A la sexualidad femenina difícilmente se le pueden aplicar unos límites ina- movibles y distintivosi60. Es posible que las fantasías sexuales más placenteras
de una joven sean sobre otras mujeres, mientras que el sexo que más placer le proporciona es el que practica con hombres o viceversa. Las jóvenes son más propensas que los jóvenes a incorporar a compañeros de ambos sexos en sus fantasías y su conducta. Ante películas con escenas de sexo explícitas, las muje- res lesbianas y las heterosexuales no se distinguen en el grado de excitación subjetivo y genital según en esas escenas aparezcan un hombre y una mujer o dos mujeresi61, y ambos grupos de mujeres experimentan la mayor excitación
ante escenas de sexo heterosexual. En sus estudios, Meredith CHIVERS y sus colegas señalan que las mujeres, cualquiera que sea su orientación sexual, tie- nen un patrón de excitación sexual “no específico”i62. Es decir, aunque es posible
que las universitarias digan que prefieren la literatura erótica heterosexual a la homosexual (entre mujeres, o entre hombres), la excitación genital que experi- mentan ante las escenas de sexo indica que no existe una preferencia por las pri- meras sobre las segundas. Prefieren las escenas de sexo entre dos mujeres a las de entre dos hombres, y son las que más les excitan. En contraste, los hom- bres gays y heterosexuales muestran un patrón muy definido (“categórico”) de preferencia sexual. A los homosexuales les excitan más las escenas entre dos hombres, aunque los heterosexuales reaccionan con mayor fuerza ante las imá- genes eróticas entre dos mujeres. La consecuencia puede ser que las mujeres se estigmaticen menos por el hecho de adoptar una conducta sexual con otras mujeresi63.
En octavo, Stephanie y Lolita se tenían mutuamente por las mejores amigas. Stephanie recordaba:
Lolita se quedaba a dormir en mi casa muy a menudo, y una noche, hablando de su novio Juan y de sexo, yo simulaba que sabía más de lo que realmente sabía. Nos teníamos mucho cariño, como ocurre con las amigas. Le pregunté cómo la besaba Juan, y me besó para demostrarme cómo lo hacía. Fue toda una experiencia. A partir de entonces, cuando estábamos juntas nos besábamos mucho, y empezamos a tocar- nos y a acariciarnos. Para que estuviera “bien”, una de las dos hacía de chico. Había penetración con los dedos, pero nunca sexo oral. Por lo que sé, es heterosexual.
182 La nueva adolescencia homosexual
58nH
ILLIERy cols., 1998, pág. 26; DʼERASMO, 2001, págs. 104, 106. 59nDʼERASMO, 2001.
60nRODRÍGUEZRUST, 2001, 2002; ROTHBLUM, 2000. 61nLAAN, SONDERMANy JANSSEN, 1996.
62nC
HIVERSy cols., 2004.
63nPATTATUCIy HAMER, 1995; RODRÍGUEZRUST, 2000, 2001; ROTHBLUM, 2000; SCHNEIDER, 2001;
Nunca he hablado de esto. No sé qué es hoy Lolita, pero yo fui la única con quien hizo lo que fuera. Nunca dijimos que fuésemos lesbianas. De un modo u otro, yo sabía que no estaba bien, pero nos gustaba. Mi madre nos sorprendió en la cama, y se armó todo un drama familiar. Llevábamos seis o siete meses en que todos los días nos jun- tábamos al salir del instituto, pero mamá nos lo puso más difícil.
La actitud de Stephanie era la de que su experiencia con su amiga no fue más que una experiencia de niñas. Muchas tenían relaciones sexuales, sólo con chi- cos, de modo que el sexo no era nada fuera de lo habituali64.
Cuando una joven reconoce que no es totalmente heterosexual, hay pocas garan- tías de que se declare lesbiana o bisexual. En un intento por identificar a las “auténti- cas” lesbianas, los investigadores tradicionalmente se han basado en lo que creen que ha funcionado para identificar a los chicos homosexuales: alcanzar unos hitos evolutivos. Pero, como hemos visto, estos modelos no distinguen a las lesbianas que mantienen su identidad de tales a lo largo del tiempo de las que no lo hacen. Se obtie- ne más y mejor información con el examen de los patrones de atracción y conductai65.
En el transcurso de ocho años, casi dos terceras partes de las jóvenes a quie- nes entrevistó Lisa DIAMONDcambiaron las etiquetas de identidad al menos una vez, a menudo porque “las categorías de identidad sexual no servían para repre- sentar la inmensa diversidad de sentimientos sexuales y amorosos que eran capaces de experimentar con los patrones masculinos y femeninos en diferentes circunstancias”i66. Algunas de esas mujeres manifestaban su ambivalencia al
considerar que su sexualidad era indecisa. El amor depende de la persona, le decían, no del sexo de la persona.
Estas mujeres a las que DIAMONDentrevistó y que renunciaban a su identidad lesbiana o bisexual por un estatus heterosexual o sin etiquetar, tenían unas his- torias evolutivas similares. Lo que difería era la interpretación que hacían de sus experiencias sexuales. Las que no se etiquetaban decían de su sexualidad que era indecisa, y se mostraban inseguras sobre su futura vida sexual. Quienes se cambiaron a una etiqueta heterosexual tenían un grado de atracción y conducta hacia personas de su mismo sexo menor que el de las otras mujeres. Para ellas, una identificación heterosexual era una solución viable al “problema” de sus deseos y conducta no excluyentes.
Sin embargo, el hecho de renunciar a una etiqueta de identidad sexual no sig- nificaba que esas mujeres renunciaran a su sexualidad orientada a su mismo sexo. La atracción que sentían por las mujeres y la consiguiente conducta eran algo real, no una fase. Todas admitían la posibilidad de que en el futuro se identi- ficaran como lesbianas o bisexuales. DIAMONDseñalaba:
estas conclusiones concuerdan con la idea de que la renuncia a la identidad no repre- senta un cambio fundamental en la propia orientación sexual, sino más bien un cambio en la forma en que las mujeres interpretan su orientación sexual y actúan según ésta... El carácter no excluyente y la plasticidad de los deseos y las conductas de las mujeres favorecen transiciones múltiples en la identificación y la conducta a lo largo de la vidai67. 183 Rechazo de las etiquetas de identidad sexual
64nSAVIN-WILLIAMS, e.p. 65nD
IAMOND, 2003b, pág. 360. 66nTOLMANy DIAMOND, 2001, pág. 61. 67nDIAMOND, 2003b, págs. 361-362.
En resumen, los intentos de ajustar “las complejas y muy contextualizadas experiencias de la sexualidad orientada hacia los del mismo sexo y el opuesto de la adolescente, a unos moldes indeformables de ʻgayʼ, ʻheterosexualʼ y (sólo recientemente) ʻbisexualʼ”, están condenados al fracasoi68. El hecho de que estas
jóvenes no sigan los modelos de identidad sexual en los que hay una progresión en esta identidad refleja simplemente la complejidad de sus vidas.