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JILL, EN SU PROPIO ESTILO

In document Mi Voz Ira Contigo- Milton H. Erickson (página 184-186)

HACERSE CARGO DE LA PROPIA VIDA

JILL, EN SU PROPIO ESTILO

Recibí una carta de mi nieta Hill, que tiene un año y medio; la escribió su madre. La pequeña Hill, de un año y medio, fue ala pileta de natación por primera vez y lanzó un grito cuando se le mojó un pie; lanzó otro grito y se aferró a la mamá cuando se le mojó la mano; y gritó, gritó, gritó, y se aferró fuertemente a su mamá, hasta que ésta finalmente dejó la operación enteramente en manos de Hill.

Ahora está planeando su próxima excursión a la pileta y enseñándole a la madre: “Déjame que lo haga a mi manera.”

Todos mis nietos han abordado la vida de distinto modo, y son muy resueltos. Cuando quieren algo, lo hacen, pero lo hacen en su propio estilo. Y sus respectivas madres pueden describir en detalle el estilo de cada cual. Yo guaro esas cartas a fin de formar con ellas eventualmente un volumen dedicado a esos chicos cuando tengan dieciséis o diecisiete años y se lamenten de la falta de inteligencia de sus padres.

Aquí la frase más importante es “lo hacen en su propio”. Erickson aplica esta regla no sólo a los niños sino a los pacientes: deja librado a cada un o escoger su propia solución. Tanto en el niño como en un paciente, esto refuerza la tendencia a respetar sus propios calores y a aprender autodisciplina.

PALIZA

Un día mi hijo Lance volvió a casa de la escuela y me dijo: “papi, a todos los demás chicos de la escuela les dan palias y a mí nunca me dieron ninguna. Quiero recibir una paliza.”

“No hay motivo para darte una paliza.”

“Yo te daré un motivo”, añadió él; salió afuera y con una piedra rompió uno de los vidrios del hospital. Luego volvió y me preguntó: “Ahora, ¿me darás una paliza?”

“No”, contesté, “lo que corresponde es reemplazar el vidrio de esa ventana. Con la paliza no se conseguirá eso.”

Quedó disgustado, salió y rompió otro vidrio. “¿Ahora me darás?, me preguntó. “No, reemplazaré ese vidrio”, volví a decirle. En total rompió siete paneles de vidrio. Mientras rompía el séptimo yo salí al balcón de nuestro departamento y alineé siete de sus camioncitos de hierro en la baranda. Vino a anunciarme: “ya rompí el séptimo panel de vidrio; ¿me darás la paliza?”

“No, lo que haré es reemplazar el panel, respondí, y agregué; “Aquí están sobre la baranda siete de tus camioncitos. Voy a empezar a dejar caer el primero; espero que se detenga antes de llegar abajo y no se haga pedazos. ¡Oh, qué lástima! Veamos qué pasa con el segundo; tal vez se detenga.”

Perdió los siete camioncitos. Unas tres semanas después vino a casa de la escuela muy contento. Lo agarré, lo puse sobre mis rodillas y le di una paliza. “¿Por qué haces esto?”, me inquirió.

“Me parece recordar que tú me lo pediste”, le dije. “todavía no cumplí con tu deseo.”

“Ya aprendí”, respondió.

Por supuesto, no le pequé una paliza muy fuerte. Fue una paliza simbólica. Erickson ilustra aquí un principio que aplicaba tanto a los niños como a los pacientes: él no da lo que se le pide, sino lo que se requiere, y lo da cuando lo estima apropiado. Lo vimos en su manera de enseñarle a Robert a cumplir su promesa y hacerse responsable de sacar la basura; en ese caso, se lo “recordó” en mitad de la noche, sabiendo que de esa manera Robert no se olvidaría nunca. Y algo semejante aparece en el próximo relato: insta a alguien a hacer algo en un momento poco “propicio.”

PORTAZOS

Minueto Douglas entró en mi consultorio en momentos en que yo estaba dirigiendo un seminario didáctico; mostró a todos sus zapatillas y se fue. Cuarenta minutos más tarde apareció de vuelta, mientras yo hacía una demostración sobre la forma en que se profundiza un estado de trance.

Le dije: “Sal de aquí, Douglas”, y me respondió descaradamente: “No te he escuchado” -- “Sal de aquí”, le repetí “vete a tu casa.”

Douglas se fue dando un portazo. Era evidente que no lo hizo por gusto; él no habría querido dar un portazo. Ahora bien, si fuera hijo mío, yo le habría solicitado cordialmente, sin motivo aparente: “Por favor, cierra la puerta de un portazo”, en momentos en que él estuviera enfrascado mirando un libro con ilustraciones. El se habría preguntado par qué le pediría yo eso, pero iría y lo haría, obedientemente. Yo le agradecería y después volvería a pedirle que diera otro portazo. Él lo haría, preguntándose igual que antes el porqué. Y yo le pediría que volviera a hacerlo.

“Peo es que quiero leer mi libro”, me diría entonces. “Sólo te pido que des otro portazo”, le insistiría yo.

El daría el portazo y el rato vendría a preguntarme por qué le pedí eso. Yo le recordaría aquel portazo original que él diera en otras circunstancias, y le diría: “Por la forma en que diste ese portazo, me pareció que te gustaba dar portazos.”

Su respuesta sería: “La verdad es que no me gusta dar portazos.” Uno aprende muy rápidamente en situaciones que no le son propias.

Igual que en “Paliza”,Erickson suministra aquí el remedio apropiado.En esta situación, el hecho de pedir a Douglas que diera un portazo cuando el momento no era “propicio” para él, le haría descubrir al niño que en realidad no le gustaba dar portazos. Se le grabaría que aquel portazo suyo fue una reacción o resolución inconsciente, y no algo que él quería hacer. Es de presumir que en el futuro Douglas ejercería mayor gobierno sobre sus propios actos, y sólo haría lo que realmente “quiere” hacer.

Al menor se percataría mejor de lo que estuviera haciendo. Hemos visto a Erickson aplicar este principio en muy distintas situaciones: con niños, con pacientes neuróticos y aun con psicóticos. O bien “espejaba” la conducta indeseable de la paciente, o bien hacía que éste la repitiese por orden suya, del mismo modo que en la “Prescripción del síntoma”.

Jamás se irritaba ni recurría al sarcasmo o a la frase hostil. La mejor forma de describir su actitud es decir que permanentemente se preguntaba, como un niño, “qué pasaría” si hiciera tal o cual cosa: “¿Qué pasaría si le pidiese a Douglas que dé un portazo?”

Hasta el final de su vida Erickson conservó esa actitud de preguntarse igual que un niño: la actitud del verdadero científico.

In document Mi Voz Ira Contigo- Milton H. Erickson (página 184-186)