• No se han encontrado resultados

La Guerra de la Liga de Augsburgo (Abril de 1689 – Septiembre de 1697)

Capítulo 1. Los conflictos bélicos del último tercio del Siglo XVII

1.2 Las guerras entre Carlos II y Luis XIV

1.2.4 La Guerra de la Liga de Augsburgo (Abril de 1689 – Septiembre de 1697)

siendo los ya delineados en la época de la primera, ahora, dos décadas después, las potencias europeas ya no se ven sorprendidas por los audaces golpes de mano del ejército francés. Las coaliciones diplomáticas forman un fuerte bloque de aliados, que ven en la supremacía francesa la máxima amenaza para Europa100.

Ya en 1686, el emperador había creado una alianza entre los mayores príncipes alemanes, España y Suecia, destinada a contrarrestar el poder francés. Esta unión fue denominada “Liga de Augsburgo”. En paralelo, la guerra comercial continuaba con las tensiones entre Francia y Holanda; pero un suceso fortuito provocaría un giro inesperado: la repentina muerte de la reina de España, María Luisa de Orléans, en Febrero de 1688. Perdido el equilibrio que su sola presencia provocaba en la Corte de Madrid, España se iba a alinear totalmente con el Imperio en cualquier confrontación.

99 DOMÍNGUEZ ORTIZ, A., Los Extranjeros en la Vida Española en el Siglo XVII, Diputación de

Sevilla, Sevilla, 1996, p. 65.

En Septiembre de 1688, Luis XIV continúa con su expansión por el Rhin. Exige que el arzobispado de Colonia sea entregado al candidato profrancés, y pone sitio a la fortaleza de Philipsburg. La declaración de guerra mutua entre Francia y el Imperio se amplía en pocos meses a casi toda Europa: las Provincias Unidas, Inglaterra, y desde el mes de Abril, España. Sólo quedaron fuera de la gran alianza antifrancesa países menores como Dinamarca, Suiza o Portugal.

Esta fue una guerra diferente a las anteriores: nueve largos años, con éxitos alternos para uno y otro bando. Ningún vencedor definitivo en la titánica lucha que Francia, prácticamente en solitario, mantiene contra casi toda Europa. Y, junto al agotador esfuerzo bélico, un intenso combate diplomático, en un intento desesperado de Francia por romper la alianza, o al menos, desgajar de ella a miembros importantes.

Como había sucedido en los conflictos más recientes, los teatros de la guerra se desplegaron por el norte y centro de Europa, en los límites del Reino francés. A España no llegaron hasta 1691, por mar101, en lo que fue una de las más difundidas y execradas acciones de la guerra. Y la única en que el Reino de Valencia se vio afectado a lo largo del periodo. Esta acción fue el bombardeo de Alicante. Una escuadra francesa había recorrido la costa mediterránea española, buscando un objetivo donde dañar a la Monarquía. Tras bombardear Barcelona y amagar sobre Vinaroz, se presentó ante Alicante exigiendo una contribución. Al serle negada, el almirante ordenó el bombardeo de la ciudad. Tras horas de un devastador diluvio de bombas y metralla102, gran parte de la ciudad de Alicante quedó destruida e incendiada, aviniéndose, por fin, el Gobernador de la Plaza, a satisfacer la contribución requerida.

Esta forma de actuación, tristemente habitual en las guerras del siglo XX, era inaudita hasta el momento: la artillería, desde sus inicios, había centrado sus esfuerzos en la destrucción de las fortificaciones, no en la del interior de la ciudad. La lógica indicaba que no era prudente destruir unas edificaciones que se deseaba disfrutar, una vez conquistadas. Con el desarrollo de la Armada de Luis XIV, aparece este terrible invento

101 ESPINO LÓPEZ, A., Guerra, Fisco y Fueros…, p. 125. 102 ESPINO LÓPEZ, A., Guerra, Fisco y Fueros…, p. 82.

de los bombardeos “psicológicos”: el objetivo es la ciudad y su población, con el fin de minar la moral de resistencia y conseguir que los defensores accedan a lo demandado. Y lo realiza una escuadra móvil, porque al no ser la ocupación de la plaza el objetivo final no importa arrasarla y destruirla. La Armada francesa ya había probado este sistema en Génova y Argel. Desgraciadamente, la alta eficacia de estas acciones (acceso inmediato a todas las demandas del atacante) recomendó su uso de nuevo contra la infortunada ciudad de Alicante103.

Los últimos vaivenes de la guerra dieron lugar a otro acontecimiento importante en territorio español: la toma de Barcelona. En Agosto de 1697, las tropas francesas ocupaban la ciudad, manteniéndose en ella durante seis meses. El golpe fue de tal efecto, que el embajador plenipotenciario de Carlos II, Bernardo de Quirós, tuvo que aceptar que la posición de España, el país más opuesto a la paz en ese momento, ya no era sostenible104.

Por fin, en Septiembre de 1697, los tratados de Rijswick ponían fin a nueve largos años de guerra. La paz permitía a Francia volcarse en la reconstrucción de un país que atravesaba una grave crisis interna, debida al continuado esfuerzo bélico. En general, esta paz fue un retraso para las aspiraciones francesas: Luis XIV tuvo que abandonar la política de las “Reuniones”, renunciar a los peones que pretendía colocar en los principados del Rhin y a devolver todas las plazas ocupadas a lo largo del conflicto. Para España, irónicamente, el tratado fue un éxito105. Era la primera paz en medio siglo en la que no perdía ningún territorio. Podía haber sido un punto de inflexión en una tendencia, pero, tres años después, el tablero político europeo cambió radicalmente con el fallecimiento del rey y la voracidad del resto de países europeos, cuya meta colectiva dejaba de ser la supremacía o no de Francia, sino el reparto del conglomerado de países que formaban la gigantesca herencia de los Austrias españoles.

103 GARCÍA MARTÍNEZ, S., Valencia bajo Carlos II..., p. 289. 104 USUNÁRIZ, J. M., España y sus Tratados Internacionales, p. 467. 105 USUNÁRIZ, J. M., España y sus Tratados Internacionales, pp. 467 - 471.

CAPÍTULO

2.

LA PRESENCIA FRANCESA EN EL

REINO DE