Quizá el primero en teorizar la noción de resistencia desde la perspectiva del movimiento social, y con las connotaciones que hoy se emplean, ha sido James Scott con su obra “Los dominados y el arte de la resistencia” (200340). Se trata de un texto ya clásico que, incluso, quizá haya influido en el hecho de que algunos movimientos sociales caracterizaran su acción política como “resistencia”. En su reflexión, Scott utiliza frecuentemente la noción de hegemonía, aunque la única referencia en la que cita a Gramsci proviene de la edición Selections From the Prision Notebooks41. De allí desprende una lectura en la que hegemonía tiene un sentido particularmente coercitivo, vertical y unidireccional, más equiparable a la fuerza que al consenso. Scott cuestiona que la hegemonía pueda utilizarse para interpretar lo que él denomina “el conformismo” de los oprimidos (es decir la pasividad ante las relaciones de opresión), porque entiende que la definición de hegemonía recurre a la explicación de la ideología y la falsa conciencia como forma unívoca de imposición a través de una especie de monopolio de la producción simbólica (Scott, 2004: 116) de las clases dominantes; o, en una definición menos radical, porque se atribuye a la hegemonía el poder de naturalizar la dominación y definirla en el horizonte de posibilidad como única:
En esta versión [de hegemonía], sin embargo, el logro de la dominación ideológica consiste en definirles a los grupos subordinados lo que es o no realista, y en conducir ciertas aspiraciones y quejas al terreno de lo imposible, de los sueños inútiles (Scott, 2004: 116).
40 Publicado originalmente en 1990, bajo el título: Domination and the Arts of Resistance. Hidden
Transcripts, Yale University Press, New Haven.
41 Como se ha señalado en el capítulo 3, esta edición es muy problemática, y ha resultado en grandes
Scott rechaza, de plano, estos supuestos teóricos de su interpretación de hegemonía porque son incapaces de explicar el surgimiento de los “cambios sociales desde abajo” (Scott, 2004: 121), y, también, porque de la naturalización se derivan otras posturas que asumen que, si una forma de opresión está naturalizada, la sociedad en general –los oprimidos también– terminan por aceptar y conformarse con lo “inevitable”. Las críticas de Scott a estas formas de interpretar la hegemonía lo acercan a una correcta interpretación de Gramsci quien, como hemos visto, establece claramente lo inadecuado de las conclusiones mecánicas y esquemáticas, pero, sobre todo, su noción de hegemonía necesariamente implica la posibilidad de la autonomía; y la autonomía se inserta en un proceso de subjetivación política que puede surgir en condiciones muy adversas, y que debe estudiarse siempre en función de las prácticas y los momentos concretos.
La reflexión de Scott sobre la resistencia parte de su propuesta teórica llamada “infrapolítica”. Ésta asegura que las formas cotidianas y sistemáticas de insubordinación simulada y oculta son la única manera posible en la que, bajo condiciones extremas de dominación –esclavitud, sociedad de castas, colonialismo, etc.–, se ejerzan algunas acciones (simbólicas) que manifiesten el rechazo a la opresión y la injusticia, con el objetivo de mejorar puntualmente las circunstancias concretas de los actores (materiales). La infrapolítica se basa, entonces, en la opción consciente y estratégica que ejercen los subordinados por mantener ocultos –velados, simulados, anónimos, etc.– los discursos y acciones de resistencia o insubordinación, con el fin de protegerse de una represalia inminente, al tiempo que se representa un papel sumiso en el escenario de lo público. Sólo ante los iguales estos discursos y acciones pueden ser reconocidos y celebrados abiertamente.
Así, Scott entiende a la resistencia como una amplia gama de actos, rituales y actitudes que de forma cotidiana, no necesariamente premeditada (aunque si consiente), son llevados a cabo de manera individual, generalmente. Estos actos van estableciéndose como una forma social, por medio de un proceso de continuidad y repetición. Dichas acciones no pretenden confrontar la relación de dominación abiertamente, aunque sí socavar la firmeza de su arraigo, pero, sobre todo, tienen como función mantener un espacio –por mínimo que sea– de dignidad. La resistencia sería,
pues, una práctica transformadora personal que nace subjetivamente y se socializa en la medida en la que cobra un significado ético ante los demás.
Aunque algunos de los planteamientos de Scott son problemáticos –en seguida me referiré a ello–, su perspectiva abre un filón sumamente interesante para esta tesis. Sólo muy brevemente, y a manera de ejemplo, en el trabajo de Scott se hace referencia a la situación particular de las mujeres42, sin embargo, la idea de infrapolítica resulta tentadora como perspectiva respecto a las resistencias femeninas, en primer lugar porque la división oculto/abierto que nos propone el antropólogo tiene evidentes vínculos de referencia con la división público/privado y las circunscripciones de los espacios históricamente establecidos en donde las mujeres ejercen relativamente el poder o la sumisión. Esto no solamente respecto a lo que se puede hacer y/o decir “entre iguales”, o el ocultamiento de las transgresiones para evitar una represalia, sino, también, en tanto a la representación pública del acatamiento de los rituales de subordinación, más allá de la relación directa entre dominante-subordinado, y específicamente a la performatividad del género en sí, y sus normas. Por otro lado, la dimensión de “lo estratégico”, presente siempre en toda acción política, cobra en el nivel subalterno una relevancia particular cuando los errores de cálculo pueden conducir a graves consecuencias. Si a esta vulnerabilidad particular vinculamos la propuesta spivakiana respecto a lo subalterno femenino como “una subalternidad dentro de otra” (capítulo 3), es posible comprender la enorme dificultad que ha supuesto rastrear las resistencias femeninas en algunos contextos, cuando ha sido puesto un empeño doble para ocultarlas o borrar sus rastros por miedo a las represalias. Como contraparte tenemos la posibilidad de observar formas particularmente estratégicas en las resistencias de las mujeres. El elemento estratégico, como cálculo de las opciones y las consecuencias para un acto de resistencia, marca el momento en que la conciencia política y la posibilidad de agencia ya están presentes en una acción determinada.
42 En especial, Scott menciona el conocido fenómeno (cita a: Rogers, 1975) de sociedades en las que los
varones ostentan el poder oficial y lo ejercen formalmente; en tanto que las mujeres lo ejercen efectivamente y prácticamente en la vida cotidiana, y mientras no se rompa la pretensión de la dominación masculina, el equilibrio se mantiene. Scott, agudamente, es crítico con el atribuir a este estado de cosas un “aroma de victoria”, dado que se mantiene el orden simbólico masculino, y la posibilidad de despojar a las mujeres de su poder, en tanto no lo ejercen institucionalmente.
Como forma particular de estrategia, el recurso de usar al discurso dominante de manera favorecedora a los propios intereses, o incluso de manera subversiva, aprovechando la polisemia, los márgenes y ocasionalmente las obligaciones que del propio discurso se derivan para los dominantes, a veces como forma de privilegio43, es de especial importancia en el caso de la subalternidad de las mujeres:
Podemos considerar el discurso dominante como un lenguaje flexible o un dialecto que es capaz de contener una variedad enorme de sentidos, incluso aquellos que subvierten el uso mismo que los dominadores le asignaron. Al recurrir [el subalterno] a valores que aspiran a ser hegemónicos se pierde poca flexibilidad, en vista de la maleabilidad de los términos, y se tiene la ventaja adicional de que aparentemente se están negando los objetivos más amenazadores. Excepto para las metas totalmente revolucionarias, el terreno del discurso dominante es la única arena de lucha posible (Scott, 2004: 153).
En este supuesto, muchos de los elementos discursivos de las resistencias que presentaré en la segunda parte de este trabajo emergen estratégicamente del discurso dominante para resignificarse conforme se avanza en el proceso de subjetivación y lucha política. Además, bajo la lógica hegemónica del consenso, las ideologías e instituciones dominantes producen una serie de obligaciones y normas que establecen marcos de actuación pública –tanto para los dominantes como para los subordinados– que deben respetarse con el fin de mantener la legitimidad. Cuando la conducta pública, manifestada por un representante de la clase dominante, no se cumple su actuación puede dar lugar a críticas y cuestionamientos dentro del propio campo ideológico.
Esta maleabilidad, y el uso estratégico que hacen los sujetos subalternos del discurso dominante, es desde mi punto de vista una cuestión clave de la resistencia enfocada en rechazar la “violencia epistémica”. El asunto no solamente radica en el aprovechamiento puntual de los resquicios ventajosos que permite, sino de los efectos del desplazamiento de significados que una resistencia sistemática puede conseguir44 a
43 A este respecto, Scott da un ejemplo muy ilustrativo con una anécdota tomada de las memorias de
George Orwell, “Shooting an Elephant” como subinspector de policía en Burma colonial, en la que un funcionario tiene la obligación privilegiada de defender al pueblo de la amenaza de un elefante, cazándolo. El funcionario considera que el elefante ya no es una amenaza, y realmente no quiere matarlo, ni la cacería le parece placentera en lo más mínimo –más bien lo contrario–, sin embargo, si quiere mantener su dignidad y autoridad ente el pueblo, muy a su pesar, tiene que ejercer el honor de cazar al elefante (Scott, 2003: 35-36).
44 A manera de breves ejemplos, podemos citar lo sucedido con el término “marica” y la manera en la que
largo plazo. La reproducción del discurso y la representación subalterna (en el sentido de performance) de los marcos de actuación, sea fingida o no, dependiendo de la conciencia subjetiva, siempre da lugar a la posibilidad señalada por Butler respecto al género, es decir, de ser reinterpretada de forma negociada, alterada, imperfecta o subversiva.
La noción de resistencia en Scott se gesta a partir de sus observaciones a sociedades altamente polarizadas, con pocas capas intermedias, en las que la dominación se encuentra formalmente institucionalizada y la relación consenso/coerción se desequilibra en favor de la fuerza. En este sentido, muchas de sus conclusiones parecen difíciles de aplicar en las interacciones más complejas de capitalismo avanzado y democracia (aunque sea democracia aparente), en las que el consenso y la negociación ocupan un lugar mucho más relevante en las estructuras políticas. En éstas, la necesidad del discurso oculto –con todas sus implicaciones– pareciera mucho menor.
Por otro lado, la propuesta del antropólogo tiene un prerrequisito importante: la resistencia requiere de una conciencia antagonista ya formada, que se da por hecho; es decir, está implícito que los grupos subalternos no solamente tienen clara su posición subordinada, sino también la injusticia de su situación, y por ende existe un ánimo de rebeldía, pero ¿de dónde viene esta conciencia? ¿Surge naturalmente de la pertenencia “de clase”, de la experiencia de subordinación, o de algún fenómeno esencial? Estas cuestiones nos remiten directamente a la crítica postmarxista, que ya ha sido expuesta en el capítulo 2. En todo caso, el problema que me interesa resaltar aquí guarda más relación con el hecho de que, si bien dentro de los ejemplos de extrema polaridad presentados por Scott resulta más que plausible la existencia de un discurso antagonista, cuyos efectos ya fijan una disposición aparentemente espontánea a “actuar como clase”; en una teoría general, la conciencia antagonista de ninguna manera pude presuponerse dada a priori, como fenómeno inherente a la subalternidad, sino, por el contrario, y de acuerdo a lo ya señalado, lo subalterno se distingue por su desagregación y su conciencia contradictoria. Creo que en el caso particular de las mujeres esta cuestión resulta ampliamente explorada por la teoría feminista, que ha dado cuenta de
enormes transformaciones del significado social de “negro” y su carga política, específicamente vinculada con las luchas de liberación negra.
la dificultad histórica para las éstas –dentro de una gran variedad de contextos– del reconocimiento de la opresión sexual y el despertar a la acción política. A pesar de que Scott no se ocupa del proceso a través del cual surge el antagonismo, ni del momento en que los actos de resistencia trascienden la particularidad para significarse colectivamente de manera articulada y en forma tal que se pudiese producir un discurso contra-hegemónico, coincide con Gramsci en destacar la imaginación como fuente creativa de un horizonte de futuro en el que es posible trascender las relaciones presentes de dominación.
En Teoría y resistencia en educación (2004) Henry Giroux propone una pedagogía radical que a menudo recurre a Gramsci y sus categorías como fuente para su propuesta crítica. La noción de resistencia propuesta por Giroux se enmarca naturalmente dentro del aula de clases, y la relación entre la escuela y la sociedad más amplia. En su reflexión pedagógica, la cuestión de fondo: “cómo producimos una educación significativa a través de hacerla crítica, y cómo la hacemos crítica para transformarla en emancipatoria” (Giroux, 2004: 22), es una preocupación que tiene relación directa con la pregunta sobre el proceso que transforma el antagonismo en una acción, o a la experiencia del oprimido en un discurso de liberación.
El punto de partida del educador norteamericano para teorizar sobre la resistencia consiste en trasladar el análisis de “la conducta de oposición”45 en el aula, tradicionalmente explicada por el funcionalismo y la psicología de la educación como una forma individualmente patológica, o como un síntoma de incapacidad aprendida o biológica, que en cambio Giroux explica desde un análisis político que da cuenta de un marco ético en conflicto y de la indignación en los alumnos (Giroux, 2004: 144); es decir, a partir de un cambio de foco en la interpretación de las acciones que, a su vez, se asemeja a la postura feminista que denuncia la patologización de las mujeres en el marco de los discursos de dominación, por ejemplo, al negarse a reconocer que tras el “ataque de nervios” de la “histérica” se encuentra un profundo malestar por la opresión de género, y por una forma de representación signada en la violencia simbólica que fija en el sujeto singular –y en la esfera de lo privado– aquello que en realidad obedece a la
45 Es decir, diversas actitudes como la insubordinación, la indisciplina, el rechazo a realizar determinadas
lógica sistémica de la estructura de poder patriarcal. Por ende, se trata de una cuestión política.
Giroux sitúa el fenómeno de la resistencia en el marco de la dialéctica entre la dominación y la posibilidad de agencia de los sujetos subalternos, como una relación dinámica e inacabada en permanente proceso de equilibrio, ruptura y negociación de la que surgen las categorías centrales de: “la intencionalidad, la conciencia, el significado del sentido común, y la naturaleza y valor del comportamiento no discursivo46” (Giroux, 2004: 144-145). Estas categorías remiten directamente a los planteamientos gramscianos –y su contestación postmarxista–, respecto a los problemas de la ideología, la conciencia y la experiencia como principio antagónico.
En la conducta de los grupos subalternos pueden encontrarse acciones puntuales, expresiones culturales o creativas, que se rigen bajo una lógica distinta de la establecida por la dinámica de dominación, y que contienen in nuce la posibilidad de un proyecto alternativo, aunque no necesariamente de forma evidente para los mismos actores. Es, precisamente, en este punto de inflexión donde radica el momento problemático de la conciencia y la subjetivación política que surge de la significación que los propios sujetos atribuyen a sus acciones. Particularmente en el complejo proceso de asumir una “perspectiva o racionalidad que tome la noción de emancipación como su interés guía” (Giroux, 2004: 145) o, en otras palabras, el tránsito entre la acción y la conciencia crítica que aspira a la transformación radical de la relación de dominación/ subalternidad:
…la resistencia debe tener una función reveladora, que contenga una crítica de la dominación y ofrezca oportunidades teóricas para la autorreflexión y la lucha en el interés de la emancipación propia y de la emancipación social (Giroux, 2004: 145).
La propuesta de Giroux respecto al problema de definir la resistencia, diferenciándola de una mera “conducta de la oposición”47, requiere de un análisis situado en la
46 Respecto al “comportamiento no discursivo”, Giroux meramente cita a Giddens, A. (1979), Central
problems in social theory, Berkeley, University of California Press. Por el contexto del resto de la obra de
Giroux, es posible afirmar que el educador se refiere a las acciones en sentido estricto, que no van acompañadas de una manifestación lingüística expresa.
47 En este caso, la “conducta de oposición” que podría ejemplificarse como rechazo al reconocimiento de
alguna autoridad, o el incumplimiento de obligaciones etc., no necesariamente implica una resistencia en la medida en la que –por un lado– su intencionalidad no implique el horizonte de ruptura con una relación
especificidad histórica y cultural del caso concreto, pero particularmente en su relación con el proyecto emancipatorio y la intencionalidad de quienes la emprenden. Bajo esta perspectiva, la resistencia en sí misma no es un acto que rompa la relación de dominación/subalternidad, sino un momento de oportunidad en el que, por así decirlo, “lo personal se torne político” y la emancipación surja como posibilidad de horizonte colectivo. Giroux advierte sobre la dificultad que implica afirmar la resistencia en relación con la intencionalidad del sujeto, y en este punto surgen dos aspectos a tomar en cuenta: primeramente, que resulta muy posible que ni siquiera los propios actores puedan, en un momento dado, interpretar su propia conducta en el marco de la ruptura, y por ello Giroux señala:
En este caso, los intereses subyacentes en esa conducta pueden ser aclarados contra el escenario de las prácticas y valores sociales a partir de los cuales la conducta emerge. Tal referente puede ser encontrado en las condiciones históricas que incitaron a la conducta, los valores colectivos de un grupo de semejantes, o las prácticas incluidas en otros sitios sociales como la familia, el lugar de trabajo o la iglesia… Por el contrario, [la resistencia] debe llegar a ser un constructo analítico y un
modo de investigación que contenga un momento de crítica y
una sensibilidad potencial hacia sus propios intereses; esto es, un interés en el proceso de desarrollo de la conciencia radical y en la acción colectiva crítica (Giroux, 2004: 147, cursivas son mías).
En segundo lugar, que desde la perspectiva pedagógica de Giroux, son los mismos actores los autorizados para interpretar sus acciones, y si la resistencia se define como modo de investigación, esta investigación implica el reconocimiento de los propios intereses, pero también un cuestionamiento crítico sobre los efectos de una acción: ¿promueve la ruptura con la lógica dominante o, por el contrario, la cimienta? Las respuestas solamente pueden ser conocidas a posteriori, es decir, bajo un proceso de reflexión y evaluación constante. Desde una perspectiva gramsciana, estos dos aspectos llevan necesariamente a vincular la noción de resistencia expresada por Giroux, con la categoría de subalternidad.
La propuesta Nietzscheana, conocida como genealogía, se define como una forma de cuestionamiento crítico de la historia en la que se busca evidenciar las
de dominación; y –por otro lado– que puede operar más bien como refuerzo o en aprovechamiento de la