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La “excepcionalidad” de Uruguay, el estadocentrismo y la partidocracia como relatos de legitimación del poder institucional

In document Alvaro Rico - Como Nos Domina (página 177-180)

A lo largo del tiempo, la ensayística y distintos autores fueron construyendo un consenso transdisciplinario en torno a la matriz modernizadora de nuestro país, caracterizándola, indistintamente, como politicocéntrica, estadocéntrica y/o partidocrática.256

A decir verdad, aunque no haya casi ninguna referencia expresa en los autores nacionales, la definición de “matriz estadocéntrica” es ampliamente utilizada por los sociólogos latinoamericanos para la definición de un tipo peculiar de interrelación entre el Estado y la sociedad verificada en varios países del continente, particularmente

desde la segunda mitad del siglo XX. Tal caracterización refiere al

cumplimiento de funciones unificadoras por parte del sistema político- estatal con relación a la sociedad heterogénea (“archipiélago de sociedades”), tanto bajo las formas de un régimen “populista” como bajo un Estado “de compromiso” o “industrializador-desarrollista”, ya

sea en Argentina y Brasil, Chile o Uruguay.257

En todo caso, no interesa ahora embarcarse en el estudio comparado de los procesos de modernización institucional en América Latina sino resaltar la “excepcionalidad” como un atributo-espejo que, al distinguirnos de los otros países de la región, se tornó en un atributo- valor desde donde se construye uno de los mitos centrales de nuestra propia identidad nacional en torno, precisamente, a la matriz modernizadora (politicocéntrica) y la preeminencia de sus componentes institucionales: Estado (estadocentrismo), partidos políticos (partidocracia) y políticos profesionales (clase dirigente).

Al mismo tiempo, aunque no siempre esté dicho expresamente, la teorización politicocéntrica es una modelización del campo social, esto es, una explicación implícita (o indirecta) sobre la construcción de la sociedad uruguaya desde el Estado y las formas de su inclusión dentro del orden visto “desde arriba”. Expresado de otra manera, el paradigma estadocéntrico es una forma de institucionalizar a la sociedad y sus sujetos desde las narrativas del Estado, de construir discursivamente el sentido de lo social a través de la capacidad de subjetivación de las instituciones políticas, de limitar la autonomía de lo social dentro de los marcos de la autoridad de lo estatal-instituido.

Tal “estatalización” de lo social, lejos de ser un mero posicionamiento teórico, incidirá directamente en los procesos políticos reales, a la hora de determinar y limitar, por el Estado y la clase gobernante, sobre todo en los momentos de crisis institucional, los márgenes de la protesta social, la capacidad instituyente de los sujetos no estatales, los límites de la politización y el conflicto social. Así sucedió en los años sesenta y setenta del siglo pasado, camino al autoritarismo; y así sucedió, luego, a la salida de la dictadura, hacia fines de los años ochenta y principio de los noventa, en el proceso de reencauzar disciplinadamente a la sociedad movilizada contra la dictadura dentro del Estado de derecho, las reglas de juego de la democracia liberal-elitista y la función “representativa” de los políticos profesionales.

Una aclaración importante antes de continuar. Las referencias críticas al relato de la “excepcionalidad” y sus variantes no comporta una crítica equivalente a las investigaciones historiográficas en sí, profusas y documentadas, ni a la intención de sus prestigiosos autores. Sí se trata de criticar los usos que hace la política de la historia, su conversión en símbolo de tradición o relato de identidad nacional que, al mismo tiempo, legitima el orden político-estatal y sus gestores tradicionales. Por otro lado, se trata de ir fijando otro lugar teórico desde donde ensayar nuevas investigaciones empíricas e interpretaciones historiográficas que aproximen aspectos diferentes, invisibilizados o no jerarquizados por las teorías y autores clásicos.

Volviendo al contenido del relato politicocéntrico, nuestro modelo político-estatal se define como “excepcional”; nuestra sociedad como “homogénea” y “amortiguadora”; el Estado como de “compromiso” o “de todos”; el sistema político como “conciliador” o “negociador”; los políticos como “racionales” y “previsores”; el proceso de construcción de ciudadanía como “extensivo” e “integrador”; el tipo de evolución histórica y cambios de la matriz sociopolítica y cultural como “continuativo” o “evolutivo”; la forma de resolver los conflictos internos entre los actores como “pacífica”, “civilizada” o “consensual”; y así sucesivamente.

Pero el relato de la “excepcionalidad” no lo es sólo del proceso fundacional del Uruguay moderno —relacionado con la etapa del militarismo—, ni de la modernización institucional tardía —verificada

desde fines del siglo XIX y principios del siglo XX y vinculada al batllismo

histórico—. Lo es, también, de los orígenes —desde el descubrimiento hasta la Independencia—, ubicándose aquí un conjunto de hechos naturales y sociales que vuelven a marcar la “excepcionalidad” del país: la geografía, la naturaleza y fertilidad de los suelos, el carácter fronterizo y Montevideo ciudad-puerto natural, el tipo de poblamiento autóctono y las características de la emigración europea, la escasa incidencia de estructuras arcaicas de dominación y el menor peso del conservadurismo de la religión y la iglesia, el carácter popular de la revolución artiguista, etcétera.

Por lo tanto, el relato de los orígenes —de la naturaleza y del descubrimiento hasta los habitantes indígenas y primeros pobladores; de la Independencia y la gesta artiguista hasta la afirmación de la nación— se complementa con el relato de la fundación y la modernización —del militarismo y las guerras civiles hasta la presidencia de José Batlle y Ordóñez; de los pactos políticos y la pacificación del país hasta la afirmación del Estado moderno y la co-gobernabilidad del mismo entre blancos y colorados—. Esa fuerza explicativa del relato hegemónico se extiende hasta abarcar la evolución histórica posterior de nuestro país, y llegar así hasta la consolidación institucional de la llamada democracia “más avanzada” del continente, vigente luego de la dictadura terrista y hasta la experiencia del neobatllismo, a mediados de los años cincuenta. Esos distintos atributos de la “excepcionalidad”, correlacionados y unificados coherentemente por la propia lógica argumental del paradigma politicocéntrico, construyen un continuo histórico de las instituciones políticas en el que las subsiguientes etapas al momento fundacional y modernizador, los fenómenos emergentes y las nuevas funciones del modelo asumidas con el paso del tiempo, se incorporan por “agregación” o “ampliación” de la matriz originaria, sin modificarla ni cuestionarla en su configuración histórica y fines sustanciales. Asimismo, los conflictos o novedades que emergen en ese proceso modernizador se superan o resuelven “pacíficamente” por la capacidad de “absorción” o “adaptación” del sistema, asegurándose así la conservación de la misma estructura y funciones a través de las crisis y los nuevos desafíos. Es lo que el paradigma politicocéntrico denomina “capacidad adaptativa” y/o “el cambio dentro de la permanencia”, o sea, la reafirmación de las características estructurales del sistema político-estatal, independientemente de coyunturas, crisis, negaciones y contingencias.

El continuo histórico que se construye narrativamente y que abarca desde los orígenes históricos y el descubrimiento hasta la fundación del Estado moderno y la nación; desde la etapa bárbara a la etapa civilizatoria; desde las guerras civiles a la co-gobernabilidad del Estado; desde las divisas a los partidos políticos, estructura así, coherentemente, una gran teoría sobre la modernización e institucionalización políticas, a la vez que un relato único sobre la identidad moderna de la sociedad uruguaya en torno a la política, sus instituciones, organizaciones partidarias y sujetos tradicionales.

En síntesis, se trata de una teoría política omniabarcante a partir de

la cual “se crea (y recrea) todo un mundo”258 de sentidos centrados en el

atributo de la “excepcionalidad” del proceso histórico y el rol determinante asumido por el Estado, los partidos y la clase política dirigente en la construcción de la moderna sociedad uruguaya.

Los nuevos sujetos del conocimiento mediático y

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