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Los gobiernos revolucionarios, la construcción de la hegemonía y las

los que en plena turbulencia tuvieron como principal tarea estabilizar al país, establecer la paz social y emprender toda la serie de reformas sociales del nuevo orden revolucionario: reforma agraria, nacionalizaciones, canalización de los movimientos civiles en instituciones obreras y campesinas, desarrollo económico, educación popular, etc. Los gobiernos revolucionarios, tuvieron una postura abiertamente anticlerical y profundizaron en la efectiva separación Iglesia-Estado, lo que tuvo como consecuencia la constante oposición de la élite conservadora y católica y su proyecto hegemónico en

55 Para un recuento más detallado de los nombres y acciones de las revolucionarias, ver: Poniatowska,

pugna, así como el estallido en 1927, de la llamada rebelión Cristera, alzamiento armado encabezada por el clero, que desestabilizó la parte occidente del país hasta 1929.

Los tres grandes periodos de los gobiernos revolucionarios, son el mandato del General Álvaro Obregón56, la presidencia de Plutarco Elías Calles57 y el gobierno del General Lázaro Cárdenas de los Ríos58, quienes, aunque pertenecientes a una misma corriente revolucionaria, tuvieron diferentes perspectivas en los contenidos del proyecto hegemónico, la implementación de reformas sociales y económicas y en su comprensión del papel de las mujeres en la configuración del nuevo orden social mexicano.

- 1920-1930

A pesar que el esfuerzo sufragista había comenzado años antes de la Revolución y que el voto fue una de las causas revolucionarias más frecuentemente enarboladas por las mujeres, cuando los legisladores constituyentes redactaron la Carta Magna en 1917, el derecho a votar y ser votada fue desconocido:

Los regímenes revolucionarios preservaron también los límites de lo aceptable en lo que a la participación política de las mujeres se refería y, aunque con distintos matices, en gran medida mantuvieron una percepción tradicional de lo que debía ser el papel de éstas en la sociedad. En el discurso social hegemónico, la maternidad seguía siendo un valor primordial y, en cierto modo, marcaba el límite de las modificaciones aceptables en lo político y en lo social. Con el cuerpo habían topado (Melgar, 2008: 22).

La argumentación fue que el grueso de las mujeres mexicanas, no estaban preparadas para asumir compromisos políticos, debido sobre todo a su falta de formación y madurez como ciudadanas, a pesar que la mayoría de los hombres de México también eran iletrados y tampoco tenían mucha experiencia democrática:

56 Gobernó de 1920 a 1924, en un periodo marcado por el conflicto; fue asesinado en 1928, cuando había

sido re-electo para un segundo periodo presidencial posterior a Calles.

57 Calles gobernó de 1924 a 1928. Al terminar su mandato, continuó la dirección del país de forma no

oficial en un período conocido como “Maximato” (1929-1934), precisamente porque a Calles se le llamaba “jefe máximo”. En un breve periodo de 5 años, le sucedieron Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, quienes se dedicaron a consolidar los pactos sociales y las políticas callistas.

58 Gobernó de 1934 a 1940. Su gobierno fue abiertamente socialista, sus medidas fueron criticadas de

“populistas” por Calles; nacionalizó el petróleo y dio un fuerte impulso a la reforma agraria y el crecimiento industrial.

El hecho de que algunas mujeres excepcionales tengan las condiciones para ejercer satisfactoriamente los derechos políticos no funda la conclusión de que éstos deban concederse a la mujer como clase. La dificultad de hacer la selección autoriza la negativa (Diario de los debates del Congreso Constituyente 1916-1917, en Tuñón, 2002).

Durante la década posterior a la Revolución, las mujeres estuvieron muy activas en la lucha por sus derechos. Se redoblaron los esfuerzos sufragistas, prominentes luchadoras sociales reactivaron las organizaciones femeninas, los clubes y los grupos abiertamente feministas, algunos de los cuales lograron influir en las políticas públicas y en diversos aspectos de la legislación. Se organizaron muchos congresos nacionales de mujeres, y hubo destacadas participaciones en congresos internacionales. Aunque pocas veces la prensa de mayor circulación ponía estas actividades de relieve, y los propios medios de divulgación de las mujeres eran limitados, en los sectores progresistas e intelectuales del país esta participación no pasaba desapercibida, estaba claro que un nuevo modelo de mujer estaba surgiendo en México.

En la década de los años veinte, el país seguía convulsionado y el orden era frágil, el gobierno necesitaba con urgencia conseguir la estabilidad suficiente para procesar las demandas y conflictos de la sociedad fragmentada, además de poder crear un régimen hegemónico efectivo, que unificase a diversos sectores en pugna, incluyendo, en cierta medida, a las mujeres. Era imprescindible formar una base social amplia en consenso con el proyecto político, capaz también de integrarse en el sistema económico, para ello era primordial alfabetizar y educar a las masas campesinas y urbanas. Con este propósito el Gobierno de Álvaro Obregón, emprendió un impresionante esfuerzo educativo y ordenó la creación de la Secretaría de Educación Pública (SEP59), que por ideal revolucionario y mandato constitucional, estableció que la educación en México sería “laica, pública y gratuita”. Obregón tenía la difícil tarea de conciliar a los sectores más conservadores con los grupos revolucionarios que lo apoyaban y eran abiertamente anticlericales; como la educación había sido tradicionalmente una labor ejercida de forma privada por curas y monjas, las críticas a la SEP no se hicieron esperar, por lo que el Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, puso especial empeño en

59 Instituida por el Presidente Álvaro Obregón en 1921, siendo José Vasconcelos su primer titular, con el

demostrar que su encargo institucional -aunque agnóstico- no era una amenaza para las buenas costumbres y la moral; y promocionó el rol de las mujeres y la familia tradicional como base del consenso:

Las mujeres fueron objeto de atención especial en los programas educativos y de las publicaciones por su papel central como educadoras, transmisoras de la cultura, y por ser quienes perpetuaban modos de vida que, según los gobernantes, había que conservar, erradicar o transformar (Loyo, 2008: 159).

Desde una lectura de la hegemonía de género, parece claro que a través de esta estrategia se estableció la subalternidad de las mujeres como una forma de acuerdo masculino trans-clase, que permitió estabilizar el proyecto hegemónico más amplio. Así, a cambio de mantener el orden patriarcal, sería posible llevar adelante el proceso educativo que sentaría las bases del liderazgo moral del Partido60, aún en proceso de consolidación:

La SEP se avocó a la tarea de elaborar el ideal al que las mujeres, inclusive las campesinas y obreras, debían apegarse o al menos aspirar. Las publicaciones de la Secretaría difundieron un modelo femenino similar al que promovían sectores conservadores y la Iglesia católica y perpetuaron la representación de la mujer como alma del hogar y defensora de los valores tradicionales (Loyo, 2008: 160).

La SEP promovió una identidad nacional –que pretendía ignorar las diferencias regionales y las particularidades culturales de la población– con un fuerte contenido de género, cargada de elementos alegóricos y discursivos que idealizaban y promovían estereotipos, que vinculaban los elementos patrióticos con los roles de género y la división sexual del trabajo.

Por otro lado, el formidable proyecto de alfabetización emprendido en todo el país, incluía capacitaciones a las mujeres del campo para mejorar los hábitos de higiene, las habilidades domésticas y administrativas para la unidad de producción familiar. En

60 Plutarco Elías Calles sucesor de Álvaro Obregón fundó el “Partido Nacional Revolucionario” en 1928,

para dar continuidad al proyecto político, además para contar con un marco institucional que permitiera consolidar la hegemonía derivada de la alianza de las fuerzas revolucionarias y procesara los conflictos de intereses de las fuerzas aún en pugna. En 1938, Lázaro Cárdenas transforma el Partido en “Partido de la Revolución Mexicana”, marcando su ruptura con el Maximato. En 1946, Miguel Ávila Camacho nuevamente reformuló al Partido como una marca de ruptura con las políticas del socialismo cardenista, y dio lugar al “Partido Revolucionario Institucional”, como lo conocemos hasta hoy. El Partido gobernó ininterrumpidamente en México desde su fundación hasta el año 2000. Ver: Garrido, Luis Javier, (2005).

los años veinte, se crearon escuelas de artes y oficios especiales para mujeres, en donde se les enseñaban “labores propias de su género”, como una forma de afrontar el hecho innegable de que muchas mujeres necesitaban tener un ingreso propio para sobrevivir, pero sin transgredir los roles tradicionales. También la radio educativa se sumó a los esfuerzos por profesionalizar a las amas de casa, y se emitieron programas y cursos de formación que abarcaban diversas áreas del trabajo doméstico.

En 1922, la educadora y poetisa chilena Gabriela Mistral fue invitada a México por Vasconcelos para colaborar con el proyecto educativo, del que participó por dos años, teniendo entre otros resultados la publicación titulada “Lecturas para mujeres”, en el que trata tema diversos de interés general, vinculados a la literatura y la cultura universal, pero también en donde se promueve la inexorabilidad de la naturaleza esencial de la mujer como madre además de la maternidad como deber patriótico (Loyo, 2008: 164). El discurso educativo dirigido hacia las mujeres, pretendía profesionalizar las labores “propias de su sexo”, ya fuera campesina, maestra, ama de casa u obrera; teniendo siempre el marco de la familia y la crianza de los hijos como obligación social y patriótica.

La consolidación institucional y económica del país requería de hombres y mujeres capacitados para integrarse al modelo productivo; algunas mujeres ya ejercían profesiones liberales anteriormente reservadas a los hombres, como la medicina y la abogacía; las mujeres de la clase media urbana comenzaron a asumir cargos en la administración pública, en su mayoría como secretarias y mecanógrafas, además de las miles de maestras normalistas que emprendieron la labor alfabetizadora en el campo y la enseñanza en el nuevo sistema público de educación básica obligatoria, a pesar de la reticencia de los sectores más conservadores, el discurso oficial iba apuntando a una modificación en su perspectiva de género:

Dentro del propio gobierno surgieron discursos más “modernos” que proponían ciertas modificaciones dentro del sistema de relaciones de género existentes, sin llegar a subvertirlo o romperlo… Estos discursos revelan la intención de superar el status quo ante para mejor integrar a las mujeres al desarrollo del país. Lo que interesaba a políticos y educadores no era emancipar a madres e hijas, sino estimular su desarrollo cívico y educativo… favorecer su participación, así fuera subordinada, en el proyecto de construcción de la nación y educación de los futuros ciudadanos (Melgar, 2008: 22-23).

Esta visión nacionalista-estatal sobre la modernización de las mujeres y su representación, contrastaba con un modelo de mujer transnacional reflejado en el cine y las revistas de moda a las que accedían las mujeres urbanas de clase media y alta: cabello corto, cuerpo atlético y una actitud desenfadada y cosmopolita, las caracterizaba. La prensa nacional, ridiculizó a las mujeres que asumieron esta moda y fueron bautizadas como “pelonas”. Para la sociedad conservadora estas “flappers” mexicanas, introducían un estilo que amenazaba el proyecto hegemónico de género, pues su representación de mujer moderna correspondía con un ideal identificado con tendencias extranjeras. En su artículo La guerra contra “las pelonas”. Las mujeres modernas y sus enemigos, Ciudad de México, 1924, Anne Rubenstein (2009), da cuenta del impacto que generó el surgimiento de este estilo femenino y la forma en la que se politizaron tanto sus detractores como sus representantes y defensores, al producirse una serie de incidentes durante el verano de 1924, en los que algunas mujeres fueron agredidas y vilipendiadas públicamente por su aspecto de “pelonas”. Aunque estos acontecimientos ocurrieron por un periodo de tiempo breve, son significativos porque ejemplifican claramente el impacto del performance de género, evidenciando el interés de diferentes aparatos y sectores sociales por mantener el orden simbólico.

Sin embargo, como lo establece Rubenstein, este orden no solamente es una cuestión de régimen de género, sino de raza y clase: las pelonas eran la antítesis del ideal nacionalista mestizo 61, por ende las mujeres con rasgos indígenas eran específicamente penalizadas –en notable diferencia con las mujeres blancas– cuando asumían el estilo “flapper”; ellas tenían menos derecho a sumarse a una amenaza percibida como “extranjera”, pues en su cuerpo y en su color de piel, estaba inscrita una mayor obligación de representar el proyecto de la patria para las mujeres.

“La modernización de la mujer” en la década de 1920, tenía un rumbo específico que estaba dictado por el proyecto nacionalista, aún con marcadas diferencias respecto a los proyectos conservadores, las mujeres –y especialmente las mujeres mestizas– debían representar los ideales de la patria Las formas alternativas de performance, inclusive aquellas que no apelaban a cambios políticos profundos, eran censuradas y

61 En el punto 7.4 del presente capítulo, profundizo en el proyecto hegemónico del mestizaje y el

reprimidas sistemáticamente por los aparatos del Estado y espontáneamente por sectores conservadores de la sociedad.

- 1930-1940

Durante el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas, el giro abiertamente socialista del llamado cardenismo, impulsó un modelo de mujer más acorde con la idea de igualdad social y progreso; se resaltó la imagen de la obrera y su capacidad productiva, tanto como de su rol reproductivo, que debería ser socializado por medio de instituciones públicas dedicadas a la crianza profesional de los más pequeños, tales como guarderías y centros de día. Los libros de texto de educación primaria, a menudo promovieron la idea de la mujer trabajadora y organizada para la defensa de sus derechos; en los planes y programas de estudio se plasmó la voluntad de fomentar la igualdad de las mujeres en todos los ámbitos, y en varias ocasiones Ignacio García Téllez, Secretario de Educación Pública (1934-1935), expresó abiertamente la necesidad de incorporar a las mujeres en todos los ámbitos sociales, denunciaba la explotación del espacio doméstico, reconociendo muchas de las demandas feministas, entre ellas la necesidad de emancipación económica (Loyo, 2008: 174).

En los libros de lectura las mujeres pugnaban por superar la marginación en que las había mantenido un sistema patriarcal y al mismo tiempo defenderse de los abusos del patrón. El nuevo prototipo femenino era la mujer que, sin descuidar a los suyos, laboraba fuera del hogar y se organizaba para liberarse de quienes se aprovechaban de ella (Loyo, 2008: 178).

Una publicación que circuló entre 1926 y 1929, fue la revista Mujer, periódico independiente. Para la elevación moral e intelectual de la mujer. Esta publicación autodenominada feminista, se enfocaba en diversos temas de interés para las mujeres, muchos de los cuales eran vanguardistas, polémicos y demandaban derechos políticos. Organizaron también el concurso llamado “¿Quién es la mujer más inteligente de México?”, y a lo largo de sus tres años de publicación, presentaron una imagen a veces contradictoria de las mujeres, en la que por un lado se establecía continuidad con los estereotipos tradicionales y por otro se promovía la necesidad de transformaciones radicales.

Mientras que el Estado Mexicano tuvo una postura abiertamente anticlerical o socialista, la Iglesia Católica Apostólica y Romana fue una potente fuerza hegemónica en pugna y también así, su discurso de género. Si en el gabinete del presidente Cárdenas se promovía la igualdad de las mujeres y se incorporaba el discurso feminista al discurso oficial y educativo, la Iglesia orquestó potentes campañas en contra de toda forma de feminismo y pretensión de igualdad jurídica o social (Macías, 2002: 14). También algunos diarios, de mayor circulación, como el Excélsior, ridiculizaban abiertamente al feminismo y se oponían a que las mujeres ocuparan cargos en la administración pública. Esto ocurrió particularmente durante la crisis de los primeros años treinta, pues consideraban que éstos puestos deberían reservarse para los hombres, que eran las cabezas de familia y sugerían una política parecida a la de Mussollini, que limitaba a un 5% el acceso al trabajo público de las mujeres (Macías, 2002: 154).

El abierto apoyo del Presidente Cárdenas al movimiento feminista, favoreció que en el periodo de su mandato se intensificara la labor por el voto femenino y la independencia económica; en 1935 nació el llamado Frente Único Pro-derechos de la mujer, que llegó a contar con miles de integrantes (Macías, 2002: 155) y sumaba mujeres del PNR y del Partido Comunista, que luchaban también por derechos laborales y materno-infantiles. También en este periodo se realizaron importantes congresos de mujeres obreras y campesinas, fruto del emprendimiento del proyecto de educación popular y del esfuerzo de las propias mujeres. Cárdenas también apoyaba la iniciativa por el voto femenino, y permitió que en 1935 participaran en las elecciones internas de su partido.

En 1937 finalmente la presidencia envió a la Cámara de Senadores la reforma del artículo 34 Constitucional, con el fin de conceder a las mujeres derechos políticos plenos. La reforma fue aprobada en 1938, pero nunca llegó a publicarse, debido sobre todo a la valoración coyuntural del momento: si bien había un amplio sector de mujeres progresistas que apoyaban el proyecto cardenista, lo cierto es que la Iglesia contaba con una base enorme de activistas católicas bien organizadas que apoyaban el proyecto conservador; era un momento político delicado, la reforma se congeló, aunque

posiblemente –al igual que en otros países– los sectores regresivos de la izquierda tampoco estaban tan convencidos de otorgar el derecho al voto para las mujeres62.