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Si la creencia en Dios y la religión son alienaciones, si para la humanidad son como un principio extraño que im­ pide que esa humanidad se apropie de su propia esencia, ¿cómo están tan profundamente impresas en la inteligencia humana? Y si la religión es sólo una ilusión, ¿cómo tiene tan­ ta importancia a todo lo largo de la Historia?

Este problema, formulado de diversas maneras, es la preocupación de Marx, y uno de los resortes de su intensa actividad intelectual. Estaba obsesionado por el deseo de JUSTIFICAR su ateísmo, de cerrar todos los caminos del pensamiento humano hacia su Creador y Redentor, de tapar todas las fisuras a través de las cuales pudiese filtrarse aun la luz celestial.

Piensa que la vida social se desarrolla en tres planos: la infraestructura, la estructura y la superestructura.

a) La infraestructura se compone de la totalidad de las fuerzas productoras en un momento dado. El propio grupo social, la fuerza de trabajo que representa, el equipo de energía y de material de que dispone, y la división de tra­ bajo que establece, tales son los elementos de la infraes­ tructura. Estas condiciones materiales de la producción de­

terminan, con mayor o menor rapidez, tarde o temprano, una

estructura jurídica que se adapte a ellas.

b) La estructura está compuesta por el conjunto de las relaciones de distribución, o en otras palabras, por el ré­ gimen de propiedad. Cuando la infraestructura está cons­ tituida por herramientas individuales, la estructura tiende a la propiedad privada. A la inversa, cuando las condiciones de producción se exteriorizan mediante las herramientas co­ lectivas de las grandes fábricas modernas, la estructura tien­ de a la propiedad colectiva.

A medida que se desarrolla la evolución dialéctica de la humanidad aparecen contradicciones, no sólo entre las cla­ ses sociales, sino también entre la infraestructura y la es­ tructura. El desarrollo del progreso técnico produce nuevas formas en la división del trabajo, y éste trae consigo nuevas condiciones jurídicas de distribución: «En la producción

social de su existencia, los hombres mantienen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un determinado grado de desarrollo de sus fuerzas productoras materiales. El conjunto de dichas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre

la cual se eleva una superestructura jurídica y política, y a

la que corresponden unas form as definidas de conciencia social» (14).

¿QUE ES EL MARXISMO?

9.

COMO NACE LA SUPERESTRUCTURA

Tenemos un ejemplo. En la Edad Media, según Karl Marx,

el régimen feudal correspondía a determinadas condiciones

de producción. En este régimen, los señores constituían la clase explotadora y los siervos la clase explotada. En esta época, la infraestructura, como ya sabemos, estaba constitui­

da por las fuerzas productoras, resultantes del estado de progreso técnico y de la división del trabajo. La estructura

era la repartición de la propiedad que concentraba en ma­ nos de los señores un dominio, más o menos considerable,

en el cual los siervos estaban obligados a trabajar. En cuan­ to a la superestructura... era la religión católica.

Según Karl Marx, en proporción a la insatisfacción de

las necesidades de la clase explotada, esta clase, pudiéramos

decir que por compensación, proyecta el sueño religioso que

la consuela del mundo real. Si el señor de la tierra no es Un hombre justo, si guarda para sí el producto del trabajo

de los campesinos, es porque, más allá de esta vida, hay

Otro Señor que compensará a éstos de los sufrimientos y de

las injusticias. Por consiguiente, de la explotación nace la necesidad psicológica de una superestructura consoladora.

Para aumentar su verosimilitud, los explotados se hacen de­

pendientes del mundo absolutamente justo que imaginan,

V aceptan sacrificios para merecerlo. De este modo —según

Marx— el proceso dialéctico de la explotación constituye el

origen profundo de las superestructuras religiosas.

Por su parte, los señores encuentran en la religión un ins­ trumento de un notable poder para desalentar la resistencia

de la clase explotada y para paralizar o retrasar su rebelión.

La religión, pues, es, siempre a la vez, un producto de la in-

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nuidad de los explotados y del cinismo de los explotadores.

uno brutal conclusión tenemos que, en la materia pensan­

te en evolución, la creencia en Dios sólo puede ser obra o

bien de las clases engañadas o bien de las clases explotadoras

O sus cómplices.

Si desde los orígenes de la humanidad las religiones y las

ideas morales han estado presentes e impregnado la concien­

cia humana, ello procede de la presencia del fermento dia­

léctico, j la propiedad privada y la lucha de clases que en- (14) K. Marx: Contribución a la crítica de la economía po­

lítica, p. 4. Ed. Giard (fr.).

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

gendra...! El razonamiento de Marx puede expresarse esque­ máticamente de la siguiente manera: mientras haya propie­ dad privada, habrá lucha de clases; mientras haya lucha de clases, habrá secreción de la superestructura. Por tanto, la alienación religiosa es, en cierta manera, el resultado de la alienación económica. El comunismo, al abolir la propie­ dad privada, suprime, a la vez, la lucha de clases y la nece­ sidad de la religión. A medida que se vaya estableciendo el comunismo, la religión llegará a desaparecer por completo. El hombre dejará de estar alienado, de ser transformado en extraño a sí mismo al ver hechos religiosos, morales y jurí­ dicos en situaciones que son puramente materiales y eco­ nómicas. Será liberado de los «embaucamientos». Sabrá que la humanidad verdaderamente es dueña de su destino. El aniquilamiento de toda religión será la señal de su redención. 10. RETORNO A LO REAL

En primer lugar, es necesario subrayar la falsedad de la teoría según la cual la infraestructura determina la estruc­ tura. El Papa Pío XII, enérgicamente, enseñó sobre este pun­ to lo siguiente: «Y no se diga que el progreso técnico se

opone a un régimen tal (de propiedad privada) y arrastra en su corriente irresistible toda la actividad hacia haciendas y organizaciones gigantescas, frente a las cuales un sistema social fundado sobre la propiedad privada de los individuos tiene inevitablemente que fracasar. No; el progreso técnico no determina, como un hecho fatal y necesario, la vida eco­ nómica. Este se ha inclinado dócilmente con excesiva fre­ cuencia ante las exigencias de los cálculos egoístas, ávidos de aumentar indefinidamente los capitales; ¿por qué, pues, no ha de plegarse también ante la necesidad de mantener y asegurar la propiedad privada de todos, piedra angular del orden social? Ni siquiera él progreso técnico, como hecho so­ cial, debe prevalecer al bien general, sino, por el contrario, estar ordenado y subordinado a éste» (15).

Así se encuentra restablecida la libertad del hombre ante la Historia, su dominio sobre la materia y sobre sí mismo.

En segundo lugar, es necesario poner en evidencia la per­ versidad de la teoría de la alienación. Esta es hábil, pues ac­ túa en forma aguda sobre el amor propio humano. ¿No ve­ mos cuán turbado puede ser en su conciencia, aquel que es víctima de una injusticia, cuando se le explica que, además de eso, de ser un explotado, es un ingenuo porque cree en

(15) Pío XII: Mensaje radiofónico de l.° de septiembre de 1944.

¿QUE ES EL MARXISMO?

una justicia transcendente? Se necesita una humildad muy profunda para aceptar una injusticia y ofrecerla al Señor. Se necesita una, aún más profunda, para pasar por ingenuo al obrar de esa manera. Así, la teoría de la alienación actúa sobre el amor propio de las clases menos favorecidas, con una eficacia extraordinaria, para alejarlas de la fe. Esta mis­ ma teoría actúa, además, sobre las clases más acomodadas, con no menor resultado. Tiende a persuadirlas de que, para ellas, la religión sólo es una cómoda justificación que les permite gozar de los bienes mal adquiridos, sin problemas de conciencia. También aquí el orgullo humano ejerce una poderosa presión, hasta el extremo de llegar a insinuar la duda en el alma: «¿Es posible que mi fe religiosa sólo sea el medio inconsciente de consolidar los privilegios de mi situación material?» Quien se formule tal pregunta, al mi­ rar en el fondo de su alma, acaba por descubrir que, efecti­ vamente, en algunas ocasiones, hay egoísmo, y que éste se mezcla con las actitudes aparentemente más cristianas. Cuan­ do la duda se ha insinuado en el alma, las lecturas y medita­ ciones vienen a agravarla, y la teoría de la alienación ha ju­ gado nuevamente su papel. Nos ha llevado a imputar nues­ tras propias faltas a la religión.

La significación cristiana de la alienación es clara: es la repulsa al don, la repulsa a Dios.

Dios es amor, nos dice San Juan. El más profundo deseo del amor que Cristo nos enseñó, es la unión de las volunta­ des: «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre, y, en el Padrenuestro, Jesús nos invita a rezar pidiendo al Padre «Hágase tu voluntad». Del mismo modo, la perfección del amor de la Santísima Virgen se expresa en el «Fiat mihi se­ cundum verbum tuum».

Ahora bien, no es posible hacer la voluntad de aquel a quien se ama, más que con la condición de renunciar a la propia voluntad. Si deseamos emplear la expresión, este re­ nunciamiento es, en cierta manera, ¡la alienación del egoís­ mo profundo! Más exactamente podemos decir que es la purificación de la voluntad que permite la unión amorosa del alma fiel con la voluntad divina. La significación más pro­ funda del renunciamiento cristiano la dio San Pablo, cuan­ do anunció la victoria de Cristo en él: «Vivo, non ego, sed

Christus.»

Marx llama alienación, en el sentido de deshumanización del hombre, a lo que, en realidad, corresponde al libre don de sí en la plena verdad del amor; don, mediante el cual, el hombre se hace más humano, ya que, por naturaleza, está ordenado a él.

Por último, en lo que concierne a la teoría de la super­ estructura, Pío XI la refutó magníficamente en las siguientes 39

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

frases de la Encíclica Divini Redemptoris: «Por encima de

toda otra realidad está el sumo, único y supremo ser, Dios, Creador omnipotente de todas las cosas, juez sapientísimo de todos los hombres. Esta suprema realidad, Dios, es la condenación más absoluta de las insolentes mentiras del comunismo. Porque la verdad es que NO PORQUE LOS HOM­ BRES CREAN EN DIOS EXISTE DIOS, sino que, porque Dios existe, creen en El y elevan a El sus súplicas todos los hombres que no cierran voluntariamente los ojos a la ver­ dad.» (N.° 26.)

Ca p ít u l o III

La economía marxista: LA TEORIA DE LA PLUS-VALIA

La Economía de Karl Marx no constituye, como se cree demasiado a menudo, una técnica de anális económico, neutra de por sí, que puede ser utilizada por cristianos. Es necesario comenzar poniendo de relieve este hecho, porque muchos, incluso entre los católicos, consideran hoy que el análisis de los hechos económicos, tal como Marx lo formuló, constituye una verdadera adquisición técnica de la ciencia económica, una especie de no man’s land en donde creyen­ tes y materialistas pueden entenderse, puesto que, según les

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arece a ellos, se trata de cuestiones perfectamente neutras. fo es este el caso. El pensamiento económico de Marx es una aplicación del materialismo dialéctico a la filosofía del valor, al igual que su sociología es una aplicación del mate­ rialismo dialéctico al estudio de la historia. Para Marx se trata de demostrar que, ya que Dios no existe, el único valor es el trabajo social, actividad mediante la cual la hu­ manidad lleva a cabo su autocreación. La misma teoría de la plus-valía capitalista sólo es una aplicación de la teoría marxista del valor.

1. ¿QUE e s e l v a l o r?

Es necesario comprender plenamente la importancia de

la pregunta formulada. Marx no se equivocó en esto: «La

primera pregunta que tenemos que hacer es ésta: ¿qué es el valor de una mercancía? ¿Cómo se le determina?» (1).

Antes de examinar la respuesta dada por Marx a esta pregunta, recordemos lo que en realidad es el valor eco­ nómico.

El valor económico es la aptitud de un bien útil para ser

estimado. Así, una silla, una mesa, una máquina de escribir,

son objetos útiles. Los hombres atribuyen un valor a esta mesa o a esta máquina de escribir en la medida en que apre-

(1) K. Marx: Salarios, precios y beneficios (More. Ch., p. 261). 41

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

cien suficientemente su utilidad para desear apropiárselas, y estén dispuestos a hacer un sacrificio para ello. En cuanto a la propia utilidad es la calidad de las cosas que sirven de

medios para permitir al hombre alcanzar los fines honestos,

los fines morales de su vida. Así, el alimento es útil porque es un medio para renovar la vida del cuerpo y permitir, de esta forma, la actividad espiritual del hombre.

Bien entendido, el valor económico, esto es, la aptitud de una cosa útil para ser estimada, puede variar, no sólo con dicha utilidad, sino además con su coste de producción (el precio del trabajo), y, también, con otras condiciones, tales como la abundancia o escasez. Sin embargo, no por ello la utilidad deja de ser el fundamento del valor. Porque las co­ sas son útiles las deseamos, estamos dispuestos a hacer sa­ crificios por ellas, tienen valor.

En cuanto al trabajo de los hombres es la causa de la

utilidad. No se confunde con ella, como tampoco el valor

que es la evaluación de la utilidad. 2. LA TEORIA MARXISTA DEL VALOR

Para Marx, el valor no es la evaluación de la utilidad de un bien, pues ésta es una definición no materialista. En efecto, supone que el hombre tiene un fin y que los bienes tienen mayor o menor valor según las circunstancias hagan que se aprecie más o menos su utilidad para alcanzar dicho fin.

Marx es fiel a sus supuestos materialistas. Sostiene que cuando se cambia trigo por seda u oro es preciso que haya, en el trigo y en el oro, una realidad material común. Esta no puede ser su naturaleza, pues el trigo y el oro son dife­ rentes. Tampoco puede ser la utilidad, porque comprendida como un medio con miras a un fin natural, implica el fin del hombre: Dios. ¿Cuál es, por consiguiente, la realidad

material, igualmente presente en el trigo y en el oro, que

puede explicar que dos fracciones de estos bienes sean equi­ valentes? El trabajo, jacto supremo mediante el cual la co­ munidad se produce a sí misma! «Por el hecho de estable­

cer la igualdad de valor entre los diversos productos cam­ biados, los hombres afirman que, en tanto que trabajo hu­ mano, los diferentes trabajos son iguales unos con otros. Ellos lo hacen sin saberlo» (2).

En otras palabras, una silla, una mesa o una máquina cual­ quiera, tienen valor, no porque podamos apreciarlas como medios con vistas a un fin, sino porque son fruto del traba-

(2) K. Marx: El Capital, vol. I, p. 59.

¿QUE ES EL MARXISMO?

jo humano. Y su valor es el mismo trabajo, fuerza material que, por así decir, ha salido de los hombres y ha entrado en ,M madera o en el hierro para transformarse en mesa, silla

O máquina.

Además el trabajo no es una actividad personal. Es, siem­ pre y esencialmente, una actividad social: «Para producir

Una mercancía, escribe Marx, hay que aplicarle, hacer en­

trar en ella, una determinada cantidad de trabajo. Y no digo

ibolamente de trabajo, sino de trabajo social. Un hombre que

produce un objeto para su uso personal inmediato, para con­ sumirlo él mismo, crea un producto, pero no una mercan­

cía. Como productor que se autoabastece no tiene nada en

común con la sociedad, pero para producir una mercancía, ss necesario que este hombre produzca, no solamente un ar­

ticulo que satisfaga alguna necesidad social, sino también

que su trabajo sea una parte de la suma total del trabajo uti­

lizado por la sociedad. Es necesario que su trabajo esté su­

bordinado a la división de trabajo existente en el seno de la sociedad... CUANDO CONSIDERAMOS A LAS MERCAN­ CIAS COMO VALORES, LAS MIRAMOS EXCLUSIVAMENTE