1. INTRODUCCIÓN
2.2. L A MEMORIA CULTURAL
2.2.4. Funciones, medios y archivos de la memoria cultural
El trabajo de Aleida Assmann Erinnerungsräume. Formen und Wandlungen des
kulturellen Gedächtnisses (2003) consta de tres partes: las funciones, los medios y
los archivos de la memoria cultural.
La primera ilustra, con ejemplos literarios, la importancia de los recuerdos en el proyecto de la formación de identidad. Por ejemplo, en los dramas históricos de Shakespeare, Assmann analiza la construcción de una identidad nacional a partir de recuerdos históricos y, en The Prelude, de Wordsworth, estudia una identidad individual construida a partir de recuerdos biográficos. En ambos casos el significado de la reconstrucción de un recuerdo ocupa un lugar central en la obra.
Dentro de las funciones, resulta de interés para nosotros la clasificación que Aleida Assmann hace de dos formas del recuerdo con el fin de dejar clara la diferencia entre los conceptos «memoria» e «historia», que muchos autores equiparan75: la memoria
funcional (Funktionsgedächtnis) y la memoria de almacenamiento
(Speichergedächtnis). La primera hace referencia a la memoria cultural y la segunda a la historia. La memoria funcional o memoria habitada (bewohnte Gedächtnis) va unida a un portador, que puede ser un grupo, una institución o un individuo; tiende
75
puentes entre pasado, presente y futuro; procede de forma selectiva, es decir, recuerda ciertas cosas y olvida otras; y transmite valores de los que resultan un perfil de identidad y normas de actuación. La memoria de almacenamiento o memoria inhabitada (unbewohnte Gedächtnis), por el contrario, no va unida a portador alguno, separa radicalmente pasado, presente y futuro, se interesa por todo (todo es igual de importante), y establece una verdad suprimiendo valores y normas.
La segunda parte del trabajo de Aleida Assmann está dedicada a la metafórica del recuerdo y a los medios que constituyen la memoria cultural como soporte material. En su obra, Assmann nos define los ‘medios’ como el apoyo material que erige y flanquea la memoria cultural e interactúa con las memorias personales. Toda memoria individual actual está rodeada de un conjunto de medios técnicos y cada uno de ellos establece un acceso específico a la memoria cultural. El lenguaje escrito, por ejemplo, almacena el recuerdo de forma distinta a las imágenes. El propio cuerpo estabiliza los recuerdos a través de los hábitos y los fortalece por medio de la fuerza de los afectos. Cuando, por ejemplo, un recuerdo almacenado en el cuerpo es separado por completo de la conciencia, hablamos de trauma. Y cuando una determinada imagen se adhiere de forma especialmente firme y duradera a la memoria, ésta recibe el nombre de «imagen agente». Por ejemplo, una cabeza cortada. Un cuerpo sin cabeza es un ejemplo prototípico de lo que los maestros de la mnemotecnia llaman «imagen agente», es decir, una imagen que se inscribe en la memoria del observador de forma enteramente gráfica: el concepto se transforma en una metáfora para ser almacenado como imagen de rememoración (Weinrich 1999, 70-72 y 226).
Por otro lado, el aspecto físico de una persona, las cicatrices y las heridas son signos que impiden el olvido. «El propio cuerpo lleva consigo las huellas del recuerdo, el cuerpo es memoria» (Clastres 1976, 175, citado en Assmann 2003, 246).
Existe una correlación estrecha entre los medios y las metáforas de la memoria. Un ejemplo de metáfora ‘espacial’, por ejemplo, es la acción de ‘desenterrar’. Según Assmann, la metáfora del desenterramiento es la parte creativa de la (re)construcción en la tarea de recordar del psicoanálisis de Freud. La imagen de la excavación
introduce la categoría de profundidad en la teoría de la memoria, a la que se unen la inaccesibilidad y la indisponibilidad.
Son muchas también las metáforas ‘temporales’ que representan símbolos de la memoria. La acción de ‘congelar’ y ‘derretir’ pone de relieve la ‘latencia’ como aspecto central del recuerdo. Latencia, según F.G.Jünger, es equiparable a «un olvido en custodia», ein Verwahrensvergessen, (Jünger, citado en Assmann 2003, 161). Cuando Hegel habla del «pozo del olvido», está pensando en un «entrelugar, un lugar intermedio», donde los recuerdos son inaccesibles temporalmente, lo que no significa que no puedan reconstruirse. Los recuerdos latentes, nos dice A. Assmann, están en un estado intermedio, del que pueden o bien hundirse en la oscuridad y con ello en el completo olvido o del que pueden ser rescatados a la luz del recuerdo.
Las imágenes, explica Assmann, no son sólo descripciones, sino «medios del recuerdo», o mejor aún, instrumentos para la terapia del recuerdo. Surgen en la memoria precisamente cuando la elaboración lingüística no es suficiente.
La fotografía, por ejemplo, es el medio más importante del recuerdo pues se considera el indicio más seguro de un pasado que ya no existe.
En la metafórica del recuerdo, el concepto «huella, rastro» desempeña un papel fundamental desde la Antigüedad. Los líquidos por lo general no dejan huella porque se borran automáticamente de la superficie. De ahí que la metáfora central del olvido sea el río Leteo. Y el agente más poderoso del olvido es la muerte. Pues, desde siempre, «contra el olvido tras la muerte los hombres han levantado las murallas del recuerdo, de tal modo que las huellas que permiten seguir la memoria de los muertos pasan por ser, entre prehistoriadores y arqueólogos, los signos más seguros de la existencia de una cultura humana» (Weinrich 1999, 55).
A los medios externos de la memoria, nos dice Assmann, pertenecen también determinados escenarios que, por medio de acontecimientos religiosos, históricos o biográficos significativos, se convierten en lugares de memoria. El arte de la memoria (la mnemotecnia) es, ante todo, un arte espacial (topografía). En su
discurso, el artista de la memoria sólo tiene que recorrer mentalmente los lugares y evocar por orden las imágenes. Este arte se desarrolla siempre en un paisaje de la memoria, y en ese paisaje todo lo que ha de ser recordado de manera fiable tiene asignado un lugar. Cuando los peregrinos y los turistas del pasado regresan a los lugares para ellos importantes, encuentran un paisaje, monumentos o ruinas, y se producen «reanimaciones», que hacen que el lugar active el recuerdo y el recuerdo el lugar. Pues la memoria biográfica y cultural, según Assmann, no se puede «almacenar» en los lugares. Éstos sólo pueden empujar y apuntalar procesos de rememoración en conexión con otros medios de la memoria.
Los lugares también pueden certificar, preservar y proteger, durante fases, el olvido colectivo. Al respecto, resultan interesantes las metáforas que expresan el olvido. Cuando, por ejemplo, se presenta la memoria como paisaje (topográfico), las metáforas del olvido ocupan en este paisaje preferentemente terrenos estériles, páramos en los que, lo que hay que olvidar, es barrido por el viento. Si, en cambio, uno se imagina la memoria como un almacén, nos acercamos tanto más al olvido cuanto más descendemos a esos sótanos. Pero esa profundidad también puede ser la de un pozo (ibid., 21).
Los monumentos, los vestigios arquitectónicos y las tumbas tienen la función de unir los acontecimientos de una época anterior con el presente real. Son puentes que se elevan sobre el abismo del olvido. Individuos y culturas construyen de forma activa su memoria a través del lenguaje, las imágenes y los ritos. Ambos, individuos y culturas, organizan su memoria con ayuda de «medios de almacenamiento externos» y prácticas culturales, nos dice A. Assmann.
Estos cuatro soportes materiales de la memoria cultural (escritura, imagen, cuerpo y lugares) son ilustrados en esta segunda parte con ejemplos literarios varios.
La tercera y última parte estudia un lugar de memoria completamente distinto: el archivo. Según Assmann, éste no es únicamente un lugar donde se guardan documentos del pasado sino también un lugar donde se construye, donde se produce el pasado. Fuera de los archivos se depositan los desperdicios, «der Abfall».
El concepto de archivo que Aleida Assmann desarrolla va unido a escritura, burocracia, actas y administración. El control de los archivos, nos dice, es el control de la memoria. El archivo, nos dice Assmann, es un almacén de conocimiento colectivo que cumple las funciones de conservación, selección y accesibilidad. Si se trata de una institución democrática o represiva se ve en su accesibilidad. Los gobiernos totalitarios eliminan la memoria de almacenamiento a favor de la memoria funcional. Los regímenes democráticos tienden a ampliar la memoria de almacenamiento a expensas de la memoria funcional.
En estados totalitarios, que llevan a cabo un control central sobre la memoria social y cultural, o allí donde los criterios de acogida llevan a una estrecha limitación, el archivo adoptará la forma de una memoria funcional.