• No se han encontrado resultados

INTRODUCCIÓN AL CONCEPTO DE PULSIÓN DE MUERTE

En mi libro La subversión freudiana y sus

INTRODUCCIÓN AL CONCEPTO DE PULSIÓN DE MUERTE

s Lm sueño i traumáticos í El agieren en la transferencia fort-Da 1 ,a compulsión del

Vamos a comenzar con una ruptura crucial en las elaboraciones que Freud produce consigo mismo, dado que es tal el valor de aquella, que produjo en sus discípulos un gran rechazo, y posteriormente originó diferentes corrientes. De un modo privilegiado, podemos decir que todo el posfreudismo se puede leer de acuerdo a que posición se ha tomado respecto de este problema.

En su autobiografía, Freud confiesa la angustia, las incertidumbres, los temores, los avances y retrocesos para dar ese paso; confiesa que, probablemente, fue el momento más difícil de su elaboración doctrinaria.

Como hijo de la modernidad, agujerea el ideal de la época al formular el inconsciente, esa herida profunda que es la causa de que los sujetos no sepan lo que dicen cuando hablan ya que, aunque crean saber lo que dicen, no es así.

Todas las filosofías y las psicologías se habían quedado en el límite igualando aparato psíquico-conciencia. Freud produce una ruptura enorme, primero porque formula que el aparato psíquico no es sinónimo de la conciencia y, luego, porque ni siquiera está gobernado por el principio de placer, ya que

injustos. En el siglo XX —el siglo de las dos grandes guerras mundiales- Freud se encuentra con las masacres de millones de personas, con el despliegue del estalinismo, del fascismo, del nazismo. Y así como se halla con esto en el campo social, también lo hace en su clínica, con este modo de satisfacción en el dolor y con una tendencia en el sujeto que no se guía por el bien, que no está gobernada por el principio de placer. Esto no solo modifica todo lo que había desarrollado, sino que la clínica le exige un ordenamiento conceptual diferente.

Es fundamental la docilidad de Freud para ser permeable —como él mismo dice—, porque si en su práctica se le presenta un elemento discordante con todo un ordenamiento conceptual, no se trata para él de desecharlo por no entrar en dicho ordenamiento, sino todo lo contrario. Se trata de darle una dignidad a eso que surge en la práctica clínica, para hacer otro ordenamiento conceptual y tirar abajo todo lo que se había construido, para poder dar cuenta conceptualmente de ese real de la clínica. Vemos ahí, realmente, un pensador con coraje, con agallas, gobernado por una ética que hacía que el más mínimo elemento que no entrara en el ordenamiento conceptual pudiera tirar abajo todo con lo que contaba hasta el momento. Hay que poder hacer eso; más, cuando estaba en 1920 y hacía ya muchos años que venía produciendo teóricamente y atendiendo pacientes.

Freud se fiie encontrando en la clínica con ciertas cuestiones a las que trató de buscarle solución antes de dar ese paso. Algo relevante con lo que se encontró fueron los sueños punitivos. Al respecto, venía diciendo que los sueños son una realización de deseos a partir de que el aparato psíquico está gobernado por el principio de placer. El trabajo del sueño como desfiguración, con el desplazamiento y la condensación como operadores de la censura onírica, estaba al servicio de expresar deseos inconscientes que, al entrar en contradicción con la

Freud abre ese capítulo en cuestión, con el famoso sueño “Padre, ¿no ves que me abraso?”, en el que el hijo muerto increpa al padre con esa frase que produce el despertar. En él, Freud realiza un esfuerzo teórico enorme para sostener que había una realización de deseo al servicio del principio de placer.

Si la función del sueño es conservar el dormir, hay allí un fracaso, porque el sujeto despierta. El sueño es el siguiente: a un padre se le había muerto su hijo; durante el velatorio, deja a un anciano al cuidado del féretro -con velas encendidas a su alrededor- y se va a dormir, pero se duerme con la preocupación de si ese anciano iba a poder quedarse despierto para velar a su hijo. En medio de la noche se produce el sueño en el que el hijo le dice: “Padre, ¿entonces, no ves que me abraso?”. El padre despierta y se encuentra con que una de las velas se había caído sobre el ataúd y estaba prendiendo fuego la mortaja. Freud sostiene que lo despertó esa intensa luminosidad del fuego, y que el deseo que había en el sueño, como realización de deseo, era que el hijo continuara viviendo.

En verdad, como veremos, no lo despierta la realidad de la vela caída sobre el féretro; lo despierta la frase misma del hijo como reproche. Quizá -dice Freud- la frase tiene que ver con un momento en la enfermedad del hijo, en el cual algo de estas palabras fueron dichas, y el hijo le reprochaba al padre “no ves que estoy ardiendo” de fiebre. La verdad aparece en el punto más cruel de un hombre: que un hijo lo increpe como padre por no haber estado a la altura de su función. En realidad, es este horror lo que despierta a ese sujeto. FaUa la función del sueño; es un sueño traumático en el que el desplazamiento y la condensación no pueden operar. El sujeto despierta para poder seguir viviendo dormido ante esa otra realidad. Más allá de la realidad psíquica misma, está esa dimensión traumática en esa frase.

el aparato está gobernado por el principio de placer, si una y otra vez se vuelve a la escena del trauma?

Freud se encuentra en la clínica con otra cuestión -que ya trabajamos en “Recordar, repetir y reelaborar” (1914) —: la repetición. Teníamos la transferencia en su carácter de motor, al servicio del despliegue del inconsciente, de la emergencia de las producciones del inconsciente —vía los sueños, los lapsus, los actos fallidos—; la transferencia analítica como la palestra, el escenario donde la repetición de los representantes psíquicos que marcaron la historia de un sujeto se producen como formaciones del inconsciente. Pero también, nos; encontramos con el agieren, el actuar en transferencia, que es otra cara de la repetición ya no son los representantes psíquicos que se repiten en la producción de las formaciones del inconsciente, sino lo que se repite en acto.

Esto pone en juego ya no la transferencia positiva, motor, sino la transferencia negativa, los modos de la transferencia negativa gobernados por las dimensiones eróticas o las dimensiones hostiles. Freud se encuentra con que el sujeto repite en transferencia -y en relación con la persona del analista—, fragmentos de su vida infantil que siempre fueron penosos. O busca hacerse tratar mal, con frialdad, hostilmente, busca promover respuestas del analista en la línea del maltrato o, bien, se pone en juego la presentificación erótica, una interrupción del decurso del trabajo analítico como asociación con la detención de ese modo de trabajo. El análisis continúa por otros medios, vía el agieren, vía ese repetir en la transferencia, como un actuar en transferencia. Lo llamativo de esto, que es algo central en la cura de la neurosis, es que lo que se repite como actuación en transferencia —enlazando a la persona del médico— son fragmentos de la vida que siempre fueron penosos.

escondía detrás de un mueble pronunciando “o, o, o, o” -que Freud traduce por un fort, que en alemán significa “se fue”—, como escenificando la partida de la madre; tiraba luego del piolín, y ahí pronunciaba T>a —“acá está”-, con júbilo. Hasta ahí, es un juego que parece algo nimio, que también puede hacer un animal doméstico, claro que el animal doméstico no dispone de un orden simbólico que le permita situar una supuesta identidad entre el carretel que desaparece y el que vuelve a aparecer, porque el fort-Da implica nombrar el mismo carretel. ¿Qué hace que pueda nombrarse que el mismo carretel que desapareció es el que apareció? ¿Qué es lo que hace que haya posibilidad de identidad entre uno y otro? En verdad, es una identificación: identifico el que aparece con el que desapareció con una forma lógica que sería A = A, pero para poder decir eso necesito dos cosas. Primero, disponer de la letra A y del signo = y, segundo, producir un desvío, porque una cosa es la primera letra A y otra, la segunda. Es un problema lógico.

¿Qué le llama la atención a Freud? ¿Por qué sostiene que se trata de un juego para superar lo doloroso de la partida de la madre, un modo de elaborar la situación traumática, como así también lo es esa primera respuesta a los sueños traumáticos?

Freud observa, primero, que el niño no mostraba ningún sentimiento de disgusto, dolor ni angustia por la partida de la madre y, además, que la mayoría de las veces, la parte del juego que más repetía era la de hacer desaparecer el carretel -que sería el punto doloroso-. Dado que el intento de reelaboración de lo traumático al servicio del principio de placer debería ser siempre el juego completo, ¿de qué se trata? ¿Qué quiere decir que juegue a la desaparición misma, a lo que sería el punto de dolor?

Por un lado, el juego no es sin esos dos representantes psíquicos: fort y Da. No es que solo juega con el carretel, sino que pronuncia estos dos significantes en alternancia,

posible porque la madre se va, porque no está en presencia de la madre. ¿Qué quiere decir que una madre se vaya para que un hijo pueda jugar al fort-Da} Quiere decir que esa persona que es la madre de ese niño, tenga un deseo más allá de ese niño, por ejemplo, el padre del niño. Irse es que no le esté todo el tiempo encima como objeto absoluto de su deseo y de su goce; en otras palabras, que el niño no la colme.

Entonces, para que haya juego, producción de los representantes psíquicos, juego de alternancia -que es fort-

Da como sistema de diferencias, como operador lógico de

diferencias—, es necesario que, en ese sentido, una madre se retire.

Primera cuestión, tenemos al niño jugando y satisfaciéndose a nivel del fort y el Da, una satisfacción en producir los representantes psíquicos de esta alternancia y diferencia.

Segunda cuestión, ¿qué es ese carretel? ¿Es la madre que, haciéndola pasar por él, le permite manejar la escena -él lo hace desaparecer y lo vuelve a traer—? ¿La madre está representada en ese carretel? No. Es una parte de sí mismo, representa aquello que pierde para poder ser un sujeto, aquello que le permite separarse de ese Otro. Pero ¿qué es eso de sí mismo perdido y, al mismo tiempo, con lo que el sujeto tiene un lazo, un piolín? Es el objeto de la pulsión parcial. Decíamos que para Freud, el neurótico está gobernado desde dos lugares, tiene dos amos. Por un lado, está sobredeterminado por estos representantes psíquicos en alternancia —el inconsciente— y, por otro, está fijado a un objeto.

Esto abre la vía de la tercera cuestión respecto a este juego: ¿al servicio de qué está este juego? Freud dice que a partir de lo que se encuentra en la clínica y en la sociedad, debe producir un concepto nuevo: un cambio en el modelo pulsional.

la libido al yo; y en la esquizofrenia, regresión de la libido al autoerotis- mo, se libidinizaba todo el aparato, aunque quedaba un resto libidinal que no había pasado jamás a los objetos, que no era efecto de la regresión, sino que era algo que no había pasado nunca a los objetos.

Acá tenía otro problema, que había situado tempranamente en el “Proyecto de Psicología” (1950 [1895]). En este texto, Freud ubica no solo la experiencia de satisfacción que marcaba el destino del deseo en el sujeto, como deseo añorante de aquello que ha perdido -fundamento de la búsqueda fallida de la identidad de percepción, fundamento de la realización alucinatoria dcl deseo-, sino también la experiencia de dolor que dejaba un resto llamado afecto, que era diferente al deseo.

En los primeros trabajos, se encontró también con la hipótesis au- xihar como fundamento del conjunto de las neuropsict)sis; esa fuente no era una fuente independiente de placer, sino de displacer: fuente independiente de desprendimiento de displacer.

A su vez, se encontró con que en la emergencia de la defensa respecto a la representación inconciliable, había una cara de éxito de la defensa, un representante psíquico quedaba en el grupo psíquico escindido, inconsciente, que luego retornaba como retorno de lo reprimido. Pero la defensa es un éxito paradójico; opera, reprime, y eso implica retorno de lo reprimido; pero hay un punto en el que la defensa fracasa, ya no porque lo reprimido retorna desfiguradamente, sino porque no puede frenar lo que es la dimensión compulsiva que se expresa en los ceremoniales, en los rituales obsesivos, en la compulsión del síntoma, en la dimensión económica, cuantitativa, en la que el obsesivo por más que desplace de representante en representante, siempre tiene un exceso en sus pensamientos. Es la imposibilidad de tramitar ese exceso.

Tenemos lo exitoso: se reprime el representante psíquico, que retorna desfiguradamente, y el fracaso: no hay modo

de que esa versión está destinada al fracaso porque nombra la imposibilidad de la completud. ¿Qué querría decir que la completud fuera posible? Que tendríamos un objeto predeterminado para la pulsión, pero sabemos que no es así. Por eso hay tantas posiciones sexuadas: heterosexuales, homosexuales, transexualismo, travestismo, etcétera; los diferentes objetos parciales y sus revestimientos, y todo el campo de las perversiones (voyerismo, exhibicionismo, etcétera).

La otra referencia freudiana es el filósofo alemán Schopenhauer, con su obra mayor Kl mundo como voluntad

y representación y, especialmente, lo que trabaja como

voluntad; porque para la cuestión de la representación Freud tenía suficiente con Herbart y con Hartmann, el filósofo. Schopenhauer hace entrar en la cuestión al cuerpo y afirma, al modo freudiano, que no es que los pensamientos gobiernen las pasiones sexuales, sino al revés, que las pasiones sexuales gobiernan a los pensamientos.

Dice Freud, entonces, que hay una pulsión más originaria -da explicaciones biológicas a modo de metáforas—; que hay una tendencia del ser vivo a volver a lo inorgánico, a la muerte. La pulsión de vida lo único que hace es retrasar y marcar las vías por donde el organismo morirá, ubicando así la dimensión del eterno retorno.

A la pulsión de muerte la llama también de destrucción, de dominio, de apoderamiento y destrucción. Es el soporte de esa satisfacción en el dolor propio y ajeno. La existencia de una pulsión más originaria que la pulsión de vida fundamenta que el aparato psíquico no está gobernado por el principio de placer, sino que -es el título del texto- hay un más allá del principio de placer que gobierna el aparato psíquico.

Por eso, el síntoma neurótico puede llamarse satisfacción de la necesidad de castigo; por eso es que el masoquismo es primario; por eso es que los sujetos vuelven una y otra vez a

de la pulsion de muerte; transforma el más allá en ganancia de pia- cer, en un plus de placer.

Es muy importante diferenciar si cuando se habla de displacer se está refiriendo al más allá o a ese momento de displacer dentro del principio de placer.

Es por eso que Freud sostiene que uno: al principio de placer habría que llamarlo principio de placer-

displacer y, dos: fiiera de él, se trata del más allá del principio de placer, porque el displacer, una vez

dentro del artefacto, no es más allá del principio de placer, es la pulsión de muerte ligada a la pulsión de vida, y la pulsión ligada al deseo. A este artefacto, Freud lo llamaba fantasía cuando todavía no disponía del concepto pulsión de muerte. Produce una ganancia de placer, puede implicar una situación dolorosa acotada al servicio de un modo de satisfacción dentro del marco de esc artefacto. Para utilizar el ejemplo anterior: no es lo mismo decirle a alguien en un acto amoroso “te quiero matar”, a que el partenaire diga “mátame”. En un caso funciona el artefacto de la ganancia de placer y, en el otro, ha caído esa precipitación en el más allá.

Clase 2