HACERSE CARGO DE LA PROPIA VIDA
ROBERT HACE BIEN LAS COSAS
Cuando mijo Robert tenía siete años, él y un camión quisieron utilizar la calle al mismo tiempo, y el camión ganó. La policía vino a buscarme para identificar a un niño que había sido llevado al Hospital del Buen Samaritano, el cual tenía en uno de sus bolsillos un papel donde estaba garabateando el nombre “Bobby”. Miré a Robert y les dije: “Sí, es mi hijo.” Luego pregunté al médico de guardia: “¿Qué lesiones tiene?” “tiene partidas las dos cadera, me dijo, “fracturada la pelvis y el cráneo, y sufrió una concusión cerebral. En este momento estamos examinándolo para ver si hay lesiones internas.”
Esperé hasta que me dijeron que no las había; entonces pregunté: “¿Cuál es el pronóstico?”
“Bueno”, respondió el médico, “si el niño pasa las primeras 48 horas, tal vez tenga la posibilidad de seguir viviendo.”
Volví a casa, reuní a toda la familia y les dije: “Todos conocemos a Robert y sabemos que cuando Robert tiene que hacer algo, lo hace bien. En este momento está en el Hospital del Buen Samaritano. Lo atropelló un camión y le rompió las piernas, le fracturó la pelvis y el cráneo, y le produjo un violento sacudón en el cerebro, que se llama concusión cerebral.
Así que no reconoce a ninguna persona ni puede pensar correctamente. Y debemos esperar 48 horas para saber si podrá seguir viviendo. Ahora bien: todos conocemos a Robert. Cuando hace algo, lo hace bien. Siempre estamos muy orgulloso de todo lo que hace.”
“Si alguien quiere arrojar un par de lágrimas, puede hacerlo; pero creo que sería una falta de respeto para Robert llorar mucho. Por respeto a Robert, pienso que todos ustedes deben cumplir con sus obligaciones domésticas. Creo que deben comer bien y hacer todos sus deberes escolares. Y quiero que se vayan a la cama temprano. Vayan a dormir temprano y descansen bien toda la noche. Le deben a Robert esa muestra de respeto.”
Algunos de los niños arrojaron un par de lágrimas; luego comieron una buena cena, e hicieron todos los quehaceres, lavaron los platos, terminaron los
A las 48 horas supimos que Robert iba a seguir viviendo.
Les dije a todos que debíamos dejarlo solo en el hospital, ya que tenía por delante una ardua tarea: mejorarse, si fuéramos a visitarlo le restaríamos muchísimas energías, que él precisaba para ponerse bien. Yo no me enteré, pero mi esposa se escabullía todos los días para el hospital, entraba en el cuarto de Robert y se sentaba calladamente junto a su cama.
A veces Robert se daba vuelta para el otro lado, dándole la espalda; otras veces le decía: “Vete a casa”; otras le hacía una o dos preguntas y después le decía que se fuera. Ella siempre hacía todo lo que él le decía.
Le enviamos un montón de regalos, pero nunca se los llevamos personalmente, siempre a través de la enfermera.
Yo solía ir a la sala de enfermeras y mirar a través del ventanal para ver cómo seguía Robert. El no se enteraba de que yo me encontraba allí.
El accidente sucedió el 5 de diciembre, y Robert volvió a casa, con todo el cuerpo enyesado, a fines de marzo. Los dos individuos que lo trajeron en una camilla casi lo tiran al suelo, y Robert estaba sumamente excitado. Cuando lo llevaron al living dijo: “Estoy contentísimo de tener padres como ustedes.
No vinieron ni una sola vez al hospital. Los padres de todos los otros chicos venían todas las tardes y lo hacían llorar; después venían de vuelta por la noche, y otra vez los hacían llorar, y los domingos era espantoso. Odio a esos padres que no les dejan a sus hijo curarse.”
Cuando hice mi internado, solía tomar la temperatura, pulso y ritmo respiratorio de los pacientes una hora antes de que recibieran visitas y una hora después. Cada vez que un paciente recibía una visita, su temperatura subía, aumentaba su presión arterial y el ritmo respiratorio se le aceleraba notablemente.
Me dije entonces que si alguna vez tenía a mis hijos o a mi esposa internados en el hospital, no los visitaría hasta saber a ciencia cierta que es no afectaría su presión arterial, su pulso, su ritmo respiratorio y su temperatura. Los enfermos internados en un hospital necesitan usar sus fuerzas para sanarse, y no para que sus parientes, que están sanos, se sientan mejor.
Esto fue relatado como respuesta a la siguiente pregunta: “¿Cree usted necesario sentir el dolor que produce una desgracia o la pérdida de un ser querido, o debe laborárselo?” la mayoría de los lectores pensarán que Erickson se condujo en esta oportunidad en forma extraña, demasiado fría por tratarse de un padre.
No obstante, él creía sinceramente que cuando una persona estaba gravemente enferma, debía dejársela sola para que hiciera el “trabajo” de curación, y que las visitas le restaban fuerzas.
Obviamente, exagera un poco cuando, al mencionar que si señora se sentaba junto a la cama del niño, todos los días, agrega: “Yo no me enteré.” El mismo no pudo evitar, en apariencia, ir asiduamente a la sala de las enfermeras “para ver cómo seguía Robert”. Los niños de Erickson sin duda aprendieron muy pronto que no tenían que hacer un escándalo por causa de una enfermedad o de una pérdida. Se enorgullece de bastarse a sí mismos.
Luego de escuchar este relato, un alumno un poco enojado, le preguntó a Erickson por qué no había visitado a su hijo aplicándole alguna de sus facultades hipnóticas “para ayudarlo a curarse más rápido”. Erickson respondió: “Si los chicos vivieron conmigo toda sus vida, algo tuvieron que aprender.
Le enseñé la trivialidad del dolor y la importancia del bienestar físico. Por ejemplo, una vez que Roxana se hizo un rasguño en la rodilla, lo empezó a proclamar a los cuatro vientos. Su madre salió a verla y le miró la pierna, yo hice lo mismo. La madre le dijo: ‘Mamá te dará un besito aquí, otro besito allí, y se irá todo el dolor.’ Es maravilloso el efecto anestésico que puede tener el beso de una madre.”
Indirectamente nos está diciendo que para las pequeñas heridas y rasguños, un alivio “maternal” es oportuno; pero en las situaciones graves, en que está en juego la vida, es mejor dejar al paciente solo el mayor tiempo posible. Por añadidura, Erickson corrige en su respuesta un serio malentendido acerca de la auto hipnosis. Manifiesta que no es necesario seguir todos los pasos de un ritual de inducción para conseguir efectos auto hipnóticos.
El solo hecho de tomar conciencia de “la trivialidad del dolor y la importancia del bienestar físico” puede generar los mismos efectos que una inducción hipnótica en que algo idéntico le fuera dicho al paciente por un “hipnotizador”. En otras palabras, una vez que alguien ha asimilado un valor o una creencia, el efecto que tiene en sus respuestas es tan permanente como si dicho valor o creencia le hubiera sido inculcado mediante hipnosis.
Además de comunicarnos lo que piensa acerca de las visitas a enfermos, Erickson nos dice que el progenitor o la persona que asiste al enfermo deben estar disponibles cuando se lo requiere, pero sólo ofrecerá su ayuda en la medida en que el receptor de dicha ayuda lo desee. Cuando Robert le pedía a la señora Erickson que “se fuera a casa”, ella así lo hacía.
Si examinamos el relato en un nivel intrapsíquicos, vemos que también en este caso el “niño” determina lo que es mejor para él; la interferencia de los adultos no hace sino demorar la curación o el crecimiento. Esta demora se manifiesta en aspectos muy básicos. Erickson suele centrar sus relatos en la presión arterial, el pulso y el ritmo respiratorio; esta estrategia forma parte de sus inducciones hipnóticas indirectas.
Aquí puntualiza que cuando los padres vuelcan su ansiedad en su hijo, se produce un descalabro de sus reacciones fisiológicas –el funcionamiento normal de su cuerpo-, y lo mismo ocurre si el “progenitor” interno –los “sonidos interiores”- obra en un plano de ansiedad. Si tal cosa sucede, “los chicos gritan”. Intrapsíquicamente, cuando las posiciones son demasiado estrictas, según decía Karen Horney, sentimos tristeza o su autodesprecio. No obstante, en el comentario final del relato, Erickson destaca que la “madre” puede lograr con un beso suyo resultados maravillosos.
Dicho de otra manera, la capacidad de actuar hacia nosotros mismos como lo hacía una buena madre, de amarnos maternalmente, puede tener n efecto “anestésico”, o sea, aliviar nuestro dolor y dudas interiores. Esta idea es semejante ala expresada por Antonia Wenkart en sus artículos sobre la “autoaceptación” y por Theodore Rubin en su libro Compassion and Self-Hate.
Y desde luego, los terapeutas no deben estorbar a sus pacientes cuando ellos están realizando un buen trabajo.