EL ORDEN SOCIAL CRISTIANO
2. VICTORIA DE LA ESPERANZA
Pues, en verdad, entre los cristianos son muy numerosos aquellos que, en forma viva, creen que el Verbo encarnado, Hijo de Dios, murió el Viernes Santo por amor a la huma nidad, en el monte Gólgota. Asimismo creen también en la resurrección de Cristo y en que está en el Cielo a la de recha del Padre.
Pero son menos numerosos aquellos que creen que esta muerte de Jesús en la cruz haya servido verdaderamente para algo aquí abajo. Porque, como Cristo nos volvió a abrir las puertas del Cielo y nos dijo que Su reino no era de este mundo, tienen una cierta tendencia a creer que la Reden ción no tiene verdadera eficacia para la vida presente. De la civilización cristiana solamente recuerdan las insuficiencias y las flaquezas. Olvidan que esta civilización fue fundada e inaugurada por Jesucristo, y que la gracia de Dios constituye un socorro eficaz para conseguir que los esposos se amen según una exigente fidelidad, que los patronos y los obreros colaboren eficazmente en la justicia y la caridad, y que los
(2) Pío X II: Alocución del 4 de junio de 1951. 162
EL ORDEN SOCIAL CRISTIANO
pueblos desigualmente desarrollados se completen y colabo ren teniendo como base una civilización fraternal.
Esos cristianos creen que Cristo murió por nosotros, pero no creen que esto pueda cambiar el curso de la historia. To man en consideración el desarrollo de las ideologías, de las conquistas, de las mayores injusticias sociales y de las no menores respuestas del odio organizado. Y ante los progresos del paganismo, del laicismo y del comunismo, tienen tenden cia a jugar a perdedores. Creen realmente que Cristo es el Dueño de la historia, pero confusamente piensan que este dominio, para cada hombre, verdaderamente sólo se ejerce rá más allá de la tumba. Piensan que más acá los aconteci mientos de la historia son irreversibles, y, muchos de ellos, hasta se esfuerzan por buscar que la Iglesia, en la hipótesis de un triunfo universal del comunismo, pueda seguir estando presente en ese mundo así en gestación...
Tan cierto es que la esperanza, la «hijita» de Péguy, es una conquista difícil —y rara—. Quizá, para apreciarlo, en quien haya que pensar sea en Juana de Arco, pues Ella sigue siendo, en el Cielo y en los corazones, la propia llama de la esperanza.
Cuando llegó junto al Delfín, éste dudaba de la legitimi dad de su herencia, y los jefes del ejército ya no tenían con fianza en la victoria. Gran parte del reino estaba ocupado por los ingleses, y eran muchos los que creían que la suerte estaba echada, que el sentido de la historia ya había sido definitivamente fijado, y que pronto toda Francia estaría bajo el dominio del rey de Inglaterra.
Algunos creían en eso porque les interesaba, ya que co laboraban con el ocupante con objeto de conseguir honores y mejoras. Otros tenían miedo, pues eran débiles. Y como hacen siempre los débiles, se esforzaban por complacer a sus enemigos, traicionando a sus amigos. En cuanto a los que permanecieron fieles al Delfín, su fidelidad constituía más bien una manifestación de la rectitud de su conciencia, que un testimonio de su esperanza en la victoria. Cuando Juana llegó junto al Delfín, era la única en todo el reino de Francia, en tan triste situación, que tenía una firme espe ranza en la victoria. Era la única, pues su esperanza provenía de que, en lugar de apoyarse en probabilidades o en pronós ticos humanos, confiaba en Dios, teniendo como doctrina que «los hombres combaten y es Dios quien da la victoria».
Juana apareció en medio del ejército. Tenía dieciocho años. En cosa de días, casi de horas, el ejército, cansado y desmoralizado desde hacía tantos meses, recobró su ardor y su dinamismo. Inexplicablemente, no haciendo nada más que ser piadosa, creyente, fiel y confiada, Juana logró que compartiesen su esperanza. Alzó su estandarte, entusiasmó
EL COMUNISMO FRENTE A DIOS
a los hombres, y el ejército derrotado se transformó en ejér cito victorioso, y el ejército desmoralizado se transformó en ejército triunfador. A los ingleses se les persigue en Jargeau, en Beaugency, en Patay... El camino hacia la ciudad de la Consagración quedaba libre. Juana, llevada por su espe ranza, condujo a su noble Delfín hasta la catedral de Reims, en donde, al ser ungido con los santos óleos se transformó en rey: Francia encontraba de nuevo el principio de su unidad.
La victoria temporal de Juana no fue la más difícil de alcanzar. Su confianza absoluta en la ayuda de Dios le per mitió convencer al señor De Beaudricourt en Vaucouleurs, al Delfín de Chinon, a los teólogos en Poitiers, y al ejército en Orléans... Pero he aquí que luego la vemos prisionera en Compiégne y condenada en Rouen. Su rey la abandonó y el obispo Cauchon, rodeado de teólogos, se alzó ante ella para poner en duda sus palabras, negar la autenticidad de su misión, y convencerla de que había sido engañada... En esa ocasión los acontecimientos le fueron adversos. Ya no era la heroína que da valor a un príncipe y a su ejército, sino una pobre muchacha prisionera a la que se atosiga a pre guntas, a la que se intenta persuadir de su fracaso, y a la que, finalmente, se condena al suplicio supremo, a la ho guera...
La esperanza de Juana permaneció intacta. Ahora ya no era la esperanza de una victoria cuya gloria le corresponde ría, sino solamente la esperanza en la misericordia y fideli dad de Dios frente a la muerte y frente al porvenir de Fran cia. Todo se derrumbó alrededor de ella. Se vio abandonada por su rey y condenada por hombres de iglesia. ¿Sintió acaso la tentación de salvar su vida, deshonrando su misión? Es posible. Pero, a través de esta agonía, se apoyó en Dios y en Su gracia, tanto más completa y únicamente, cuanto que le faltaban todos los demás puntos de apoyo humanos.
Cuando quedó atada a la hoguera, ya no tiene nada que esperar aquí abajo. Y sus últimas palabras fueron palabras de esperanza: «...Jesús... Jesús... Jesús...» En 1436, el último inglés abandonaba el suelo de París.
El Papa Pío XI fue quien canonizó a Juana de Arco en el preciso momento en que el comunismo comenzaba a ten der sus redes por el mundo. Ante esta marea de la revolu ción que se extiende por el mundo, los hombres no están con menos incertidumbre que lo estaban los franceses de la época de la ocupación inglesa, en 1429. Son muchos los que, por cálculo o por miedo, están dispuestos a aceptar la idea de un triunfo histórico del comunismo. A estos y a todos los demás, Pío XII, con ocasión del quinto centenario del proceso de rehabilitación de Juana de Arco, dirigió las siguientes palabras:
EL ORDEN SOCIAL CRISTIANO
«No es extraño que en los instantes más críticos, igual que una ráfaga de viento arrastra a las nubes y deja ver la estrella que guiará al navegante hasta el puerto, envíe el Señor la inspiración sobrenatural que hará que un alma sea la salvación de su pueblo. Alzad por tanto los ojos, Hijos muy amados, dignos representantes de una nación que se gloría del título de hija primogénita de la Iglesia, y mirad los grandes ejemplos que os han precedido... Si por un mo mento pudiera parecer que triunfan la iniquidad, la mentira y la corrupción, bastará con que guardéis silencio algunos ins tantes y levantéis los ojos al Cielo, para imaginarnos las le giones de Juana de Arco que vuelven con los pendones des plegados para salvar a la Patria y salvar a la fe... Si incluso, a vuestra vez, creéis que vais a ser víctimas, mirad a vuestros héroes rehabilitados, a vuestras catedrales reconstruidas, y una vez más os convenceréis de que LA ULTIMA VICTORIA PERTENECE A LA FE, a la que nada puede abatir, y cuya única depositaría es la Iglesia Católica» (3).