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INTRODUCCIÓN GENERAL A LA ALTA EDAD MEDIA.

In document Historia de La Medicina Dr. Cornejo (página 44-47)

CAPITULO VI EDAD MEDIA

INTRODUCCIÓN GENERAL A LA ALTA EDAD MEDIA.

El período final del Imperio Romano corresponde a su decadencia, que se inicia en el siglo III y finaliza en el año 476 con la caída del imperio romano de Occidente originada por las sucesivas invasiones bárbaras, que causaron su pulverización en pequeños feudos y una onda destructora que terminó con la organización política de los césares y todas sus instituciones. Para entonces el cristianismo se había consolidado como una creencia firme y universal en todos los territorios del antiguo imperio y su organización fue la única que sobrevivió a la marea bárbara.

En los siglos posteriores al nacimiento de Cristo, una serie de epidemias socavaron la confianza en los médicos y en la medicina racionalista. Es así que en el año 125 ocurrió la llamada peste de Orosio, que ocasionó gran mortandad en la costa africana. En el año 164 la llamada peste de Antonino, que se extendió a partir de Asia a todo el Imperio y que tal vez haya sido peste bubónica o tifus. Del 251 al 266 una epidemia de viruela diezmó también todo el imperio, repitiéndose en el año 312.

Además de la impotencia de los médicos frente a estas epidemias la decadencia general de la sociedad romana, verdadera causa del fin de esa civilización, reforzó la desconfianza, el sentimiento de desamparo y el misticismo de las masas, que se volcaron hacia el culto de Esculapio. La falta de nuevos descubrimientos y de continuadores que estuviesen a la altura de Galeno también contribuyó a la decadencia de la medicina que existirá en este período.

Medicina Bizantina.

El imperio romano del Oriente tenía su capital en Bizancio, actual Constantinopla, y permanecería desde el año 395 hasta el año 1453.

Lejos de los cataclismos que ocurrían en occidente, Bizancio careció de Edad Media. El cristianismo estaba presente como en todas las ciudades del antiguo imperio, pero no consiguió imponerse ni política ni culturalmente, por lo que existieron elementos sincréticos entre esa doctrina religiosa y la cultura greco-romana clásica. Así como el resto de las ciencias y la filosofía, la medicina pudo conservarse en Bizancio, transmitiéndose primero a los árabes y posteriormente de vuelta a occidente.

Fueron de Bizancio los Santos Cosme y Damián, patronos de la medicina, que habrían vivido en el siglo VI y sobre cuyos éxitos se propagaron numerosas narraciones y mitos.

La escuela médica de Alejandría continuó como principal centro formador de médicos hasta el año 642, cuando sucede la expansión y conquista árabe.

Entre los principales médicos de este período sobresalen Oribasis de Pérgamo (325-400), Aecio de Amida (500-570), Alejandro de Tralles (523-605) y Pablo de Egina (600-625), que fueron más que nada compiladores de los antiguos textos griegos, sumando en ocasiones creencias sobrenaturales a los textos racionalistas clásicos.

Después del año 700 la misma Bizancio se convertirá en el núcleo principal de formación de médicos. Se fundaron entonces hospitales (“nosocomia”), bien organizados y anexos a monasterios, conventos o asilos de mendigos. El latín suplantará al griego en el lenguaje médico por los próximos 1300 años.

Los nestorianos constituyeron una secta expulsada y perseguida, que se estableció primeramente en Odessa, luego en Nisibis y finalmente en Gondisapur, lugares en los que harían funcionar hospitales y diversas escuelas de filosofía y medicina griega. Allí recibían conocimientos árabes, persas e hindúes y a la vez recibían instrucción estudiantes cristianos, judíos y árabes.

Del año 543 al 580 aparece la llamada peste de “Justiniano”, que arrasa tanto al oriente como al occidente y que se trataba de peste bubónica.

Medicina Monacal

Mientras estos acontecimientos ocurrían en Bizancio no había lugar para el médico en los primeros tiempos del feudalismo. Los señores feudales necesitaban guerreros y caballeros por lo que el analfabetismo resultaba abrumador. Las personas no eran valorizadas precisamente por sus

conocimientos y los médicos que se equivocaban no raramente terminaban en las mazmorras o eran ejecutados. La iglesia por su parte proclamaba enérgicamente la supremacía indiscutible de sus escritos canónicos en los dominios de la ciencia y de la fe. Fue así, que ante la destrucción de los antiguos sistemas de enseñanza de la medicina, la iglesia, asumió tanto el papel formador como el asistencial de la práctica médica: los médicos fueron substituidos por los sacerdotes y monjes médicos.

Fiel a sus primeros tiempos de desconfianza y antagonismo hacia las prácticas consideradas paganas, se rechazó la teoría de la enfermedad organicista y se reemplazó por la Yatroteologia, que propugnaba que la salud no era tan importante como la salvación del alma; la enfermedad y el sufrimiento fueron interpretadas como expresiones de la voluntad divina, consecuencia de los pecados y las culpas, requiriendo arrepentimiento y redención. La enfermedad debía ser comprendida como una prueba de benevolencia divina. El fundamentalismo bíblico tomó el lugar de la filosofía naturalista…

La exaltación de lo espiritual llevó al menosprecio del cuerpo y la sexualidad, con gran prejuicio de la higiene personal y el dominio del misticismo religioso sobre las masas populares se extendió sobre toda Europa continental.

La exégesis católica surgió en el siglo IV a partir de San Agustín (354-430). Explicaba la necesidad de distinguir la intención moral y espiritual de las escrituras de sus referencias accidentales al mundo físico. Estas últimas serían entonces expresadas de acuerdo al juicio de la época y no según la palabra literal de las escrituras. Aunque esta interpretación vino a suavizar un poco el fundamentalismo predominante lo cierto es que continuó considerándose que la enfermedad era el castigo a los pecadores, la posesión por el demonio o la consecuencia de un hechizo. De ahí que la oración, el arrepentimiento y la penitencia eran considerados fundamentales para alejar el mal o como afirmó Santa Hildegarda, necesarias para fortalecer al cuerpo enfermo para que pueda soportar más fácilmente los ataques del demonio y sus asistentes…

El conocimiento greco-romano quedó depositado en los monasterios, aislados y poderosos, donde había tiempo y oportunidad para los estudios. Algunas órdenes se destacaron en la colección de manuscritos, (predominantemente de Galeno, Celso, Oribasis y Alejandro de Tralles), como la orden Benedictina que rigió el famoso monasterio de Monte Casino, fundado en Italia en el año 529 que inició la medicina monacal. Otros monasterios fueron fundados en España, Francia, Irlanda y Alemania, durante los próximos siglos. Hacia el inicio de la alta Edad Media adquirieron mayor importancia las escuelas catedralicias como por ejemplo, la Escuela de Chartes (año1000). Además de la orden Benedictina, se destacaron en este período las ordenes hospitalario-militares, que comprendían la asistencia a los enfermos con la custodia militar de los santos lugares y que surgieron al ardor de las cruzadas. Entres estas órdenes no se pueden dejar de mencionar la de San Juan de Jerusalén (Caballeros de la Cruz de Malta), la Teutónica, la de San Lázaro y en España la orden de Santiago.

Los monjes no hicieron investigación, pero preservaron celosamente los conocimientos, concentrándose especialmente en la traducción y copia de los textos. No obstante, la actividad médica para estos religiosos era solamente una complementación de sus obligaciones espirituales, que siempre serían sus primordiales.

Estructura hospitalaria monacal.

Si en esta etapa la medicina pierde como ciencia, los ideales cristianos de caridad, solidaridad y benevolencia se expresan a través de la asistencia médica a los enfermos y la ayuda general a los necesitados y peregrinos, recordandose que el médico deberá ser un “homo bonus curandique aptus”

Ya entre los siglos IV y V existió la fundación de gran número de asilos, refugios y hospitales. La palabra “hospital” deriva del latín “hospitium”, que en francés se traduce como” hopital, hotel”, en inglés: hospital y en castellano: hospital. Estas instalaciones también amparaban a peregrinos y pobres, enfermos o sanos, ofreciéndoles hospitalidad.

El hospital más antiguo fue “Ciudad de la Caridad”, fundado por San Basilio en Cesárea en el año 370. En el año 529 se fundó el ya citado monasterio de Monte Cassino y en el año 652 el “hotel- dieu” de Paris.

Fue aproximadamente en esa época que por orden de San Benito, su orden religiosa separó el albergue de la sala de enfermos, que inicialmente estaba reservada para la “infirmarium” de los monjes enfermos y posteriormente se extendió a todos los necesitados como protohospital. Los monasterios destinaban una nave con altar para el tratamiento de los enfermos por monjes médicos (“infirmarius”) y enfermeros (“servitur”), que contaban además con un herbolario para plantas medicinales. El monasterio de Basilea en Capadocia, contaba con un albergue para los pobres, enfermería, orfanato, leprosario y asilo para la ancianidad.

En cuanto a la práctica debemos recordar que aunque se encuadraba la enfermedad como un fenómeno natural había mucha especulación y superstición (actuación del demonio, castigo por los pecados, influencia de los astros, hechizos, etc.) y la meta de la cura contemplaba la doctrina de la Gracia, por lo que el tratamiento incluía teurgia: exorcismos, rezos, reliquias, santos oleos. San

Benito estableció reglas orientadas a la cura: baños, ejercicios diarios, sangrías y especialmente la dietética. La medicina monacal utilizó también los laxantes, enemas y vomitorios. Su máxima expresión estuvo representada por Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa del monasterio benedictino de Rupertsberg, que incluyó a la fuerza curativa de la naturaleza dentro del plan de salvación divino, haciendo un sincretismo entre la medicina clásica con la popular y la benedictina. En la medicina monacal se describieron 300 remedios de origen vegetal y mineral. La epilepsia volvió a encararse como una posesión, de esta vez, demoníaca

Esta era de la medicina llegó a su fin en el siglo XII, una vez que los monjes, especialmente los de habilidades quirúrgicas, habían comenzado a lucrar con sus consultas comunitarias, descuidando sus deberes religiosos. Ya en el año 1092 habían sido prohibidos de usar barba, por lo que tenían

criados que los asistían para esta función que los acompañaban y asistían en sus procedimientos (sangrías, extracciones de muelas, pequeñas cirugías) aprendiendo el oficio y que más tarde se convertirían en los “cirujanos-barberos, que perdurarían hasta la Ilustración. Finalmente una serie de concilios fueron limitando el trabajo de los monjes médicos. Primeramente el de Reims en 1131 les prohibió salir del convento y posteriormente el de Tours de 1163 prohibió la cirugía: “Ecclesia abhornet a sanguine”.

Como conclusión podemos mencionar que si bien la medicina monacal no representó ninguna innovación significativa para el conocimiento y la práctica médica si debe ser reconocida como salvaguarda de parte del legado de la antigüedad, además de marcar la influencia de sus valores cristianos de carácter humanístico y compasivo en la práctica de la medicina occidental hasta nuestros días.

In document Historia de La Medicina Dr. Cornejo (página 44-47)