T EOLOGÍA COMO INTERPRETATIO TEMPORIS
L A PRESENCIA DE D IOS S U OBRAR EN LA HISTORIA
En los dos apartados anteriores hemos analizado la fe bajo una aproximación filosófica y hemos arribado a lo que llamamos “giro”, a la autoapertura del misterio divino como Tú. Dejamos de lado aquí la pregunta por la pluralidad de las experiencias históricas de Dios16 y nos concentramos en la fe cristiana en relación con las reflexiones anteriores. A la fe cristiana le pertenece la confesión de Dios como el Creador, el Salvador y el Plenificador de la creación. Este reconocimiento marca igualmente el orden que enmarca la comprensión cristiana de la realidad en su conjunto. Esta comprensión fundamental, empero, está mediada por los testimonios y acontecimientos mediante los cuales Dios, revelándose, se ha comunicado: la historia salvífica de la Biblia. Estos testimonios encuentran su forma neotestamentaria más acabada en el testimonio de la Palabra que se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Según Tomás de Aquino estos testimonios configuran los obiecta materialia fidei, que serán creídos en la luz y en la fuerza de Dios, como la prima veritas y el obiectum formale fidei 17.
Ambos momentos pertenecen juntos a la fe: (a) La confesión de la “vista o perspectiva de la fe”: la mirada a la realidad del mundo como creación divina y de su historia como un camino que Dios guía hacia la salvación. (b) A la fe le pertenecen también acontecimientos salvíficos que Dios realiza y a partir de los cuales nace la fe. Ellos conducen hacia los respectivos testimonios de la fe.
Una confesión desde la “vista de la fe” sin tomar en cuenta seriamente los acontecimientos salvíficos conduce a una particular comprensión teísta del mundo, que es una interpretación histórica entre otras.
Los hechos salvíficos, la obra de Dios en la historia, permiten —ante todo— poder hablar de la revelación de Dios. Solo partiendo de una fe en la revelación puede ser nuevamente pensada y profundizada la “vista de la fe”.
Pero, por otro lado, sin esta “perspectiva de la fe” la secuencia de hechos salvíficos sería una serie de “impresiones” diversas, de “eventos espirituales anárquicos”. Deben ser mirados juntamente con la profesión de la fe. ¿Qué se sigue de esto hoy en día para la fe?
El Concilio desarrolla una “perspectiva de le fe” profundizada y adecuada a los cambios de los tiempos. Con ello se habla permanentemente del obrar de Dios en la historia. Se presupone y se acentúa continuamente que Dios se ha revelado de una vez y para siempre en Jesucristo. Justamente en la profesión de fe en Jesucristo y en los acontecimientos salvíficos vinculados a ella se manifiesta el actuar de Dios en la historia contemporánea.
Solo descubriendo los signos de los tiempos en los cuales Dios obra aquí y ahora en la historia secular, puede ser creída la revelación como revelación de Dios. Solo de este modo se puede evitar que la revelación sea interpretada como una visión del mundo pasada, que solo se da en la intimidad de la fe.
¿Pueden ayudarnos las reflexiones aquí presentadas a que sea plausible hablar de “signos de los tiempos” —como lo hace el Concilio— y de un obrar de Dios en la historia?
El obrar de Dios desde la “perspectiva de la fe”
Partiendo de una definición nominal de historia, como Richard Schaeffler propone para el uso cotidiano de ese concepto, la historia sería…
…la secuencia de transformaciones de las relaciones vitales humanas — considerando como una parte esencial de esas transformaciones a las decisiones libres— y en tanto ellas son reconstruibles para nosotros mediante la interpretación de testimonios. En ella se indica el término ‘secuencia’ o ‘sucesión’ ya que los acontecimientos singulares solo tienen el carácter de históricos debido a que poseen una relación entre ellos18.
La posibilidad y la necesidad de hablar de un obrar de Dios en la historia las ofrecen ante todo las libres decisiones de los seres humanos. El obrar de Dios en la historia está dado en el obrar y mediante las decisiones humanas, y, por cierto, de la persona creyente. Cuando la existencia creyente es obrar y vivir en la fe, vivencia de la realidad
como regalo y en referencia a Dios, en la cual Dios se manifiesta y se autocomunica, entonces, la existencia creyente es eucarística, acción de gracias y alabanza, en ella se expresa la presencia y el obrar eficaz de Dios. Dios mora en la alabanza de su pueblo19. Así la existencia creyente es también un camino para adentrarse más y más en el obrar de Dios. El maestro espiritual Juan de la Cruz habla sobre ello. En el Nuevo Testamento se encuentra, manifestada de diversas maneras, esta forma del obrar divino en las decisiones y modos de comportarse humanos. Así, cuando Pablo exhorta en nombre de Dios a la reconciliación y el perdón, está obrando juntamente con Dios20. Y viceversa, como se lee al final del Evangelio de Marcos, el Señor colabora con los Apóstoles enviados a predicar y confirma sus palabras21. Esta inter-relación no significa el trabajo conjunto de dos fuerzas que —como los bueyes— tirando juntamente llevan a cabo algo, sino que más bien se trata de una relación de fundamentación, en la cual, el actuar divino fundante, constituye el obrar humano como un obrar co-respondiente (antwortendes), fundado22.
Del mismo modo pertenece a este contexto la enseñanza paulina acerca de los carismas, de los ministerios y las obras. Aquí se trata en cada caso de la relación entre los seres humanos, del ser cada uno para los otros en el Espíritu, de modo que las capacidades y competencias humanas —puestas en ejercicio desde una conversión del corazón creyente— devienen carismas, en los cuales el Espíritu de Dios repercute y obra al interior de la historia. Y asimismo los distintos ministerios llegan a ser los lugares en donde toma forma el servicio del mismo Señor, que no ha venido a ser servido, sino a servir (cf. Mc 10, 45). Del mismo modo las obras que cada uno realice en la fe, llegan a ser los lugares en los cuales el actuar del mismísimo Dios —que obra todo en todos— se manifiesta operante. Como dice Pablo en 1 Co 12, 4-6: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos”.
La totalidad de la parénesis —amonestación— neotestamentaria está caracterizada por palabras con las cuales se descubre el modo en que Dios se hace presente mediante los hombres y mujeres y actúa: “Si alguno habla, sean palabras de Dios” (1 Ped 4, 11). Al final del capítulo tercero de la epístola a los Colosenses, antes de que comience a hablar del orden doméstico cristiano, se resume la parénesis del modo siguiente:
La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre (Col 3, 16-17).
movimiento de conversión de la fe. De este modo, al obrar de Dios corresponde un segundo actor. En Rom 8, 28 dice Pablo: “Para los que aman a Dios, todo concurre al bien”.
Obrar humano es esencialmente relación mutua con otras personas y también relación mutua con las cosas. Obrar y actuar humano son modos de obrar situados y, en ese sentido, son siempre un auto-abrirse y un dejarse abordar por lo extraño, por otras personas que pueden ser amigables o peligrosas, abiertas o cerradas. Nunca se puede saber por anticipado cómo puede llegar a influir un encuentro con alguien, una decisión, una palabra o una acción. Siempre está en juego lo imprevisible: hechos naturales que parecen absurdos, contextos positivos, actos humanos buenos y razonables pero también malos, culpables y horrendos. El creyente tampoco puede saber por anticipado qué le tocará a él. Si según la fe, para los que aman a Dios todo concurre al bien, entonces esto significa que la historia del creyente en su conjunto es historia salvífica, es camino hacia el bien, hacia la plenitud23, siempre, sin embargo, en la esperanza, aún en aquellas situaciones de “esperanza contra todo esperanza” (Rm 4, 18). Pero esto también significa que en todas las situaciones, en todo lo que al creyente le sucede, se encuentra un motivo profundo, un motivo muy fuerte para la alabanza a Dios. Juan Pablo II decía — refiriéndose a la historia de las situaciones desgraciadas— que el creyente experimenta allí que Dios le pone fronteras definitivas al mal24. El creyente descubre en la misma fe esas fronteras del mal.
Así los Hechos de los apóstoles constituyen un descubrimiento de la historia poderosa de Dios, de su obrar en los acontecimientos que atañen a la comunidad de los creyentes. Las Cartas neotestamentarias también hablan de cómo se ha manifestado en la historia el actuar poderoso de Dios y su conducción. Esta manifestación se ha hecho visible mediante signos en la vida de los individuos y de la comunidad. Hay signos e insinuaciones, manifestaciones del Espíritu y del obrar divinos. Pero también existen las horas oscuras y, por ello, los creyentes y la comunidad necesitan el aliento y las advertencias. Y así deben aceptar con el espíritu de las bienaventuranzas las persecuciones, las tristezas y los apremios25.
Si se mira desde estas reflexiones para atrás, a las indicaciones introductorias referidas al Vaticano II y a sus posicionamientos bien determinados sobre la historia y el actuar histórico de Dios, se hace comprensible por qué este Concilio habla en todos sus documentos y en casi todas las páginas de los efectos del Señor resucitado mediante el Espíritu en y mediante los creyentes, la Iglesia26. El Concilio abrió aquí un nuevo capítulo de la cristología que no existía en esa forma en las cristologías neoescolásticas.
En las reflexiones precedentes se ha partido de la fe y se ha señalado cómo ella fundamentalmente es una interpretación del ser humano en el tiempo: la fe es reconocimiento del obrar de Dios en la historia, siempre y en todo lugar. Ante ello se presenta la pregunta: ¿es posible hacer afirmaciones sobre la acción de Dios en la historia también comprendida en el modo como se la definió más arriba, esto es, según la definición nominal, de que es reconstruible? ¿Puede la Iglesia afirmar que, en determinados acontecimientos, hechos y tendencias históricas, se puede reconocer allí un actuar de Dios en la historia?
La problemática reside justamente en que la historia del tiempo, la historia de los antiguos y de la edad media, de las ciencias sociales y humanas, de la economía, etc., es decir, de todo lo que constituye la historia en tanto es comprendida como testimonios, restos y huellas que pueden ser reconstruidos, no tiene que ver formalmente con testimonios de la fe en cuanto tal.
Los testimonios de la fe aparecen en este contexto junto a otros modos de testimonios humanos. La historia reconstruible constituye el ámbito público y de comunicación en el cual viven juntos los creyentes y los no creyentes. Si para entender la historia los historiadores franceses han distinguido entre structure de longue durée y
événement, es porque este ámbito público está marcado por estructuras y
acontecimientos así como por líneas y ámbitos de significación27. Como acontecimientos no se entienden aquí simplemente los hechos naturales, sino aquellos sucesos mediante los cuales se transforman las relaciones, no solo fácticamente, sino también en la conciencia de los seres humanos. Verdaderos “acontecimientos” producen estructuras de larga duración.
Con la historia reconstruible está dada, al mismo tiempo, una primera orientación de vida muy ambivalente y que incluye en mayor o menor medida a todos los seres humanos. ¿Se puede hablar aquí de un actuar de Dios?
El Vaticano II describe a los hechos en los cuales se diagnostica un obrar de Dios en una historia así comprendida como “signos de los tiempos”. ¿Cómo llegan a ser signos de los tiempos acontecimientos y estructuras históricas?
El uso de esta expresión “signos de los tiempos” se extendió en el siglo XIX. Se encuentra usada en contextos de índole apocalíptico y en contextos sociológicos y políticos, donde designa la característica de una época28.
Si se miran los textos del Vaticano II que hablan expresamente de signos de los tiempos y se consultan las discusiones del Concilio sobre las explicaciones teológicas de lo que ellos son y en qué medida tienen una gran importancia para la praxis de la Iglesia, entonces se puede afirmar lo que sigue.
En una primera aproximación, los signos de los tiempos son descritos en la subcomisión correspondiente del Vaticano II del siguiente modo: “Son aquellos fenómenos que, por su universalidad y su gran frecuencia, caracterizan a una época y mediante los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones (besoins et
aspirations) de la humanidad actual”29. Cabe destacar en esta primera descripción el acento que se pone en la universalidad fáctica de estos fenómenos: la universalidad, la frecuencia de un acontecimiento es remarcada, de modo que a partir de ello se “caracteriza una época”. En primer lugar, entonces, los signos de los tiempos son tomados como rasgos que caracterizan una época, como es usual hacerlo en constataciones de índole política o sociológica. Pero en lo que se refiere al contenido se hace una clarificación más precisa: se dice de estos fenómenos que expresan las “necesidades y las aspiraciones de la humanidad actual”. Si en los acontecimientos se expresa la “necesidad” y el “anhelo”, entonces estos rasgos de una época son manifiestamente ambivalentes. No se trata simplemente de hechos que son juzgados como positivos por los seres humanos.
Aquí se agrega un segundo momento: estas necesidades y aspiraciones —o necesidades y anhelos— no son exclusivas de individuos o pequeños grupos. Atañen a la humanidad en su conjunto. ¿Hacia qué dirección apunta esta información? Tomemos como ejemplo la caracterización que hacen muchos politólogos, sociólogos y filósofos del siglo XX como el “siglo de los campos de concentración”30. Con esta caracterización se apunta a los campos de concentración en las guerras civiles, los campos de exterminio nacionalsocialistas, los campos inmensos del Gulag en la Unión Soviética, los campos en China, Vietnam o Camboya. Se pueden considerar también a los centros de tortura en Argentina, Chile, etc. Son necesidades de naturaleza muy profunda las que aquí surgen. Y se trata de gritos de libertad, de reconocimiento de los derechos humanos sobre todas las diferencias de pueblos, razas y fronteras políticas y religiosas. Aquí se quebró para la humanidad la confianza de la Ilustración, el optimismo progresista de una época científico-tecnológica.
Si semejantes necesidades, gritos y aspiraciones marcan todo un siglo, entonces existen, por un lado, relaciones sociales, mentalidades y constelaciones de poder que favorecen las tiranías caracterizadas. Es peligroso levantarse contra ellas y desvelar el estado de las cosas. Pero, por otro lado, también existen procesos espirituales, procesos de toma de conciencia, que no solo articulan los deseos y gritos de los hombres y mujeres así como las necesidades de la humanidad en las formulaciones de los derechos humanos. También está el compromiso por hacer posible un consenso universal en relación a los derechos humanos y a la dignidad humana. Aquí se ve claro que estas aspiraciones pertenecen esencialmente a la humanidad del hombre y de la mujer en este tiempo.
características epocales como estas y a que las interpreten a la luz del Evangelio. ¿Por qué? ¿Por qué no puede la Iglesia simplemente retraerse a su “vida interior”? Porque solo así la Iglesia y los creyentes pueden anunciar de un modo adecuado el Evangelio. Solo atendiendo a los signos de los tiempos puede la Iglesia —según Gaudium et spes 4 — “responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas”. La revelación de Dios, aceptada y afirmada en la fe, debe ser justamente la respuesta fundada a las cuestiones fundamentales y a las necesidades de la vida humana31.
Pero los padres conciliares avanzan todavía más. Se dice sobre estos acontecimientos y características epocales que en ellos se manifiestan la presencia de Dios y los efectos del Espíritu en la historia. Esto debe ser, sin embargo, discernido. Así dice Gaudium et spes 11:
El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes32 de Dios33.
¿Qué hay pues con la presencia de Dios, su plan salvífico y el Evangelio en el caso del signo de los tiempos caracterizado más arriba como “siglo de los campos de concentración”? ¿En dónde se manifiestan en este siglo los efectos del Espíritu? ¿Dónde resplandece el Reino de Dios?
Si los padres conciliares se deciden por estas expresiones audaces y aparentemente contradictorias, lo hacen apoyándose en la doctrina de Jesús sobre los signos de los tiempos. Jesús se refiere a los signos mesiánicos que han sido anunciados por los profetas y deben ser realizados por Él. En su prédica en Nazaret, Jesús lee al profeta Isaías 62, 1ss.: “El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los ciegos la luz; a pregonar un año de gracia de Yahveh”, y él proclama que esas palabras se han cumplido en su persona. Su mensaje — él mismo— es un signo que “es señal de contradicción” (Lc 2, 34). En los signos mesiánicos, que Jesús realiza de obra y palabra, se anuncia la superación del desorden y del mal —frutos de la lejanía de Dios— que afectan las relaciones humanas. También se anuncia la exigencia que supone el reino de paz que Dios desea finalmente para el hombre y la mujer, así como la presencia plena de bendiciones de Dios y los efectos de su Espíritu. En él mismo, como el signo mesiánico, se manifiesta —en tanto asume la Pasión dispuesta por los seres humanos— el “rechazo”34 del amor infinito del Hijo, que es la revelación, la irradiación del amor del Padre.
En este sentido, los gritos del siglo XX que resuenan desde todas las razas y pueblos pidiendo reconocimiento de los derechos y de la dignidad humana son un signo mesiánico. Es un grito y un anhelo en el que la acción del Espíritu se manifiesta en este siglo. Es un signo en el que se vislumbra que Dios se identifica —en Cristo— con los