U N APORTE PARA LA RENOVACIÓN METODOLÓGICA DE LA TEOLOGÍA
U NA MIRADA A LA NUEVA DETERMINACIÓN DE LOS LOCI PROPR
Conducidos por esa mirada de los loci theologici actuales se ha formado el consenso en la Iglesia, tal como se perfiló en el concilio Vaticano II y su desarrollo posterior. Esencialmente se trata —también en nuestro tiempo— de la autoridad que detentan las instancias de testimonio de la fe. Pero esas autoridades provienen de sus recíprocas relaciones de reconocimiento.
Presento aquí una lista de loci theologici proprii tal como se perfilan hoy. Luego realizo comentarios acerca de algunos de dichos loci. No me detengo en todos los loci, pues eso excedería el alcance de este trabajo. Finalmente, indico una peculiaridad fundamental del carácter actual de los loci theologici proprii.
La lista actual de los loci theologici proprii puede formularse así: (1) la autoridad de la Escritura y de la tradición apostólica; (2) la autoridad de la comunidad de los creyentes (congregatio fidelium); (3) la autoridad de la liturgia (como topos pragmático); (4) la autoridad del magisterio de los obispos; (5) la autoridad del magisterio del obispo de Roma; (6) la autoridad de los Padres de la Iglesia o la sapientia christiana; (7) la autoridad de los teólogos/as y de las teologías; (8) la autoridad de la tradición de la fe en las otras iglesias y comunidades cristianas.
Concreto a continuación una revisión rápida de algunos de estos loci theologici
proprii.
Sobre la autoridad de la Escritura y de la tradición apostólica
Las precisiones y la formación de consensos decisivos en este ámbito son abordadas en
Dei Verbum, la Constitución sobre la revelación del Vaticano II.
Escritura y tradición apostólica son nombradas conjuntamente porque la comprensión actual acerca del surgimiento de la Escritura y su interdependencia con la tradición apostólica —si bien esos dos momentos son en sí diferenciables— de hecho aparecen como un entretejido inseparable. Pensemos, por ejemplo, en la investigación sobre las primitivas confesiones cristianas de la fe, como se citan por Pablo en la Carta a los Romanos o en el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios15.
La constitución Dei Verbum ha bosquejado el acceso a esa interpretación histórica diferenciada, del mismo modo como ha aludido a la normatividad de ese topos. Ahí el Evangelio y la palabra de Dios misma, anunciada por medio de los profetas y los acontecimientos salvíficos del Antiguo Testamento y proclamada por Jesucristo, es diferenciada de la Escritura y la tradición apostólica. La Escritura es reconocida como el auténtico reflejo o condensación de ese Evangelio. Eso significa que la fe escatológica en Dios, que se ha revelado por medio de Jesucristo como salvador de los hombres, encuentra su forma decisiva de lenguaje en el anuncio apostólico y en la Escritura, la cual está, a su vez, caracterizada por la finitud y la historicidad. La tradición apostólica y la Escritura son el reflejo de la interpretación del ser de la Iglesia como comunidad lingüística, que entiende ese lenguaje. Al mismo tiempo, este topos es una autoridad dada previamente y, en consecuencia, se sitúa a una cierta distancia de la Iglesia. Este locus
como una “casa” o “morada” de doctrinas de fe expresadas en fórmulas o proposiciones. Como formas determinantes del lenguaje de la fe, la tradición apostólica y la Escritura contienen más bien momentos semánticos y gramaticales. Ellos “enseñan” sobre la fe, como atestigua al mismo tiempo la pragmática de la fe. Sin esas realizaciones el contenido de la fe permanece incomprensible e indeterminado en su sentido. En esta perspectiva, este locus theologicus representa el punto central de una comunicación a partir de la cual la comunidad de fe vive y se desarrolla.
Sobre la autoridad de la comunidad de los creyentes
También aquí el concilio Vaticano II contribuyó con precisiones esenciales. La Iglesia implica no solo la Iglesia magisterial sino que abarca la totalidad de la congregatio
fidelium, según la indicación del capítulo segundo de Lumen gentium. El pueblo histórico
de Dios es el destinatario del Evangelio y este se realiza en la fe. La fe posee siempre, sin embargo, una manera de estar “en camino”, de fragmentariedad. Por este motivo la totalidad de la comunidad de los creyentes es instancia de confirmación de la fe y esto se realiza con sus diferentes servicios y carismas. En esta instancia de confirmación se encuentran el magisterio eclesial de los obispos y el del obispo de Roma, también el servicio de los teólogos, etc. El consenso fundamental de la fe, más allá de su sistematización particular, es caracterizado como el sensus fidei que, como tal, posee límites no siempre precisos16. En tiempos de crisis se pone de relieve, por sobre todas las cosas, ese sensus fidei. De hecho, se muestran aquí las convicciones de fe —de largo plazo y fundamentales—de los creyentes.
Sobre la autoridad de la liturgia como topos pragmático
Tanto en Sacrosanctum concilium (SC) como en Lumen gentium o en Optatam totius —Decreto sobre la formación sacerdotal— se caracteriza a la liturgia como instancia de testimonio de la fe. En palabras de la Constitución sobre la sagrada liturgia:
En efecto, la liturgia, por cuyo medio ‘se ejerce la obra de nuestra redención’, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina, y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad futura que buscamos (SC 2).
celebración de los misterios divinos, es considerada en el listado como topos pragmático propio, es decir, como fuente de conocimiento de la teología. Un topos en el que no es primaria, como es el caso del topos de la teología, la instancia de testimonio de las
enseñanzas de la fe, sino más bien la realización de la fe en su total amplitud. La
pragmática de la fe, que se expresa en la liturgia, es un momento clave para el crecimiento en la compresión de la fe17.
La integración de la liturgia como de un locus theologicus proprius —un proceso que se encuentra solo en sus comienzos— contribuirá a una considerable transformación de la teología, por cuanto se descubrirá el extenso campo de las formas de realización de la fe como constitutivas de la verdad y de la dilucidación de la verdad18.
Sobre la autoridad del magisterio de los obispos
Los documentos del Vaticano II —especialmente Dei Verbum y Lumen gentium— explicaron, en una forma nueva y según diversas perspectivas, el lugar del magisterio de los obispos al interior de la Iglesia. Hay naturalmente diferentes formas en el ejercicio del magisterio y estas poseen, en cada caso, su propio significado específico y su propio peso. A partir de esto me parece que la concentración de Cano en una única forma de este magisterio, los concilios —no obstante la importancia que poseen— no es la más adecuada. Con esto no se relativiza la relevancia de ellos. Constituyen una experiencia histórica de viva discusión de los obispos sobre las apremiantes y necesarias innovaciones que requiere el proceso de construcción del consenso eclesial.
De igual modo, en relación a este topos se manifiestan dos nuevos planteamientos esenciales para una delimitación del perfil de los topoi: en primer lugar, la filosofía moderna del lenguaje posibilita y, a la vez, requiere el respeto a las diferencias entre las ciencias del lenguaje y la forma del lenguaje general y público. El magisterio de los obispos y del obispo de Roma se mueve básicamente en el ámbito de la forma del lenguaje que acabamos de mencionar y tiene ahí su competencia, pues se trata, en lo fundamental, de la asimilación del consenso de la fe en el ámbito público eclesial. Aquí confluyen puntos de vista necesariamente concretos y pragmáticos. Esto pertenece al servicio del pueblo de Dios en la historia. La teología se destaca aquí, claramente, como otro tipo de garantía de la fe.
En segundo lugar, para la diferenciación de los topoi se hace necesaria la inclusión de los correspondientes grupos de interlocutores. Estos topoi no son vistos simplemente como instancias “abstractas” que descansan totalmente en sí. La autoridad del magisterio de los obispos y del obispo de Roma son, más bien, instancias que tienen su razón de ser en el servicio al consenso de la fe de todos en su respectivo tiempo y, desde allí —junto a una cuidadosa elaboración de las diferentes instancias de testimonio de la fe— referidas
a un proceso de comunicación con el Pueblo de Dios.
Sobre la autoridad de las tradiciones de la fe en las demás iglesias y comunidades cristianas
El giro ecuménico de la Iglesia católica ha conducido al consenso sobre un nuevo locus
theologicus. Así se señala en Unitatis redintegratio, el decreto del Vaticano II sobre el
ecumenismo:
No debe olvidarse tampoco que todo lo que la gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados puede contribuir también a nuestra edificación. Todo lo que es verdaderamente cristiano, jamás se opone a los genuinos bienes de la fe; por el contrario, siempre puede conseguir que se alcance con mayor perfección el misterio de Cristo y de la Iglesia (UR 18).
En relación con las iglesias de oriente, el Vaticano II entrega una aclaración formal: Este sacrosanto Concilio, dando gracias a Dios porque muchos orientales, hijos de la Iglesia católica, que conservan este patrimonio y ansían vivirlo en su plena pureza e integridad, viven ya en comunión perfecta con los hermanos que practican la tradición occidental, declara que todo este patrimonio espiritual y litúrgico, disciplinar y teológico, en sus diversas tradiciones, pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia (UR 17).
Con esto, la forma del testimonio de la fe, como se presenta en la Iglesia católica romana, es caracterizada como una forma histórica de esa fe, que es capaz y requiere del enriquecimiento de otras formas de testimonio de la fe. No es de extrañar que en relación a este topos se haga referencia también al diálogo. Solo mediante un diálogo entre los diferentes interlocutores es posible que se realice ese necesario proceso de recepción y comprensión.
Me permito cerrar estos breves comentarios a la nueva perspectiva de los loci
theologici proprii con tres indicaciones a la particularidad de esos loci modernos,
indicaciones que ya se han hecho observables en lo que se ha expuesto:
1. Los loci son instancias históricas de testimonio de la revelación puestas de relieve por la comunidad de fe. Ellos no se presentan simplemente, sino que requieren de una continua “producción” o de un proceso de sacarlos a la luz. Son un resultado de la lógica de la revelación, pero solo si son “sacados a relucir” en la fe. No existen sin una permanente y renovada afirmación y su correspondiente cultivo.
integración de las correspondientes comunidades lingüísticas y grupos de hablantes. Ellos pertenecen a los loci en tanto son sus respectivos portadores. Las relaciones en las comunidades lingüísticas y entre grupos de hablantes ocurren, sin embargo, en el oír y en el decir, en el hablar y en el responder. Este acontecimiento lingüístico está relacionado en cada caso con una situación contextual. La madurez de todos es algo que aquí se da por supuesta, sin que por eso las autoridades sean negadas. Los loci, entendidos como instancias lingüísticas, aparecen no solo como “morada” o “casa de argumentos”, pues ellos son instancias de testimonio de la fe en la medida en que, al mismo tiempo, son una instancia de comunicación. En ellos y por medio de ellos se realiza aquel diálogo en la historia, que tiene a la palabra de Dios como contenido y como motivo para los creyentes. Con esto se cierra un posible fundamentalismo teológico o un positivismo magisterial.
3. Además, se ha señalado ya en el tercer momento que los loci abarcan esencialmente aspectos pragmáticos, momentos de realización de la fe, y esto se da en cada caso en expresiones diferentes. Hemos resaltado esto especialmente en la introducción de un lugar “nuevo”: la liturgia. Con ello se señala que los aspectos pragmáticos, los factores de la realización de la fe, han de tenerse en cuenta también en la utilización de los otros loci. La utilización de las diversas instancias teológicas no puede tener lugar de una manera aislada.