En la obra de Gramsci, la hegemonía es una formulación teórica que va elaborándose conforme el filósofo emprende sus estudios temáticos concretos, y en sí misma, no forma parte del itinerario del proyecto gramsciano, es transversal a lo largo de los Cuadernos. Para muchos estudiosos de esta obra, “hegemonía” es el aporte fundamental del filósofo a la teoría política, porque como vimos en el apartado anterior –siguiendo la propuesta de los “niveles de ampliación”– en este concepto se condensan las “unidades-distinciones” que caracterizan el aporte del filósofo al marxismo: hegemonía es el fenómeno que cobra forma para explicar las relaciones de fuerza que incorporan las funciones de la sociedad civil y la sociedad política; del consenso y de la coerción. El intento de definir simplificadamente este concepto de manera indiscriminada ha provocado una pérdida de su riqueza explicativa, y separado del resto de nociones que funcionan como correlatos, suele utilizarse hegemonía como mero sinónimo de “dominación”, cosa totalmente inútil para pensar los procesos sociales complejos implicados en las dinámicas de dominación-resistencia.
En un intento que resulta buen punto de partida, Renate Holub resume así el concepto:
Hegemonía es un concepto que ayuda a explicar, por un lado, la manera en que los aparatos de Estado o la sociedad política – apoyados por y en apoyo a grupo económico específico– pueden coaccionar vía las instituciones legales, policía, ejército
y prisiones, al resto de los estratos sociales para que consientan el status quo. Por otro lado, y más importante, hegemonía es un concepto que nos ayuda a entender no solamente las maneras en las que un grupo económico predominante, utiliza coercitivamente los aparatos del Estado de la sociedad política en la preservación del status quo; sino también cómo y dónde la sociedad política, y sobre todo, la sociedad civil con sus instituciones, que van desde la educación, la religión y la familia hasta las microestructuras de las prácticas en la vida cotidiana, contribuyen a la producción de significado y valores, que en consecuencia producen y mantienen el consentimiento “espontáneo” de los diversos estratos sociales respecto al mismo status quo (Holub, 1992: 5).
Ahora bien, esta definición funciona como una buena instantánea de una cuestión que en realidad está en movimiento; además de un concepto que describe los fenómenos arriba enunciados, la hegemonía es un momento dentro de la dinámica histórica, un equilibrio de fuerzas que debe ser constantemente reajustado y cuyas oscilaciones tienen como consecuencia transformaciones en las prácticas estatales, por ejemplo, el aumento del uso de la coerción cuando disminuye el consenso.
El origen de “hegemonía” es ubicado por el mismo Gramsci dentro de la obra de Lenin, en relación a la “dictadura del proletariado”, es decir, como forma de explicar la manera en que los obreros de las ciudades podrían implicar estratégicamente a las masas campesinas en la revolución socialista, incorporando sus intereses a través de un sistema de alianzas, en la lucha y construcción del Estado proletario. En sus escritos precarcelarios, Gramsci utilizó la idea de manera similar para designar la estrategia proletaria que tendría que llevarse a cabo entre la Italia del norte industrializado y el sur campesino. Posteriormente, a partir del Cuaderno 1, al estudiar el sistema de alianzas que se estableció en el Risorgimento italiano y, comparativamente en el jacobinismo en Francia, surge el concepto de “hegemonía” como elemento explicativo de la estrategia revolucionaria de la burguesía en alianza con otras clases y en oposición a la nobleza. Mientras que en Lenin la hegemonía se afianza previa al nuevo Estado, como una condición a través de la cual la clase obrera amplía su base social, incorporando a los grupos campesinos para tomar el aparato político –vía la Revolución–; en Gramsci la hegemonía se condensa en el Estado cuando el grupo dirigente se unifica con la sociedad política, sin que para ello sea siempre necesario el acto revolucionario. De la génesis leniniana, Gramsci desarrolla dos aportes fundamentales:
a) La idea de que la hegemonía implica (pero no se limita a) una alianza de clases que requiere de compromisos y concesiones políticas, económicas e ideológicas para que las clases dominantes obtengan el consenso de los grupo s subalternos y se atenúen los antagonismos de clase, suavizando las contradicciones, con el fin de mantener estables los elementos estructurales y conservar la legitimidad. b) Su afirmación de que la estructura y la superestructura se condicionan mutuamente; determinados modos de producción requieren de modelos sociales y “estilos de vida” específicos que son internalizados por los individuos en formas concretas de subjetividad, que a su vez transforman los modos de producción. Estas matrices, deben ser promovidas y reforzadas a través de los aparatos estatales:
Gramsci se refiere al Estado como “ético”, no solamente porque forma a la población a cierto nivel cultural y moral requerido por el modo de producción, sino también porque guía a los sujetos en un camino concreto. […] Políticamente esto significa que la forma histórica específica en la que se organiza la hegemonía está siempre relacionada con las formas de producción(Ludwig, 2009: 97).
En este sentido, el papel del Estado es regular estas relaciones a través del liderazgo moral e intelectual que establece un orden social, en el que los grupos subalternos negocian sus intereses con los grupos dominantes, y los individuos asumen como propio, generando un “sentido común” funcional basado en la auto-identificación. A partir de estas cuestiones se establece que el aspecto directivo de la hegemonía es fundamental; el círculo de la dominación solamente está completo si la clase dominante logra convertirse en dirigente, es decir, si logra universalizarse a través de coordinar los intereses de la sociedad en general, de tal manera que se asuma el predominio de su propio proyecto de manera colectiva expresada en el Estado:
El Estado es concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables para la máxima expansión del grupo mismo, pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías "nacionales", o sea que el grupo dominante es coordinado concretamente con los intereses generales de los grupos subordinados y la vida estatal es concebida como un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en los que los intereses
del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea no hasta el burdo interés económico corporativo (Q13, §17: 37).
La hegemonía constituye, así, la forma más sofisticada en la que se expresa la relación de las estructuras con las superestructuras; la naturaleza “ético-política”, y a la vez económica, se integra en la dirigencia, que es ejercida por una clase determinada –en su relación con la producción–, y se enmarca en la conflictividad de intereses de cada grupo, que habrán de ser articulados:
El hecho de la hegemonía presupone indudablemente que se tomen en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales la hegemonía será ejercida, que se forme un cierto equilibrio de compromiso, esto es, que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, pero también es indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden afectar a lo esencial, porque si la hegemonía es ético-política, no puede dejar de ser también económica, no puede dejar de tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica (Q13, §18: 42).
Cuando la dirección es ética, es “intelectual y moral” porque su objetivo es generar una voluntad colectiva a través de la producción de sujetos que reconozcan en el proyecto de la clase dominante su propio proyecto; en parte por la incorporación objetiva de sus intereses, en parte porque sus intereses son configurados y asegurados a través de la manufacturación del consenso impulsado por un “frente ideológico” (Q3, §49: 55), que se disemina por medio de una multiplicidad de instituciones públicas y privadas. Pero la hegemonía no puede ser entendida como simple instauración del consenso social, tampoco es mero adoctrinamiento en el sentido weberiano de “despotismo cultural”. La idea central en la hegemonía de Gramsci es que “una clase es hegemónica porque hace avanzar al conjunto de la sociedad: su perspectiva es universalista y no arbitraria” (Buci-Glucksmann, 1978: 77). Conforme más arbitraria sea la perspectiva, más necesario será el uso de la coerción y más cercana estaría una “crisis de hegemonía”, es decir un fallo en la función dirigente.
Ahora bien, la hegemonía en Gramsci no es exclusiva de la clase dominante; conforme los grupos subalternos emprenden un camino progresivo y pasan de una fase económico-corporativa –es decir, de ser un grupo meramente congregado entorno su posición en las relaciones de producción– a una fase ético-política –donde pretenden
asumir un proyecto de liderazgo intelectual y moral propio–, emerge una contra- hegemonía o hegemonía alternativa, que deberá ir sumando grupos de apoyo y eventualmente disputar la hegemonía dominante para finalmente consolidarse en Estado. Estos aspectos están ligados a otros conceptos de gran importancia en la teoría política gramsciana: el “bloque histórico” y la “guerra de posiciones”, utilizados para describir detalladamente los estadios organizativos y las estrategias de la lucha por la dominación en fases avanzadas14.
La función ética del Estado se materializa ideológicamente (en términos de “ideología” como la entiende Gramsci), para lo cual son necesarias determinadas vías que reiteran la indisociablidad de las funciones civiles y gubernamentales:
Me parece que lo más sensato y concreto que puede decirse a propósito del Estado ético y de cultura es esto: todo Estado es ético en cuanto que una de sus funciones más importantes es la de elevar a la gran masa de población a un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas y por lo tanto a los intereses de las clases dominantes. La escuela como función educativa positiva y los tribunales como función educativa represiva y negativa son las actividades estatales más importantes en tal sentido: pero en realidad, a ese fin tienden una multiplicidad de otras iniciativas y actividades supuestamente privadas que forman el aparato de la hegemonía política y cultural de las clases dominantes. (Q8, §179: 307–308).
Gramsci utiliza el concepto de “aparatos hegemónicos” para designar al inmenso conjunto de instituciones, organismos, ideologías y prácticas a través de los cuales se ejerce la dirección cultural y política de un grupo, que a menudo –pero no exclusivamente– tienden a identificarse con el ámbito privado:
Una hegemonía se unifica solamente como aparato, por referencia a la clase que se constituye en y por la mediación de múltiples subsistemas: aparato escolar (de la escuela a la universidad), aparato cultural (de los museos a las bibliotecas), organización de la información, del marco de vida, del urbanismo, sin olvidar el peso específico de aquellos aparatos eventualmente heredados de un medio de producción anterior (del tipo de la iglesia y de sus intelectuales) (Buci-Glucksmann, 1978: 66).
14 En el presente trabajo, sin embargo, no seguiré este camino en tanto que se libra en niveles distintos
A través de estos aparatos la hegemonía cobra sentido en las prácticas cotidianas, y el contenido ético y moral se organiza, reproduce y difunde entre los individuos que participan de estos aparatos. Por supuesto, este proceso de producción-asimilación sucede de forma compleja. Por un lado, cada uno de los aparatos cumple una función distinta en la organización social, y en este sentido sus contenidos se abocan a la consolidación de intereses que son diversos; los aparatos hegemónicos compiten entre sí por articular el consenso de los grupos sociales –eventualmente de manera contradictoria–, aunque prevalezcan finalmente las orientaciones de la clase dominante. Por otro lado, el contenido ideológico no se asume ni pasiva, ni definitiva, ni unívocamente por “las masas”; los grupos sociales constantemente re-elaboran, interpretan o subvierten los contenidos ideológicos, como retomaré más adelante.
Gramsci no hace una lista exhaustiva de los aparatos hegemónicos, pero a lo largo de los Cuadernos pone especial interés en aquellas instituciones o prácticas, que de manera evidente llevan a cabo funciones dirigentes: la iglesia, la educación en general y la escuela en particular, los medios de comunicación, el arte, la literatura, las organizaciones obreras, etc. Entre mayor consolidado esté un grupo hegemónico, mejor será la presencia de organizaciones culturales e intelectuales propias, incorporadas por la sociedad en su conjunto: “En esta multiplicidad de sociedades particulares… una o más de ellas prevalecen relativa o absolutamente, constituyendo el aparato hegemónico de un grupo social sobre el resto de la población” (Q6, §136: 104). En el caso contrario, cuando la dirigencia del grupo dominante es débil y el consenso está debilitado, aumenta el aspecto coercitivo, en una maniobra tendiente a unificar la voluntad colectiva en torno suyo:
Una política totalitaria tiende precisamente: 1) a obtener que los miembros de un determinado partido encuentren en este solo partido todas las satisfacciones que antes hallaban en una multiplicidad de organizaciones, o sea a romper todos los lazos que ligan a estos miembros a organismos culturales extraños; 2) a destruir todas las otras organizaciones o a incorporarlas en un sistema del que el partido sea el único regulador (Q6, §136: 104).
Una política totalitaria puede ocurrir regresivamente en el caso de que se quiera impedir el surgimiento de fuerzas portadoras de una “nueva cultura”, o ser progresista, en el
caso de que nueva cultura emerja de un movimiento revolucionario, en un contexto donde la sociedad civil está disgregada15.
Como ya se adelantó, no resulta fácil comprimir la enorme densidad teórica de una noción como la hegemonía en tan pocas páginas, particularmente si tomamos en cuenta la constelación de conceptos e implicaciones políticas que le son indisociables en la teoría gramsciana. Lógicamente, “hegemonía” ha sido un concepto nodal de la teorización política marxista desde que se publicaran los Cuadernos de la cárcel. Hoy en día, muchos de los términos que utilizamos cotidianamente para expresar aspectos políticos o sociales provienen del trabajo de Gramsci, aunque –como también ya se advirtió– a menudo de maneras que poco o nada reflejan su concepción original. En el apartado siguiente se expondrán algunas aportaciones que consideramos sumamente pertinentes para complementar la reflexión gramsciana.