y la calidad y pertinencia de la educación recibida, es el principal factor que incide en sus oportunidades de bienestar, tanto materiales como no materiales, a través de una diversidad de mecanismos directos e indirectos que se relacionan entre sí, y que determinan el abanico de oportunidades presentes y futuras.
Respecto de las oportunidades de bienestar material, el capital educacional tiene una decisiva influencia en la capacidad de generar ingresos y, por lo tanto, en la posición relativa que le corresponderá a cada persona y a su familia en la distribución del ingreso. En primer lugar, lo hace a través de la estrecha relación entre la educación alcanzada y las posibilidades de acceder a distintas ocupaciones y los ingresos derivados de ellas. En segundo lugar, en lo que se refiere al bienestar no material, cabe destacar que una mayor educación permite mayores grados de libertad y capacidad de decisión respecto del tamaño de familia deseado y facilita la compatibilización del papel reproductivo de las mujeres con su participación en la actividad productiva. Su consecuencia es que eleva el ingreso del hogar, tanto porque se reduce el número de personas dependientes, como porque se brindan mayores oportunidades a la mujer de participar en el mercado laboral y hacerlo por más tiempo a lo largo de su vida.
Del mismo modo, el capital educacional amplía la capacidad de autogeneración y de gestión de proyectos comunitarios y, en general, favorece la participación, con la consecuente expansión de la ciudadanía social y política.
a)
Educación, ocupación, ingresos y estrato social de origen
El perfil de inserciones ocupacionales al que más frecuentemente acceden los jóvenes con diferente capital educacional, refleja hasta qué grado sus posibilidades de bienestar están predeterminadas en función de la situación educacional y socioeconómica del hogar de origen. Aquellos que provienen de hogares con bajos ingresos y de padres con bajo nivel educacional, suelen alcanzar no más de 8 años de estudio, frente a los 12 o más que logran los jóvenes provenientes de hogares con más recursos. Esto condiciona sus posibilidades ocupacionales, por cuanto quienes no completan más de 8 años de educación se desempeñan en su mayor parte (entre 80% y 90%) como operarios, obreros, vigilantes, mozos, empleados domésticos o trabajadores agrícolas, con un ingreso promedio mensual insuficiente para garantizar el bienestar de un nuevo grupo familiar (sus ingresos no superan el valor de 2.5 veces la línea de pobreza per cápita).
En cambio, los jóvenes que logran 12 o más años de estudio se ocupan predominantemente como profesionales, técnicos y ocupados en cargos directivos (entre el 50% y el 55% de ellos) y obtienen ingresos medios mensuales que fluctúan entre 6 y 8 líneas de pobreza (véanse los cuadros IV.3 y IV.4).
Cabe destacar, sin embargo, que a través de la educación se transmiten también desigualdades en la calidad de la misma, lo que influye en la posición jerárquica de las personas dentro de una misma ocupación. Esto se debe a que el estrato social determina también los contactos familiares y la red social a la cual se tiene acceso. Ello se refleja en las diferencias de ingreso que obtienen los jóvenes de distinto origen social dentro de un mismo grupo ocupacional lo que, a su vez, acrecienta las diferencias en las posibilidades de acceder al bienestar (CEPAL, 1998a).
Cuadro IV.3
INSERCIÓN OCUPACIONAL DE LOS JÓVENES a SEGÚN NIVEL EDUCACIONAL,
AMÉRICA LATINA Inserción ocupacional Número de años de estudio cursados Total Profesionales, técnicos y directivos Empleados administrativos, vendedores y dependientes Operarios, obreros, mozos, vigilantes, empleados domésticos y trabajadores agrícolas Áreas urbanas Total 100.0 15.4 32.1 52.4 0 - 8 100.0 2.0 15.6 82.4 9 - 11 100.0 11.5 44.7 43.9 12 y más 100.0 48.8 40.9 10.3 Áreas rurales Total 100.0 7.1 9.8 83.1 0 - 8 100.0 1.8 4.9 93.2 9 - 11 100.0 15.8 24.5 59.7 12 y más 100.0 53.6 28.9 17.5
Fuente: CEPAL, sobre la base de los cuadros IV.3.1 y IV.3.2 del Panorama social de América Latina, 1997 (LC/G.1982-P),
capítulo IV, Santiago de Chile, 1998. Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: S.98.II.G.3.
a
Incluye a los jóvenes de 20 a 29 años de edad que trabajan 20 o más horas semanales.
Cuadro IV.4
INGRESOS MEDIOSa DE LOS JÓVENESb SEGÚN INSERCIÓN OCUPACIONAL
Y NIVEL EDUCACIONAL, AMÉRICA LATINA INSERCIÓN OCUPACIONAL Número de años de estudio cursados Total Profesionales, técnicos y directivos Empleados administrativos, vendedores y dependientes Operarios, obreros, mozos, vigilantes, empleados domésticos y trabajadores agrícolas Áreas urbanas Total 3.4 5.6 3.3 2.6 0 - 8 2.5 ... 2.6 2.4 9 - 11 3.4 ... 3.2 2.9 12 y más 5.2 6.4 4.3 ... Áreas rurales Total 3.2 6.2 3.6 2.7 0 - 8 2.8 ... 3.1 2.6 9 - 11 3.9 ... 4.9 3.6 12 y más 7.5 8.2 7.5 ...
Fuente: CEPAL, sobre la base de los cuadros IV.3.3 y IV.3.4 del Panorama social de América Latina, 1997 (LC/G.1982-P),
capítulo IV, Santiago de Chile, 1998. Publicación de las Naciones Unidas, Nº de venta: S.98.II.G.3.
a
Expresados en múltiplos de la línea de pobreza per cápita. Cabe recordar que las líneas de pobreza rurales representan alrededor de 67% de las correspondientes urbanas de cada país.
b
b)
Fenómenos limitantes de la acumulación de capital educativo
El vínculo entre capital educacional acumulado, ocupación e ingresos no es la única vía a través de la cual se transmiten de una generación a otra distintas oportunidades y posiciones relativas en la distribución del ingreso. La insuficiencia de capital educativo y de recursos económicos de los hogares activa otros fenómenos que debilitan o reducen las posibilidades educacionales de los jóvenes y las oportunidades conexas. La escasez de recursos del hogar de origen y el bajo clima educacional alientan el trabajo infantil e incrementan la maternidad en la adolescencia. Ambos fenómenos reducen en al menos dos años los estudios que alcanzan los jóvenes, tal como se desprende de la comparación entre el promedio de años de educación de aquellos que salen tempranamente a trabajar con el de quienes no lo hacen, y entre el logro educativo de las jóvenes que tuvieron al menos un hijo antes de los 20 años frente a las que no lo tuvieron (CEPAL, 1995 y 1998a). Ambos fenómenos tienden a detener la acumulación de capital educacional, lo que se traduce luego en inserciones ocupacionales de menores ingresos y, consecuentemente, en posiciones desmedradas en la pirámide distributiva.Por otra parte, como ya se mencionara, la educación incide de variadas formas en el comportamiento de las personas, en sus oportunidades de bienestar y en la transmisión intergeneracional de éstas. En efecto, el nivel educacional de las mujeres tiene gran influencia en la salud y supervivencia de los niños: cuando la madre carece de instrucción, la tasa de mortalidad infantil se ubica en promedio en 70 por cada 1 000 niños nacidos vivos, descendiendo a cerca de 50 si la madre tiene alguna instrucción primaria, y por debajo de 30 por 1 000 si ella alcanza algún grado de educación secundaria (CEPAL, 1998b).
La educación también repercute decisivamente en el comportamiento reproductivo: mientras las mujeres sin instrucción presentan una tasa global de fecundidad de alrededor de 6 hijos, la misma desciende a 4.5 entre las mujeres con educación primaria y se ubica en alrededor de 2.5 entre las que alcanzaron alguna educación secundaria. Ello se traduce en fuertes diferencias del bienestar material presente del hogar, debido a que el mayor número de hijos reduce el ingreso per cápita del hogar, y disminuye las posibilidades de que la madre participe económicamente y contribuya al ingreso familiar. Además, el ingreso que aportan las mujeres depende también de su nivel educacional.36