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3 Los relatos de conversión, una interpretación desde el contexto del cristianismo

3.2 La irrupción de las prácticas cristianas en el mundo grecorromano

3.2.4 La identidad religiosa: símbolo de unidad contra el Imperio

Uno de los datos que se encuentra sobre algunas de las primitivas iglesias cristianas es la pluralidad étnica que las caracterizó.303 Es este el caso de las primeras en las que convivió Pablo quien, como

ya hemos visto, asume como misión la de anunciar a Dios y su reino entre los gentiles. Esta pluralidad permite distinguir diferentes grupos entre los seguidores de Cristo, desde los que mantenían una vinculación total al judaísmo, hasta aquellos que provenían del paganismo y que no habían tenido contacto con el dios de Israel.

Esta heterogeneidad, si bien coadyuvó a la expansión del movimiento de Jesús, también significó un problema no fácil de resolver en cuanto a la inclusión de prácticas paganas dentro del cristianismo naciente, de allí muchos de los conflictos que se abordan en las cartas paulinas. Las exigencias cristianas, en ese sentido, incluían la prohibición en la participación de fiestas paganas para la exaltación de otros dioses. La adoración y veneración debía corresponder al Dios único, es decir, se hacía una exigencia monoteísta. Esto por supuesto, tenía la connotación negativa de “deslealtad con la ciudad e indiferencia para con el bienestar de sus habitantes”.305

La exigencia de esta práctica religiosa tenía un impacto directo en la vida social y política de la ciudad, pues también instaba a los cristianos a no participar de ninguno de los rituales que se ofrecían en torno a la religión imperial.306 Esta acción era considerada profundamente subversiva,

303 En contraposición al judaísmo en el que se observa una clara distinción étnica que limitó la inclusión y conversión total de quienes aspiraban a ser plenamente judíos. Para esto ver Guijarro, La primera evangelización, 153, Bardy, La

conversión al cristianismo durante los primeros siglos, 96. Meeks, Los primeros cristianos urbanos, 30.

305 Hurtado, Destructor de los dioses. El cristianismo en el mundo antiguo, 83.

306 Aquí es importante hacer una aclaración que muestra Hurtado en su texto, pues afirma que: “debemos reconocer que, en general, para la gente de época romana lo que denominamos prácticas religiosas -o sea, rituales en buena medida sagrados o tradicionales- ocupaban un lugar más central y definitorio, más obvio y explícito, que las creencias religiosas”. Ibid., 69.

pues atentaba contra la diosa Roma que, se creía, encarnaba el orden romano.307 Así, las prácticas

religiosas de los primeros cristianos, los llevaron a tomar posiciones claras frente a la dominación que pretendía ejercer el Imperio en los territorios ocupados. Desde el cristianismo se englobaron todos los demás dioses bajo la categoría de “ídolos (es decir, seres ilusorios y falaces) y su culto se denominó idolatría (es decir, lo que es absurdo e incluso pecaminoso)”.308 Su contraposición a

la religión imperial le costó a los cristianos ser llamados ateos.

Las prácticas que se impulsaron con la conversión al cristianismo incluían algunas de las ya descritas anteriormente, es decir, la “Cena del Señor”, en la cual se compartía la mesa, y se hablaba de Jesús y de su ministerio, que posteriormente llegaría a consolidarse en los relatos evangélicos y más tardíamente en la eucaristía. El bautismo se instituyó como ritual en el cual se recibía el Espíritu Santo y en la misma medida se constituía como un proceso de muerte simbólica, típico de una fase transicional en las iniciaciones.309 También lo hacía como rito de un nuevo nacimiento al

encarnar la manera de vivir y de actuar del cristiano, es decir a formar parte de la ekklesía.310

En general se constituyen unas prácticas que dan forma al cristianismo desde lo ritual y desde lo comportamental, pues encarnar el cristianismo implicaba la orientación existencial en el seguimiento de Jesús. En Él se comprendió eventualmente la plenitud de la revelación divina, transversal a la historia de Israel y que encuentra su punto culmen en la resurrección como evento salvífico. Este seguimiento del resucitado llevó a la legitimación de un caminar en contracorriente. Estaba motivado por el anuncio del Reino de Dios y su construcción como la posibilidad de establecer condiciones factibles en las que la igualdad en dignidad humana se viera representada por las vivencias concretas, no sólo al interior del cuerpo de Cristo, sino en la vida comunitaria cotidiana.

307 Ibid., 83. 308 Ibid., 86.

309 Meeks, Los primeros cristianos urbanos. El mundo social del apóstol Pablo, 256.

310 Kreider, Paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el imperio romano, 222. Al respecto afirma Kreider que: “Después de años de paciencia, el bautismo constituía un punto de inflexión. Su ritual, una expresión del riesgo y la muerte, ponía de relieve el coste de la decisión: la posible persecución por haberse unido a una superstitio ilegal, la pérdida de respetabilidad y prestigio a los ojos de sus conciudadanos, la ruptura con los miembros de su familia. Sin embargo, el ritual también hacía otra cosa: expresaba y realizaba la obra de Dios.”

Al evocar los contenidos de los textos neotestamentarias, es posible encontrar en ellos el testimonio de la contracultura que impulsó el cristianismo, en tanto compuesto por personajes que tuvieron que dar un salto desde los paradigmas propios para resignificar su experiencia de Dios. A la luz de las investigaciones que reconstruyen las prácticas cotidianas de estas comunidades, se evidencia una apertura al mundo gentil que promovió su pluralidad constitutiva desde la exigencia monoteísta. Santiago Guijarro anota que los cristianos presentaron una verdadera alternativa a sus contemporáneos respecto de la manera de vivir en la ciudad grecorromana que transformó el

habitus de esta sociedad y creó las condiciones para una profunda transformación social.311