mediante la presentación de una lista de adjetivos, ante los cuales el sujeto debe decidir si tal adjetivo es o no autodescriptivo (método bastante parecido al de Velten). El autoesquema depresivo se mide mediante el tiempo de reacción en la emisión de juicios, número de adjetivos seleccionados y patrón de recuerdo de los adjetivos presentados mediante recuerdo incidental. Los resultados muestran de forma general que la información congruente con el contenido del autoesquema es procesada más rápida y más profundamente, por lo que es mejor recordada. Siendo esto así, los sujetos depresivos tienden a recordar mejor la información negativa, mientras que los controles suelen recordar mejor la positiva (Derry y Kuiper, 1981; Kuiper y MacDonald, 1982; Kuiper y MacDonald, 1983). De la misma forma, los individuos depresivos eligen un número mayor de adjetivos negativos como autodescriptivos que los controles (MacDonald y Kuiper, 1984).
En una línea muy relacionada con los estudios del autoesquema negativo, se encuentran multitud de investigaciones en torno a la Teoría del red semántica de la emoción y la memoria de Bower (1981), donde se postula que la activación y la accesibilidad de las cogniciones negativas asociadas a un estado de ánimo depresivo, se incrementan cuando el sujeto se encuentra en dicho estado de ánimo. Recientemente Ruiz-Caballero y Sánchez (2001) han elaborado un artículo sobre depresión y memoria en el que intentan responder a la pregunta de si la información congruente con el estado de ánimo es más accesible. Además, resumen las aportaciones de la teoría de Bower, así como otras propuestas explicativas, en las que no vamos a profundizar. Los resultados de este estudio confirman las predicciones del modelo de Bower.
2.2.2.2. Procedimiento de Mosak o Recuerdos
Autobiográficos
Fue originariamente descrito por Mosak como parte de la práctica clínica de la terapia Adleriana (ver Brewer, Doughtie y Lubin, 1980), que consistía en pedir a los sujetos que rememorasen acontecimientos vividos por ellos que hubieran resultado especialmente tristes o alegres. El efecto que este hecho producía en los sujetos es parecido al de la lectura de enunciados autorreferentes de Velten. No se trata de que recuerden lo que experimentaron en aquel momento, ya que entonces no sería un método de inducción de emociones, sino que deben intentar volver a experimentarlo, es decir, mediante imaginación reviven la experiencia.
Goodwin y Williams (1982) describen cómo Brewer, Doughtie y Lubin (1980) utilizaron este método para comprobar su eficacia frente al famoso y ampliamente utilizado método de Velten. Su objetivo era comparar ambos métodos, para verificar cuál de los dos era más potente para inducir emociones. A un grupo se le indujo depresión con el método de Velten tal y como hemos descrito anteriormente. Para otro grupo se utilizó este método: se pidió a los sujetos que cerraran los ojos y recordaran tres sucesos autobiográficos que
evocaran emociones en los que se hubieran sentido solos, rechazados, frustrados o heridos. Las situaciones a recordar debían ser progresivamente más tristes y desagradables. El procedimiento completo duró sólo once minutos y los resultados mostraron una mayor potencia para inducir emociones de este método. Los autores también afirmaron encontrar una mayor validez de éste frente al de Velten.
2.2.2.3. Sugestión hipnótica
Otro método para inducir emociones es la sugestión hipnótica que ha sido altamente probada por autores como Bower (1981) que utilizaba esta técnica junto con la imaginación guiada. Seleccionaba sujetos que fueran hipnotizables, los hipnotizaba y les preguntaba por alguna experiencia propia de alegría o tristeza para que recordaran e imaginasen vívidamente la escena en la que había tenido lugar su emoción. Generalmente las escenas alegres solían estar relacionadas con momentos de éxito personal o de intimidad con alguien, y las escenas tristes con algún fracaso personal o una ruptura emocional. Bower señala como ventajas de la hipnosis que casi cualquier emoción puede ser producida rápidamente y en una intensidad que varía según las instrucciones que reciban los sujetos, y lo que es más importante, se puede mantener este estado mientras el sujeto desempeña tareas de alta dificultad. El autor señala que la emoción inducida es real, la persona siente tristeza y se muestra triste, está al borde del llanto, habla lenta y pausadamente y su sistema nervioso autónomo, medido mediante la respuesta galvánica de la piel, está activado en la dirección apropiada y característica de esta emoción (Natale, 1977). Diferentes registros hechos durante este estado emocional han confirmado que realmente se produce emoción a nivel fisiológico (ver Blum, 1967; Lang, 1979). Sin embargo, Bower también señala algunas desventajas, entre las que destaca que sólo el 20%-25% de los sujetos son hipnotizables y, lo que es más importante, estos sujetos pueden ser extraordinariamente complacientes con la demanda del experimentador, lo que introduciría un sesgo en la investigación que podría influir en la posterior interpretación de los resultados.
De manera similar, Natale y Hantas (1982) utilizaron la sugestión hipnótica con el protocolo estandarizado de inducción hipnótica de Spiegel y Spiegel (1978).
2.2.2.4. Manipulación del feedback de éxito
y fracaso
Edo (1994) utilizó la experiencia de éxito o fracaso como forma de inducir estados emocionales, como por ejemplo, obtener un resultado por debajo de lo esperado para emociones negativas y por encima para positivas. En esta misma línea, Isen, Shalker, Clark y Karp (1978) habían utilizado un procedimiento de inducción de emociones similar, mediante la experiencia de ganar o perder en un juego de computadora.
Evidentemente, el extenso cuerpo de literatura sobre la indefensión aprendida y la ansiedad de prueba/motivación de logro,
ha demostrado cómo la manipulación del resultado altera de forma significativa el estado emocional del sujeto, aunque como afirman Goodwin y Williams (1982), la mayoría de estos estudios no se han dirigido de forma exclusiva a manipular el estado de ánimo deprimido y a estudiar las características de esta emoción inducida.
2.2.2.5. Escucha de historias depresivas
grabadas
Este método fue desarrollado en la Universidad de Stanford por D. Rosenhan y colaboradores para examinar el efecto de la emoción sobre el altruismo (Thompson, Cowan y Rosenhan, 1979) y posteriormente fue modificado para utilizarse con población británica por Williams (1980). El autor pedía a los sujetos que imaginasen que un amigo cae enfermo y es diagnosticado de un linfoma incurable. Posteriormente debían escuchar una cinta con una historia grabada que se centraba en los propios sentimientos de indefensión y soledad del sujeto. A los sujetos del grupo control se les pedía que imaginasen que tenían que hacer un collage y la cinta se centra en posibles ideas que el sujeto tiene sobre cómo utilizar los diferentes materiales para el collage. El procedimiento duraba aproximadamente diez minutos. Williams encontró que este método provocaba niveles significativos de ansiedad y depresión y, además, los sujetos que pertenecían al grupo de inducción se autoevaluaron a sí mismos como significativamente más activados que los del grupo control, inmediatamente después de la manipulación.