La Revolución de 191050 marca oficialmente el momento en el que México entra en la modernidad, es el evento fundante de la historia mexicana contemporánea, que ha sido
50 La Revolución es el movimiento armado que se inicia en contra de la dictadura de Porfirio Díaz y abarca
todo el periodo histórico, en el que diferentes facciones luchan entre sí por el poder político del país. Se considera que se inició el 20 de noviembre de 1910, pero su conclusión es controversial, debido a que los
mitificado por la historia oficial y aprovechado por el proyecto hegemónico posterior, a partir de una elaborada construcción simbólica que establece los pilares de la nueva nación mexicana. Hasta nuestros días –aunque transformados– los personajes que protagonizaron dicha revolución, encarnan los ideales nacionalistas y se convirtieron en modelos de clase y género. La Revolución Mexicana no fue un movimiento unitario, ni logró consolidar la sustitución total de las clases hegemónicas en el poder político; más bien, fue una guerra civil de grandes dimensiones que transformó de forma muy diversa la situación de una población mexicana que nunca fue homogénea y que tampoco lo sería al concluir el movimiento armado. Distintas capas sociales y actores con agendas e intereses propios, se levantaron en armas o aprovecharon el momento para articularse con otros similares y avanzar o salvaguardar su proyecto político. Las mujeres de cada una de estas clases y posiciones jugaron un papel muy activo, y a veces determinante, en el que a menudo se incorporaron demandas específicas de género, particularmente en cuanto al derecho de propiedad de la tierra y el voto.
Las mujeres de la clase media, y de algunos sectores de la burguesía, inconformes con la dictadura de Porfirio Díaz51, dedicaron sus esfuerzos a luchar en contra de la reelección y apoyaron incansablemente la candidatura de oposición de Francisco I. Madero; editaron y distribuyeron propaganda política, recaudaron fondos, compraron y almacenaron armamento y formaron clubes femeninos dedicados a la campaña maderista; también hubo clubes femeninos de apoyo al zapatismo, específicamente por sus demandas feministas destacó el llamado club “Hijas de Cuauhtémoc”, que reivindicaba la igualdad de las mujeres en todos los aspectos y en el que sobresalió Dolores Jiménez Muro (Macías, 2002), intelectual revolucionaria que redactó importantes documentos como el Plan político y social de Tacubaya y el prólogo del Plan de Ayala, en el que Zapata llamaba a las armas. Apoyando la política Carrancista52,
conflictos armados y políticos continuaron hasta entrados los años 20. Sin embargo, el pacto de paz se firmó en 1917 y se publicó una nueva Constitución, vigente hasta nuestros días. Sin embargo luego del tratado de paz, los líderes revolucionarios –que luchaban entre sí por el poder– fueron asesinados por las facciones rivales. Algunos investigadores que han publicado importantes obras históricas sobre la Revolución Mexicana son: Gilly, Adolfo (2007); Meyer, Jean (1992); o Knight Alan (1986), todos citados en la bibliografía
51 Porfirio Díaz (1830-1915) fue presidente de México en nueve ocasiones entre 1876 y hasta 1911. 52 Venustiano Carranza (1859-1920) fue el primer presidente constitucional en 1917, e interino desde 1914
antes de las elecciones. Villa y Zapata rompieron relaciones con él, por considerarlo un traidor a los ideales de la Revolución.
sobresalió también como intelectual Hermila Galindo, primera mujer en postularse para una elección popular como diputada. Otras mujeres con cierta formación básica, que se vieron repentinamente implicadas en la lucha cuando estalló el conflicto armado, desempeñaron una enorme variedad de papeles de acuerdo con sus habilidades y la facción a la que pertenecieron:
Participaron como correos, espías, empleadas, transportistas de armas y municiones, costureras de uniformes y banderas, contrabandistas, secretarias, periodistas, enfermeras; roles, todos ellos, en los que debían tomar decisiones (Tuñón, 1998: 151).
A pesar de la amplia implicación de la clase media y de la burguesía, la Revolución Mexicana fue un movimiento eminentemente campesino y popular, la mayor parte de la participación femenina se registró en la retaguardia de las batallas, donde las llamadas soldaderas –posteriormente bautizadas como “Adelitas”, de las que me ocuparé más adelante– desempeñaron un papel crucial para la supervivencia de las tropas, que al no estar profesionalizadas, no tenían ninguna forma de garantizar aspectos tan vitales como la atención de los heridos y enfermos, la búsqueda y preparación de los alimentos, o el techo. A menudo, estas mujeres que seguían –o adelantaban hasta la siguiente posición– a la tropa, eran la pareja de algún combatiente, excepcionalmente hijas o hermanas, que durante la contienda seguían ejerciendo sus papeles de compañeras sexuales y llevaban consigo también a sus hijos pequeños. Así, la soldadera reproducía en condiciones extraordinarias el papel tradicional de cuidadora y esposa, pero como bien lo señala Julia Tuñón (1998: 147), en un ámbito que era más público que doméstico, en el que también se desempeñaban labores que hasta ese momento no habían correspondido a las mujeres, como cargar parque y armamento, conseguir ellas mismas suministros –a veces a través del robo– o tomar decisiones vitales para la tropa.
Si bien estos fueron los roles típicos que ejercieron las soldaderas, reconocidos como imprescindibles y al mismo tiempo como secundarios en la gran zaga revolucionaria, hubo otra forma de participación mucho más excepcional que sirvió de inspiración para consolidar la figura de “la Adelita”; participación que luego sería una de las alegorías más representativas de “la mujer mexicana”, la acción en el campo de batalla, ya sea como parte de la tropa, como capitanas, comandantas o incluso generalas. Esta forma de participación que es mucho menos reconocida por la historia
y los discursos oficiales, pero si por los “corridos”53 y la mitología popular, es reconstruida gracias al esfuerzo de una nueva historiografía feminista mexicana54, la que quedó opacada, en parte, debido a que la posteriormente creada Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), órgano que institucionalizó y organizó al ejército Mexicano luego de la Revolución, nunca reconoció en su ordenamiento la incorporación oficial de mujeres en la tropa; y también debido a la falta de registro, ya que muchas mujeres combatientes adoptaron identidades masculinas –a veces de manera transitoria durante la lucha y otras de manera definitiva– trastocando entonces su participación en tanto mujeres y también porque el reconocimiento de acciones militares del mismo nivel que sus pares masculinos, hubiera obligado al Estado a conceder derechos políticos y económicos para las mujeres, y tal vez a la abolición de toda forma de subordinación a padres y maridos, lo que resultaba incompatible con las necesidades políticas y económicas del Estado.
La estrategia de masculinización adoptada por las soldaderas por muchas buenas razones, entre ellas evitar la violencia sexual, tener mayor libertad de movimiento y conquistar posiciones de poder, asumió formas muy diversas relacionadas también con la clase y posición específica de cada mujer; mientras que las mujeres de clase más alta podían asumir el mando abiertamente en su calidad femenina –aunque llevaran pantalones y fueran consideradas “machorras”–, como Rosa Bobadilla o Lucía Blanco, hija del general Genovevo Blanco que: “Entrenaba la caballería. Conocía el calibre de las balas y con su papá planeaba ataques y defensas” (Poniatowska, Elena, Hasta no verte Jesús mío, en: Tuñón 1988); las de clase baja a menudo optaban por una identidad totalmente transgénero:
Armadas y con vestiduras charras, pretendiendo ser hombres, fueron pocas las mujeres que lograron escalar a rangos de mando en los distintos ejércitos revolucionarios. Muchas de las que lo consiguieron lo harían gracias a que sus jefes inmediatos desconocían que eran mujeres, aunque ninguna de ellas consiguió, de forma oficial, el rango de Generala (Gutiérrez, 2010).
53 Forma de canción popular que narra una historia, frecuentemente utilizada como tributo a un personaje
específico, o hecho particular, que a menudo tiene una moraleja.
54 Gracias a trabajos como los realizados por Julia Tuñón, Ana Lau, Carmen Ramos Escandón, Shirlene Soto,
Ángela Jiménez, que se convirtió en el teniente Ángel, primero zapatista y luego villista “espía y experta en explosivos” (Cano en: Gutiérrez, 2010: 18); Petra Ruiz, conocida como “Pedro Ruiz, el Echabalas”, obtuvo el grado de Teniente al dirigir un batallón que logró penetrar con éxito en la ciudad de México (Salas, 1990: 47-48). Petra Herrera, maderista, que cambió su nombre por Pedro Herrera, cuando Villa se negó a nombrarla Generala, se escindió conformando una división propia integrada exclusivamente por mujeres, que se dice llegaron a ser más de mil (Poniatowska, 1999: 16). O el Coronel Amelio Robles –Amelia Robles, antes de la Revolución– que permaneció el resto de sus días con una identidad masculina, y logró ser reconocido por la SEDENA como veterano de la Revolución en 1974 (Cano, 2009: 71), aunque sus compañeros de armas sabían que había nacido como mujer, Amelio Robles fue el único que se ganó el derecho a cambiar de sexo ante las instituciones gubernamentales, su comunidad y su familia55.
Ya sea como estos personajes excepcionales o en el anonimato de las soldaderas, la participación de las mujeres en la Revolución llamó la atención de la prensa internacional, que en impresos como el “New York Times”, “Reel Life” o por medio de reporteros como John Reed (Tuñón, 1998: 145-147), resaltaban las virtudes de las mexicanas, una combinación entre la abnegación total al servicio de los suyos, la capacidad de sacrificio, la fidelidad revolucionaria, el arrojo y la valentía sin parangón, que más tarde se integrarían como elementos clave en la modelización de género del discurso nacional.
6.2. Los gobiernos revolucionarios, la construcción de la hegemonía y las mujeres