En los primeros momentos, meses y años de vida, cada contacto, cada movimiento y cada emoción en la vida del niño pequeño redunda en una explosiva actividad eléctrica y química en el cerebro, pues miles de millones de células se están organizando en redes que establecen entre ellas billones de sinapsis. Es en esos primeros años de la infancia cuando las experiencias y las interacciones con madres, padres, miembros de la familia y otros adultos influyen sobre la manera en que se desarrolla el cerebro del niño, y tienen consecuencias tan importantes como las de otros factores, entre ellos la nutrición suficiente, la buena salud y el agua pura. Y la manera en que el niño se desarrolla durante este período prepara el terreno para el ulterior éxito en la escuela y el carácter de la adolescencia y la edad adulta.
Cuando los niños de corta edad reciben abrazos y caricias afectuosas, tienden a desarrollarse mejor. Los cuidados cálidos que responden a las necesidades del niño parecen tener funciones de protección, e “inmunizan” hasta cierto punto al niño pequeño contra los efectos del estrés en etapas ulteriores de su vida. Pero la maleabilidad del cerebro durante esos años iniciales también significa que cuando los niños no reciben el cuidado que necesitan o cuando padecen inanición, malos tratos o descuido, puede peligrar el desarrollo de su cerebro.
Los efectos de lo que ocurre durante el período prenatal y durante los primeros meses y años de la vida del niño pueden durar toda la vida. Todos los componentes fundamentales de la inteligencia emocional — confianza, curiosidad, intencionalidad, autocontrol y capacidad para relacionarse, comunicarse y cooperar con los demás — que determinan de qué manera el niño aprende y establece relaciones en la escuela y en la vida en general, dependen del tipo de atención inicial que reciben de padres, madres, maestros preescolares y encargados de cuidarlos. Naturalmente, nunca es demasiado tarde para
mayor frecuencia, cuando los niños no están bien encauzados desde un principio, nunca recuperan el terreno perdido ni alcanzan plenamente su potencial.
¿Cómo se justifican las inversiones? Los derechos de los niños y la causa del desarrollo humano son razones incontestables para efectuar inversiones en la primera infancia. La neurociencia proporciona otra justificación que es difícil refutar, ya que demuestran la influencia de los primeros tres años en el resto de la vida del niño.
Además, también hay argumentos económicos que no son impugnables: aumento de la productividad a lo largo de toda la vida, mejor nivel de vida cuando el niño llega a la edad adulta, ahorros en la educación necesaria para remediar anteriores deficiencias, en la atención de la salud y en los servicios de rehabilitación, y mayores ingresos para los padres, las madres y los encargados de cuidar a los niños, quienes quedan más liberados a fin de participar en la fuerza laboral.
Además, hay razones sociales: al intervenir al principio de la vida se contribuye a reducir las disparidades sociales y económicas y las desigualdades de género que dividen a la sociedad y se contribuye a la inclusión de quienes tradicionalmente quedan excluidos. Asimismo, hay razones políticas, puesto que el lugar que ocupe un país en la economía mundial depende de la competencia de su pueblo y dicha competencia se establece muy temprano en la vida, antes de que el niño cumpla tres años.
Tomado de “Estado mundial de la infancia 2001”, UNICEF, Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.
Piaget y sus reacciones circulares
Al finalizar el segundo mes y comienzos del tercero, ya sabe reconocer a la persona que lo cuida y le da de comer, a tal punto que cuando la ve cerca y observa su cara, deja de llorar, empezando a sonreírle y a levantar brazos y piernas para que lo cojan. A este tipo de
automatismos (porque son actos y reacciones
automáticas), el psicólogo suizo Jean Piaget (1896-1980) los denominó reacciones
circulares primarias, porque son las primeras
repeticiones de actos que el bebé realiza ante un estímulo externo.
Hacia el cuarto y quinto mes, el reflejo de agarrar cualquier cosa que se le ponga en las manos, se va convirtiendo en una manipulación intencionada de los objetos que le presentan a la vista, actividad que va a ser fundamental para que a los seis meses pueda ya sentarse, lo que le permitirá controlar mejor la acción de sus manos.
Durante los próximos dos o tres meses observa con más atención los objetos que puede coger, golpeándolos, tirándolos y tratando de volverlos
a coger; o tirándolos para que un adulto se los recoja, repitiendo estas acciones de manera parecida con cada nuevo objeto que llega a sus manos. A estos juegos de varias repeticiones en el que el bebé asimila acciones anteriores Piaget los llama reacciones circulares secundarias.
Cuando el infante empieza a gatear, su radio de acción se extiende mucho más todavía, y ahora ya se puede trazar metas como el de coger él mismo un objeto que lanzó, empezando también a parase y a caminar sosteniéndose en un mueble o en la pared. Con respecto al lenguaje, para los diez o doce meses, y con la ayuda de los adultos que se esmeran en enseñarle a pronunciar las primeras palabras, empieza primero a comprenderlas identificándolas con los objetos que nombra.