El temor a repetir el pasado sesentista como invariante del discurso del poder estatal en el Uruguay pos 1985 permite establecer, también, tres usos intercambiables del tiempo dictatorial con el objetivo de generar incertidumbres y olvidar responsables en el presente.
pasado sesentista interpretado negativamente por el poder, en tanto se re-viva por la sociedad como temor al castigo del gran Leviatán por desear el cambio, opera como incertidumbre, amenaza o riesgo permanentes de conservación de la estabilidad democrática en el presente, condicionando así las conductas sociales para con el orden sistémico y la autoridad estatal.
Mediante el mecanismo de retrodicción, el discurso del poder hace una previsión (lo que ocurrirá en el futuro con la democracia recuperada) que, en realidad, consiste en una proyección del pasado (lo que sucedió realmente en los años sesenta y setenta) y su conclusión para el presente: “ocurrirá lo mismo” (otro golpe de Estado y dictadura).
La precesión del modelo “dictadura” en el período posdictadura (G. Imbert) permite condicionar las acciones de los hombres prisioneros de un nuevo dilema democrático y estigmatizar las estrategias sindicales de “conflictividad”; las prácticas sociales “movimientistas”; los proyectos de cambio social “maximalistas” o los planteos sobre derechos humanos “revanchistas” que, entre otras conductas (y sujetos), representan para la lógica de razonamiento del poder la restauración del pasado sesentista en el presente, el fin del “cambio en paz”, el riesgo de conservar la democracia reconquistada, el “retorno” a la dictadura.
2. La reafirmación democrática, el etapismo histórico y la dictadura como “excepción”. El término “transición” (de la dictadura a la democracia) opera también como un significante que sitúa el referente imaginario de la sociedad posdictadura en un intervalo entre “dos tiempos” que el discurso del poder, ahora, se encarga de presentar como dos etapas históricas irreversibles.
Mientras que en el procedimiento que reseñamos anteriormente —la circularidad del tiempo— el discurso del poder especula con un eventual pasaje de la democracia a la dictadura si se restauran en el presente las prácticas irresponsables de los actores sociales o no estatales como en los años sesenta—, por este otro procedimiento —el etapismo— , la consolidación irreversible de la institucionalidad democrática y el no-retorno a la dictadura en los años ochenta y noventa, descansa en la acción responsable de los actores legitimados del sistema: los partidos, los políticos profesionales, los empresarios, la clase gobernante.
El “etapismo” del discurso dominante marca sucesivos pasajes en la relación dictadura-democracia, no solamente temporales (antes-después; viejo-nuevo), sino referidos también a comportamientos sociales e institucionales: es el paso de la intolerancia de los años sesenta a la tolerancia de los años ochenta; de la radicalización al consenso de las elites; de la arbitrariedad del poder a la legalidad del Estado de derecho; de la violencia social irracional a la negociación del sistema político, pasajes que permiten establecer una “periodización” de la historia reciente del Uruguay que termina absolutizando esos comportamientos actuales como un antes y un después irreversibles: entre lo que sucedió
en el país en los años sesenta y bajo la dictadura (antes) y la actual consolidación de la democracia posdictadura (después); entre la violencia y la intolerancia (de ayer) y la pacificación y el consenso (de hoy); entre los sujetos antisistema y los integrados al sistema; y así sucesivamente. Este etapismo, periodización e irreversibilidad histórica terminarán matrizando una consideración de la dictadura como una “excepción” o “accidente” en el continuo institucional del país, acotada a la coyuntura 1973-1984. A través de ello, el análisis de las continuidades de la dictadura en la democracia o el estudio de los efectos del autoritarismo en el presente democrático quedan deslegitimados socialmente y excomulgados de la racionalidad impuesta a través de distintas frases- estigmas del poder: “revisionistas”; “revanchistas”; “violentistas”; “ojos en la nuca”; “intolerantes”; “no aprendieron nada”; y otras.
3. Olvido del pasado reciente y democracia “sin adjetivos”. Un tercer uso del pasado reciente que condiciona las interpretaciones y conductas en la democracia posdictadura consiste en un “elogio del olvido” cultivado por la memoria del poder que, lejos de caracterizar una sensibilidad posmoderna, es un mecanismo discursivo que reintroduce su tercera aproximación negativa a la historia reciente del país.
La retórica de la clase gobernante en el Uruguay posdictadura se caracteriza por “mirar para adelante”, “dar vuelta la página”, “borrón y cuenta nueva”, “superar los bloqueos ideológicos del pasado”, a la vez que acusa a quienes, por el contrario, tienen “los ojos en la nuca”, son “rehenes del pasado”, “decimonónicos”, “restauracionistas”, “negativos”. De esta manera, el discurso del Estado se reasume históricamente impune: sin pasado terrorista, e ideológicamente puro: liberal y de derecho, a partir de 1985. En ese encuadre, la única manera que tienen los liberales (en el poder) de asumir la democracia (desde el poder), es una democracia sin historia, que se acepta “tal cual es” desde un presente posdictatorial que no es asumido como un después-de-la-dictadura sino como un más-allá-de-la-dictadura, su “superación definitiva”.
Como vimos más arriba, la sanción ideológica del poder a quienes desean reabrir críticamente ese pasado o esbozar otras interpretaciones críticas a la democracia liberal se hace a través de frases-estigmas del tipo “esa película ya la vimos” y, también, a través de difuminar en la sociedad la sensación de miedo ante una posible catástrofe social si, además, no se lleva a cabo el programa liberal de gobierno y la reforma del Estado asistencial.
En ese sentido, también “sabemos como termina esa película”: si no se asiste a los bancos en crisis; si no se paga puntualmente la deuda externa a los organismos financieros internacionales; si se aumentan los salarios más allá del tope previsto; si no se controla la inflación y baja el déficit fiscal; si no se cobra matrícula en la Universidad; si se lleva a declarar ante la justicia civil a militares acusados de violar los derechos humanos en la dictadura; y un largo etcétera.