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Los debates sobre si los homosexuales son iguales o distintos a los hetero- sexuales llevan activos decenas de añosi7. Si son diferentes, ¿son personas dife-

rentes buenas o malas? ¿Son creativos, ingeniosos e inteligentes, o promiscuos, inmorales y enfermos mentales? ¿Se deben identificar en voz alta y con orgullo, 169 Rechazo de las etiquetas de identidad sexual

3nHATTERSLEY, 2004, pág. 33. 4nIbid., pág. 34. 5nH OLLERAN, 2004, pág. 12. 6nIbid. 7nDʼEMILIO, 1983.

u ocultarse? ¿Deben luchar por los derechos civiles, o buscar la aceptación social?

Se discute desde hace mucho tiempo, por un lado, si la vida de las personas homosexuales puede discurrir de una forma distintiva, reflejo de un profundo sen- timiento de su “rareza”, de su sentimiento de diferencia; o si, por otro lado, son básicamente similares a las personas heterosexuales, es decir, si parecen hete- rosexuales y actúan como éstos, si valoran el matrimonio y la familia como lo hacen los heterosexuales, si tienen las mismas aspiraciones profesionales, y si defienden los mismos valores dominantesi8. Una perspectiva de trayectorias evo-

lutivas diferenciales permite que ambas ideas sean verdad y que una notable diversidad sea característica de las personas con deseos dirigidos a otras del mismo sexo. Desean adaptarse a la cultura dominante al mismo tiempo que exi- gen que se acepte su sexualidad como normativa y que aprecian la progresiva cualidad gay de la cultura.

Los comentaristas de mayor edad no hablan de esta complejidad de la vida real. Quienes más levantan la voz de entre ellos adoptan posturas extremas. Un ejemplo excelente es el escritor y activista Larry KRAMER, que despotrica contra los homosexuales acomodaticios que, dice, se pierden en la convencional cultu- ra de masas heterosexual. En un artículo de Rolling Stone, sostiene que en el corazón de la existencia de la persona gay debería anidar la preocupación por el destino de su gente. “Somos un cuerpo de gente, un país de gays, un numero- sísimo grupo político capaz de ejercer el poder... Somos los esclavos del blanco heterosexual”i9.

De sus años de alumno de la Universidad de Yale, Larry KRAMER recuerda que era “un joven muy solitario... Siempre he soñado en que daría lo que pudiera para asegurar que los actuales jóvenes homosexuales de Yale lo pasen mejor de lo que yo lo pasé”. Apoyándose ingenuamente en informes sobre la elevada tasa de suicidios entre los jóvenes gays, argumenta que, gracias a las imágenes de las experiencias evolutivas singulares de los jóvenes homosexuales, éstos pue- den aliviar su sufrimiento. Los escritores gays deberían escribir sobre la vida de los homosexuales, y en las universidades se debería enseñar historia gay. ¿El objetivo? El desarrollo de una nueva cultura gay. Ésta, piensa KRAMER, es la for- ma de “empezar a librarse de esta plaga [el suicidio] que sigue matando a nues- tros hijos, uno tras otro”i10.

Algunos otros escritores homosexuales de mayor edad están de acuerdo con KRAMER. Michelangelo SIGNORILEclama contra quienes defienden el conser- vadurismo político y social, y desdeña los movimientos “ex-gay”, “demasiado gay” y “post-gay” que “se han colado en el escenario”. Según él, quienes recha- zan la identidad gay se someten a la cultura heterosexual dominante en lo que se refiere a las ideas, los valores, las apariencias, el modo de vida y la com- placencia políticai11. Asimismo, los críticos sociales Michael BRONSKI y Jeffrey

WEEKSadvierten de los peligros de la uniformidad. El sexo gay, dicen, es esen-

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18nIbid.; SAVIN-WILLIAMSy DIAMOND, 1997, págs. 218-219.

19nK

RAMER, 1997, pág. 70. 10nIbid., págs. 67, 70.

cial al hecho de ser gay, de ser diferente de los heterosexuales, de forjar identi- dades gaysi12.

Nada podría ser más extraño para los jóvenes actuales que estas ideas tradi- cionales. La inmensa mayoría de los adolescentes a quienes atraen las personas de su mismo sexo desprecian estas posturas extremas. En su lugar, destacan simultáneamente lo que tienen de común con la humanidad al tiempo que cues- tionan, según DʼEMILIO, “la deshumanización que tanto pesa sobre nuestras vidas y nos convierte en objetivo de la opresión”i13. La cultura de los adolescentes de

hoy incorpora fácilmente a sus miembros homoeróticos. Es algo más que simpa- tizar con los gays. Se trata de no distinguirlos.

James Geltzlaff, estrella del reality show de 2003 Boy Meets Boy (Chico cono- ce a chico), reaccionó negativamente ante el engaño de los productores del pro- grama, quienes, en la mezcla de quince hombres entre los que él podía escoger a uno a quien intentar ligar, incluyeron en secreto a heterosexuales que simula- ban ser gays. Dice: “Lo último que nos conviene es que alguien haga chistes o se divierta a nuestra costa y por puro entretenimiento. Ponemos mucho empeño en dar una imagen positiva de personas simplemente normales, que se esfuerzan como todo el mundo y sólo faltaba esto”i14.

Aquellos responsables del programa afirman que apoyan este objetivo de integración. Douglas ROSS, productor ejecutivo y codirector de Boy Meets Boy, dice que quiere que su programa sea “realmente innovador” y atraiga a un amplio público. “Prevemos que muchos telespectadores tanto gays como heterosexua- les verán que se cuestionan sus supuestos sobre lo que significa ser gay y lo que significa ser heterosexual”i15. Al explorar la sociología de los estereotipos mascu-

linos, dice ROSS, el programa fomenta la integración:

¿Qué podemos decir de estos heterosexuales que estuvieron dispuestos a simu- lar que eran gays y que se sentían lo bastante cómodos consigo mismos para admitir que no encarnaban la perfecta imagen machista del heterosexual? Sin duda indica un avance en la conciencia de algunos hombres heterosexuales; y me parece que el pro- grama produjo el efecto de hacer añicos los estereotipos de los telespectadores tan- to gays como heterosexualesi16.

Otros recientes programas de televisión dirigidos al público joven atenúan también la separación entre gays y heterosexuales. Algunos ejemplos:

Queer Eye for the Straight Guyi*, según el comentarista Art COHEN, trata de “hombres

heterosexuales que buscan consejo en hombres homosexuales, se ríen con ellos, y quieren ser más como ellos”i17.

The L Wordi** presenta a las mujeres que aman a otras mujeres como algo envidiable.

Las lesbianas que aparecen en esta serie suelen ser guapas, ambiciosas y

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12nBRONSKI, 1998; WEEKS, 1995. 13nDʼEMILIO, todas las citas pág. 48. 14nCitado en C

HAMPAGNE, 2003. 15nReuters News Service, 2003. 16nCitado en A. COHEN, 2003.

**nVéase página 22.

17nC

OHEN, 2003, pág. 50.

**nSerie de televisión estadounidense que retrata las aventuras y desventuras de un grupo de amigas lesbianas, sus familias y amantes. (N. del T.)

modernas, sin problemas de trabajo, ni un gramo de grasa, unos dientes blanquí- simos, y sexo permanente, habitantes de un mundo radiante y exquisitoi18.

En un episodio reciente de South Parki*, Butters confiesa: “Ahora ya conoces mi terri-

ble secreto”. Stan lo tranquiliza: “¿Que eres gay? No me importa. Me parece muy bien”.

En el programa de televisión Oliver Beenei**, el actor Taylor Emerson representa a

Michael, un niño de 11 años cuyos intereses y amaneramiento lo caracterizan cla- ramente como futuro adulto homosexual (algo que se confirma en imágenes del futuro de ese niño)i19.

En la edición de Real Worldi***de la MTV de Chicago aparecen Aneesa y Chris, dos

atractivas participantes que no son heterosexualesi20.

En Boston Publici****, se dice que Jeremy Peters, alumno del último curso, ha tenido

relaciones sexuales anales con otro chicoi21.

Esta perspectiva se observa perfectamente en otros aspectos de la vida de los jóvenes, unos aspectos todos ellos que son signo de un drástico cambio cul- tural. En el mundo del deporte, Jason Fasi, estudiante de licenciatura y deportis- ta universitario, pide la firma de sus compañeros de equipo en apoyo de la for- mación de un grupo de la Alianza Gay-Heterosexuales en Mission Viejo, California. Todos firman. Nadie le da una paliza, nadie evita vestirse y desnudar- se cerca de él, y nadie le hace comentarios molestosi22. Dos corredores hetero-

sexuales de un centro educativo de Ohio llevan unos calcetines con los colores del arco iris, símbolo del orgullo gay, durante una competición en pista, para mos- trar su apoyo a sus dos compañeros de equipo homosexualesi23.

En el cine, en Besando a Jessica Steini24, dos chicas “heterosexuales pero con

agallas” deciden hacer de su amistad algo más completo, y ensayan una relación lesbiana. El joven actor Sean Biggerstaff, que encarna a Oliver Word en la serie de

Harry Potter, recibe miles de cartas de sus fans, y no todas son de chicasi25.

Un sondeo de opinión de la Kaiser Family Foundation y de la revista Seven-

teen concluye que el porcentaje de jóvenes de entre 13 y 19 años que “no tienen

ningún problema” con la homosexualidad se multiplica por más de tres, hasta el 54%, durante la década de 1990i26. Dos chicas de Illinois son elegidas como la

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18nDʼERASMO, 2004.

****nSerie sobre las aventuras de cuatro niños que viven en el pequeño pueblo llamado South

Park. Es una crítica de muchos aspectos de la cultura estadounidense y hechos históricos recientes,

y pone en entredicho las creencias más firmes, a menudo mediante el humor negro. (N. del T.)

****nComedia de situación de la televisión estadounidense, donde las historias y los problemas se ven desde la perspectiva en primera persona de Oliver, un niño de entre 11 y 12 años. (N. del T.)

19nGOODRIDGE, 2003.

****nTradicional programa similar a Gran Hermano, en el que varias personas se juntan en una misma casa, donde deben decidir cómo van a organizar su convivencia. Su actividad se filma perma- nentemente y se ofrece por televisión. (N. del T.)

20nEPSTEIN, 2002a.

****nAntigua serie de televisión ambientada en un centro educativo ficticio ubicado en Boston.

(N. del T.) 21nEPSTEIN, 2002b. 22nSHAIKIN, 2000. 23nIbid. 24nS TUKIN, 2002. 25nLYNCH, 2002. 26nSHAIKIN, 2000.

“pareja más guapa” por sus compañeros de cursos superiores del institutoi27.

Tegan y Sara Quin, dos hermanas gemelas lesbianas, viajan por Norteamérica interpretando canciones de su nuevo CD, en el que se fomenta la tolerancia y la aceptacióni28.

Tal vez los jóvenes no se dieran cuenta de que la versión más reciente del popular juego de ordenador The Sims tenía personajes gaysi29. Ni de que el pri-

mer bebé nacido en la capital de EE.UU. en 2003 tenía dos madres, Helen Tubin y Joanna Barei30. A esta generación más joven le divierte el invento del “metrose-

xual”, pero se sorprende de que un hombre urbano heterosexual, con suficientes afinidades femeninas y ambigüedad en su sexualidad para resultar atractivo a ambos sexos, arme tal revueloi31.

Este cambio se refleja en dos artículos de la revista Rolling Stone. Hace algunos años, en un artículo que se titulaba “Ser joven y gay”, se hablaba del creciente número de adolescentes que salían del armario y se encontraban con la aceptación de sus iguales y su familia. El autor, David LIPSKY, concluía que la adolescencia gay se está redefiniendo como una época de angustia y lucha y como una época de placer, aceptación y de posibilidades ilimitadasi32. Tres años

después, en la misma revista, el escritor Jay DIXIT hablaba de más avances. Los universitarios homosexuales de KRAMERya no piensan que “ser gay” sea un aspecto fundamental de su identidad. La “gaycidad” ha pasado a “segundos pla- nos”, como lo indican las siguientes citas de alumnos de Yale con los que DIXIT habló:

Muchos no sienten la necesidad de situar en primer plano esta parte de su identi- dad. La mayoría de las personas gays pasan la mayor parte del tiempo fuera de situa- ciones estrictamente gays.

Domina la idea de que el hecho de ser gay significa que la homosexualidad sea mi vida. No soy una “persona gay”. Soy una persona que resulta que es gay.

Así uno puede vivir la vida diaria, y no ir de un sitio a otro recordándose continua- mente que es gay, luchando por todas esas causasi33.

Estos adultos jóvenes, en vez de obsesionarse con su sexualidad, se ocupan de lo que el universitario típico se suele ocupar, por ejemplo, de los deportes, de las asociaciones juveniles y de las carreras profesionales. Un estudiante señala que “el nuevo gay de Yale no se viste, habla ni actúa de forma distinta de como lo hacen sus iguales heterosexuales”. El ámbito del sexo es semejante al de los heterosexuales, con muchas amistades y pocas relaciones amorosas duraderas. Son muy pocos los que afirman su identidad gay o se definen en relación con la cultura heterosexual:

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27nI RVINE, 2002. 28nGDULA, 2000. 29nDUKOWITZ, 2003. 30nWHORISKEY, 2003. 31nF LOCKER, 2003. 32nLIPSKY, 1998. 33nDIXIT, 2001.

A nadie le importa realmente que seas gay, y nadie pone objeción alguna. De hecho, se considera de mal gusto hacer un problema de la homosexualidad. La nor- ma no escrita es: puedes hacer lo que quieras, siempre que no actúes como si forma- ras parte de una minoría amargada.

Se trata de evitar la actitud del “Aquí estoy, soy marica, ¿y qué?”, porque es algo que revienta a los demás, sobre todo porque no hay ninguna necesidad... en realidad, muchos estudiantes gays rechazan el activismo.

Podrá sonar realmente terrible, pero para mejorar su vida sexual en el campus, la gente pone todo su empeño en evitar que se la etiquete de activista. A quienes están siempre en primera línea de fuego se los considera en cierto modo impopulares. No voy a hablar de estigma, porque es una palabra muy dura, pero algo hay de esoi34. Tal vez estos “nuevos” estudiantes “gays” o “post-gays” convendrían con el novelista Armistead Maupin, autor de la serie Historias de San Francisco, en que “la única forma de eliminar el estigma de la homosexualidad es considerarla con toda normalidad”. Sus historias van dirigidas a todos y tratan de todos, sin que tenga nada que ver la orientación sexual. Unos personajes son homosexuales, y otros, no. El objetivo es normalizar la existencia de las personas a quienes atraen otras de su mismo sexo. Cuando se le pregunta por qué escribe sobre heterose- xuales en San Francisco, Maupin rechaza la idea de que significa “renegar de mi identidad. Quiero ser yo mismo en el mundo en general, y esto es un acto mucho más radical que el de limitarse a un único público”. Afirma que no es un escritor gay, sino un escritor que es gayi35.

Los adolescentes actuales a quienes atraen personas de su mismo sexo están de acuerdo en lo esencial con los estudiantes de Yale y con Maupin, y no con KRAMERni con SIGNORILE. Sin embargo, la escritora Gloria Jean Watkins nos recuerda las dificultades a las que se enfrentan los miembros de grupos margi- nados que discrepan de la “postura oficial” de su grupo, como la que KRAMERy SIGNORILErepresentan. ¿Hay espacio para la disensión? Los homosexuales adul- tos se pueden sentir presionados a ajustarse a las normas del grupo, cuya con- secuencia puede ser la auto-censura y el temor a que su “disidencia minoritaria” socave la solidaridad del grupo, en cambio los jóvenes se sacuden tal presión. Dejemos que los homosexuales antiguos y profesionales sean excéntricos, extra- vagantes y radicales, piensan estos miembros de la generación más joven. Los mayores ya han perdido la batalla. Los jóvenes tienen poco interés en subvertir la civilización estadounidense. Lo que ha conquistado el corazón y la mente de la América media es la humanidad de las personas que se sienten atraídas por las de su mismo sexoi36. Además, los jóvenes nunca quisieron ante todo formar par-

te de un grupo gay marginado.

174 La nueva adolescencia homosexual

34nIbid.

35nCitado en MINZESHEIMER, 2000, pág. 2D. 36nBAWER, 1993.

¿Por qué los adolescentes no se han plegado a la tradición?

¿Cuál ha sido la causa de este radical cambio generacional: pasar de “gay y a mucha honra” a “adolescente y a mucha honra”? ¿Qué alcance tiene tal trans- formación? ¿Cuál es la diferencia entre los adolescentes orientados hacia los de su mismo sexo que se hacen preguntas y se identifican como tales y aquellos que no lo hacen o entre los adolescentes heterosexuales que se hacen preguntas y se identifican como tales de quienes no lo hacen? ¿Cuáles son los factores que lo determinan? ¿Las experiencias personales? ¿La fuerza de la libido? ¿Importa el género? ¿Y el grupo? ¿Cuál es la mejor forma de entender en qué medida esta indiferencia hacia el hecho de ser gay es algo positivo? ¿Convendría animar a los adolescentes a que se identificaran como gays?

Me gustaría responder estas preguntas, pero no sé. Por la información de que disponemos, y por la que se expone en este libro, sí sé varias cosas. En primer lugar, la sexualidad de los adolescentes, cualquiera que sea su orientación sexual, constituye en grado diverso un componente nuclear de su identidad. Pero el desconcierto surge cuando se quiere determinar qué es lo que hace que la sexualidad sea algo más o menos esencial. Quizá sea el grado en que el adoles- cente se siente sexualmente distinto de lo que se considera normal. Un niña con aires de marimacho puede delimitar su sexualidad porque se ha encontrado con las bromas insoportables por su supuesto lesbianismo. O quizá la fuerza del impulso sexual del adolescente determina la importancia que la sexualidad tiene para la identidad personal. Una experiencia erótica o un encaprichamiento tem- pranos o de particular importancia pueden influir en la solidez de la identidad sexual. Quizá dependa de si el adolescente vive en un hogar, una comunidad o una época en la que la sexualidad es fuerte y omnipresente. Tal vez el joven tie- ne una tía lesbiana o un tío gay, u otros hermanos identificados como gays, o ami- gos que se han destapado, y esto ha influido en el grado de identidad gay de la persona.

En segundo lugar, los adolescentes que desean a otros de su mismo sexo no son los únicos en cuestionarse su sexualidad, en analizar qué significa ésta para su identidad. Además, no todos los adolescentes se preguntan por su sexualidad ni pretenden establecer una identidad sexual. La identidad sexual por sí misma no es un factor, excepto en la medida en que la persona y la sociedad en general decidan que lo sea y con frecuencia así ha sido, por razones obvias, dado el supuesto de la heterosexualidad universal. Además, cuando sólo se habla con aquellos para quienes la sexualidad es un aspecto importante e influyente de lo que son, con quienes peor abordan su sexualidad, lo que se obtiene no es una imagen precisa. Es evidente que esas personas harán de su identidad sexual algo de suma importancia.

En tercer lugar, es verdad que la sexualidad “heterodoxa” de una persona se puede traducir, por las razones mencionadas anteriormente, en que esa persona se centre más en la identidad sexual que otra persona heterosexual, pero esto no significa necesariamente que las conductas, las percepciones, las cogniciones y las interacciones sociales de la persona estén influidas en toda su extensión por esa sexualidad. Es posible que los varones jóvenes gays como grupo tiendan a optar más que los heterosexuales por profesiones como las de decorador de inte- 175 Rechazo de las etiquetas de identidad sexual

riores y ayudante de vuelo, y tengan menos interés por otras como la de mecáni- co y deportista. Es posible que las mujeres jóvenes homosexuales tiendan a optar más que las heterosexuales por la carpintería y la mecánica, y sientan