U N APORTE PARA LA RENOVACIÓN METODOLÓGICA DE LA TEOLOGÍA
F UNDAMENTOS PARA UNA NUEVA DETERMINACIÓN DE LOS LOCI THEOLOGICI SEGÚN EL
VATICANO II
Si se compara la doctrina de los loci theologici como la presenta Matthias Joseph Scheeben en su teoría del conocimiento de fines del siglo XIX10 con los loci theologici de Cano, se observa claramente que hubo precisiones y aclaraciones en diversos aspectos, además de una modernización que, no obstante los cambios, conserva totalmente la sustancia de la concepción de Cano. Esto vale para los loci theologici
proprii, no así para los loci alieni. Es llamativo que Matthias Joseph Scheeben habla allí
únicamente de la ratio y trata de la problemática fides-ratio con apoyo del Syllabus y de las afirmaciones del concilio Vaticano I. Se constata, por esto, de manera evidente, que la teología no consideraba en absoluto a la cultura científica moderna. No se realizó —por medio de las ciencias modernas— un cambio de visión y de acceso a las grandes instancias de testimonio de la fe, la Escritura y las diversas instancias de la tradición. Precisamente a ese punto conduce el Vaticano II asumiendo sucesivos pasos de reflexión. El descomunal proceso de especialización que, en general, se ha registrado dentro de las ciencias y de la teología, se puede hacer más nítido considerando la gran obra de Bernard Lonergan, Método en teología11. Este autor diferencia básicamente cuatro
niveles del trabajo científico: (i) el nivel de la experimentación, la investigación y la elaboración de datos; (ii) el nivel del comprender, es decir, de la lectura en conjunto de los diferentes datos; (iii) el nivel del juicio, en el cual se trata de ponderar y sopesar esas diversas posibilidades de comprensión y síntesis, y (iv) finalmente, Lonergan habla de un cuarto nivel de decisión, que consiste en la integración de los juicios en el correspondiente contexto general, la praxis humana, etc. A estos primeros cuatro pasos de la actividad científica sigue, luego, un segundo grupo de pasos de trabajo científico referidos a la elaboración de los fundamentos, a saber, la aclaración de los supuestos de los horizontes en los cuales se encuentran los hechos reconocidos. Luego, la formación de una doctrina que pone en relación mutua los hechos y así otorga efectivamente a una disciplina el rango de ciencia. En el paso siguiente Lonergan se refiere a la formación de una sistemática que conecta las diversas doctrinas y las transforma en una totalidad que posee una cierta significación. Ella posibilita, en tal sentido, una comprensión integral. Finalmente se trata de la transmisión al ámbito público de los resultados elaborados y sistematizados. Con ello deben hacerse evidentes las relaciones con otros datos culturales y, de este modo, hacer comprensibles los hechos científicos en su justa relevancia.
Al considerar cómo hoy se elaboran en la teología dogmática lo que se trabaja en los temas de doctorado, por ejemplo, encontramos una enorme diversidad en la investigación de los datos, en proyectos acerca de la pertinencia de esos datos, etc. Un aspecto que para Lonergan no es suficientemente tomado en cuenta es que las ciencias, en conjunto, presentan una forma de lenguaje propio que se diferencia del lenguaje corriente y del de los medios de comunicación social12. Del mismo modo, faltan reflexiones en cuanto a que las ciencias suponen siempre una comunidad científica13. Solo mediante su recepción por parte de la comunidad científica los resultados se integran y se reelaboran ulteriormente en la discusión científica. Esa recepción sigue una dinámica propia, que es igualmente influenciada por los paradigmas científicos predominantes y por las expectativas normalmente existentes respecto de los sistemas de la ciencia14. La relación constitutiva entre la ciencia y el discurso comunitario público no es vista por Lonergan. Es decir, él no considera aquellos aspectos de la ciencia que, para nosotros, se concentran en la pregunta por la valoración de las repercusiones de la técnica, las consecuencias sociales de las investigaciones, etc. La problemática bioética constituye un ejemplo ilustrativo.
A partir del cambio operado en la forma de la ciencia se deducen dos consecuencias básicas para la teología, especialmente para la doctrina de los loci theologici: por un lado, tenemos un nuevo acceso a esos dos topoi constitutivos que Melchor Cano presenta al comienzo de sus discusiones, a saber, nuestra visión de la Escritura, su surgimiento, su estructura compleja, las concepciones en los diversos grupos de autores, el lento proceso en la formación del canon, etc. Todos estos son datos que han abierto en una manera totalmente nueva la consideración de estos topoi, es decir, en un modo mucho más complejo y diferenciado. Lo mismo vale para la tradición oral apostólica en
los comienzos de la Iglesia primitiva.
Afirmaciones análogas valen para los restantes topoi: los detalles históricos, los presupuestos histórico-humanísticos —por ejemplo, los del concilio de Nicea— están a la vista hoy de manera distinta, en comparación al tiempo de Melchor Cano, incluso al tiempo del siglo XIX.
Desde esta nueva perspectiva de los topoi constitutivos, rica en detalles, resulta además una segunda consecuencia que es, aparentemente, inevitable. Esta se puede expresar en la siguiente pregunta retórica: ¿puede definirse el trabajo teológico únicamente como la elaboración de realidades que de alguna manera pertenecen a la tradición cristiana de la fe y que de algún modo se vinculan con ella? Con esto, sin embargo, la teología llegaría a ser necesariamente una suma azarosa de asuntos. En esa mezcolanza el magisterio o el derecho eclesiástico podrían conducir a un cierto orden externo propio pero no a uno proveniente de la teología. Algunos teólogos, que no entienden mucho de teología, se “salvan” con esa “solución” al afrontar la diversidad de los detalles históricos.
¿Cómo se enfrenta ese peligro? ¡Solo mediante una renovada afirmación de los loci
theologici como puntos de referencia del trabajo teológico, como las autoridades a partir
de las cuales deben normarse los argumentos de la teología! Solo desde una renovada afirmación de los loci theologici como tales, es decir, solo desde el reconocimiento de las formas constitutivas del lenguaje de la fe y desde la consideración de las instancias subordinadas del testimonio, asumidas como autoridades de la fe, es posible realizar operativamente la relación de la teología con la revelación. No obstante, esta afirmación renovada es creíble y posible solo si, al mismo tiempo, se aborda adecuadamente la comprensión y la utilización de los loci. Ya hemos aclarado cómo se nos presenta la cuestión de los loci constitutivos de una manera distinta a cómo se perfilaron para Melchor Cano. Esta nueva manera está condicionada por la historia. Las determinaciones y usos de los loci dependen del desarrollo de las respectivas comprensiones de la fe de la Iglesia. En estrecha correspondencia con esa transformada situación lógica de la fe están los nuevos loci alieni, que no existían en esa forma en tiempos de Melchor Cano.