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INSTITUCIONES NATURALES Y GRUPOS HISTORICOS

EL ORDEN SOCIAL CRISTIANO

5. INSTITUCIONES NATURALES Y GRUPOS HISTORICOS

No es posible poner en idéntico plano a los dos grupos sociales que, desde hace un siglo o siglo y medio, ocupan un espacio considerable, e indudablemente desordenado, en las sociedades modernas y contemporáneas: la nación y la clase social. Por desgracia, para numerosos países, singularmente Francia, los mitos de «derecha» e «izquierda» gravitan a su alrededor.

Para apreciar la esencial diferencia que hay entre las ins­ tituciones de derecho natural, tales como la familia, la Pa­ tria y la profesión, y los grupos resultantes de hechos his­ tóricos contingentes, tales como la nación y la clase, nece­ sitamos evocar dos constantes sociológicas que, si se con­ frontan, arrojarán una viva luz sobre nuestro propósito.

Dos fuerzas inclinan a los hombres a la vida social y dan a ésta su cohesión.

Una de ellas resulta de la atracción que los seres que están hechos para completarse sienten unos para con otros,

(4) Pío X I: Encíclica Q u a d ra g esim o A nno, núm. 87.

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tal como ocurre con el hombre y la mujer, y con los padres y los hijos. De igual modo se unen también para completarse las familias dedicadas a actividades económicas muy diver­ sas, que constituyen toda la sociedad política. La atracción que empuja a unirse a los seres complementarios, que es muy conforme con la razón (pues está profundamente penetrada de finalidad), es un hecho de la naturaleza, antes de ser un

hecho de la historia.

La otra fuerza, que tiende a agrupar a los hombres y a dar a la vida social su cohesión, resulta de la mutua atrac­ ción que sienten los seres semejantes. Así vemos como, es­ pontáneamente, en una reunión familiar los niños se separan de sus padres, o también, cómo las mujeres se desinteresan de las discusiones de sus maridos para conversar entre ellas.

DE ESTE MODO ES POSIBLE DISTINGUIR LAS SO­ CIEDADES FUNDADAS SOBRE LA COMPLEMENTARIE-

DAD, FUERTEMENTE PENETRADAS DE FINALIDAD, DE

LAS COMUNIDADES FUNDADAS SOBRE LA SIMILITUD, MUCHO MENOS RACIONALES Y, EN CIERTA FORMA, MAS INSTINTIVAS Y GREGARIAS.

Ahora bien, es curioso comprobar que las divisiones ideo­ lógicas se manifiesten hoy más claramente a propósito de la nación y de la clase social, o sea, de los dos grupos histó­ ricos fundados en la identidad.

Hoy los nacionalistas son «de derechas» ¡No siempre lo han sido! En 1789 eran «de izquierdas». Pero, a mediados del siglo xix, se levantaron a su izquierda los que oponen la clase a la nación, y los nacionalistas, frente a los socialis­ tas, se encontraron sorprendidos y desorientados.

Habida cuenta que hoy, en todo el mundo, las pasiones más fuertes están exasperadas por mitos de clase, se consi­ dera oportuno determinar con precisión lo que es la nación y lo que es la clase. La cosa presenta tanta mayor impor­ tancia cuanto que el Papa Pío XII, el 14 de septiembre de 1952, pedía a los católicos que no se desviasen «m a derecha

ni a izquierda». 6. LA NACION

La nación, dado el significado que esta palabra ha ad­ quirido en Europa en los primeros años del siglo xix con los «Discursos a la nación alemana», de Fichte, es una creación de la historia. La Edad Media occidental, que no era incapaz de concebir una comunidad de idioma, no conocía nada que se pareciese a las naciones. La comunidad de idioma no tiene

EL COMUNISMO FRENTE A DIOS

relación alguna con la sociedad política, y en la Francia de aquella época tenemos una viva ilustración de ello.

La Reforma, al oponer la soberanía de la razón humana a la soberanía de la Iglesia y del Estado, afirma implícita­ mente, aunque en germen, lo que un día llegaría a ser la so­ beranía de la nación.

«Casi es un lugar común, nota a este respecto Pierre Ver-

gnaud en una reciente tesis, que hay que colocar a la Refor­

ma en los orígenes del principio de las nacionalidades; en efecto, ella fue quien, antes de las doctrinas de la soberanía del pueblo, arruinó el equilibrio de los valores tradicionales al sustitur la autoridad de la Iglesia por la conciencia in­ dividual» (5). Y el mismo autor cita una de sus fuentes: «La revolución religiosa del siglo xvi fue una reacción de lo que hay de individual en la religión contra la unidad absorbente de Roma, y, a la vez, una reacción en nombre de las naciones contra la idea de monarquía encarnada en el Papado. He ahí por qué los Estados protestantes son los voceros de las na­ cionalidades» (6).

He ahí por qué, históricamente, la realidad de la nación se desarrolló gracias a una semejanza étnica, y en reacción contra la autoridad política como principio formal de la uni­ dad civil, y aun más, en reacción contra la autoridad divina como principio formal de la unidad de la familia humana.

Sin embargo, hasta que la nación, en el siglo xix, hubo tomado conciencia de sí misma, no intentó afirmarse políti­ camente por medio del principio de las Nacionalidades, prin­ cipio que, según el diccionario Littré, es «aquel, según él cual,

las porciones de una raza de hombres tienden a constituir un solo cuerpo político».

Sea lo que fuesen esos desarrollos históricos, el hecho es que las naciones existen. La inspiración racionalista que sus­ citó su formación es una cosa, y su existencia es otra dife­ rente. Nos queda por saber, frente a esta existencia, cuál es su verdadera esencia.

Si aceptamos que a la nación se la defina como un Estado- Nación, o sea, como la legítima coincidencia de una unidad étnica y de una unidad política, sancionamos con ello el prin­ cipio de las nacionalidades, reconocemos al Estado naciona­ lista, y legitimamos la política nacionalista. Obrar de ese modo es ir contra el derecho natural, porque es fundar la sociedad política, no ya en la complementariedad de fami-

(5) Pierre Vergnaud: L’idée de la nationalité et de la libre disposition des peuples dans ses rapports avec Vidée de l’Etat,

página 20. Ed. Domat-Montchrestien, 1955.

(6) Laurent: Histoire du droit des gens, t. X, 1, 9. Edición

de 1863.

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lias que pueden ser de nacionalidades y de clases diferente·, sino en la similitud religiosa, étnica, lingüística o cultural.

Por consiguiente, si se quiere permanecer dentro de las normas del derecho natural, hay que considerar a la nación como una comunidad fundada en la semejanza que acaba de ser evocada, contemplada independientemente de la so­ ciedad política, que es de otro orden. Por lo tanto, pudiéra­ mos pensar que, precisamente para permitirle quedar den­ tro de los límites del derecho natural, Pío XII enseñó, en la Navidad de 1954, que «la vida nacional es, por sí misma, el

conjunto operante de todos aquellos valores de civilización que son propios y característicos de un determinado grupo, de cuya espiritual unidad constituyen como el vínculo. Al mismo tiempo, esa vida enriquece, como contribución propia, la cultura de toda la humanidad. EN SU ESENCIA, pues, LA VIDA NACIONAL ES ALGO NO-POLITICO; tan verda­ dera es esta realidad, que, como demuestra la historia y la experiencia, esa vida puede desarrollarse al lado de otras, dentro del mismo Estado, como también puede extenderse más allá de los confines de éste».

Es necesario insistir en esta definición, pues lleva con­ sigo múltiples aplicaciones. Por ejemplo, la nación francesa desborda ampliamente a la Patria política francesa. Hay va­ rios millones de personas que constituyen «la nación fran­ cesa de América» y que son ciudadanos, bien del Canadá, bien de los Estados Unidos. A la inversa, los Estados federa­ les, tales como Bélgica, Canadá y Suiza, reúnen en una mis­ ma Patria política tradiciones nacionales diferentes, no sin que por ello tengan planteados delicados problemas de uni­ dad en la diversidad.