En su ambición de conquista mundial, el leninismo sienta como principio, y en la práctica, la unidad de acción de todos los revolucionarios en el plano internacional. «Proletarios de todos los países, unios.» De atenerse a una lógica «burguesa», sería, pues, de esperar que el comunismo se declarase ene migo irreductible de los nacionalismos.
Pero comenzamos a acostumbramos: la lógica marxista es una lógica dialéctica. Será necesario, por tanto, o consi derar al nacionalismo como la expresión de una clase «tesis»: el capitalismo burgués, y entonces será malo y habrá que anunciar su inevitable liquidación por la Historia, o, por el contrario, cuando las circunstancias nos lleven a identificar al nacionalismo con las aspiraciones de un grupo «antítesis», ese nacionalismo será bueno, puesto que marcha «en el sen tido de la historia».
Esto explica las innumerables contradicciones —a nues tros ojos— de los jefes comunistas en este punto. Así, en 1935, Maurice Thorez decía: «El partido socialista se declara
en favor de la defensa nacional, mientras que el partido co-
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EL COMUNISMO FRENTE A DIOS
munista sigue fiel al manifiesto de Kart Marx y de En gels: ‘los proletarios no tienen patria'» (Journal Officiel del
15-3-35). Y el mismo Thorez, en 1936, declaraba a Villeur banne: «La nación francesa es esa suma de gloriosas tradi
ciones y de generosas aspiraciones que pisotean los defen sores del fascismo...» (Maurice Thorez: Union de la nation française, p. 126).
En resumen, Stalin, Thorez y todos los otros discípulos de Lenin se han esforzado por pensar la cuestión nacional en términos dialécticos. Cada vez que se presente una situa ción internacional que la oponga a la URSS, la nación es una realidad burguesa que hay que destruir. Cada vez que se presente una situación internacional que la oponga al mundo capitalista, la nación es una realidad gloriosa y se hace legítimo morir por ella. En 1939, los comunistas fran ceses se negaron a batirse contra Hitler, aliado de la URSS. En cambio, después de 1941, se erigieron en campeones de Francia contra Hitler, que había invadido la URSS.
De igual modo, la solución de la cuestión colonial es una aplicación directa del método dialéctico. La explotación de un país por otro es buena y loable, cuando el país explota dor es comunista. Basta pensar de qué manera Rusia ha hecho uso de ella con sus satélites, para comprobar que, hoy, la forma más acabada del más inhumano colonialismo con siste en la extensión de la dictadura del proletariado a un nuevo país. Cuando, por el contrario, una nación «capita lista» invierte sus capitales en una región subdesarrollada y se esfuerza por elevar a la vez el nivel intelectual, material y moral de la población, evidentemente comete una acción vergonzosa y, para ella, sería mucho más honorable reti rarse... En efecto, no va en el sentido de la contradicción, sino que, al revés, ¡va en el sentido de la reconciliación! Por lo tanto, es un obstáculo fundamental para la propa gación de la revolución mundial.
Todos los medios serán buenos: asesinato, terror, cam pañas de calumnias, etc., para persuadir al mundo que la pretensión del país capitalista de ayudar al país subdesarro llado es una odiosa hipocresía, y para persuadir al país sub desarrollado que su dignidad y su independencia exigen que se levante contra aquellos que vienen a ayudarle.
Resumiendo en forma muy esquemática, y sin olvidar
además que, durante tiempo, las naciones capitalistas des cuidaron o ignoraron sus deberes de solidaridad para con los países subdesarrollados, podemos decir que el leninismo
explica la cuestión colonial asimilando a los pueblos sub desarrollados con la clase explotada, y a los países capita listas, con posibilidades de ayudarles, con la clase explota dora. Sólo un conflicto sin piedad puede permitir resolver
¿QUE ES EL LENINISMO?
dialécticamente la situación. Esto explica cuál es el motivo por el que los comunistas, sistemáticamente, sostienen los nacionalismos en los países subdesarrollados, incluso cuando esos nacionalismos son personalmente anticomunistas. His tóricamente juegan el papel de antítesis. Tienen, pues, dere cho al apoyo de la organización revolucionaria mundial. Los nacionalismos encuentran en esa alianza su interés inme diato; el comunismo internacional, fuerte con su organización revolucionaria, está seguro de encontrar en ella su interés a largo plazo.
Tales son los principales puntos a través de los cuales po demos resumir la concepción leninista de la estrategia revo lucionaria. Como vemos, el pensamiento de Karl Marx está ampliamente rebasado. El leninismo tiene su personalidad específica, y, hablando con propiedad, el mundo libre no se encuentra hoy frente a un pensamiento marxista tradu cido a la realidad, sino frente a algo todavía más diabólico: al comprobar que las profecías de Marx no correspondían a la realidad y que las fuerzas de amor en el mundo bastaban para compensar naturalmente a las fuerzas de contradicción, Lenin se esforzó por racionalizar y organizar el odio. El mun do cristiano comprueba los resultados. Pero, sin embargo, en su conjunto, no parece que aún haya comprendido bien las causas.
Ca p ít u l o V
El instrumento de la revolución: EL PARTIDO DE LOS REVOLUCIONARIOS
PROFESIONALES
Para poner en práctica en el mundo entero la estrategia revolucionaria, Lenin concibió una organización sin igual en toda la historia de la humanidad: el partido comunista.
La palabra «partido» es engañosa. En efecto, a primera vista uno siente la tentación de creer que hay un partido co munista como hay un partido socialista o un partido libe ral... Cada uno de ellos agrupa a personas que participan de una misma opinión y que, a través de la elección y mediante la propaganda, se esfuerzan por hacer triunfar su punto de vista y, si es posible, ocupar el poder, al menos durante cierto tiempo. Ahora bien, el partido comunista no tiene nada en común con esta concepción —nada, salvo el nombre de partido y una cierta apariencia completamente super ficial—.