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Hegemonía: control social, feminicidio y cuerpos de frontera

En el capítulo 4 expuse la manera en la que el cuerpo de las mujeres es apropiado por el Estado y entendido como la materialización de la patria, y la noción de “maternidad” como correlato de “nación”. En el capítulo 6, desarrollé la manera en la que estas cuestiones se construyeron en el espacio específico del México postrevolucionario y se han mantenido como formas estables a pesar de las transformaciones profundas que desde los años sesentas ha sufrido la sociedad mexicana. En este apartado, retomo una lectura feminista que revisa el problema desde una perspectiva espacial que plantea en primer lugar, el fenómeno de la irrupción de las mujeres en el ámbito público y que, en segundo lugar, interpreta la relación simbólica y material de Ciudad Juárez como territorio de frontera; elemento que rompe violentamente la yuxtaposición cuerpo- patria-maternidad-nación. A esta lectura, la complemento con la perspectiva gramsciana que permite entender la relación entre el régimen de género hegemónico y la forma de producción, con el fin de dilucidar mejor las condiciones que han hecho posible la terrible situación que vive Ciudad Juárez.

La feminización de la mano de obra de la industria maquiladora atrajo a muchas mujeres jóvenes a Ciudad Juárez, y muchas otras jóvenes de la misma ciudad salieron

de sus casas en busca de trabajo, lo que transformó el panorama social de Juárez. Las trabajadoras de la maquila, rompieron estereotipos de género en ciudad Juárez cuando incursionaron en el espacio laboral de la producción industrializada, adquiriendo mayor poder adquisitivo y libertad personal, lo que permitió que también llegaran a lugares públicos anteriormente reservados a los hombres o a las mujeres solamente en su papel de proveedoras de servicios para estos hombres como restaurantes, bares, y lugares de ocio. También dentro de la familia, adquirieron roles de mayor relevancia y toma de decisiones (Tabuenca, 2010: 97). Esta salida colectiva de la esfera privada y la incursión al espacio público fue problemática porque no hubo un reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos con derechos y ciudadanía plena. Las mujeres trabajadoras quedaron en una posición contradictoria en la que se promovió activamente su salida del hogar por medio de la creciente demanda de su mano de obra, pero al mismo tiempo se condenó este ejercicio y se negaron los beneficios consecuentes de su productividad.

Siguiendo la reflexión de Melissa Wright (2007), en pocos años mujeres solas sin supervisión ni control masculino, utilizaban el espacio público no solamente para trabajar –asunto ya de por si cuestionable desde la moral patriarcal juarense– sino también para divertirse, en un marco de libertad anteriormente vedado a las mujeres, fortaleciendo el discurso de que las obreras de la maquila, ejercen una forma de prostitución simbólica en su trabajo, y que su libertad sexual –real o imaginada– es la conducta que activa y justifica la violencia en su contra; aunque al mismo tiempo, la industria maquiladora siguió siendo considerada “inversión indispensable en la ciudad” y creció la demanda de más obreras de bajo coste. Esta tensión produjo una lógica esquizofrénica:

Por un lado, las mujeres que trabajan en las maquiladoras son responsables del éxito de la industria maquiladora y son reconocidas a nivel internacional por el trabajo de alta calidad y barato que proveen. Pero, por el otro lado, representan a la “mujer pública”, quien por ocuparse y obtener ganancia en la calle, fuera de sus hogares y familias, es identificada como la fuente de todos los problemas sociales que afligen a la ciudad (Wright, 2007: 72).

La representación de las obreras de la maquiladora como prostitutas, y de las prostitutas como personas que por su actividad “se exponen” –cuando no, directamente provocan– a la violencia y a la muerte, desnuda la perversión del régimen de género imperante en

Ciudad Juárez, utilizado para eximir al Estado patriarcal de su responsabilidad, para regular el cuerpo y las productividad de las obreras, y para mantener el consenso inter- masculino basado en la subalternidad y el control de las mujeres.

Como muchas investigadoras (ver: Tabuenca, 2010; Schmidt, 2007; Washington, 2005, y otras) han documentado, diferentes voces y aparatos hegemónicos de Ciudad Juárez han mantenido históricamente un discurso que culpabiliza a las víctimas, basado en la asunción de que las asesinadas y desaparecidas, llevaban una “doble vida”, se dedicaban a la prostitución, o se conducían de una manera tal que incita –y desde este punto de vista, justifica– la conducta de los agresores. La responsabilidad de protegerse y tomar medidas para evitar un posible secuestro, violación o asesinato, también –de acuerdo a estos discursos– es responsabilidad de las mujeres y no del Estado. María José Tabuenca (2010) realiza un análisis de las campañas oficiales de prevención al feminicidio que promovieron diversas autoridades de Juárez entre 1995 y 1998, en las que resulta evidente que la carga de responsabilidad recae sobre las víctimas potenciales, y la intersecciones de clase y raza operan como subtexto presente en todas las campañas: al final de cuentas, son las mujeres pobres, generalmente migrantes mestizas82 las que salen de su casa a vender su fuerza de trabajo, ocupando el espacio público y por ende, poniéndose en riesgo: “El discurso que subyace… es que las trabajadoras de la maquila no son tan «buenas» o «decentes» como las mujeres de las clases altas o medias, y por eso es que son asesinadas (Tabuenca, 2010: 102)”.

El otro aspecto territorial y simbólico que ha sido ampliamente propuesto como un eje de análisis es “la frontera”, espacio liminal que desdibuja al Estado-gobierno y por ende a la ciudadanía, particularmente de los colectivos subalternizados. En las fronteras maquiladoras del neoliberalismo transnacional, podemos afirmar en términos gramscianos, que se desdibuja la hegemonía del Estado, y aparecen otros actores que imponen una lógica de coerción a partir de su posibilidad de ganar terreno en el ejercicio

82 Con respecto a la cuestión del mestizaje, el aspecto racial cobró una especial relevancia cuando se

realizaron los perfiles victimológicos que pretendían establecer patrones, en busca de un supuesto asesino serial (ver: Washington (2005), González (2002). Muchas de las mujeres asesinadas y desaparecidas eran jóvenes de piel oscura, pero más adelante esta tipología fue atribuida a la relación existente en México entre la pertenencia étnica y la marginalidad social, es decir a cuestiones estructurales, más que a factores de “preferencia” de un o unos asesinos feminicidas.

de prácticas ilícitas como el narcotráfico y el tráfico de personas, el trabajo forzado, o condiciones de explotación extrema en las maquilas.

En el caso de las mujeres, estas condiciones fronterizas aunadas a la subalternidad establecida por las narrativas patriarcales, tiene un efecto doblemente perverso:

La repetida representación de las mujeres mexicanas pobres como cuerpos hembras de los que es posible apropiarse, vino a reforzar otras narrativas culturales que las convierten en fuentes de valor descartables una vez “consumidas”. La doble economía de la comercialización sexual, y las maquiladoras produjo un discurso popular que confunde la venta que hacen las mujeres de su labor con la venta sexual de sus cuerpos. La devaluación de las mujeres trabajadoras no es solamente una expresión de hostilidad de clase o patriarcado recalcitrante en contra de la entrada de las mujeres a la esfera pública. Es, además, un síntoma de la dinámica de género que sustenta la reorganización del poder económico y político en el espacio desnacionalizado de la periferia global (Schmidt, 2007: 28-29).

Si la hegemonía del Estado se desdibuja en estos territorios fronterizos de la globalización neoliberal, se desprenden dos cuestiones fundamentales en cuanto al elemento consensual del proyecto hegemónico:

La primera de ellas es que –siguiendo con la afirmación establecida en los capítulos 4 y 6– en el marco de un sistema patriarcal, la subalternidad de las mujeres es una condición que estabiliza todo el régimen social: las mujeres son el objeto del consenso y no el sujeto del consenso. En este sentido, las obreras de las maquilas, se entienden como “recurso humano” para la productividad, pero también (al establecerse el vínculo simbólico entre obrera-prostituta) para el placer y disfrute de los hombres de Juárez. Las mujeres, y más precisamente sus cuerpos cosificados, son utilizados como forma de procurar estabilidad y acuerdo intermasculino, en un contexto en el que el elemento consensual de la hegemonía, pierde fuerza. La tesis de Alicia Schmidt, es que los feminicidios en la frontera de Ciudad Juárez, son la consecuencia de una estrategia económica bi-nacional que produce y refuerza la subalternidad de las mujeres para su máxima explotación; ya sea en el mercado del sexo o en el de la fuerza de trabajo (2007: 40). Yo agregaría, que desde el marco teórico que propone este trabajo, esta forma extrema de control productivo y sexual de las mujeres, se utiliza como recurso de

dominación para suplir la pérdida de consenso, allí donde el Estado nacional se desconfigura.

La segunda cuestión, es que fuera del control del Estado y de sus aparatos simbólicos que determinan el régimen hegemónico de género, emergen otras representaciones. En las fronteras de la globalización neoliberal, los cuerpos de las mujeres no necesariamente son los cuerpos de la patria, y la maternidad de estas mujeres pierde su significado como piedra angular de la nación. En el espacio fronterizo, los cuerpos de las mujeres quedarían en un imaginario social de ambigüedad, en el que nuevamente, por una operación de yuxtaposición cuerpo-territorio, es una tierra de nadie, espacio para la apropiación:

El cuerpo de una mujer pobre en México, de una mujer sin familia, alejada de su familia, o perteneciente a una familia económicamente vulnerable, el cuerpo de una mujer de la maquila, de una mujer migrante, de una mujer que sale a respirar música de salsas en sus ratos de libertad, es un botín y no mucho más. Ciudad Juárez. Como “Ser nadie”, en “tierra de nadie” (Priego, 2006: 297-298).

Como la propia Ciudad Juárez, estos cuerpos forman parte del territorio que disputan los actores en pugna y sus proyectos de dominación: gobierno, crimen organizado, e industria, utilizan esta geografía simbólica para enviar mensajes y constatar su dominio. Así las mujeres como base misma de la economía de intercambio visionada por Rubin en “El tráfico de mujeres” (ver capítulo 4), permanecen en el contexto del neoliberalismo de frontera y la pérdida de hegemonía, como la moneda de cambio que valida las estructuras de poder masculino.

En la dinámica compleja de los proyectos en pugna de las clases dominantes dentro y fuera del marco hegemónico del Estado, la articulación gubernamental con la clase empresarial mantiene una lógica que pretende aumentar la productividad de las obreras en un sentido similar al que observara Gramsci respecto al modo fordista de regulación sexual; por ejemplo, al privilegiar la contratación de mujeres solteras y jóvenes con menor probabilidad de quedar embarazadas, siempre y cuando acaten el régimen moral que prescribe la abstinencia sexual fuera del matrimonio, lo cual tiene una estrecha relación con las estrategias comunicativas que vinculan las desapariciones y los feminicidios con conductas que afectan la productividad de las obreras: salir de noche, beber alcohol y ejercitar libremente la sexualidad. Además, otras prácticas como

exigir la prueba de no-embarazo antes de la contratación83, campañas de control de natalidad en las fábricas, y estrategias de amenaza de despido a las mujeres que resulten embarazadas, han sido ampliamente documentadas (ver: HRW, 1996; Ravelo y Sánchez 2013), lo cual refuerza una interpretación a partir de la cual, en su calidad de obreras, estas mujeres no forman parte del imaginario social que establece la función reproductiva como obligación patriótica –y su connotación sacramental y heroica–. Ubicadas en una fábrica de frontera, estas jóvenes –aunque de hecho sean madres– carecen por completo del capital simbólico de la maternidad-nación.

7.3. Las organizaciones de mujeres y las madres: representantes, representadas